REFLEXIONES SOBRE NORTEAMÉRICA
INTRODUCCIÓN
1. Comienzo y sentido de la Historia
2. Infrahistoria, Historia Natural e Historia Universal
3. Norma para delimitar el concepto de Historia Universal
1.- COMIENZO Y SENTIDO DE LA HISTORIA
La Historia comienza cuando un día sucede a otro día, es decir, cuando el hombre se revela como animal de memoria. En la escala que va de la materia al espíritu no hay otro ser de memoria que la persona humana; por eso no existe tampoco otro ente de sustancia histórica.
Donde no ha principiado la Historia todo resulta pura determinación, repetición incesante de lo previsto. El animal y la energía física son idénticos a sí mismos, eternamente iguales e inamovibles, verdadera quietud no conmovida por ningún proceso interior ni exterior. En ellos nada ocurre, sino el propio ocurrir que es su presencia: la vida o la ley matemática. Por el contrario, allí donde surge la Historia, empieza el acontecer, y aparece la posibilidad de realizar lo indeterminado. De ahí que pueda definirse la Historia como la revelación contemporánea y perenne del hacer de la Creación, o sea, la manifestación cotidiana, bajo forma de naturaleza humana, del acto creador del Mundo.
En la gacela que corre por el bosque, la vida y la muerte son propia interioridad subjetiva, pues aunque el impulso vital produce figuras que están ahí, es algo eminentemente restricto y subjetivo. El animal no ve individuos aislados, pues considera a los demás como parte de su extensión. La fiera observa su víctima a la manera de un suceso privativo; la mosca está implícita en la araña. En el hombre, sin embargo, vivir y morir resultan acontecimientos objetivos, porque su conciencia es capaz de distinguir individuos y poner claros espacios entre las cosas, diferenciando el sujeto del paisaje o medio ambiente. Tal acaece porque el animal no posee historia, y el hombre, sí. Por ello parece histórico todo lo que no ha sido previsto en la ley orgánica o mecánica.
En este sentido cabe admitir que la Historia no es otra cosa que el propio incidente del hombre como acontecimiento o proceso de acontecimientos, es decir, como generador de cierta potencialidad de indeterminación, no implícita necesariamente en su estampa biológica. El ser aislado, a la manera de la piedra, o la pura conciencia estética, receptora de dolor o placer, no interesan a la Historia si no son acontecimientos o momentos de un acontecimiento: sabiduría, arte, ciencia, gracia. Lo que nosotros entendemos por Historia no es hecho de quietud, donde se yuxtaponen formas y presencias, animal y materia, sino una verdadera Expresión del Mundo. El acontecer no resulta amorfo ni mecánico; tampoco algo que pudo no haber ocurrido, siendo como somos; pues así como el tiempo se alía con el impulso vital para configurar el niño, así se une el suceso del hombre a la Historia, para hacernos a la manera que vivimos y pensamos, por lo cual nuestra naturaleza viene a ser típicamente histórica.
De ahí que el investigador se atreva a imaginar que el genio de la Historia le capacita para buscar allí un sentido factible de manifestarse en símbolos, como el contenido de un juicio. Y como quiera que la más alta alegoría del Mundo, realizada por el espíritu, es la formulación de lo indeterminado y discontinuo, puede resultar que la Historia sea el único y más grande acontecimiento de la Creación, superior, incluso, al suceso de la vida, pues ha llenado de plena indeterminación el vacío del tiempo. Sin esta posibilidad de fecundar los siglos con la semilla de la contingencia, el primer día del Mundo se habría alargado monótona y eternamente, como se alarga para la piedra y la amiba.
Pero así como en el animal o en la cosa se dan por supuestos el impulso vital y la materia, así en la Historia ha de presumirse la previa existencia del grupo humano, entendido como principio anterior a cualquier hacer histórico, es decir, como elemento puramente cosmológico. Antes que el individuo y la libertad, es la horda, manera natural de revelarse el hombre en el Paisaje del Universo. La más antigua sustancia de la persona es la sustancia social; pues igual que existe el hecho de la Creación, más allá del cual no cabe sino la fe o la fantasía, igual existe el acontecimiento de la comunidad, más allá del cual tampoco cabe sino el mito o el sentir estético. La sociedad es una de las formas en que se muestra la naturaleza de las cosas.
Tal nos lleva a concebir el grupo humano como parte de la realidad, pero también como la primera materialidad que se manifiesta capaz de albergar la expectativa de indeterminación. Toda comunidad es una objetividad que posee cierta cantidad de libertad y contingencia acumuladas, como las posee el sistema nervioso del hombre. El desarrollo de estas perspectivas es lo que propiamente se llama Historia; por ella se convierte en acto la indeterminación potencial del individuo. La vida sucede en el animal; pero en el grupo humano, la Historia.
Ahora bien: así como no todos los hombres sienten la misma necesidad, porque no son igualmente sabios ni libres, así no hay la misma cantidad de evento acopiado en todas las comunidades, sino que por designios divinos, normas suprarracionales o circunstancias, unas aparecen diferentes de otras, a la manera de las especies biológicas, que resultan diversas, pudiendo ser análogas en poder y presencia. Frente a semejante dificultad actúa el genio de la Historia como el impulso vital frente a la resistencia de la materia; pues unas veces encuentra el medio para producir plenas figuras, y otras se pierde en tanteos, porque no atina con el método suficiente, vuélvese en torno de lo idéntico, se estanca y da en pergeñar organismos atrasados. La Historia ofrece al mismo tiempo ejemplos nobilísimos y torpes tentativas, que se repiten por costumbre o inercia.
En efecto: la traza del sistema nervioso humano, como obra de la vida, puede ser comparada con la configuración de la Hélade, en cuanto empresa del hacer histórico. Ambos son dos hallazgos no superados todavía. Pero, aún después de ellos, se han ido gestando formas inferiores del ser y realidades infrahistóricas. Tal quiere decir, en suma, que la Historia, como el hacer vital, apenas cumple el ritmo de un proceso ascendente o progresivo, sino que procede de modo gratuito y por instinto propio, sin plan previsto, ofreciendo los mejores resultados allí donde encuentra propicias la Voluntad Divina, las circunstancias o la naturaleza de las cosas.
2.- INFRAHISTORIA, HISTORIA NATURAL E HISTORIA UNIVERSAL
Esto nos conduce a la necesidad de distinguir en la Historia diferentes calidades, según la cantidad de libertad e indeterminación acumuladas en los grupos humanos. La formulación de tal diversidad no parte de la conciencia de grado, ni tiende a separar períodos o edades dentro de una misma dirección. Se basa única y fundamentalmente sobre la idea de diferenciar el acontecer, para dar ocasión a una variedad en esencia y no en simple cualidad. No se trata, pues, de dividir o clasificar la Historia, sino de hallar maneras heterogéneas del ser histórico.
Ya hemos definido el conjunto de los individuos como una sustancia que posee cierto raudal de contingencia almacenada y en expectativa de realización. También hemos afirmado que no todas las comunidades materializan por igual las posibilidades así acopiadas, ya que unas se revelan más capaces que otras.
Pues bien: cuando un grupo humano se muestra inepto para actualizar cualquier potencialidad de libertad e indeterminación, se dice que surge en el paisaje de la Creación como simple hecho, o mera presencia en el Mundo, que apenas merece el nombre de suceso ni acontecimiento. Lo que allí ocurre, resulta pura aventura, algo que está más acá de la Historia, y que, por tanto, habremos de llamar Infrahistoria.
Por el contrario, cuando un grupo humano se descubre apto para corporeizar esas perspectivas de libertad e indeterminación, pero sólo en cierto orden hedonístico, como sustanciación de una esperanza de felicidad, se presume que está en el paisaje de las cosas a la manera de un suceso o manifestación del Mundo. Tal realidad supone un avance respecto a las formas anteriores. Lo que allí acaece es Historia Natural, que quiere decir historia del suceso del hombre.
Por último, cuando un grupo humano se revela hábil para realizar todas las posibilidades de libertad e indeterminación, tanto de modo estético como eidético, hasta alcanzar la jerarquía de la responsabilidad, se afirma que brota en el paisaje a la manera de un acontecimiento o expresión del Mundo. Esta materialidad encarna el más sublime aspecto de la naturaleza humana, en cuanto entelequia histórica. Lo que allí acontece es Historia Universal, es decir, historia de la Cultura.
Los conjuntos de individuos se muestran, pues, como Presencia, Manifestación y Expresión del Mundo: Infrahistoria, Historia Natural e Historia Universal.
La Infrahistoria carece de calendas, estética, orden, sistema, figuras y concepción de Universo. En ella no transcurre el tiempo; se detiene simplemente. Todo es allí idéntico, inmutable, eterno, falto de consciencia, fatal y determinado. Tales son los ejemplos del salvaje y de ciertos pueblos donde apenas cuenta la persona, pues no existe Historia donde no hay individualización.
La Historia Natural posee calendas, estética, orden, sistema, figuras y concepción del Universo. Sin embargo, su especial característica estriba en materializar la expectativa humana de felicidad, a cuyo servicio están todas las demás categorías. Por ello resulta una empresa interior e inmanente, como la vida de las mujeres; algo absorto en sí mismo, que no ha podido elevarse y trascender a un empeño superior. El elemento fundamentalmente histórico de la memoria es aquí un valor subjetivo, sólo capaz de recordar el placer o el dolor. De ahí que esta realidad surja en la adolescencia o en la vejez de los grupos humanos, aunque su ideal llegue a concebirse como alto proyecto de sabiduría en ciertas comunidades o espíritus debilitados, verbi gratia, en la Europa nihilista o en Rousseau.
La Historia Universal conoce también calendas, estética, orden, sistema, figuras y concepción del Universo. Lo imprevisible, discontinuo e indeterminado se verifica allí de modo objetivo, superando la simple calidad de suceso. Se trata de una empresa donde el conjunto de individuos parece ocupar el lugar de materia informada por un demiurgo exterior y eminentemente soberano, que opera como artista sobre la sustancia del hombre, actualizando una nueva y perenne recreación. Frente al mero suceso de la Historia anterior, la aparición de tal genio representa un verdadero acontecimiento, es decir, algo que puede ser expresado en símbolos. Ahora bien: al pasar del suceder al acontecer, o de la naturaleza al espíritu, se pasa igualmente de la felicidad a la responsabilidad, o de la biología a la abstracción. En la Historia Universal brota una categoría ajena al instinto común. Es la condicion de la Cultura, que arranca la sociedad de los maternales brazos de la rerum natura, para elevarla a una oposición o jerarquía superior, que hace posible, por así decirlo, la colaboración con el Creador. En este sentido cabe afirmar que la Historia Universal sea parte de la naturaleza de Dios y del Espíritu, en eterno fluir y desenvolvimiento.
3.- NORMA PARA DELIMITAR EL CONCEPTO DE HISTORIA UNIVERSAL
Expuestas así las nociones de Infrahistoria, Historia Natural e Historia Universal, nos planteamos el problema de delimitar la última, separándola especialmente de la segunda, pues una y otra suelen aparecer entremezcladas en el mundo de la realidad.
Sabemos que Historia Natural es felicidad, e Historia Universal, responsabilidad; la una, suceso; la otra, acontecimiento. La responsabilidad no surge por arte de la conveniencia, la voluntad de los políticos o las teorías de los retóricos. El juicio y la naturaleza de las cosas enseñan que brota al par que la creación. Admitido esto, tenemos la norma para demarcar el concepto de Historia Universal y distinguirlo de cualquier otro acaecimiento: la aparición de la Cultura propia. Tal valor es de por sí ecuménico, pues Cultura quiere decir saberes y sentires acumulados y objetivizados de manera formal, a través de los cuales se revelan el Espíritu y el empeño divinos.
Interesa hacer resaltar que la simple aventura no es Historia Universal, por mucho poderío que entrañe. El ejemplo de hombres como Gengiskán resulta mero suceso pasajero, pues sus obras, por así llamarlas, pertenecen al reino de la dicha, resumiéndose en placer, fuerza y sentimientos de interioridad. Gengiskán mostróse jefe absorto, como el príncipe de los animales, sólo capaz de valorar el dolor o la fortuna. Por el contrario, Alejandro Magno fue verdadera Historia Universal, acontecimiento creador de objetividades, ya que transportó el anhelo y la semilla de la Hélade. Lo mismo ha de afirmarse de César y Napoleón, que lo serían pese a ellos mismos y sus intenciones.
Estando separadas ambas historias por un principio tan rotundo como la manifestación del Espíritu, pudiera creerse que una y otra surgían bien deslindadas y precisas, guardando entre sí una relación de grado en el tiempo, a la manera de las especies y géneros animales y vegetales. Según esto, la Historia Natural debía preceder a la Universal, como el protozoo al insecto, y éste al mamífero, hasta llegar al hombre, dentro de un plan previsto y ordenado a priori. Tal ocurriría, ciertamente, si el ser histórico no fuera libre, o tuviera que uncirse a la materia que modela, como el impulso vital. Mas siendo soberano, se revela enimentemente arbitrario y gratuito, a la manera de la divinidad misma, que nos hace, pudiendo no hacernos, o no nos hace, pudiéndonos hacer. El genio de la Historia se libera así de la fatal proporción que existe entre parte y parte del cosmos físico, actuando con la plena independencia de un artista y la impunidad de los dioses.
En efecto: unas veces se detiene caprichosamente en figuras infrahistóricas, prolongándolas por milenios, como se ve en la conducta con los pueblos africanos. Aquí parece que el demiurgo de la Historia se sintiera cansado o incapaz, hastiado o falto de sustancia prima, retirándose del empeño. Otras veces inventa rápidos estadios de Historia Universal, sin pasar antes por el esbozo de la Historia Natural, como sucedió al pergeñar las antiguas civilizaciones del Asia Media, Israel, Egipto y la Hélade. El ser de la Historia muéstrase en estos casos extraordinariamente inspirado, aligero, agudo, vigoroso y lleno de simpatía por las formas del Espíritu. Pero se trata, sin duda, de una hazaña que no se repite muy a menudo, como si necesitase millones de circunstancias propicias. Otras veces crea, sin más, amplios y perezosos campos de Historia Natural, que se producen pausadamente y sin grandes cambios durante siglos. Es como si el aliento histórico se volviera aquí mediocre y tardo.
Finalmente, también acaece algo más significativo y digno de aprecio, por lo común y reiterado: que surjan realidades de Historia Natural sobre una honda e inveterada base de Historia Universal. Tal ocurre a los grupos humanos que carecen de cultura propia, y detentan ajenas concepciones del Mundo, logradas por préstamo, conquista o ascendencia. Sucedió así a los pueblos dominados por China, a los países señoreados por Roma, al Asia moderna, sometida por Occidente, y a toda la América descubierta. La Historia Natural de estas comunidades se configura a la manera de un bordado sobre la malla de la Cultura dominante, que actúa en el ambiente aborigen de tres formas: por influencia de vasallaje, como en el caso de las naciones sojuzgadas por China o Roma; por simpatía hacia estructuras superiores, como ha pasado con la moderna Asia respecto a Europa; o por trasplante de la raza, según aconteció en América.
En esta ocasión, el ser de la historia parece actuar según la ley del menor esfuerzo, pues aprovecha los símbolos ya pergeñados para recrear nuevas especies de conveniencia. Con ello pudiera pensarse que la Historia está falta de sentido, ya que utiliza lo superior para realizar lo inferior, es decir, las figuras de responsabilidad para construir ejemplos o materialidades de felicidad. Tal aseveración se desvirtúa al recordar que lo universal fatiga igualmente a las hordas jóvenes que a los pueblos vetustos, por lo cual el empeño histórico ha de mostrarse allí leve y modesto.
(índice)
Es obvio que la Infrahistoria de América, es decir, el hecho de los pueblos indios, a excepción de las civilizaciones Maya y Azteca, termina con el Descubrimiento. Seguidamente comienza un evo singular: el período de incorporación del Nuevo Continente a la Cultura europea, dentro de la cual llega a surgir como apéndice natural, destinado a campo de experimentación de utopías occidentales.
Fuera de lo que supuso el suceso de la conquista y colonización, y fuera también de las intenciones estatales, esta agregación se realizó por vías propias, ajenas a las estrictamente administrativas, cristalizando por medio de un típico fenómeno de trasplante, extraño a la ortodoxia política del Viejo Mundo. El proceso fue tan vivo y tan raramente impulsado por la intuición del futuro, que puede afirmarse que habiendo sido la Hélade el primer milagro de la historia, América resultó el segundo, pues parece inexplicable cómo en tan breve tiempo pudo configurarse una civilización inveterada en tan inmenso territorio. Tal se agranda si advertimos la presencia del África, cercana y conocida desde antiguo.
No conviene olvidar, sin embargo, que en este prodigio colaboraron dos elementos fundamentales: el sentir mesiánico de las razas europeas hacia la época del Descubrimiento, y la ausencia de figuras autóctonas en el Nuevo Continente. Lo primero hizo posible una especial conciencia de acción y confianza en los colonizadores; lo segundo, la pureza en el trasplante de formas occidentales, ya que faltó la constante desventajosa del cruce de concepciones y creencias. Jamás un alma esperanzada y aventurera, un pueblo de creyentes, encontró un espacio tan raso y propicio a la reencarnación de su espíritu; los propulsores de tal obra apenas sufrieron influencias extrañas, ni hallaron símbolos aborígenes capaces de pergeñar un subconsciente de mixtificación. El resultado fue mágico crecimiento de la Cultura europea en todo el continente, desde el estrecho de Bering al de Magallanes.
Nos preguntamos, en primer lugar, qué nombre y valor ha de tener para nosotros ese período americano: Si el de Historia de Europa, si el de Historia Universal, o si el de Historia Natural de América. En segundo lugar, cuándo ha terminado, de haberlo hecho alguna vez; y por último, qué interés puede otorgar a nuestro porvenir el suceso o el acontecimiento de aquel Mundo.
Contestando por separado cada pregunta, diremos que se trata, sin duda, de una era de Historia Natural, caracterizada por la presencia de tres factores: la carencia de Cultura propia; la ausencia del sentir de la responsabilidad; y la configuración de una comunidad fundamentada sobre la busca de la felicidad. Tal acaecimiento brotó como parte de la Historia Occidental, y tuvo su más firme sustentación en la simpatía de ciertos espíritus europeos por un ideal de mera naturaleza, como se vislumbra a través del empeño de estructurar la realidad social bajo la tutela de valores hedonísticos. América fue tierra de promisión para quienes estaban fatigados de la crueldad y suciedad ingénitas a la Historia Universal.
La respuesta a la segunda cuestión queda reducida a señalar el límite de este período de incorporación del Nuevo Continente a Europa, averiguando si ha finalizado en el tiempo y en el espacio, lo cual equivale a investigar si algún grupo americano ha entrado en la Historia Universal o caído en la Infrahistoria, como bien pudiera ocurrir. En principio creemos poseer indicios suficientes para asegurar que una sección de América ha comenzado a conocer la Historia Universal. Demostrar y calificar tales perspectivas será objeto de otro libro.
La tercera pregunta se desdobla, a su vez, en otras varias: ¿Posee verdaderamente América genio y demiurgo, o es un simple estadio natural del alma europea? ¿Configurará Cultura propia, o continuará viviendo sobre la occidental? ¿Ocupará mañana, o ha ocupado ya, un puesto tal en el mundo que arguya trascendencia al suceso de su existencia como potestad en acción? ¿Será capaz de cambiar la estructura secular de Occidente? ¿Responderá su hacer venidero a una misión rectora de las formas de vida y pensamiento europeos, ya interviniendo como fuerza de humanismo, ya como vigor mágico, o ya como catalizador de un cruce entre el sentir eidético de Occidente y los oscuros sentires de Oriente? ¿Heredará y expandirá una especie de occidentalismo, como Roma heredó y espandió el antiguo helenismo? ¿Es todavía el porvenir, o es ya la actualidad de Europa? ¿Es Europa su futuro, o aún su pretérito o presente?
La satisfacción de esas demandas será igualmente objeto de otro libro, pues requiere el previo conocimiento de principios básicos. En éste, tal como va a ser figurado a continuación, trataremos de estudiar el desarrollo de la Historia Natural de Norline-height: 150%; margin-left: 60px; margin-right: 60px; margin-top: 15px; margin-bottom: 15px" align="justify">La satisfacción de esas demandas será igualmente objeto de otro libro, pues requiere el previo conocimiento de principios básicos. En éste, tal como va a ser figurado a continuación, trataremos de estudiar el desarrollo de la Historia Natural de Norteamérica, desde el momento de la colonización hasta la venida de Franklin Delano Roosevelt.
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