TRÍBADA

Theologiae Tractatus

 

DE JUANA A DANIEL: 50

 

Anoche soñé que insultabas a Damiana en la calle, y muy aceradamente. Un hombre fuerte surgió, agresivo, en defensa de la mujer, y otro, como impelido de la curiosidad, se sumó al lance. Dijiste al agresor: «Deténgase usted y sepa la historia que voy a contar». Fue, sin duda, una actitud ingenua y llena de ansias de comunicarte con la tribu, empeño que ocurre constante en ti. En seguida contaste el caso de Damiana, Lucía y tú mismo. Exclamó el segundo hombre: «Este Daniel tiene razón: mucho mal hizo su toronjita». Entonces oímos una voz como del cielo, que hablaba así: «Es mi hija». Sentenció el primer hombre: «Damianita no necesita de padre alguno, pues sabe romper por el mundo y la vida, bien segura y solita».

¿Habré padecido este sueño a causa de afirmar , con Amparito Pastor, que Damiana no es hija de Dios? Me hallo perturbada, pero voy a concluir la carta, que estoy resumiendo, de Amparito.

Cuenta nuestra amiga que Damiana se lamentó de la mala costumbre, que tiene Lucía, de hablar en plural cuando informa, a las gentes, de sus intenciones y proyectos, incluyendo en ellos la espiguita. Dice, en efecto, Lucía, frases de esta especie: «Nosotros marchamos»... «Nosotros no pensamos así».

«Ese nosotros comentó Damiana quiere expresar la existencia de una unicidad semejante a la del matrimonio que llamamos burgués, ocasión donde los componentes han perdido la individualidad. No resisto que cualquier tipo de personas vinculadas manifiesten su ajuntamiento a través de la palabra nosotros, símbolo de una comunidad de comportamiento, pues en toda ligazón han de conservar los individuos el decoro de la personalidad y soledad diferenciadas».

Y concluyó: «He llamado severamente la atención a Lucía sobre esa mala costumbre, y ella me escuchado sumisa y sin rechistar».

¿Has advertido cómo Damiana habla de su ajobamiento con Lucía como si se tratara de una junción común y honrada? Vive tu corderita tiempos homófilos, y, desde el jardín oloroso y tranquilo de su conciencia, se queja de que su coima parle de ellos con los signos que emplean las parejas de burgueses. ¿Qué te parece la sucia ingenuidad y asquerosa inocencia de tu avecilla? Podemos realizar cosas terribles, y espantosas, sin llegar a calificar, en cuanto sujetos, nuestra conducta; en el interior del infierno, en efecto, nada sucede; cuanto ocurre, sólo se atisba desde fuera.

Ha perturbado a José López Martí, que se allegó ayer a verme, el uso específico que de la palabra nosotros, y no nosotras, hace la horrenda. «El vocablo nosotras significa yuxtaposición de elementos del género femenino, reunidos en contingencia provisional. Por el contrario, la voz nosotros quiere expresar una relación de sujetos vinculados por una causa profunda. Cuando Lucía emplea semejante término, pretende, pues, manifestar: «Nosotros, esta alianza carnal y de conciencia que acaece en nosotras, haremos esto o lo otro» ha glosado José López Martí. Y ha agregado: «Es asunto evidente la inclinación que Lucía siente por exhibir y revelar al mundo su ajobamiento con Damiana y la posesión que de la espiguita tiene».

Por su parte, Amparito comenta: «Me asombró el hecho de que Damiana presumiera de tratar la garzona con reprimendas y amonestaciones, y de que aquella la escuchara sumisa y sin rechistar. ¿No hay en el caso un algo del poder de la doncella sobre el dragón, según cuentan antiquísimas fábulas? Al parecer, Damiana conmueve y enternece a la inmunda. ¿Resistiríamos la visión de los ojos de la lazarina, así como son de hielo, plenos de lágrimas por la Damiana? ¿Y sus quejas y gemidos, ternísimos estertores de monstruo a los pies de la espiguita rubia?»

Prosigue: «La relación entre una doncella y su dragón es caso hondo y singular que nada hurta a los amores de la misma con los hombres ni aduce en la muchacha mal alguno. Damiana quiso poseer el dragón y el hombre, y seguramente morirá sin comprender por qué Daniel se opuso al misterio y su necesidad. En efecto: el hombre está ahí como buena o mala realidad, pero el dragón es acto oculto, que Damiana saca de su vientre, y, por consiguiente, buena realidad».

Y añade: «Porque yo te digo, Juana, que, no obstante cuanto parece claro, el distanciamiento de las garzonas, ambas putos siguen fricando, y lo harán hasta que la gana de fricar se agoste, pese a los amantes de la corderita y las muchachitas que la fétida cerca. Aquéllos y éstas habitan bajo el sol, donde existe la contradicción y la hostilidad del día y de la noche, y poseen caracteres; el dragón, empero, representa el lirismo y la unidad de todos los oponentes: llora y frica, es paz».

Transcribe Amparito, y yo copio, estas frases de tu acerolita, pronunciadas entre gimoteos: «Desde el primero de los días oscuros, Daniel supo razonar y reaccionar; yo comprendí más tarde, y poco a poco, aunque implacable en tacha de mi conducta»... «Mi relación con el amado no se deterioró, sino que se rompió brutalmente; no pude asimilar la trascendencia del percance por el anonadamiento que me produjo el caso»... «No parece a Daniel suficiente la obra del destino sobre Lucía, él y yo mismo. Corre, en efecto, tras los hados, pretendiendo acrecer y consolidar la destrucción; carece de sentimientos piadosos, y aun de misericordia».

Y también: «Lucía me condujo a lugares que jamás hubiera conocido con Daniel, y me hizo saber de sujetos devastados. Ese barrio del mundo, que Daniel denominaba hampa, me atrajo, quizá porque mis padres me educaron reservada»... «¿Quién hará que no haya conocido lo que he conocido?»... «Nunca volveré a ser lo que fui, ni lo intento»... «No sé qué hacer de mí, soy la tristeza»... «Me angustia teorizar y usar de la cabeza». ¿Has advertido que Damiana llama destino a su voluntad y pasión, una vez que la querencia se ha mustiado y el deseo ha fenecido? La indigencia y hostilidad de la realidad que hoy vive, conduce tu campánula a enunciar esta clase de juicios imposibles y villanos. Al hacer experimento de su vida, como otras veces hemos apuntado, Damiana se convirtió experimentación de ella misma: por eso se arrastra; su actitud actual es resultado de sus experiencias, y, por consiguiente, escarmiento antes que arrepentimiento.

Declara Amparito: «Escúchame, Juana: para comprender la carestía de vida, la debilidad de palabra, el acarrearse de cuerpo y alma, la ausencia de gracia, el rostro imbécil, la sonrisa en lo ajado y mustio, la vulgaridad que pretende conmover con lo tonto y sin fuste, la ramplonería y la pesantez encarnados en tu malva real, debemos transcurrir una tarde con ella, y muy pacientes. También debemos vivir un largo abrazo con el tedio de tu adelfa, comparecencia densa, inacabable, sin esperanza, estrecha, pegajosa, grave, agobiante, hueca, asfixiante, machacona, corta de luces, neblina, gelatinosa, pastosa, inconvencible, que no renuncia y que nunca se retira. Contemplamos la triste en su hastío, desde el fastidio que nos comunica, y la vemos gusarapo perdido en el vientre del tiempo, las horas transformadas suplicio. Se padece la cosicosa a sí misma, y hace padecer a los demás, lo cual es la verdad última de la tríbada confusa. De rato en rato, la mujer parece pedir a su soledad: «Pasa». Pero, como bestezuela, nada más añade. ¿Has observado esos perros vagabundos que escarban en las basuras como sabiendo que nada han de encontrar? Pues así se manifiesta el nenúfar de Daniel; sabe ella que el mundo es un estercolero, donde hoza por hábito o entretenimiento sin esperanza, por lo cual sólo hay dolor en el hecho».

Luego sentencia: «¿A qué, pues, juzgar a Damiana? me pregunto. Mas, si no proceso el mal, ¿qué hago?, ¿para qué existo?, ¿de qué doy testimonio? No soy de las que se valoran tan perfectas como para aceptar o compadecer, desde mi firmeza, la espiguita; la acuso porque temo de mí. “¡Hay de aquéllos que se sienten seguros!”»

Y agrega: «Hemos advenido al mundo de la tríbada conducidos por el espíritu y su mandato. Es el espíritu ser apasionado, sistemático, obseso, implacable, reiterativo, contumaz, impiadoso e insensato; vuelve al mismo lugar y nunca exclama: “Basta”. Se trata de empeño que jamás cesa, pasión que bien puede ordenar: “ama”, “odia”, “mata”; pero que nunca dice: “tolera”, “comprende”. Pues tolerar o comprender no son conclusiones del espíritu, sino de la consecuencia de vivir, de la desgana de ser o del aburrimiento de existir. Si el espíritu tolerara o comprendiera en lo que obramos contra él, ya no sería espíritu».

Concluye Amparito con decir:

«Tras la charla, Damiana y yo abandonamos la cafetería donde nos habíamos convocado. Ella se despidió en la calle muy dulcemente, los ojos iluminados. “¡Adiós, Amparito!” dijo. Y colocó sus mejillas sobre las mías. Fue un roce blando. Yo la vi marchar de espaldas, confundida con las gentes, su rostro animado un momento, su vacío ocupado unos instantes; la observé perderse entre la multitud, y me dije: “Esta cree que Daniel y yo carecemos de memoria”».

Déjame, Daniel, que te haga una pregunta: ¿Estuvo alguna vez Amparito enamorada de ti? ¿Estuviste tú enamorado de ella?

Copio a continuación un nuevo documento de Ángel Montiel:

 

 

DAMIANA Y EL PSIQUIATRA

 

Un día dijo Lucía: «Damiana, tienes que ir al psiquiatra». Lo mismo repitieron Romi, el cirujano, y Benigno, el arquitecto.

Fue Damiana, una tarde de invierno, a la consulta de Marcelo, amigo de Lucía, de Romi y de Benigno. Marcelo la recibió al instante, la oyó y concluyó: «En verdad, Damiana, que tu cabeza es perfecta, lo cual estoy dispuesto a certificar». Con este aval y su gozo tornó la boticaria a la cafetería Alfonsina, bien puesta de vestidos, y narró el caso a Lucía, a Sebastián y a Fulgencio, que allí estaban. Luego transmitió la buena nueva a su confidente, Paulino, que murmuró: «Desde que te conocí, sabía el hecho». Damiana lo abrazó y gritó: «¡Hermoso!».

Unos días más tarde, decidió la mujer, por su cuenta y secreto, visitar otro psiquiatra. Encontró un oficiante cubano, todo trajeado de azul, el cabello largo y gafas doradas de oscuros cristales. «Estos serán mis honorarios» declaró el psiquiatra antes de comenzar su liturgia. Y explicó que habría de recibir, por siete funciones, el salario mensual de un bracero; si los encuentros se prolongaran más de una hora, la retribución se incrementaría en proporción al tiempo ocupado. Damiana le entregaría, pues, tras cada sesión, el jornal diario de cinco labriegos, acrecido regladamente en caso de exceder el canon previsto.

Aceptado el pacto por la boticaria, el cubano le pidió que le tuteara y diera en hablar. Damiana empezó a exponer su historia, mientras el hombre escuchaba un tanto distraído y profesional. De vez en cuando interrumpía a la manzanita, para solicitarle aclaraciones que ella entregaba con toda la energía y esperanza de su entendimiento, voluntad y memoria.

«¿Recuerdas si tu madre te acarició cuando eras niña?» indagó severamente el cubano. Damiana no supo qué responder; le pareció simpleza manifestar tranquilamente: «No me acuerdo». La fe en el mundo del psicoanalista, y la necesidad, ferozmente sentida, de que las cosas fueran como el celebrante y ella pretendían, la impelió a contestar: «Mi madre nunca me acarició». La abejita había intuido que aquella respuesta favorecía su causa y la del experto.

El cubano quedó satisfecho. Damiana confesaba y confesaba, con voz puesta al efecto, gozosa y grave de hablar de sí y tener contratados los servicios de alguien cuya prestación consistía en oírla y tomarla en serio minuto a minuto; no olvidaba la acerolita la gravedad del pacto, pues mediaba el dinero y el respeto debido a quien paga; por eso mismo había elegido un oficiante no amigo.

No era el relato de Damiana un narrar, ni un describir, ni un culparse, ni un defenderse, sino un mostrar quejumbroso y exigente. Empero, el cubano no parecía emocionarse ni prestar demasiada atención a la balumba de pormenores, por lo cual hubo en la mujer cierto desencanto. El suceso, en verdad, no resultaba tan profundo, esclarecedor, decisorio y consolador como ella había imaginado con atroz voluntad.

Al concluir la hora de la primera sesión, dijo el cubano: «En principio se vislumbra, como cosa averiguada, una vieja pugna entre tu padre y tu madre, de la que fuiste, sin duda, víctima inocente». Luego se levantó, la emplazó para la próxima reunión, le golpeó dulcemente la espalda y susurró sin mudar el semblante: «Copula cuanto puedas». Inmediatamente cobró su minuta.

En la quinta sesión, la confesante y el confesor alargaron la charla y excedieron en quince minutos el tiempo contratado, por lo cual quiso saber Damiana qué honorarios había de pagar. El psicoanalista sonrió. «¿y tú me lo preguntas?» murmuró. «Hemos hablado más de una hora» contestó la mujer. «¿Ves como lo sabes?» sentenció el cubano. Y aumentó su cobranza.

 

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Capítulo I. Damiana

Capítulo II. Damiana y Daniel

De Juana a Daniel: 6

Los cuyos de Damiana

Damiana y María

Damiana y Lucía (COMENTO):

Anónimo primero de la escuela de Murcia

Por José López Martí