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24.05.2012
 
 
Mito griego de Ícaro Imprimir E-mail

La red ICARUM (Infraestructura de Comunicaciones Aéreas por Radiofrecuencia de la Universidad de Murcia) debe su nombre al mito griego de Ícaro, que representa el eterno objetivo humano de liberarse de las ataduras. Aunque siempre hay que conocer y respetar ciertas limitaciones:

 

Dédalo, anonadado de la larga jornada que llevaba en Creta y de un destierro que le alejaba de su patria, resolvió salir del lugar que miraba con verdadero horror; pero el mar ponía a su deseo un obstáculo invencible. "Si la tierra y el mar -dijo un día- me son cerrados por el tirano, éste no sabrá cerrarme el camino de los aires. Aun cuando sea el dueño del mundo entero, el cielo no está bajo su poderío y podré por el trazarme un camino."

Hablando así Dédalo ideó un proyecto que jamás mortal alguno pudo concebir. Cogió plumas, pegándolas de forma tan admirable, que compuso dos alas en todo semejantes a la de los pájaros. Ícaro, su hijo, que no sabía que trabajaba en su propia perdición reunía las plumas con un aire optimista, o bien reblandecía la cera que las debía de unir. Dédalo, al fin, hizo el ensayo sosteniéndose, efectivamente en medio de los aires. Dirigiéndole la palabra a Ícaro, le habló de esta suerte: "Ten cuidado, hijo mío, de volar siempre a la misma altura; si desciendes demasiado, la humedad del agua apesantaría tus alas; si te elevas demasiado, el calor del sol te abrasaría; ten siempre un justo medio entre estos dos extremos. Sobre todo no te aproximes a las constelaciones de la Osa, del Boyero y de Orión, y guíate siempre por mí."

Le ató las alas, temblando de emoción, y con lágrimas en los ojos le explicó en breves palabras la manera de servirse de ellas. Le abrazó por última vez, tomando él primero el vuelo, para dirigir el camino: semejante al pájaro que hacía salir a sus polluelos del nido, así él enseña a su hijo el peligroso arte de volar, teniendo siempre sus ojos puestos en Ícaro.

Sorprendidos con la extrañeza a la vista de tal prodigio, tanto el pescador como el pastor y el labrador les tomaban por dioses.

Ya había dejado a su izquierda la isla de Samos, célebre por el culto de Juno, y a la derecha la de Delos y Paros, Lebinta y Calimna, tan abundante en miel, cuando Ícaro abandonó a su guía para elevarse más alto; el calor del sol derritió la cera que sujetaba las plumas de sus alas, cayendo al mar, que después llevó su nombre.

Dédalo al perder a su hijo de vista y ante el temor de perderlo para siempre, le llamó en vano: "Ícaro, hijo mío, ¿dónde estás?" seguía Recreación hablando, cuando de pronto vio las alas de su hijo flotando sobre las aguas del mar.

Detestó mil veces la funesta invención que concibió y rindió los últimos deberes a Ícaro en la isla que acababa de perder la vida.

Fuente: OVIDIO. LAS METAMORFOSIS. Libro Octavo II

 

Las redes inalámbricas nos permiten liberarnos de los cables obteniendo así una gran movilidad, que es el objetivo principal perseguido. Pero a cambio hay que pagar un precio.

Estas redes tienen un ancho de banda mucho menor que las cableadas (11 ó 54 Mbps frente a 100 Mbps típicamente), que además es teórico (en la práctica se alcanza mucho menos) y compartido por todos los usuarios asociados al mismo punto de acceso.

Por otra parte, al volver a un medio compartido, hay que pagar el precio de la falta de seguridad, que en el caso de la red ICARUM se cambia por la molestia de tener que usar Redes Privadas Virtuales.

Ícaro y Dédalo
Ícaro y Dédalo
Última modificación ( 12.12.2006 )
 
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