TRÍBADA

Theologiae Tractatus

 

DE JUANA A DANIEL: 6

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¡Qué alegría me inundó anoche, al descolgar el teléfono y oír tu voz! Quedé suspensa, pues surgiste inesperado. Llegaba yo de la casa de mi hermana, dispuesta a recogerme en mi celda, para releer tus cartas, como siempre hago; venía triste, y me encontraba triste, cuando apareció tu voz en mi oído; su timbre ocupó y colmó de tal manera mi espíritu que apenas dejó lugar para recibir el significado de los vocablos; hablaste y te escuché como voz, no como discurso. ¿Quién estará más enamorada que yo, que te gozo eco y reclamo?

Veo que quieres vengarte de Damiana. Entiendes por venganza la restauración, mediante la sensación de culpa en la mujer, del orden que ella ha roto. Mas yo digo que nunca te vengarás, porque tu monona detenta un mínimo espíritu, casi una tiritaña, y en tal insignificancia no cabe la tribulación. No pretendo afirmar que desconozca la desesperación y su aflicción; antes bien, sostengo que las habita, pero inconsciente, lo cual se manifiesta como caos de conducta o incoherencia de raciocinio, según he apuntado alguna vez. La existencia de un tártago inconsciente no satisface, sin embargo, tu sed de justicia; exiges una zozobra que se reconozca, una conciencia que aparezca precisamente al sentirse culpable. Ello no sucederá, sábelo. La hembra horra se convertirá oquedad, tiempo sin contenido, vía sin dirección, inconsecuencia y desvarío. Exclamaremos: «La habitante de la vulva es una escombrera». Pero esta certitud no calmará tu congoja, porque la necesidad moral pide que el sujeto se valore escoria, emoción que jamás visitará a Damiana.

Hablas con tu olorosa manzana para conducir su ánimo al campo de la moralidad, y, en consecuencia, torturarlo. ¿No es cierto? Sin embargo, cada vez que lo ensayas, quedas frustrado, e irritas, de paso, a la esquilita. No creas, querido mío, que vuestros encuentros y disputaciones representan la liza entre el pecado y la cólera de Dios. Más bien son la gresca entre un mono y un loco cruel, cruelísimo, que intenta atormentar al animal en el potro de la ética. No me muestres los arañazos y estigmas de semejante lucha: marcas son que te rebajan y me avergüenzan.

La vehemencia de venganza señorea y petrifica tu voluntad. Preso de tal obstinación, esperas insanamente que la Providencia, el concierto velado de la estructura final del mundo, o la casualidad te ofrezcan el momento del desquite, y así desertas de la existencia racional y te alistas en el gremio de los delirantes. Una pasión cristalizada y transfigurada totalidad nos encamina a la casa del augur y a las plantas del oráculo, pues la ofuscación quiere hablar y ser escuchada. El empeño furioso, la debilidad y la impotencia conducen, conjuntados, a los mayores extravíos. ¿Te sorprenderé consultando las entrañas de los animales para adivinar qué será de Damiana y de su hombra? Según mi opinión, sólo falta que te propongan el auspicio. ¿Alcanzará tal degradación quien encarnaba precisamente las ideas distintas y los claros espacios entre las cosas? Por otra parte, tu cuerpo padece la excitación, el sobresalto, la rigidez y el decaimiento de tu alma; de ahí que te encuentres físicamente depauperado y hecho otro hombre, la voz quebrada, la mirada perdida, el habla balbuciente, el pensamiento oscuro.

Dices: «No puedo conversar con la tríbada sin enfuriarme y querer agredirle. Mi atracción por ella entraña odio simpático y sagrado, nacido de la visión de lo puramente demoníaco y en acto; también encierra mengua de mi ser. Damiana contiene y exhibe un mal que patologiza y ensimisma mis potencias».

Y también: «Si la desnucara y troceara, no me libraría del tósigo que en mí ha colocado, porque el odio no concluye con el ensañamiento: se detiene y desfatiga simplemente, para recomenzar fortalecido. Me aterra comprobar que la vulva fricante me ha vencido. No puedo sumirla en remordimientos, porque allí no hay lugar para la mancha; no puedo humillarla con razones, porque allí no cuentan los silogismos; no puedo atocinarla, porque mi rencor tampoco quedaría saciado, sino despavorido de perder su objeto».

Y también: «Si me solicita, me inquieta, y si no lo hace, también me inquieta; en el fondo, deseo que me requiera. Tal impaciencia no supone, sin embargo, anhelo de su persona, sino ilusión de verla destruida, amanecido el día del juicio y su sentencia, pasión que me liga indefectible a la bollera».

Y también: «Si conociera la nueva de su muerte, me gozaría, pero seguiría odiándola. Escribiría sobre su tumba la palabra tortillera, pero continuaría odiándola. Daría su podredura a las basuras, pero proseguiría mi encono».

Y también: «Poseo lucidez para comprender que esto se denomina delirio, y que el odio transporta a la espiral sin fin de la locura. Mas no sé cómo curarme».

Amigo mío, si Damiana exclamara: «Acepto la culpa y el castigo», no dirías tan terribles cosas, pues tu venganza se cumpliría. ¿Imaginas a la ciruelita capaz de expresar espontánea esa declaración? Indudablemente, no. Pero voy a comunicarte una verdad: de saber que precisas de semejante confesión, tal vez la realizara, pues, aunque sus ardores hayan traído el mal, ella no es el mal. ¿No recuerdas haberme enseñado que la naturaleza del propio Satanás no es perversa, sino sus acciones, pues sólo Dios podría ser, en todo caso, perverso? Debes pensar, al menos como recurso sedante, que el mal no existe, aunque asome en los hechos. Tu odio hacia la trapacero guarda más vileza que su pobre instinto, si denodado, limitado y estrecho. ¿Acaso serás tú el maligno?

Todo proceder atropella, enloda e inculpa. «Temo por mis obras». La conciencia de nuestras tropelías sólo surge cuando tratamos de evitarlas; mientras no lo intentamos, nos creemos honestos y limpios. La avidez de tu gacelita por Lucía y su comezón de fricar, han originado los agravios que le imputas, y que ella no ha querido. Únicamente en el caso de haber pretendido impedir el dolor a ti causado, habría conocido su realidad; pero la llamita no llegó tan lejos: se detuvo en la inmediatez de la gana. Tú también, querido mío, te detuviste en un punto análogo cuando te afectaste de la trotona y quedaste ocho años en ella, sin pensar que transmutabas mi alma yermo. Dos mil novecientos días tardaste en admitir tu falta, y yo te absolví, porque te hallé hundido; igual hubiera hecho el primer día, viéndote alzado sobre mi sufrimiento. «La acción configura la esencia del ser; por eso no cabe el perdón ni el arrepentimiento» –has escrito en el diario que entregaste a José López Martí. Ello no es cierto; tu talento se ha excedido esta vez. Si yo aplicara, en efecto, el apotegma a tu conducta, ¿cómo habría de juzgarla? ¿De quién tuviste piedad en los «días de los dulces suspiros» con la vagarosa?, ¿de quién misericordia?, ¿en quién reparaste? ¿Te parecería justa una implacable persecución por el daño que ocasionó tu dicha?

Queda tranquilo, amor mío, estás absuelto; mas también lo está tu cerecita, esfera, esferita, oliva, olivica. El arrepentimiento y el perdón iluminan la ceguera y oscuridad de los comportamientos, y deben ocurrir y ser concedidos; incluso, hemos de perdonar sin exigir compunción. ¿No es esto mandamiento judeo-cristiano, como diría aquel Antonio Abellán que citaba la Damiana? Resigna, pues, la cólera. ¿Desde cuándo eres la santidad?, ¿quién te mandó restablecer el orden?, ¿quién te nombró vindicador? En cierta ocasión afirmaste que el mundo es la cara del Maligno, transparentado en las cosas. Acepta que la Voluntad así lo quiere, y no aborrezcas el mundo, aunque lo rehúyas; también es obra de la Divinidad. Apártate dulcemente de Damiana, pero no la odies, pues el desamor te unce al simio. Comprende, comprende y tolera. ¿No quieres comprender?

Aleja, por tanto, de ti esa inmunda expresión: «Si conociera la nueva de su muerte, me gozaría, pero seguiría odiándola. Escribiría sobre su tumba la palabra tortillera, pero continuaría odiándola. Daría su podredura a las basuras, pero proseguiría mi encono».

Te has detenido en el pretérito, a su seno has regresado y allí te has aposentado, sepultándole en Damiana, puro acto oculto. ¿Quieres ser el gusano de su carroña fermentada, o prefieres que ella lo sea de la tuya? ¿No recuerdas que se dijo: «maldito el que vuelve la vista atrás»? Y también: «maldito el que tornare por el mismo camino».

Yo soy ahora el otro camino, la vía que se te tiende para salir del pasado. Anda por ella, querido mío, anda por ella.

 

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De Juana a Daniel: 50

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Por José López Martí 

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