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La II edición de la Carrera Popular Universidad de Murcia congrega a un millar de participantes

   

Como corrí cinco mil metros acompañado de mil atletas

  Pascual Vera
 
fotos: Luis Urbina
     
       
     
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Bannister, la milla y los records

Hace mucho, mucho tiempo, este cronista leyó un artículo que le subyugó: ‘Cómo corrí la milla en cuatro minutos'. En él, un atleta –periodista ocasional sobre deportes- exponía sus impresiones preparando esta distancia cuando aún estaba lejos de profesionalizarse el atletismo y cómo conseguía bajar por primera vez de los cuatro minutos en el recorrido de esa distancia (unos 1609 metros). Se trataba de Roger Bannister que, siendo estudiante de medicina, participó representando a Inglaterra, en los Juegos Olímpicos de Helsinki de 1952. Quedó cuarto en los 1500 metros.

Dos años más tarde revolucionó los teletipos de todo el mundo al convertirse en el primer ser humano que bajaba de cuatro minutos para recorrer una milla. Su crónica de la carrera, metro a metro, ha quedado en la historia de la crónica deportiva.

Aunque conocedor de mis limitaciones para batir records, decido emularle: exponer mis impresiones de la II Carrera Popular Universidad de Murcia, que este año ha roto todas las expectativas y ha multiplicado por muchos enteros la participación que obtuvo el pasado año.

 

   

 

La llegada

Me hago un firme propósito de enmienda: a partir de ahora llegaré a las pruebas con tiempo suficiente.

Pero eso ahora no viene al caso: llego al Campus de Espinardo con apenas unos minutos para que –al menos oficialmente- den el pistoletazo de salida a la II carrera Popular Universidad de Murcia. Ya me ocurrió hace un par de años en una media maratón, a la que llegué cuando habían salido los corredores, y tuve que salir yo solo detrás. La gente me aplaudía mucho, porque pensaban que tenía algún tipo de minusvalía. Pero remonté muchos puestos. Es lo bueno que tiene salir el último: que nadie te puede adelantar.

No he calculado que podrían haber cerrado aparcamientos y accesos. Y así lo han hecho. La cosa parece bien organizada. Pero casi no llego, y además no puedo dejar el coche donde preveía. Decido dejarlo fuera del recinto y acudir corriendo al estadio. Así mato dos pájaros de un tiro: llego antes y voy calentando por el camino.

Tampoco hace falta mucho para estar caliente: luce un sol tan espléndido que este día de abril podría pasar por uno de junio. El calor aprieta y un kilómetro con esta temperatura, pasado a euros –metros, por temperatura partido por dos- sabe al menos a kilómetro y medio.

 

Entrada en la pista de atletismo

La primera sorpresa me la llevo cuando accedo al estadio de atletismo Monte Romero. Son centenares los participantes que esperan en torno a la salida. Esto me da ánimos. No hay nada más triste que correr una de estas pruebas populares con poca gente. Además, así no corro el riesgo de quedarme el último, y puedo esconder mis tiempos en el anonimato de la masa.

Otra sorpresa: No soy el último en recoger el dorsal, la cola se extiende tras de mí en otro medio centenar de personas. Un consuelo.

Hay ambiente festivo, los estudiantes de secundaria le dan color a la prueba. Bromas y gestos cómplices. Pero se intuye los nervios de quien no sabe como responderá a lo que se avecina.

¿Habrán estirado?, creo que muchos no han corrido nunca. Tendrán problemas. Cinco kilómetros no es mucho, pero sí lo suficiente como para reventar a los advenedizos en esto del correr.

Hago mis estiramientos –pocos, en una prueba siempre intento dilapidar las menos energías posibles, y un estiramiento de más siempre intuyo que es una zancada de menos-. Hay que economizar. Me meto entre la muchedumbre. No correré con la radio, mi inseparable compañera de correrías. Así puedo observar mejor al personal para contarlo en este artículo.

Delante de mí tengo a la intemerata, más o menos la misma cantidad que a mis espaldas. Pienso que, si se cumple la teoría de Zenón, me quedaré en el mismo puesto en el que estoy. Ya se sabe: Aquiles, el de los pies ligeros, no puede vencer a la tortuga. Claro que allí estaba también Diógenes para fastidiar la cosa, y sabía que, en cuanto Aquiles se pusiera a medio gas, no habría tortuga que le tosiera.

 

 
 

Kilómetro 0

Señal de salida. Muy sosa. No hay disparo. Me anoto mentalmente pedir disparo para la salida oficial de la III prueba el año próximo.

Las ocho calles –¿o son seis?, no lo recuerdo- son insuficientes para absorber la avalancha humana de un millar de corredores que intentan llegar a la meta en un santiamén. Deben pensar que si la cosa es instantánea, sufrirán menos.

Muchos creen que es cuestión de un par de minutos y corren como almas en pena –‘esa alma en pena siempre perseguida', que cantaba Alberti-, pero desecho enseguida ese pensamiento: hay que concentrarse en no tropezar con el gentío y que los de atrás no lo hagan contigo.

Ya caeréis, ya, pienso convertido –espero- en un redivivo Aquiles capaz de dejar atrás a los que han salido delante. Muchos nos abrimos a las calles exteriores para pasar a los que van delante. Son más metros los que tenemos que recorrer, pero no nos importa: ¿Qué son unos metros más comparado con esa oceánica inmensidad que nos espera por delante?. Eso se notaría en un atleta olímpico, pero nosotros, en nuestra pobreza, estamos dispuestos a afrontar ese diferencia en nuestra contra.

Miro a mi alrededor, y compruebo que duplico con creces la media de edad. Decido seguir una calva que veo unos metros por delante. Debe tener una edad tan provecta como la mía y puede ser un buen elemento de referencia.

La salida del estadio nos proporciona una visión del Campus de Espinardo insólita: invadido por un millar de extraños seres que denotan una prisa inusitada por devorar metros.

Primer avituallamiento de agua. Demasiado cerca de la salida. Puedo seguir. Además, la cantidad de corredores que me acompañan acaparan todos los botellines. Decido esperar al siguiente puesto de agua. La veteranía, pienso, es un grado para saber donde saciar la sed y mitigar en la medida de lo posible este calor aplastante.

 

 
  Kilómetro uno

El campus dista mucho de ser llano. Eso lo sabemos todos sus usuarios. Pero la mejor manera de darnos cuenta de que tenemos un Campus tipo Los Alpes es correr por él.

El camino verde, tan bucólico y lleno de plantas, se convierte en un suplicio para muchos corredores, que deciden aprovechar sus sombras para protegerse del sol y caminan o trotan derrengados, con una cadencia tan parsimoniosa como la de aquella sirvienta de ‘Lo que el viento se llevó', que decía ‘Voy volando, señorita Escarlata', mientras pisaba huevos.

 

 

El cartel que vemos está a punto de acabar con los nervios de alguno: reza 4000 metros. Pero no sabemos si es eso lo que llevamos recorrido o si falta esa distancia. Es evidente que ni una cosa ni otra. El cartel sólo cobrará sentido en la segunda vuelta. Así que, ni caso.

Un voluntario nos indica que llevemos cuidado con varias columnas repartidas por el camino. Pienso que hay que estar muy torpe para tropezar con ellas, pero con lo cansados que vamos todos, es mejor prevenir.

El alopécico de verde está cada vez más alejado de mí. La cosa se complica. ¿Deberé elegir a otra liebre que corra menos?

Recojo mi primer botellín. Lo necesitaba. No tengo sed, pero me viene de perlas para remojarme. Hace tanto calor que estoy sugestionado. Solo la sugestión puede hacer que me de la impresión de que el agua, al echármela sobre la cabeza, hace un ruido familiar: shhhhhh que indica evaporación.

El final del camino verde –mucho más accidentado y tortuoso que el camino de las losas amarillas de ‘El mago de Oz'- acaba en otra de esas cuestas rompepiernas. Rebaso a un montón de corredores. En contrapartida, me pasan otros tantos. Ni frío ni calor –pienso-, hemos registrado un empate. Aquiles y la tortuga a freír espárragos. El movimiento se demuestra andando, que diría Diógenes, y no digamos nada si es corriendo.

Kilómetro dos

Siempre me ha dado la impresión de que las distancias en estas pruebas populares están trucadas. Los organizadores son unos sádicos que se sienten felices haciéndonos correr más y más kilómetros, y encima nos lo ocultan.

Sea como sea, hemos llegado al ecuador de la prueba. Empiezan a abundar los corredores que se van deteniendo y continúan al paso. Deben tomar fuelle, no pueden más. Pienso que he equivocado lo de la figura. No se trata de la anécdota de Aquiles y la tortuga, sino de la liebre y la tortuga, la fábula de Esopo. Todo es cuestión de no detenerse, seguir caminando –mejor corriendo- chino chano. Es sabido que así ganó la dichosa tortuga –joder con el quelonio, pienso, y perdón por ambos palabros- a la presuntuosa liebre. Así que continúo. Sigo rebasando corredores. Claro, que a mí también me rebasan. No sé si pasaré del empate esta vez. Creo que sí.

Pasamos junto a otro avituallamiento de agua. Agua para todos los corredores. En este caso, absolutamente necesaria. Pero alguien ha tenido la feliz idea de poner a enfriar los botellines como si los hubiéramos pedido en un restaurante y quisiéramos degustarlos con fruición. Cada chorro que me echo por la cabeza me produce un escalofrío. Me anoto otra cuestión: pedir a los organizadores que el agua para los corredores permanezca, simplemente, en un lugar fresco, nada de frigoríficos.

 

Pasamos cerca del estadio, pero nuestro gozo en un pozo, hemos de dar otra vuelta. La puerta de acceso queda atrás.

Mi amigo de referencia, el corredor de poco pelo, ha desaparecido definitivamente. ‘No problemo', me digo a mí mismo, anda que no hay ‘liebres' para marcar el paso. El único problema es continuar.

Pasamos cerca del estadio, pero nuestro gozo en un pozo, hemos de dar otra vuelta. La puerta de acceso queda atrás.

Mi amigo de referencia, el corredor de poco pelo, ha desaparecido definitivamente. ‘No problemo', me digo a mí mismo, anda que no hay ‘liebres' para marcar el paso. El único problema es continuar.

 

 

Kilómetro tres

Las deserciones son cada vez más numerosas. Resulta evidente que muchos de los chicos de instituto no habían entrenado –también más de uno de los universitarios-. Algunos van derrengados y otros deciden, simplemente, ir a su bola. Una decisión acertada.

La cuesta que rodea las instalaciones deportivas por el exterior se convierte en una barrera que se me antoja infranqueable. Claro que, si miro a mi alrededor, veo que el panorama es peor. Decido apretar. Mindundi el último.

Ni un grito de apoyo, ni una palabra de ánimo. No hay nadie en el Campus. Me anoto otra cuestión: poner figurantes para las próximas entregas que nos animen durante el trayecto. Los murcianos animan muy poco en estas pruebas. Incluso intuyo, cuando la carrera se celebra por la ciudad, que a algunos, sobre todo a los conductores, les gustaría incluso agredirnos.

Cualquier sitio es bueno para refugiarse del sol. En las inmediaciones del aparcamiento de la facultad de Educación y las pistas de tenis todos caminamos en fila bajo las planchas de metal de los aparcamientos. La sombra se agradece.

Otro botellín de agua y –este sí- fresquito pero sin pasarse. Otra ducha por encima.

Me descubro respirando como un condenado. Habitualmente corro escuchando la radio, y eso me impide oír mi respiración. La gente a mi lado me mira, pero yo les hago señas de que voy bien, que es mi correr natural. Me anoto mentalmente otra cosa: traer la radio la próxima edición. Es la mejor manera de evadirse en una carrera.

Kilómetro cuatro

Ahora cobra sentido el enigmático cartel del comienzo: 4000 metros. Esos son los que llevamos según los organizadores. Pero todos sabemos que, en realidad, llevamos recorridos al menos el doble.

Espoleados en su ánimo ante las puertas del estadio, los más jóvenes, deciden echar el resto, y empiezan a correr como diablos. No seré yo quien os alcance, pienso.

La entrada en la pista de atletismo nos hace ver por primera vez la meta desde que salimos de allí. Pero nadie es capaz de imaginar lo larga e inacabable que es una pista de atletismo hasta que no intenta darle la vuelta corriendo.

Por el camino aún me adelantan media docena de esos enloquecidos de última hora que pretenden recuperar en los últimos cien metros, la desventaja que han acaparado en casi cinco kilómetros. Intento imitarlos a ver qué pasa, pero sólo rebaso a uno. Mejor me quedo quieto.

 

El colofón es que entro en la meta mientras Luis, el fotógrafo de la revista Campus mira para otro lado. Me quedo sin foto.

Mientras realizo los estiramientos finales tengo ocasión de ver más de cerca -¡Por fin!- a la liebre que me precedía. Me percato de que, a pesar de su calvicie, tiene la mitad de años que yo. Es un consuelo, y doble –por lo de la alopecia, digo-.

   
 

 

Epílogo y premio

Por los micrófonos, el vicerrector Francisco Guillermo Díaz Baños agradece su participación a los mil corredores –750 estudiantes de secundaria y 250 universitarios- y se disponen a dar los premios en las distintas categorías. Se suceden un par de pequeños problemas en la entrega: varios corredores han decidido correr con dorsales de otros compañeros/as, y esto complica un poco la elaboración del listado de ganadores, pero pronto es subsanado.

Una última sorpresa: anuncian mi nombre por el altavoz. He sido tercero en la categoría del Personal de Administración y Servicios. Ahora comprendo lo positivo de la especialización: a pesar de haber llegado después que un centenar y medio de atletas –claro que detrás de mí habían al menos ochocientos corredores-, puedo subir al podio. A especializarse tocan. Estoy seguro de que si corriera en una categoría de murcianos de más de 1'70, historiadores, ex-filatélicos, y aficionados al cine y la cultura regional, me quedaría también de los primeros –por no decir el primero-.

 
 

Pablo García Blanco, ganador absoluto II Carrera Popular UMU.

 

Paloma Sánchez Sala , ganadora absoluta. II Carrera Popular UMU.

 
   

 

Mil corredores, mil

Como dijo Hemingway –lo insinuó al menos-, el campus era una fiesta. Pocas pruebas de medio fondo –ni de fondo entero- pueden presumir de reunir a un millar de participantes en su segunda edición. La Carrera Popular de la Universidad de Murcia lo ha logrado, y puede dar evidencias de una organización impecable. Los trabajadores del Servicio de Actividades Deportivas, los voluntarios, los distintos servicios, los puestos de avituallamiento, las indicaciones... todo estaba preparado de modo irreprochable. Estos eventos que nacen con tan buen pie –pierna, más bien- deberían tener continuidad en el tiempo. La mejor manera de contribuir a la popularización del deporte es, precisamente, demostrar que esta práctica es seguida y querida por amplias capas de población.

Además, se trata de una buena manera –un poco cansada, sí- de mostrar a muchos de nuestros futuros universitarios, lo que será el lugar donde pasarán buena parte de los próximos años, su casa estudiantil.

Bienvenidos.

 
 
       

 

Listado Clasificación 'II Carrera Popular Universidad de Murcia'

Reportaje fotográfico

       
             
 

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