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foto: Luis Urbina
       
 
 

CRISTÓBAL GABARRÓN: “PARA HACER ARTE HAY QUE SER ABSOLUTAMENTE LIBRE Y HONESTO”

Juan A. Párraga

Frouida se alza poderosa sobre sus cuatro patas de acero y fibra de alta generación en mitad de la Avenida Juan de Borbón de la ciudad de Murcia, a escasos metros de la nueva catedral del mobiliario murciano, el gigante Ikea. Su imponente y colorida silueta de 30 metros de largo por 9 de alto capta de inmediato la atención de todos aquellos que la bordean, haciendo que resulte imposible apartar la mirada aún cuando, al volante, uno se dispone de forma suicida y encomendándose a todos los santos a adentrarse en la disparatada rotonda de tres carriles que la circunvala. Sin embargo Frouida , más conocida como la “araña multicolor del Ikea”, no es más que un claro ejemplo de lo que ahora se denomina “urbanismo cultural” y que ha llenado los rincones más inverosímiles de la Región de gigantescas esculturas tras las que se ocultan, en la mayoría de casos, algunos de los mejores artistas del panorama nacional y, también, internacional. Como en el caso de Frouida , una explosión de colores que homenajea al trasvase Tajo-Segura, obra del que seguramente es el artista murciano más universal del momento.

Desde que abandonase su Mula natal siendo un niño, Cristóbal Gabarrón ha vivido sus 62 años a caballo entre Murcia, Valladolid y Nueva York. Hace muchos años que dejó el realismo para sumergirse de lleno en la abstracción y en el color, una fórmula que le ha llevado a dominar el arte en espacios públicos como pocos en España. Sin perder nunca de vista sus orígenes, Gabarrón ha pasado unos días en Los Alcázares donde se ha hecho cargo de un taller de creación plástica dentro del curso “Arte, concepto y entorno” de la Universidad Internacional del Mar.

 

Llevamos un tiempo en la Región de Murcia viendo cómo prolifera el llamado “urbanismo cultural”, obras de arte que se ubican en diferentes espacios urbanos y que, a veces, suscitan el rechazo de una parte de la comunidad. Defiéndase como artista de todas estas críticas…

-No, defenderme no me tengo que defender. Si no gusta una determinada obra en un determinado lugar, bueno, no puedes cambiarlo. La ventaja del arte público es que con tu obra provocas reacciones en la gente, se consigue llamar la atención en el sentido de que el arte tiene que incorporarse a la vida normal de las personas, de la gente que pasa andando, en coche… y como todo en la vida no hay nada que guste a todo el mundo. Entonces, con mi máximo respeto a la gente que no le guste, imagino que con el tiempo entenderá que el arte público es importante para el desarrollo de una ciudad y si no le gusta, pues eso ya no podemos cambiarlo.

Deduzco entonces que no le sientan mal las críticas negativas…

-Ni me sientan mal las críticas ni me sientan bien las alabanzas. Me da igual. Me refiero a que una de las cosas que uno aprende con los años es que, primero, no puede gustar a todos. Segundo, que sus detractores pueden tener razón. Pero ése es mi trabajo y lo importante es hacer el trabajo honestamente e igual que cuando te dicen “qué maravilloso”, debes ser humilde y pensar que es tu trabajo y debes hacerlo así, cuando te dicen “no me gusta”… bueno, pues he fallado en algo, no puedes cambiarlo. Lo que no puede hacer uno es atormentarse. Hay que tener una cierta humildad en las cosas.

Escuchaba el otro día en algún sitio, si bien no recuerdo ahora mismo, que una cosa es arte contemporáneo y otra bien distinta es que te tomen el pelo. Parece que todo es arte, que todo vale. ¿Qué piensa usted?

-Es algo complejo. Como en todas las cosas de la vida, en cualquier profesión hay tomaduras de pelo y en el arte evidentemente también tiene que haberlas. Pero hay que ser muy respetuoso. Hoy día estamos ante una libertad tan grande, tan espléndida, que se respeta lo que haga cualquier persona; y es bueno el que se respete. Otra cosa es que los especialistas en arte, o el mundo del arte, vigilen, igual que la denominación de origen del vino, los controles necesarios para que esa denominación de origen no se altere. Y esto pertenece a los especialistas, a los agentes que están en ese mundo del arte, pero hay que tener libertad y respeto a lo que haga cada persona. Y luego es muy difícil saber si una persona lo hace con honestidad o lo hace por aprovecharse.

Hablamos entonces de valores, ¿cuál es el principal valor que intenta transmitir a los alumnos de sus talleres?

-La libertad de creación, la libertad y la honestidad en esa creación. Para hacer arte hay que ser absolutamente libre y absolutamente honesto.

Leía hace poco una entrevista suya de hace tiempo en la que decía valorar, especialmente, la forma que tienen los americanos de entender la limpieza del arte respecto a los europeos… ¿sigue pensando igual?

-Sí, es una idea que llevo metida muy dentro. Lo cierto es que un americano de 70 u 80 años, una persona mayor, la perspectiva con la que contempla una obra de arte de quien sea, por muy abstracta, por muy extraña que pueda parecer a los ojos es de, primero, máximo respeto. Segundo, que la observa y luego te da su opinión de si le gusta o no. En España la gente, y ya no te digo la de 70 u 80 años, se atreve a decir “bah, eso es una porquería, eso lo hago yo”. Eso no ocurre allí, entonces independientemente de la calidad de la obra y de todo ese tema del respeto al trabajo de una persona, del respeto a vivir con las diferencias –y ésa es una más de ellas-, para mí es muy importante como ética de un país…

 

 

Y sin embargo se acusa a la sociedad norteamericana de manifestar una cierta prepotencia en muchos aspectos…

-Sí, pero la pregunta tal y como la has hecho es un poco el punto de vista de un periodista de este país. Acuso; no hay que acusar, hay que observar. Entonces, aparentemente la sociedad americana es bastante prepotente. No tanto el pueblo americano, el pueblo llano, que es tan pueblo como nosotros, sino las instituciones que controlan, las empresas que controlan el imperio que es Estados Unidos creo que son bastante prepotentes. Pero yo no acuso. Observo que eso es así.

Dejó el realismo de sus comienzos para sumergirse en el hiperrealismo y de pronto, en el año 65, se volcó de lleno en las formas abstractas del arte. ¿Hacia dónde camina Cristóbal Gabarrón?

-Pues la verdad es que no lo sé. Yo me planteo mi trabajo todos los días en mi estudio sin ningún punto de llegada, no me preocupo de cómo recorro mi camino porque no sé adónde voy. Yo trabajo lo que siento, fuera de cualquier tipo de moda, de cualquier tipo de corriente, procurando hacer mi trabajo lo más aislado posible.

Volvamos al presente, dígame ¿en qué está trabajando ahora mismo?

- Estoy trabajando en escultura pública y en murales...

¿Aquí en España?...

-En España y en Estados Unidos. Y luego estoy trabajando esos cuadros, digamos de caballete, de explosión interior, de ésos que te tienen que salir del intestino.

Con Cristóbal Gabarrón me viene a la mente el color y, en el caso de los espacios públicos, grandes estructuras. ¿Se vería utilizando, por ejemplo, tonos blancos y negros?

-No, en estos momentos yo me veo lleno de color. Como una explosión. Necesito el color. No siempre fue así, otras veces he trabajado tonos muy oscuros, blanco y negro e incluso negro sin más color. Pero en este momento no. En este momento yo, personalmente, necesito mucho del color

¿Por qué?

-Porque para mí la expresión de lo que quiero decir… yo trabajo desde el estómago, desde lo más íntimo, lo más primitivo, y procuro en eso que comentaba de la honestidad del trabajo hacerlo como una explosión. Y esa explosión yo la veo como una explosión de color. Cuando tú ves una explosión, ya sea un cartucho de fogueo, fuegos artificiales, una bomba o simplemente gas que explota, está lleno de color. Intentar encerrarlos en un espacio bien escultórico o bien pictórico… en fin, para mí es así.

Cristóbal Gabarrón puede presumir de ser profeta en su tierra, cosa que no todo el mundo puede hacer. Usted nació en Mula pero ha vivido mucho tiempo a caballo entre Murcia, Valladolid y Nueva York… ¿Añora sus orígenes, su pueblo natal?

Mucho. Y tanto es así que estoy terminando un gran estudio en Murcia, un edificio para trabajar escultura y pintura en grandes proporciones, y estoy construyéndome una casa. Con lo cual, creo que ésa es la mejor prueba de que añoro mis orígenes y mi tierra.

¿Pintura o escultura?

-Las dos cosas. Soy una persona curiosa que le interesa investigar en todos los elementos.

¿Pintura para unas cosas y escultura para otras?, ¿o le da igual?

-Depende. En el fondo yo lo utilizo como un material y lo hago, pintura y escultura, en cada momento dependiendo de lo que quiero hacer.

¿Le gusta innovar con los materiales?

-Sí, sí, me encanta. Por eso digo que soy muy curioso, siempre estoy investigando con materiales nuevos, las posibilidades que tienen…

¿Le da muchas vueltas a las cosas?, ¿planifica lo que hace o simplemente hace las cosas como las siente?

-No, yo pienso ahora mismo en un tema y le doy mil vueltas, empiezo a pensar. Lo tienes que hacer para llegar a una obra es sintetizar al máximo, como en un escrito. Lo importante es sintetizar para que con poca información de color y línea llegar a expresar lo que tú quieres. Por tanto hay que darle muchas vueltas, una vez que tienes el resumen de lo que quieres expresar automáticamente hay una parte que parecía fresca, como esa explosión, y parece que sale en un momento, pero lleva mucho tiempo dándole vueltas.

Y ya para terminar quería comentarle una curiosidad. La verdad es que tenía una idea más o menos clara de lo que podía ser el estudio de un artista hasta que vi un vídeo en la Casa Pintada de Mula de usted trabajando en su estudio. Aquello parecía más una obra de albañilería que otra cosa…

-Sí, la idea que tiene la gente de un estudio es una cosa aséptica con lo clásico: un caballete, todo muy limpio, con una bata… y bueno, hay imágenes y estereotipos de las cosas, y es con un pincel pintando. Mis estudios son como talleres de obras, con una cantidad de materiales y herramientas más bien industriales que artísticas.

 

 

 

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