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FRANCESC TORRES: “A PESAR DE LOS NUEVOS SOPORTES SEGUIMOS PINTANDO EN LA MISMA CUEVA. EL ARTE NO HA CAMBIADO NADA”

 
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Juan A. Párraga(Gabinete Prensa Unimar '07)

       
 
 

Dice Francesc Torres que si volviera a nacer no dedicaría su vida al arte. Más que nada por no repetirse. El espíritu creativo del artista le llevaría seguramente a vivir una nueva experiencia vital alejada de las performances, las instalaciones, el vídeo y las imágenes. Una experiencia radicalmente distinta. Quizás se quedaría con su Barcelona natal. Quizás regresaría a París, o a Nueva York, ciudades que le han visto crecer y desarrollarse hasta alcanzar la plenitud como artista visual.

Pero eso sería en una hipotética otra vida. Hoy, Francesc Torres sigue siendo en esencia el mismo revolucionario que cuarenta años atrás hiciera del arte su razón de ser. El mismo autor que comenzó a valerse de la tecnología para denunciar, a través de su obra, las injusticias de un mundo que parece caminar hacia la deriva. Y esta semana ha venido a Ceutí para hacerse cargo del curso “Arte, espacio público y paisaje: una mirada hacia el lugar”, organizado por la Universidad Internacional del Mar.

 

Como director del curso “Arte, espacio público y paisaje: una mirada hacia el lugar”, ¿qué espera de este seminario?

-Espero, sobre todo, que se discuta sobre el tema, que se intercambien muchas ideas y que, como mínimo, cada participante haya empezado a desarrollar una idea que pueda acabar siendo un proyecto.

Una de las cuestiones que se tratan en este curso son los problemas que plantea la obra de arte en la ciudad, es decir, se reflexiona sobre la relación existente entre la obra y el espacio de acogida. ¿Tan difícil es congeniar estos dos elementos?.

-Es una de las dificultades. Cuando trabajas en una pieza pensada para permanecer en un espacio durante mucho tiempo o, incluso, para siempre, la dificultad está en hacer algo que siga funcionando como debe, dialogando con el espacio, con la comunidad y con el contexto, en un espacio de tiempo dilatadísimo. Esto siempre implica un riesgo porque no se puede prever el futuro, haciendo que uno se tenga que alinear de la forma más educada posible, es decir, trabajar considerando variantes y posibilidades de lo que ahí pueda suceder. No es fácil, pero nada de lo interesante es fácil.

Entonces, ¿qué tipo de parámetros cree usted que hay que tener en cuenta a la hora de adecuar una obra a su entorno?

-Es una decisión que corresponde a cada artista en cuanto a la obra y, también, de las entidades o personas que la quieren promover. Pero creo, a título personal, que lo más importante es que no se trate de una imposición. Ha de ser algo que, primero, la comunidad quiera tener y que, además, se sienta a gusto conviviendo con ello. Por ejemplo, se han dado casos de piezas de artistas muy buenos que han fracasado porque, sin ninguna mala intención, han destruido la función natural del espacio.

Digamos que una obra de arte a veces rompe el equilibrio…

-Lo puede romper, por ejemplo, si no está bien medida. A veces, también, lo que se pretende es que lo rompa pero que sea de una forma interesante, constructiva y que ayude a ver alguna cosa que de otro modo no sería tan evidente. Pero lo que no puedes es tener en contra a la comunidad que va a ser la “víctima” de todo esto. Por otro lado, tampoco puedes hacer sólo lo que quiera la comunidad, porque a lo mejor se trata de una comunidad que está, particularmente, poco sintonizada con el arte contemporáneo. Y eso tampoco es un criterio.

Es decir, hay toda una serie de dificultades de índole cultural y didáctico que entran en juego y, al final, el mejor resultado es el que sale como consecuencia de un diálogo entre el artista y la comunidad.

Pero cuando el arte deja de ser libre… ¿Sigue siendo arte?

-Sigue siendo arte pero es, seguramente, peor de lo que podría ser si fuese libre. Y, además, lo que sí hace es perder uno de sus atributos fundamentales. El arte moderno, tal y como lo hemos entendido en los últimos 150 años, siempre ha sido un terreno de libertad y de exploración, que ha intentado llegar al límite en todos los sentidos. En el terreno de la estética, de los contenidos, de la política, la ideología, etc. Cuando nace el movimiento moderno, el arte se percibe a sí mismo como un instrumento de cambio social que incide en la sociedad con intención de cambiarla. Por lo tanto, si le quitas esta libertad de acción queda totalmente desvirtuado.

Sin embargo, a finales de los años 60, usted se revela contra el modernismo…

-Bueno, hay una parte del movimiento moderno que es extremadamente dogmático. Digamos que el movimiento moderno ha estado históricamente condicionado por la izquierda política que, en sus mejores manifestaciones, es una explosión de libertad pero que, en sus peores momentos, puede ser tan dogmática como lo había sido la iglesia católica en otros tiempos.

Y esta parte del movimiento moderno, tan dogmática, con el tiempo acabó formulando una teoría estética que excluía totalmente a las demás provocando el colapso, sin cabida para la experimentación y que fijaba unos cánones determinados que había que seguir. Y en este sentido llegó un momento en que me sentí tan condicionado por este determinado tipo de ideología modernista como lo podía haber estado antes por un arte más conservador o reaccionario.

¿Dónde estaría entonces el punto de equilibrio?

- No hay. Es muy difícil porque lo que hace avanzar no es necesariamente el consenso. El consenso ayuda a coexistir pero realmente para avanzar hace falta forzar la máquina por encima de lo razonable. Y claro esto no se puede hacer siendo razonable.

El arte sin mensaje ¿es arte?

-No. Es decoración. El artista tiene que decir algo que a lo mejor se puede manifestar estrictamente en el terreno de lo formal y lo estético y, aunque no es mi posición, lo acepto y me parece legítimo y posible. Pero tiene que ser algo absolutamente necesario aunque sólo lo sea para el artista, tiene que ser algo suficientemente importante para hacerse. Pero no hay una fórmula, todo queda más o menos enmarcado por el contexto y por lo que es posible en un momento determinado.

Lo que hay que tener en cuenta es que lo posible no es necesariamente lo que la mayoría considera. Puede ser algo que sea mucho más avanzado y vaya mucho más lejos; y eso es lo que te toca hacer a ti. No sólo a los artistas. También a los filósofos, científicos, etc.

Porque en el arte hay implícitas otras muchas disciplinas, claro…

- Sí, cada uno interpreta su manera de estar en el mundo. Lo único que sustenta esta necesidad y capacidad de empuje es el conocimiento que pueda tener el propio artista sobre sus ideas. Y por tanto más vale que estén muy bien fundamentadas; y una carencia que encuentro en este sentido, sobre todo en el arte, es que los artistas por lo general están poco formados. Hay poco trabajo intelectual.

Pero en su obra sí hay un contenido intelectual importante…

-Hay, simplemente, un contenido. A mí el arte me interesa muchísimo como actividad pero no me interesa en absoluto como problema. El arte es un instrumento y lo utilizas de la manera que quieras. Mientras lo que me estimula intelectualmente está fuera de todo este marco de referencia artística; está en la sociedad, en cómo nos comportamos socialmente, en cómo pensamos políticamente, en cómo se construye la memoria histórica, cómo se inventa, etc.

Yo no soy historiador, ni soy político. Soy artista y al final todo esto se acaba sedimentando en una obra de arte. No me voy a poner a hablar de según qué cosas sin tener conocimiento de causa. Hay que tener los pies muy bien puestos en el suelo para poder volar.

Volvamos otra vez a la temática del curso. Para un artista que pretende armonizar su obra con un espacio público, ¿hay algún elemento que sea común a una urbe como Nueva York y una localidad pequeña como Ceutí?.

-La gente. Todos los seres humanos somos curiosos, tenemos necesidad de que nos amplíen el campo de la imaginación, de la percepción de las cosas… y a veces tienes que forzar un poco la máquina para que esto despierte pero en realidad, si encuentras la manera de sintonizar, puedes llegar muy lejos.

Disponer de un entorno urbano bien diseñado, pensado para sus habitantes, es una necesidad universal. Lógicamente se es más feliz viviendo en un espacio así. Y la cultura en general es uno de los elementos que hacen que esto sea posible. Las sociedades cultas viven mejor porque saben aprovechar el entorno en el que habitan de una mejor manera o, también, porque tienen mucha más conciencia de sí mismos. En fin, es un entramado muy complejo pero que se retroalimenta en el momento en que se pone en marcha.

Tal y como están articuladas las sociedades modernas, ¿los soportes audiovisuales, como herramienta artística, constituyen una forma de llegar con mayor facilidad a la población?

-He sido siempre muy reacio a pensar que las nuevas tecnologías representan un avance cualitativo en función de lo que había antes. Tecnología lo es todo. Naturalmente, a medida que vamos cambiando y que vamos desarrollando nuevos útiles pues lo lógico es que se utilicen de la mejor manera posible.

Pero en realidad no cambia tanto. El efecto que pueda tener en el comportamiento del ser humano es mucho más anecdótico que profundo, no nos cambia como seres humanos. Pienso que aunque ahora vayamos con una cámara de vídeo estamos todavía pintando la misma cueva y que el arte, como patrón de comportamiento y como expresión humana, no ha cambiado nada. Seguimos siendo animales simbólicos y por eso representamos. Lo llevamos haciendo desde Altamira y no hemos parado. Al principio con ceniza y ocre y ahora con herramientas más sofisticadas. Pero en realidad lo seguimos haciendo por la misma necesidad primigenia.

Escenificaciones, instalaciones, vídeo, imagen… ¿Qué le permite hacer el trabajar con estos soportes?

-Me permite pensar que es algo muy importante. Todo el proceso que te lleva a hacer una obra es un proceso de depuración conceptual, que es estar pensando en la historia que estás contando, en cómo la quieres contar, en por qué la quieres contar. Y a partir del momento en que la pieza ya existe, el artista se transforma en su primer espectador. Es entonces cuando sabes si funciona o no.

Pero una obra de arte es el sedimento de todo un proceso intelectual y emocional también, porque las cosas si las haces con la cabeza absolutamente fría también se nota. Si no estás comprometido con aquello de alguna forma, si no te emociona, tampoco tiene demasiado valor. Ha de ser una combinación de las dos cosas y ahí sí tienes que hallar una forma de que ambos conceptos se complementen bien.

Y el arte, ¿cambiará algún día el mundo?

-Ésa es la premisa del movimiento moderno. Pero es algo que no sucederá nunca en la vida y que no ha tenido nunca un precedente en la historia del arte. Es una utopía. Yo tiendo a pensar que hay como una correspondencia entre cultura y biología. Las cosas evolucionan a una velocidad geológica muy lenta o, como mínimo, cambian; y lo que tiende a prevalecer es lo que sirve para algo.

Entonces, a corto plazo el arte es más un reflejo de lo que es el mundo que un instrumento para cambiarlo. Lo que pasa es que este proceso si puede ser sostenido, que es difícil, durante un espacio de tiempo muy dilatado acaba teniendo un efecto acumulativo. A partir del momento en que se asocia el ejercicio del arte con el ejercicio de la libertad y de la responsabilidad ciudadana, y se ve como un ámbito democrático, supone un paso evolutivo muy importante en relación al momento en que el arte era simplemente una manera de reflejar el poder. Hay posibilidades, pero no se puede prever el final de todo este largo proceso.

¿Usted qué cree?

-Lo mismo que diría Gramsci. Que hay que ser pesimista con la razón y optimista con la voluntad. Es decir, que aunque se trate de algo utópico que por lo menos las ganas de intentarlo no falten.

¿Queda algo de ese Francesc Torres que se marchó a París a finales de los 60?

-Es curioso, en lo fundamental no cambias. Cambias en lo que te has equivocado si tienes la inteligencia de darte cuenta y corregirlo, pero en lo fundamental no. Lo que me llevó a mí a ser artista sigue siendo lo mismo y la prueba está en que mis primeras obras me siguen hablando. No las veo como algo que se haya quedado como resultado de su propio momento.

¿Qué corregiría si pudiese volver atrás?

-La precipitación. Pero claro, cuando tienes 20 años es como pedir peras al olmo. Intentaría no cometer los mismos errores pero bueno tampoco se aprende si no te equivocas.

 

UNIMAR '07

 

 

     
   
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