REFLEXIONES SOBRE NORTEAMÉRICA

 

 

CAPÍTULO PRIMERO

PROLEGÓMENOS A LA HISTORIA NATURAL DE NORTEAMÉRICA, 

O GÉNESIS DE LOS ESTADOS UNIDOS   

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1. La colonización de América.

2. Procedencia del hombre norteamericano.

3. El alma puritano-cuáquera

4. Ideales políticos de la «Aufklärung».

5. La « Aufklärung» en América.

6. La «Weltanschauung» de los Padres de Norrteamérica.

 

 

 


 

 

1.- La colonización de América.  

Los europeos llegaron a América como servidores de un poder o como emigrantes, es decir, corno conquistadores, a la manera romana, o corno colonos, a la manera semita.

En el primer caso pretendieron implantar en un territorio virgen la estructura social y la concepción política y religiosa de la vieja Cultura Occidental, ocupando por las armas la mayor parte del Nuevo Continente, y gobernándolo a la antigua, mediante procónsules y burocracia. En el segundo, fueron impulsados por tres razones diferentes: la simpatía instintiva hacia formas de Infrahistoria, como en la circunstancia de los aventureros; la busca de fáciles fuentes de riqueza, como en el suceso de los establecimientos mercantiles; o el ansia esperanzadora de realizar cierto ideal utópico de paz y felicidad, como ocurrió a los católicos fundadores de la colonia de Maryland, a los puritanos del Mayflower, creadores de Nueva Inglaterra, y a los cuáqueros de Williarn Penn, asentados en Pennsylvania.

Los descubridores y conquistadores pasaron el Atlántico movidos por una conciencia ecuménica y medioeval; los emigrantes, por ideologías y creencias recién surgidas en el suelo europeo. Tal es la notable diferencia entre una y otra manera de acercarse a América, y entenderla ya como una parte de Europa, o ya corno un acontecimiento distinto de todo lo occidental.

La colonización de España representó el arquetipo del primer caso. Fuera del incidente efímero de los aventureros, los españoles llegaron al Nuevo Continente con ánimo de prolongar el esquema medioeval del Sacro Imperio Romano Germánico, sin pensar que América pudiera ser ocasión de nuevos experimentos. El Imperio Mágico Teológico era un ideal político que estaba derrumbándose en Occidente por empuje de las nacionalidades y la Revolución Religiosa. Pero ya desde Carlos I, España se consideró  heredera y brazo armado del mismo, que defendió hasta la Paz de Westfalia. La calidad medioeval del alma hispana influyó en la configuración de esta política de tipo antiguo y señorial, que se ganó la enemiga de todas las naciones europeas, traduciéndose en la empresa americana por un sentir del imperio desconocido desde la caída de Roma.

Sin distinguir propiamente entre las colonias y la metrópoli, España acometió la tarea de asentar sobre la barbarie del Nuevo Mundo el edificio burocrático, hierático, teológico y sacro del Estado de los Austrias, únicos representantes de la idea ecuménica del Medioevo. La administración española resultó enteramente semejante a la romana. En efecto: guiados por un instinto económico que desconocía el mercantilismo, los españoles, como los romanos en otros tiempos, aprovecharon el territorio americano desde el punto de vista de cosa tesoro, pero no comerciaron, porque poseían una concepción del Mundo ajena al sentir del comercio. Con esta idiosincrasia y la costumbre de ocupar militarmente el suelo conquistado, nombrando virreyes y creando centros inmediatos de administración, fueron también los primeros europeos que construyeron en América monumentos, puentes de piedra, obras hidráulicas y catedrales, cosa que hubo de admirar todavía a los norteamericanos que ocuparon la ciudad de Méjico en 1848.

La colonización anglosajona simbolizó el prototipo del segundo caso. Después de la Reforma y las Guerras Religiosas, los anglosajones se acercaron a América como servidores de una nueva concepción del Mundo, representada por categoría tan joven como el espíritu de las pequeñas gentes, elevado a jerarquía universal por las sectas religiosas, y proyectado en la realidad a través de mercantilismo. Sólo este espíritu y su ulterior desarrollo hizo posible la típica conciencia de los emigrantes, donde se avinieron el ansia de provecho y el amor por la libertad con rara unción religiosa, parecida a la del Pueblo Elegido.

Los ingleses no pensaron jamás en trasladar Europa al Nuevo Continente. En principio, porque venían huyendo de las Islas; y en segundo lugar, porque carecían de unidad ecuménica e instinto de misión, concibiendo el suceso americano como hecho bien distinto de Occidente, lo cual favoreció la emigración, haciendo factible el nacimiento de una leyenda de esperanza. Las primeras colonias inglesas y holandesas fueron establecimientos de Compañías de comercio, como Virginia; lugares de experimentación para utopías religiosas, o refugios de caridad para deudores pobres. De ahí su enclave costero y la falta de verdadera conquista militar, al estilo español. Mientras España conquistó por obra del Poder mismo, la posesión de Norteamérica fue empeño de los propios colonos, y se realizó de forma paulatina, al tiempo que los primitivos ocupantes, franceses y españoles, perdían territorios, por azares de la complicada política europea.

Estas dos especies de colonización produjeron, igualmente, dos clases diversas de comunidades: una estructurada según los símbolos arcaicos de la Cultura Medioeval, y otra según la corriente de la última hora europea. La sociedad hispanoamericana resultó aristocrática y burocrática, de tendencia señorial y teocrática. Por el contrario, la sociedad anglosajona surgió democrática desde el principio, basada en la lectura de la Biblia, la salvación por el trabajo, la libertad, el mercantilismo y el provecho individual, razones obvias para las pequeñas gentes.

La diferencia entre tales comunidades se vio reflejada en el destino de los territorios que dominaron, pues mientras España trasplantó su vieja civilización, sin dar ocasión a ensayar nuevas formas de convivencia, la colonización inglesa favoreció el desarrollo de atrevidas estructuras políticas, hasta el punto de pergeñar la historia de Norteamérica como verdadero experimento, hecho conscientemente y de acuerdo con principios establecidos en Occidente.

Las colonias anglosajonas crearon e impulsaron un ejemplo de sociedad natural, atreviéndose a ello por instinto. Las españolas se vieron sumidas en la recia hondura de una civilización inmensamente compleja, endurecida y hecha de una vez para siempre, como los moldes lógicos de la escolástica. España envió a las Indias los mismos hombres de la Contrarreforma y Trento; Inglaterra, nuevos tipos de conciencia, casi siempre heterodoxas y poco amigas del Rey.

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2. -Procedencia del hombre norteamericano.  

 Así como al hablar de la historia de Roma se nombra a los pelasgos, etruscos y latinos, así al mencionar el suceso norteamericano habremos de citar los orígenes, procedencia y nombre de quienes habitaron aquellas tierras por vez primera, excepción hecha de los indios aborígenes, que pertenecen a la Infrahistoria, como ya se dijo. Por eso, antes de enfrentarnos definitivamente con la Historia Natural de Norteamérica, conviene hacer una rápida incursión al mundo europeo de la Edad Moderna, para tratar de descubrir la génesis ideal del hombre norteamericano, analizando los procesos que dieron lugar a su formación.

Hacia la primera mitad del siglo XVI, la Revolución Religiosa y la eclosión del Primer Humanismo europeo produjeron nuevos tipos de conciencias occidentales, surgidas al tiempo que las nacionalidades, pergeñadas como modelos únicos, y configuradas a través de un complicado fenómeno, donde tomaron igualmente parte la Reforma Protestante, el sentir liberador del humanismo y los caracteres autóctonos de cada raza, nación o grupo humano. Fuera del gran tipo francés, un hombre geómetra-cartesiano, ampliamente dotado de ingredientes humanistas, las conciencias así formadas en la Europa Transalpina resultaron una rara mezcla de racionalismo y espíritu religioso. Pero fue en Inglaterra donde estas fuerzas se aliaron más estrechamente para formar un tipo especial de hombre, a quien estaba reservado el dominio de Norteamérica.

Se trata del hombre puritano, en sentido amplio, nombrado así no tanto por sus creencias religiosas como por su típica concepción del Mundo. Dos fueron los elementos originarios de su constitución: el calvinismo y la inconfundible predisposición racionalista del alma inglesa. Los ideales del Primer Humanismo

europeo, representado por una personalidad como Erasmo, brillaron por su ausencia, con lo cual pudo pergeñarse con libertad una conciencia creyente y limitada, que poseía en muchos aspectos algunas características del pueblo judío.

La doctrina calvinista era una síntesis de racionalismo semita e instinto religioso, que propugnaba, entre otras cuestiones más teológicas, la justificación del individuo por el trabajo, la legitimidad del cobro de intereses, la perfección de los escogidos y el propio sacerdocio de sí mismo, convirtiendo la comunidad política en una verdadera oligarquía de santos, congregados en iglesias independientes de cualquier autoridad episcopal. Venía esta doctrina de la Revolución Religiosa, y tenía como máximos enemigos a Roma, al mismo Lutero y a la Iglesia Anglicana. El hallazgo más importante de Calvino fue la admisión del espíritu de las pequeñas gentes en la concepción religiosa del mundo, y la comunicación directa del hombre con Dios, a la manera de la vieja conciencia bíblica. El resultado inmediato de todo esto pareció ser la democratización de la religión.

Pero además de elementos puramente espirituales, el calvinisrno poseía valores racionalistas aptos para desarrollar un sentir pragmático de la vida, donde pudieran ocupar lugar preeminente las esperanzas de todos los hombres medios. Así floreció como una especie de mesianismo moderno, que predicaba la valoración del individuo según el ethos de la Biblia, desprovisto de influencias grecolatinas, y la santidad innata de los elegidos, destinados a conquistar el mundo por el trabajo, la posesión de la riqueza y la simpatía de Jehová hacia los suyos. De ahí que su credo fuera aceptado por un sector importante del alma inglesa, megalómana y especialmente dotada para querer las cosas convenientes y situar en esa conveniencia un fondo moral y determinista.

La pobreza de las Islas, la crueldad de la nobleza y las luchas que se desarrollaron en Inglaterra durante los siglos XVI y XVII colaboraron en la configuración del hombre puritano. Frente a la merry old England de Shakespeare, señorial, anglicana o católica, esta nueva conciencia opuso una Inglaterra elegida especialmente para las iras o el amor de Dios, fundamentada en la lectura de la Biblia, en la tradición semita del ethos y en la necesidad de ganar los océanos para las humildes y provechosas batallas mercantiles. Los puritanos encontraron seria oposición desde el primer momento, pero este mismo inconveniente les ayudó a pergeñar un complejo de persecución, resistencia y martirio que favoreció la ambición de fundar comunidades libres.

Hacia el reinado de Isabel Tudor, el alma puritana estaba extendida por todas las Islas, llegando a formar un verdadero tipo de hombre nuevo, surgido de elevar a categoría universal el espíritu de las pequeñas gentes. La raza que inició entonces la conquista de la Tierra resultó mezcla de valores puritanos y antiguas virtudes anglosajonas, pues hasta los mismos ortodoxos anglicanos compartieron la concepción puritana del Mundo en los aspectos no religiosos, aprovechando su genio democrático y mercantilista. La valoración moral del acto mercantil y la liberación del instinto de los negocios fueron obras tan propias del puritanismo, que no es posible distinguir dentro de su doctrina entre un Mundo de comerciantes y un mundo de espíritus religiosos. Tal es lo contrario de cuanto ocurre en el catolicismo, donde aparecen perfectamente delimitados los problemas terrenos y espirituales.

El nuevo tipo de hombre inglés gozó de extraordinarias energías creadoras, como si estuviera ungido por un demiurgo joven y poderoso. Pero fue el amor hacia la libertad lo que más fácilmente conmovió su alma. Las feroces pugnas que venían sufriendo las Islas desde la Guerra de las Dos Rosas hicieron posible la configuración de un anhelo general de libertad. El puritanismo, acostumbrado a toda clase de persecuciones, recogió esta ambición y la trasplantó al Nuevo Mundo, construyendo los fundamentos de la futura sociedad democrática.

Los primeros puritanos, o Padres Peregrinos del Mayflower, llegaron a Norteamérica en 1620, fundando la colonia de Nueva Inglaterra. Diez años más tarde, o sea, en 1630, bajo Carlos I Stuardo, llegó otra expedición a la Bahía de Massachusetts, en la costa de la misma colonia. Desde entonces quedó ésta prácticamente independiente de la metrópoli, regida por sus propios habitantes y dominada por la idea de pacto social. Aunque los puritanos no admitieron tolerancia religiosa, se inclinaron por la constitución de una comunidad democrática de tipo jurídico.

Los Peregrinos del Mayflower configuraron el primer ejemplo de contrato social escrito que se conoce como estrictamente tal. He aquí su texto: «En nombre de Dios, amén. Nosotros, los infrascriptos, leales súbditos de nuestro temido soberano y señor el Rey Jacobo, por la gracia de Dios, de Gran Bretaña, Francia e Irlanda, Rey, Defensor de la Fe, etcétera. Habiendo emprendido para gloria de Dios, progreso de la Fe cristiana y honra de nuestro Rey y país, un viaje para fundar la primera colonia en las partes septentrionales de Virginia, con los presentes, solemne y mutuamente en presencia de Dios y el uno del otro, acordamos y nos combinamos en una nación civil, para nuestra mejor ordenación y protección y logro de los fines antedichos; y en virtud de ello promulgamos, constituimos y construimos, tales justas e iguales leyes, ordenanzas, decretos, constituciones y cargos, de un periodo a otro, como se crean más adecuados y convenientes para el bien general de la colonia, a los cuales prometemos todos debida sumisión y obediencia. En testimonio de lo cual suscribimos aquí nuestros nombres, en Cape Cod, el once de noviembre, en el reino de nuestro soberano y señor el Rey Jacobo de Inglaterra, Francia e Irlanda, el dieciocho de su estirpe, y el cincuenta y cuatro de Escocia. Año del Señor de 1620».

Hacia 1681 se establecieron en Pennsylvania los cuáqueros de William Penn, que tanta influencia hablan de tener en la configuración del Experimento Americano. Se trataba de una secta fundada por George Fox, cuyo credo tendía a propagar un sentir naturalista y simple de la religión, extremando los principios puritanos,  y prescindiendo, por tanto, de cualquier sacerdocio, iglesia, agrupación religiosa, Biblia o evangelio escrito. William Penn llamó Santo Experimento a su colonia, y le concedió una Constitución o Carta de Privilegios, que perduró hasta 1776, amén de códigos liberales.

Sin embargo, no vamos a decir que estos fueran los únicos tipos humanos que colonizaron Norteamérica, pues también llegaron anglicanos, católicos y hugonotes, además de holandeses, que fundaron Nueva York. Mas en seguida veremos la influencia y predominio de aquéllos en el pergeño de la Historia Natural de los Estados Unidos.

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3. - El alma puritano-cuáquera  

 

 Las sectas no propiamente luteranas que surgieron de la Revolución Religiosa lograron formar una especial conciencia política en sus creyentes, inspirándoles ideas democráticas; pero sólo los grupos puritano y cuáquero alcanzaron a pergeñar un ideal de comunidad meramente terreno y laico. Por eso, al poco de comenzar el experimento religioso-mercantil de las colonias americanas, estos grupos dieron en construir los cimientos del mundo querido por las pequeñas gentes, donde se realizaban a un tiempo la libertad individual, el provecho ganancioso y la salvación celestial. Virginia, Nueva Inglaterra, Nueva York y Pennsylvania brotaron como verdaderas sociedades naturales, casi independientes de la metrópoli y regidas por constituciones propias, como ya sabemos. El gobierno de sí mismos y la diferenciación de Europa fueron los empeños más tenaces y originarios de sus componentes, cuyos afanes tenían que resultar forzosamente lógicos, pues, ninguno de ellos había ido al Nuevo Continente con ánimo de trasplantar la estructura europea, sino impulsado por el ansia de experimentar nuevas formas de vida.

De ahí que las colonias americanas aparecieran desde su origen como un suceso político distinto de Inglaterra y Occidente, que pudieron asombrarse más tarde de encontrar, por primera vez en la Historia, el ejemplo de una comunidad constituida por pacto racional. La génesis de los Estados Unidos se debió, sin duda, al empeño de las conciencias puritano y cuáquera, que llegaron a encarnar, con vigor preñado de fatalidad, la idea mesiánica de construir un mundo de simple Historia Natural, fundamentada en la valoración del individuo y encaminada a realizar la felicidad en la tierra.

Llamaremos, pues, alma puritano-cuáquera a la sustancia originaria del tipo de hombre norteamericano, razón última y causa primera de la Historia de los Estados Unidos, presupuesto típico, único y propio, no dado en ninguna otra circunstancia o lugar.

Las creencias políticas fundamentales de esta clase de alma pueden reducirse a seis: Que el hombre, considerado en su individualidad, frente al clan, la casta o cualquier otro grupo mágico, es la primera y única célula de todo hecho social; si la sociedad se divide, da individuos, no grupos. Que, en consecuencia, la comunidad nace por contrato entre individuos. Que la empresa política puede ser comprendida y desarrollada como actividad humana, partiendo de la interioridad de la persona y teniendo en cuenta los fines queridos por los particulares, tal vez modestos y limitados a un ideal de mera felicidad, ganancia provechosa o libertad frente al Poder. Que este desarrollo de la empresa política como actividad humana es un hacer racional, previsto por la naturaleza de las cosas. Que el objeto inmediato de la comunidad debe ser la dicha de los individuos, prevaleciendo el fin hedonístico sobre cualquier otro. Que, por último, a la función objetiva del Estado ha de corresponder una intención paralela de los ciudadanos, cuya voluntad no se revela corno simple adhesión a posteriori, sino como algo que informa al Poder mismo.

No es licito afirmar que Occidente desconociera el contenido de estos Postulados antes bien: todos ellos nacieron de la Historia Universal de Europa, como es obvio, y fueron pergeñándose en la teoría política de la Edad Moderna. Pero sólo en el alma puritano-cuáquera se mostraron como verdadera fe preñada de fatalidad, lo cual hizo posible el nacimiento de una especie de mesianismo democrático, destinado a realizar en tierras americanas el credo político de las pequeñas gentes. La ausencia inicial de humanismo en los grupos puritano y cuáquero fue suplida por un soterráneo instinto racionalista que alentaba desde antiguo la raza inglesa, y que se adelantó a muchos fenómenos ideológicos europeos, yendo a encontrarlos. Se trataba de un racionalismo de tipo semita, es decir, no puramente eidético, donde la razón se ha desprovisto de su carácter ideal para convertirse en algo eminentemente práctico, una categoría moral que busca lo conveniente a través de una sencilla estructura de valores simples: el individuo, su provecho, su libertad y su felicidad. El hecho de las colonias americanas demostró que a partir de este racionalismo ético podía construirse una sociedad de carácter natural.

Si analizamos, por lo demás, la estructura del alma puritano-cuáquera, encontraremos en ella dos clases de instintos fundamentales para el desarrollo y perduración de la empresa política: el instinto mesiánico y el instinto de moderación. Sin la integración del primero en la conciencia americana anterior al hecho de la Independencia no hubiera podido configurarse con éxito el Experimento de los Estados Unidos, pues la inmigración sucesiva de elementos extraños, principalmente de raza irlandesa, alemana, italiana y holandesa, habrían dado al traste con cualquier propósito puramente racional. Desde la constitución de la sociedad colonial hasta la plenitud de la República Americana, la calidad moral y el carácter mesiánico del alma puritano-cuáquera gozaron de suficiente poder seductor para absorber los espíritus ajenos, eludiendo cualquier mixtificación a través de un largo período de organización interior, donde colaboraron hombres de todas las lenguas. El resultado fue la unidad esencial de la democracia, su persistencia tenaz y su extensión territorial, que no habrían podido alcanzarse sin aquella previa unidad de querer y fatalidad, personificada en el instinto mesiánico del alma puritano-cuáquera y su mundo en torno.

A pesar de los aparentes extremismos religiosos, el tipo de hombre norteamericano amaba la moderación, 1o cual parecía provenir de su herencia inglesa y pragmática. Se trataba, sin duda, de una virtud ampliamente sentida por el alma puritano-cuáquera, consustancial a su naturaleza y muy arraigada en el espíritu de las pequeñas gentes; algo, en suma, no inventado por necesidad o conveniencia de la comunidad, sino configurado a un tiempo que la personalidad y concepción del Mundo. Sean cuales fueren las ideas y creencias de los grupos puritano y cuáquero, su actualización terrena tenía que ser moderada. Ahora bien: Si desde todo punto de vista la moderación es fatal a la obra bien hecha, con mayor precisión lo es a la realidad política, pues siendo la sociedad una parte de la naturaleza de las cosas, sólo allí encuentra el bello ideal de armonía y justicia que se cumple en el resto de la Creación. La simpatía que la verdadera sustancia política se tiene a sí misma, se manifiesta en el instinto de perdurar, que se realiza por el método de la moderación.

De ahí la importancia e influencia de esta virtud en la constitución y carácter del Experimento Americano. El suceso de los Estados Unidos fue en todo momento un ejemplo de moderación y equilibrio, sin los cuales no hubiera pasado de mera aventura, carente de sabiduría y conciencia. Las creencias del alma puritano-cuáquera y sus dos clases de instintos convirtieron la realidad americana en una auténtica naturaleza política, semejante a las conocidas por griegos y romanos.

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4. - Ideales políticos de la «Aufklärung».  

 

 Acabamos de señalar la influencia y lugar preeminente del alma puritano-cuáquera en la configuración y desarrollo del Experimento de los Estados Unidos. Sin embargo, lo que ha sido y lo que es Norteamérica no se debe sólo al predominio de esta clase de alma y su especial mundo de creencias y virtudes, sino también a la colaboración de otros principios no menos típicos y persistentes en el milagro norteamericano. Se trata, desde luego, de elementos ajenos y accidentales al espíritu originario de las colonias, que no hubieran podido revelarse como energías creadoras sin el substratum de un alma casi autóctono, pero que unidos a ella determinaron un posterior y rápido desenvolvimiento de los primitivos propósitos. Tales son los principios de la Aufklärung surgidos en Occidente como algo distinto del medio ambiente puritano-cuáquero, pero alcanzados y recogidos por el hombre norteamericano de una manera eminentemente natural. Entre la sociedad de las colonias, constituida de hecho, y los postulados de la Aufklärung habla una relación de simpatía que debla abocar en un proceso de mutua influencia mixtificadora.

Hagamos una rápida incursión al mundo europeo del siglo XVIII para descubrir lo que era la Aufklärung. Después de la Revolución Religiosa y las cruentas luchas que le siguieron hasta la Paz de Westfalia, el viejo racionalismo occidental, que había producido ya en Francia un tipo tan puro como el geómetra-cartesiano, alcanzó a desarrollar un proceso de síntesis entre sus propios valores y otros referentes al hombre, considerado como individuo y ciudadano. El resultado fue el movimiento llamado Aufklärung, que se reveló desde su origen con inusitada energía. Aufklärung viene del verbo alemán aufklären, que significa esclarecer, aclarar, ilustrar. Aufklärung es, pues, esclarecimiento del hombre, iluminismo salvador. Su traducción española queda expresada en la palabra Ilustración; es ilustrado el esclarecido o iluminado por la razón.

Eidético es un término referente al eidós, la pura idea en sí, concebida como realidad que está fuera del hombre; paidético, un término referente a la paideia, síntesis de razón, naturaleza y hombre. La paideia es educación a la manera griega, ya que el individuo resulta en ella el centro del Mundo.

Pues bien: hubo un racionalismo eidético, como el cartesiano o el iusnaturalismo del siglo XVII, y un racionalismo paidético, como el de la Aufklärung. Los dos repudiaron cualquier concepción mágica, estética o irracional del Mundo; mas el primero desde el eidós, y el segundo desde la paideia. El uno desde la pura razón, como medida del Universo; el otro desde la razón práctica, considerada como medida de lo que conviene al hombre. La razón práctica no era intelectual en la Aufklärung, por así decirlo, sino paidética, revelándose como compendio de la idea, la naturaleza de las cosas y la misma naturaleza humana. La paideia de la Aufklärung, como la griega, tendía a configurar un tipo de individuo total, realizado a través de la conjunción de estas tres expresiones del Mundo: Razón, Naturaleza y Sentimiento.

De tal síntesis nació un nuevo espíritu europeo, que vino a reconciliar idealmente el genio de la Revolución Religiosa con el viejo humanismo, logrando unificar así el alma occidental, dividida desde la reforma. No es misión nuestra estudiar aquí la influencia de este nuevo espíritu en la Historia Universal de Europa, pero si tratar de analizar el contenido de su ideario político, por lo que tiene de relación con el suceso norteamericano. Para ello habremos de dividir las categorías políticas de la Aufklärung  en tres grupos fundamentales: creencias sobre el hombre y la humanidad, conceptos sobre la sociedad y presupuestos para la felicidad terrena.

Las creencias sobre el hombre y la humanidad podrían resumirse en los siguientes postulados, admitidos generalmente como incontrastables: fe en la bondad natural del hombre; fe en una especie de segunda naturaleza humana, todavía no realizada en la Historia, pero fatalmente posible; y fe en el progreso, considerado como un fluir irremediable e inexcusable hacia la felicidad terrena, implícita en la condición humana y no desarrollada sino por las luces de la Ilustración.

Los conceptos sobre el origen, justificación y fines de la sociedad fueron idénticos a los del iusnaturalismo del siglo XVII, pero desprovistos de su primitivo sentido jurídico y fuertemente cargados de valoraciones casi mágicas, donde la palabra política pierde su antiguo carácter científico, de algo referente a la organización racional de la polis, y se convierte en un término estético, que hace relación a la felicidad de los hombres. Tales conceptos han sido estudiados al analizar las seis creencias políticas fundamentales del alma puritano-cuáquera, pues son iguales y vienen de la misma fuente. En este aspecto, la Aufklärung no hizo más que dotar de calidad estética las ideas jurídicas del viejo racionalismo, transformándolas en ideario de propaganda.

Por último, los presupuestos políticos para la realización de la felicidad terrena resultaron inmanentes y democráticos en la Aufklärung concebidos de una manera fatal, y entendidos como algo necesario a cualquier forma de sociedad justa. Tales fueron: la libertad del individuo, la igualdad de los ciudadanos y la primacía de la voluntad general. Así aparecieron en Rousseau, donde la paideia se convierte en Religión de la Humanidad, manifestada a través del sentimiento, que se revela como lo más libre y originario que hay en el hombre.

De estas categorías políticas de la Aufklärung, creencias, conceptos y presupuestos, nació la fe en una especie de Nuevo Paraíso Terrenal de la razón y la libertad, Ciudad de Dios o Arcadia del siglo XVIII, donde se realiza un verdadero ideal de Historia Natural, que justifica al individuo en la felicidad terrena, por encima de la autoridad y de cualquier misión o mito trascendente.

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5.- La « Aufklärung» en América.  

 

 El hombre norteamericano recibió los ideales de la Aufklärung como quien recibe algo que está implícito en su personalidad, es decir, como quien recoge una sabiduría que tiene a la mano y reconoce como propia. Por su contextura, virtudes y concepción del hecho político, el alma puritano-cuáquera estaba especialmente dotada para encontrar en la Aufklärung ideas familiares, si bien expuestas a través de una filosofía más universal y abstracta. Todo cuanto podía defender y propagar esta filosofía había sido fuertemente intuido por el espíritu de las colonias, que descubría en ella el término natural de su propio desarrollo, abocando a la misma de una manera también natural, sin extrañezas, contorsiones ni extremismos. Dada la estructura del mundo político europeo y la configuración estética de su sociedad, los ideales de la Aufklärung resultaron revolucionarios e insólitos en Occidente. Pero en la lejanía de las tierras americanas, y sobre la base de una comunidad natural, constituida de hecho y dedicada al provecho ganancioso, sin clase distinguida ni estado de la canalla propiamente dichos, estos ideales parecieron bien lógicos y moderados; en suma, algo que no podía asombrar al hombre norteamericano, porque lo llevaba consigo desde antiguo.

El gran tipo del señor francés del siglo XVII, un hombre geómetra-cartesiano, que dio una nueva configuración racionalista a las ideas de Europa, no logró influir en el alma puritano-cuáquera, cargada de valoraciones éticas y sentido de lo conveniente. De ahí que en las colonias americanas apenas pudiera notarse la presencia de esta clase de hombre occidental, dotado especialmente para entender el Mundo como realidad diferente del individuo y concebir la política como un juego de poderes. En el alma puritano-cuáquera habla ciertamente repugnancia hacia una pura concepción eidética del mundo o un entendimiento cruel de la política, valorada como arte y no como ciencia.    

Mas cuando surgió en occidente el novísimo tipo de hombre europeo del siglo XVIII, u hombre paidético, estructurado según una razón práctica que busca la felicidad, el alma norteamericana encontró su propio modelo universal. Sin embargo, este hallazgo no fue un verdadero descubrimiento, sino más bien un reconocimiento. A la manera de lo que ocurre en la filosofía platónica respecto a las ideas humanas, que son recuerdo de impresiones ultraterrenas, el espíritu norteamericano recordó en la Aufklärung  sus propias impresiones originarias. Por eso, algo tan fundamental a la Historia de Occidente como el genio de la Revolución Francesa, considerado por los europeos a la manera de un ángel salvador o un demonio pernicioso, según los casos, resultó antiguo y familiar al mundo de las colonias americanas. Mas en todo momento, y por encima de cualquier interpretación, fue un ángel o demonio eminentemente autóctono, práctico y modesto; en suma, un demiurgo puritano-cuáquero antes que ilustrado.

Sin embargo, no es lícito afirmar que el suceso de Norteamérica provenga de la Aufklärung. Lo licito y científico es advertir en qué aspectos coincidió el alma puritano-cuáquera con los ideales de la Aufklärung, y en qué otros aspectos recibió enseñanzas de ellos. Para eso habremos de volver sobre lo que hemos llamado categorías políticas de la Ilustración, divididas en creencias sobre el hombre y la humanidad, conceptos sobre la sociedad y presupuestos para la realización de la felicidad terrena. Dejemos de momento la primera y analicemos las dos últimas, enfrentándolas con la sustancia norteamericana.

Los conceptos de la Aufklärung sobre el origen y fines de la comunidad estaban ya impresos en el alma puritano-cuáquera desde antiguo. De una manera originaria e instintiva, sin necesidad de ningún esfuerzo contra la tradición, el hombre norteamericano del siglo XVIII entendió como incontrastables los siguientes principios, ya mencionados en otra ocasión: que el individuo es la célula primaria de toda comunidad, que la sociedad nace naturalmente por contrato, que su desarrollo es una actividad humana, que esa actividad puede ser concebida como hacer racional, que la busca de la felicidad debe ser el objeto inmediato del ente social, y que a la función del Poder ha de corresponder una intención semejante de los ciudadanos. En este aspecto la Aufklärung no tuvo que enseñar nada, sino coincidir simplemente con el alma puritano-cuáquera.

Los presupuestos políticos de la Aufklärung para la realización de la felicidad terrena eran también conocidos y queridos por el hombre norteamericano. Las ideas de libertad, igualdad y primacia de la voluntad general no podían resultar nuevas a la raza inglesa, y menos al espíritu de las pequeñas gentes americanas, herederas de los que llegaron al Continente Americano con ánimo de construir una estructura política natural. Los mismos escritores de la Aufklärung admiraron en la sociedad americana la realización de tales presupuestos, antes de que Norteamérica fuera libre y la Revolución Francesa los transformara en preceptos universales. Tampoco la Aufklärung pudo enseñar nada nuevo en este otro aspecto, sino coincidir también con la conciencia norteamericana.

Lo que el alma puritano-cuáquera recibió y aprendió de la Aufklärung fue la doctrina referente al hombre y la humanidad en general, resumida en estos principios ya conocidos: optimismo antropológico, fe en una especie de segunda naturaleza humana, y fe en el progreso. A la vista se nota que estas creencias eran más filosóficas y abstractas que políticas y prácticas, implicando una verdadera concepción paidética del Mundo, donde el hombre se convierte en un ser laico o divorciado de la Divinidad, siendo, a su vez, el centro del Universo. De ahí que el alma puritano-cuáquera apenas pudiera concebirlas por propio esfuerzo, impidiéndolo su eminente calidad ética y cargazón religiosa. Mas una vez que la filosofía europea mostró tales principios como algo ya hecho, el hombre norteamericano se atrevió a recibirlos como fundamentos naturales de su conciencia política, encontrando implícitos en ellos el ideal de Historia Natural y la razón de la democracia. Con esto se logró pergeñar a posteriori una explicación universal del suceso norteamericano, ganando vuelo de águila para sus propulsores, como se vio en las Declaraciones de Derechos de los Estados.

Resumiendo, finalmente, podemos decir que la Aufklärung apenas enseñó al hombre norteamericano nada nuevo respecto a la teoría, organización y fines del gobierno; pero si una filosofía de carácter universal, donde el alma puritano-cuáquera encajó sus creencias, convirtiéndolas en ideario de propaganda. Mientras los postulados de la Aufklärung hallaban en la sociedad americana el ejemplo vivo de sus doctrinas, la comunidad americana encontraba en la Aufklärung su propia filosofía y pathos de expresión política.

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6. - La «Weltanschauung» de los Padres de Norteamérica.  

 

Con lo dicho sabemos que el alma puritano-cuáquera y los postulados de la Aufklärung fueron elementos diferentes, pero constitutivos del proceso configurador del Experimento Americano, que sólo llegó a cristalizar como verdadera unidad de querer político, consciente de sí misma y fácil de distinguir de cualquier otra realidad social, cuando ambos principios alcanzaron a confundirse para formar un ser único: la Weltanschauung de los Padres de Norteamérica, completamente pergeñada hacia los tiempos de la Independencia.

Weltanschauung es una palabra alemana que significa concepción del mundo, en sentido absoluto, y la transcribimos en idioma germano para poder usarla como sustantivo, ya que de otra manera pierde su impronta típica. Pues bien: fuera de una investigación sobre el origen ideal del hombre norteamericano, y fuera también de cualquier análisis de los fenómenos anteriores a la Independencia de los Estados Unidos, lo más concreto, incontrastable, actual y próximo a nosotros de cuantas razones o principios podamos argüir para explicar el Experimento Americano, es la Weltanschauung de los Padres, en cuyo contenido está implícita la futura idiosincrasia de Norteamérica.

Según acabamos de expresar, esta Weltanschauung fue resultado de la conjunción sustancial del alma autóctono norteamericana y la filosofía de la Aufklärung, que llegaron a fundir una sola realidad. Sin embargo, ello no quiere decir que ambos elementos desapareciesen al formar un nuevo cuerpo; antes bien: continuaron presentes, actuales y actuantes hasta nuestros días, sin convertirse jamás en principios simplemente históricos, que se eclipsan una vez cumplida su misión. Por eso, siempre que analicemos la Weltanschauung de los Padres, encontraremos filosofía de la Aufklärung y sustancia puritano-cuáquera, no meros indicios de haberlas habido. Tal ocurrió desde Jefferson a Franklin Delano Roosevelt.

Por lo demás, resulta fácil descubrir el contenido de esta Weltanschauung, pues si conocemos por separado lo que son alma puritano-cuáquera y filosofía de la Ilustración, conoceremos lo que son en conjunto. Mas conviene señalar el lugar que cada uno de estos principios ocupa en aquella. El alma puritano-cuáquera es a la manera de la sustancia; la filosofía de la Aufklärung, a la manera de los accidentes. Si se entiende por propia sustancia aquello que no reside en otro, y por accidente lo que puede estar en los demás, comprenderemos en seguida el puesto eminente del alma puritano-cuáquera en el suceso de los Estados Unidos. Sin filosofía de la Aufklärung pudo haber Experimento Americano, pero no sin alma puritano-cuáquera. También los ideales de la Aufklärung residieron en otros grupos sociales, sin dar un resultado mejor o peor, sino diferente. Como hemos dicho en otra ocasión, una mera filosofía no construye realidad política a no ir acompañada de firmes valoraciones éticas anteriores al ideario. De ahí la razón científica de fundamentar el análisis de cualquier ente político sobre lo que venimos llamando alma o tipo de hombre, y no simplemente sobre ideologías. En una Weltanschauung, o concepción total del mundo, colaboran de forma indestructible estos dos elementos; pero el primero jamás cambia, pudiendo hacerlo el segundo. Es posible que en Norteamérica cambie hoy la filosofía de la democracia, pero no el alma puritano-cuáquera, que seguirá informando el espíritu de la República.

El efecto más inmediato de la Weltanschauung de los Padres fue el nacimiento de los Estados Unidos, tal corno ahora se entienden y valoran. Sólo a partir de este momento comenzaron a interesar a Europa, y sólo desde entonces pudieron los hombres norteamericanos hablar de democracia en el sentido ilustrado de la palabra. Antes habían hablado de estructuración de la sociedad y organización del gobierno; también de libertad y derechos del ciudadano, entendidos como derechos tradicionales de los ingleses; pero no de Derechos del Hombre. Fue la Weltanschauung de los Padres quien dio los moldes o categorías de pensamiento suficientes a transformar en doctrina universal lo que había sido fuero o idiosincrasia de grupo, razón pragmática y local, realizada en un lugar y momento determinados. Esta Weltanschauung superó, pues, el hecho aislado y particular de la sociedad americana, convirtiéndolo en ejemplo ecuménico, con lo cual quedó pergeñada una fuerte conciencia de diferenciación, que debía abocar en el ansia de liberarse de Europa y formar una comunidad  verdaderamente independiente y nueva en el mundo.

La Weltanschauung de los Padres precipitó la liberación definitiva de las Trece Colonias, resultado natural de un largo proceso que comenzó en 1620, con el contrato de Mayflower, y acabó en 1776, con la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, redactada por Thomas Jefferson. He aquí una parte característica de su texto: «Sostenemos como verdades evidentes que todos los hombres nacen iguales; que a todos les confiere su Creador ciertos derechos inalienables, entre los cuales están la vida, la libertad y la busca de la felicidad; y que para garantizar esos derechos los hombres instituyen gobiernos que derivan sus justos poderes del consentimiento de los gobernados ... ». En esta declaración general y en otras de los estados soberanos, tales como la de Virginia, quedó plasmado el credo político de los Padres de Norteamérica, que pudieron ofrecer al mundo el ejemplo de una comunidad libre y poderosamente creyente en la Religión de la Humanidad.

A este respecto es digno de notar cómo los ideales de la Aufklärung dieron mejor resultado en América que en Europa, adelantándose allí en efectos prácticos, hasta el punto de pergeñar la primera Revolución ilustrada, antes de que el Enciclopedismo francés realizara la propia. Mas ello fue debido, como sabemos, a la presencia de dos constantes esenciales: la sustancia puritano-cuáquera y el carácter natural de la sociedad colonial. La primera aportó su impronta mesiánica a la Revolución Americana; y la segunda facilitó su desarrollo. De ahí que la Declaración de Independencia sirviera de modelo a otras europeas, como la declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, establecida por la Constituyente Francesa de 1789.

En adelante designaremos con el nombre de Antiguo Ideal de Norteamérica el contenido de la Weltanschauung de los Padres. El título de Antiguo Ideal parece oportuno para nombrar el periodo de Historia Natural de los Estados Unidos, sobre todo si se piensa que a partir de F. D. Roosevelt nace un Nuevo Ideal, o Ideal de Historia Universal, como ya veremos en su momento.

 

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