VALORACIÓN DE JOHN F. KENNEDY

([1963] Publicado en Diálogo de la Lengua, 1993)

 

 

El único barbero de un pueblecito español, aún detenido en estructuras barrocas, me anunció, demudado, la muerte de John F. Kennedy. Mi primer asombro fue constatar su conturbación. Realmente, John F. Kennedy no era el Alcalde del pueblo, ni siquiera gobernador de la provincia, sino el Jefe cae un país extranjero. ¿Qué ha tenido que suceder en el mundo para que la muerte del Presidente de los Estados Unidos conmueva al barbero de un pueblecito español, todavía absorto en las complicaciones de la Contrarreforma?

Ha ocurrido, sencillamente, que los Estados Unidos dirigen una Supracomunidad. Una Supracomunidad no es algo que se logre por iniciativa del Poder, según predicaron los fascismos; tampoco, una meta que se alcance como premio de esfuerzos queridos y dirigidos al efecto, sino un suceso que viene a las manos sin pretenderlo, un acae­cimiento fatal. La Supracomunidad implica dos hechos: posibilidad de Decisión, por la parte que dirige, y reconocimiento, en los que obedecen, de la necesidad de esa Decisión. Desde este punto de vista, la dirección de la Supracomunidad resulta un acontecimiento tan trágico para la sociedad que manda como para las que asienten; es, sencilla­mente, resultado de una resignación ante la fatalidad.

Después que fue vencido el Canciller Hitler, el mundo se dividió en dos Supracomunidades, como todos sabemos: la una al Occidente, y la otra al Oriente de Berlín. Fue paradoja que el inventor de imperios de opereta, canciones y fatuas agresividades, provocase la materialización de las más grandes Supracomunidades que han existido desde Roma. De haberse podido conocer al instante, la desaparición de César hubiera conturbado al barbero de Zama, o de Eleusis, tanto como la de Kennedy al barbero español, o la de Nikita Kruschev al barbero de Sofía.

Para calificar, siquiera de una manera intuitiva o estética, si existe o no existe una Supracomunidad, siempre que haya una realidad de Poder ultranacional, nada mejor que aprovechar la oportunidad que nos ofrece la repentina desaparición del hombre que, por cualquier circunstancia, posee la Decisión. Mientras vive la República, la muerte de sus magistrados vale como anécdota, jamás como categoría, porque la Decisión pertenece a la Institución. En un caso así, nadie se pregunta qué será del mundo. Por el contrario, cuando un conjunto de sociedades se han transformado en Supracomunidad, la muerte de su jefe alcanza valoración de categoría. Todos se preguntan entonces qué será del mundo, como lo hizo el barbero del pueblecito español. A esto llama inclinarse ante la necesidad.

Según lo expuesto, el jefe, como individualidad, tiene más significado en una Supracomunidad que en una República. Y así es, en efecto, porque en el primer caso, un hombre, o un grupo de hombres, pueden determinar el futuro, como todos sabemos y tememos. Esta afirmación, sin embargo, no ha de conducirnos a la equivocación de confundir la Historia con la biografía, y hablar de la grandeza de los hombres que rigen Imperios o Supracomunidades, error típico de los historiadores de la Antigüedad, proseguido por sus imitadores occi­dentales y grotescamente exagerado por los fascismos. Los espíritus modernos, y por tanto universales, no podemos creer en la grandeza de los individuos en cuanto hecho historiable, porque sabemos que la Historia es una Expresión del Mundo, una forma de la Naturaleza, si se quiere, y nunca un resultado de biografías. Admitimos, ciertamente, la grandeza humana, pero sólo como ser biográfico, es decir, ético, lo cual no interesa a la Historia. Los autores griegos y romanos escribían de los sucesos con instinto moral y pathos estético; nosotros, empero, los investigamos como objetividades ajenas al hombre.

Cuanto los escritores convencionales suelen llamar grandeza de un individuo, es algo que se da siempre a posteriori, jamás a priori. Quiere esto decir que los sucesos engrandecen o empequeñecen a los hombres, nunca al contrario. De entre las llamadas grandes personalidades, Julio César ha venido sirviendo de tópico. Pues bien: Si a su muerte, Bruto y Casio hubieran ganado la batalla de Filipos, y restau­rado la institución republicana, César habría pasado a la leyenda como dictador que interrumpió la gloriosa tradición. Mas porque Bruto y Casio fueron derrotados, César devino grande. Vemos, pues, que la magnitud historiable de César dependió de algo tan aparentemente arbitrario y ajeno al propio César, tan casual, como el resultado de una batalla. Ni siquiera el más empeñado de los épicos podría demostrar la participación de la voluntad cesárea en hecho.

Lo expuesto, sin embargo, no debe inducirnos a negar en César toda clase de valor. Aunque la Historia no sea obra del individuo, los hombres que poseen la Decisión tienen reservada la oportunidad de colaborar en la grandeza objetiva del probable suceso. A nuestro jui­cio, el significado de César, su única magnitud, consistió en sospechar, por así expresarlo, que, tras su muerte, los Brutos y los Casios perderían irremisiblemente la batalla final, apostando por ello. Tal equivale a intuir el futuro, en cuanto necesidad irrenunciable, y adherirse a él. Los ideólogos y los políticos buscan, el porvenir, y, como extravagantes ­arqueólogos, lo reconstruyen desde los datos del presente, a fin de apostar por una buena causa.

Siguiendo nuestro método, debemos esperar que los sucesos de los próximos treinta años afirmen o nieguen, a posteriori, la grandeza historiable de John F. Kennedy. Nótese que decimos los sucesos, comparecencias ajenas a toda voluntad particular. Por el momento, nosotros sólo podemos tratar de investigar si John F. Kennedy ha colaborado en su probable grandeza, como César en la propia, ocurra o no ocurra. Los resultados de esa investigación dependerán de las respuestas que podamos dar a esta serie de preguntas: ¿Fue Kennedy un ideólogo? ¿Propuso nuevas formas de convivencia? ¿Intuyó el porvenir? ¿Quiso adherirse a él? ¿Retó a la Historia de la República Norteamericana? ¿Dejará prosélitos? ¿Ganarán éstos la última batalla?... Veamos de proponer algunas respuestas.

Sabemos que F. D. Roosevelt inauguró la Historia Universal de los Estados Unidos [1]. A su muerte, la República, abocada a novísimas situaciones, quedó vacía de contenido ideológico capaz de competir. Un gobierno engrandecido en el exterior, se tornó intolerante en el interior, como los propios norteamericanos habían anunciado y temido desde William McKinley y Woodrow Wilson [1]. La obra de F. D. Roosevelt quedó interrumpida. El mandato de Dwight D. Eisenhower transformó la Democracia Americana en un statu quo defensivo, sin doctrina que oponer frente a ideas dotadas de tanta capacidad de con­tagio como la vida misma.

Después de Eisenhower, la República precisaba, ciertamente, de una ideología de valor ecuménico, es decir, de una propuesta de convi­vencia general. F. D. Roosevelt había configurado el Estado Demócrata, fuera del cual nadie podía ser ortodoxo, estatificando así el ideal democrático, otrora patrimonio de la comunidad [1]. Pero en esta institución había, más que un contenido doctrinal, un contenido de Poder, un mandato dirigido a las gentes norteamericanas, que ya no podrían ser demócratas sino a través del Estado [1]. Frente a un hombre como Jefferson, dotado de capacidad filosófica, F. D. Roosevelt fue un político que no inventó ningún credo: se limitó a recogerlo de la sociedad ­y trasladarlo al Poder, convertido en perpetuo sínodo y catapulta de la vieja fe.

John F. Kennedy quiso completar la obra de Roosevelt, en el novísimo período de la Historia Universal de Norteamérica, inyectan­do en el Estado Demócrata un contenido apto para competir y avenirse con doctrinas ecuménicas, es decir, lo que llamamos una filosofía de carácter universal. Para configurar esta filosofía decidió volver a la clasicidad de la Democracia de Jefferson, o sea, a los principios políti­cos de la Ilustración, si bien aplicados a la realidad contemporánea. En efecto: A la manera de los Padres de Norteamérica, Kennedy, discípulo ­de los dieciochescos, tenía por incontrastables los siguientes postulado­s: que el individuo es la célula primaria de toda comunidad, que la sociedad nace naturalmente con contrato, que su desarrollo es una actividad humana, que esa actividad puede ser concebida como hacer racional, que la busca de la felicidad debe ser el objeto inmediato del ente social, y que a la función del Poder ha de corresponder una inten­ción semejante en los ciudadanos [1]. También como los ilustrados, Kennedy creía en la bondad natural del hombre, en la posibilidad de materializar en el mundo una segunda naturaleza humana, todavía no terrena, pero hacedera, y en la redención por el progreso [1]. Por último, sostenía el dogma de alcanzar la felicidad por medio de la libertad y la educación [1].

Proyectados sobre la realidad terrena, estos principios ilustra­dos, en cuanto abstractos y generales, es decir, en cuanto típicamente filosóficos, no podían conducir en el siglo XX a los mismos resulta­dos y ambiciones que en el siglo XVIII. Entonces se trataba de confi­gurar una sociedad de hombres libres y propietarios, rescatados del juego de los reyes, liberados de la intolerancia y asentados en Norteamérica. Ahora, de perpetuar y extender una Supracomunidad de individuos igualmente libres, asegurados frente al juego capitalista, liberados de los juicios interesados y capaces de proyectarse en universalidad, proponiendo al mundo un sincretismo político; en suma: de materializar una Democracia Socialista y ecuménica, en forma semejante a un Imperio, más allá de los límites geográficos e ideales de la República y su casta dominante. De tal forma vino a resultar John F. Kennedy lo que hoy se llama una individualidad de izquierdas.

Es tradición occidental que los heterodoxos devengan normalmente producto de la conjunción de dos factores: una filosofía basada en principios generales y una simpatía instintiva hacia el futuro, es decir, hacia lo que necesariamente ha de ocurrir. Cualquier tipo de filosofía, en cuanto teoría, puede convertirse en doctrina de una personalidad de izquierdas, siempre que la razón parta de postulados constatables y concluya implacablemente, según su método, soslayando la tentación de los juicios interesados. Frente a esto, las denominadas derechas representan regularmente lo actual, los intereses, los compromisos. Mas, como dijo Lucrecio, y tantos han repetido, la Fatalidad conduce a quien la quiere y arrastra a quien no la quiere.

Para poder actuar como una individualidad de izquierdas sin abandonar la Weltanschauung norteamericana, Kennedy hubo de volver forzosamente a la Democracia de Jefferson, es decir, a la filosofía, en cuyo origen no hay corrupción, porque es puro pensamiento. Igual tendría que hacer el cristiano que pretendiera cabalgar junto al futuro: retornar a la consideración de los principios. Pero el intento de Kennedy demostró la verdad de esta aparente paradoja: que tornar a los fundadores de cualquier doctrina, y a sus escuetos postulados, resulta heterodoxo.

En otra ocasión he definido la libertad política como posibilidad de desarrollar la capacidad de pretensión humana, formulando propuestas ­de convivencia y ofreciendo a la sociedad presente un futuro novedoso [2]. El predicador de aquellas propuestas se llama utópico [2]. Pues bien: Desde que John F. Kennedy tornó al Ideal de los Padres de Norteamérica, se transformó en un utópico, es decir, en un predicador de reformas, necesariamente enemigo del statu quo, lo cual advirtió desde el primer momento la casta dominante de los Estados Unidos. Como clásico ejemplar de utópico, Kennedy poseía ideas más filosóficas ­que políticas sobre la sociedad; albergaba instinto mesiánico, vir­tud esencial al reformador; sabía que el derecho de nuestros padres es algo fundamentalmente vetusto, y que la extrema desigualdad no puede coexistir con el gobierno democrático ni con ningún gobierno justo, como ya lo antevió F. D. Roosevelt; finalmente, tenía conciencia de que la naturaleza humana está corrompida por la pobreza y la tiraní­a lo largo del mundo.

A la manera de F. D. Roosevelt, John Kennedy perteneció a esa clase de hombres especialmente dotados para adivinar el futuro situarse de su parte [1]. El que se alía con el porvenir, tiene la Fatalidad consigo. En bella expresión de Lucrecio, la causa de los vencedores de las guerras civiles romanas plació a los dioses, y la de los venci­dos, a Catón. Los dioses son, por consiguiente, los primeros proséli­tos del porvenir, o dicho de otra manera, los primeros utópicos. El futuro del mundo, si éste quiere perdurar, ha de ser forzosamente un sincretismo político, cultural y religioso, o sea, una universalidad de disposiciones. Naturalmente, ello no ocurrirá por voluntad humana, sino por necesidad de la rerum natura. El carácter seductor de John F. Kennedy estriba en haber adivinado esa necesidad, lo cual equivale a descubrir cuanto los hombres, si no son locos o malvados, quieren y desean.

Woodrow Wilson retó a la Historia Natural de Norteamérica [1]. F. D. Roosevelt recogió este reto y abrió a los Estados Unidos las puertas de la Historia Universal, o Historia de la Responsabilidad, como ya hemos dicho. John F. Kennedy lanzó un nuevo reto al Suceso Norteamericano, proponiendo la democracia como una universalidad de principios y consecuencias implacables, de acuerdo con el pensamiento de los fundadores y bajo la forma de una Supracomunidad sincrética, según acabamos de exponer. ¿Recogerá este reto alguno de sus sucesores? Es obvio que ya pasó el tiempo en que los norteamericanos podían considerar al Estado como un trust engrandecido [1]. La teoría de los negocios no puede seguir siendo la teoría de la democracia, si ésta quiere entrar en dialéctica ecuménica. La República, tal como ha llegado hasta nosotros, tampoco puede ser juez internacional, si no se transforma en Supracomunidad, y la Supracomunidad implica admitir los dioses y las verdades ajenas, fundiéndose con ellos. Por último, la casta que ama la violencia, desprecia gran parte de los ideales que predica, y maneja hechos consumados [1], tampoco puede gobernar una Supracomunidad.

Recoger un reto como el de John F. Kennedy, equivale a inaugurar en Norteamérica la dialéctica ideológica, típico ejemplo de Historia Universal. En otra ocasión he dicho:

«En su espléndido mundo natural y tranquilo aislamiento, la Sociedad Norteamericana no conoció la Reflexión Utopizadora, cual es como decir que los Estados Unidos jamás tuvieron problemas verdaderamente políticos, sino de técnica gubernamental. ¿Qué filosofía o literatura de propuestas posee Norteamérica? ¿Qué ejemplos de predicaciones? La Reflexión Política norteamericana, en cuanto configuradora, fue siempre Prescriptiva, o sea, jurídica. El fenómeno encuentra su explicación en el hecho de que los Estados Unidos no han vivido una verdadera Historia Universal, sino Natural. La Sociedad Norteamericana fue la experimentación de doctrinas configuradas ­por cierta Reflexión Utopizadora europea, suceso que conser­vó en su conciencia casi hasta la Segunda Guerra Mundial. ¿Es posible ofrecer propuestas de convivencia a una sociedad que se halla experimentando precisamente un tipo de propuesta? Solamente después ­de advenir a la Historia Universal, luego de la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos se encuentran en situación de albergar la Reflexión Utopizadora, cuyos primeros atisbos comienzan a surgir en los novelistas. Por lo demás, es interesante preguntar cómo reaccionaría l­a Sociedad Norteamericana ante un movimiento utópico nacido en su propio seno. A nuestro juicio, la respuesta sería tan dura que podría demostrar cómo la Democracia Americana nada tiene que ver con las formas liberales, sino más bien con ciertas concepciones medioevales. La Democracia Americana no es una forma de dialéctica, como suele pensarse, sino de Sociedad»*.

Llamamos doctrina política a la reflexión capaz de producir entusiasmo y contagio perdurables. ¿Tendrá la palabra de Kennedy fuerza suficiente para materializar esos fenómenos? ¿Ganará prosélitos? ­¿Continuará la simpatía del pueblo hacia la Inteligencia? Si estas preguntas tuvieran respuesta afirmativa, la muerte de John F. Kennedy abriría, sin duda, en Norteamérica, el periodo de la lucha ideológica.

 


 


NOTAS

 

1 Véase mi libro: Las Grandes Etapas de la Historia Americana (Bosquejo de una morfología de la Historia Política norteamericana), Revista de Occidente, Madrid, 1957 [2ª edic. con el título de Reflexiones sobre Norteamérica, Editora Regional de Murcia, Col. "Textos de Alcance", Murcia, 1982; 3ª edic., 1987. Prólogo de Enrique Tierno Galván].

 

2 Véase mi artículo: «La Reflexión Política Configuradora», Revista de Estudios Políticos, número 121, enero-febrero 1962 [págs. 99-126].

 

* La cita procede, con ligeras variantes, de «La Reflexión Política Configuradora», art. cit. págs. 120-21. [Nota del Editor (Diálogo de la Lengua)]