¿Quién es Miguel Espinosa?

 

Por José García Martínez

periódico La verdad, 30 de julio de 1978

 

 

Al salón-despacho de la casa de Miguel Espinosa llegan todos los ruidos de la calle. y si no cerramos la ventana, apenas puedo oírle, porque habla muy bajo. Encima de la mesa hay un libro abierto, en el que Plutarco dice: Ni Dios puede dar, ni el hombre recibir nada más excelente que la verdad.

 

―Soy de Caravaca, pero me desarrollé en Murcia, pues me vine aquí a los seis o siete años. Mi adolescencia transcurrió durante la postquerra y en los Maristas. Íbamos dos clases de alumnos por aquel entonces: los que tenían un apellido local, un linaje local, y los que no lo tenían. En aquellos tiempos, unos y otros comíamos lo mismo: huevo frito. A lo mejor, a los de linaje local les echaban un pimiento en el plato. Ellos presumían de tatarabuelos concejales y de abuelos que habían sido alcaldes. Eran hijos de abogados de secano, de gente que trabajaba en la Diputación y tal. Cuando fui un poco mayor, me di cuenta de que tenían conciencia de su linaje local, una cosa ridícula, si se compara con los tiempos modernos. Aquellos ricos linajudos, hoy no son nada, y se ha producido el fenómeno de que los tíos de Molina tiraban del carro y ahora tienen grandes construcciones y grandes fábricas. Yo me acuerdo de aquella época en que fulanita era rica porque tenía una casa de dos pisos en la calle de las Balsas y todo el mundo la admiraba. Eran los tiempos en que el Casino tenía importancia; estar en el Casino era ser alguien; e incluso para muchas chicas resultaba emocionante pasar por delante del Casino al atardecer y, un poco antes de llegar, se arreglaban el traje y tal. Eran también los tiempos en que uno se bajaba de la acera cuando veía venir a un teniente de aviación, se bajaba uno inconscientemente, porque los militares tenían un prestigio extraordinario, vamos, definido el prestigio como el prejuicio que engendramos en los demás. Después, pasé a la Universidad, que era muy pequeña en el aspecto intelectual, en el aspecto de la gente que íbamos: en mi curso, en primero de Derecho, éramos unos treinta, de los que alrededor de veinte eran conocidos de los profesores, por ser hijos de don Fulano o de don Mengano. Allí estaban Isidoro Martín, Reverte, Batlle... y era una universidad muy amanosa, muy local; de otra cultura, como si dijéramos. Nos poníamos de pie cuando pasaba el rector, le decíamos don Manuel y le teníamos un miedo respetuoso. Algunos de mis compañeros de entonces, han sido y son directores generales de régimen interior, o de política interior, o de la función local. Yo, sin embargo, en vez de hacerme un hombre de porvenir, que era lo que todo el mundo quería hacerse en aquellos momentos, fui para ellos un tipo raro, porque mi mentalidad (lo digo a posteriori, de una manera pedantesca) era de artista. Y, claro, todo aquello que la gente veía natural por ser cotidiano, a mí me parecía extraño. Por ejemplo: la gente del año 43 veía tan normales a Hitler y a Mussolini en el NO-DO, pero la gente de 1978 que asiste a ese mismo NO-DO, se echa a reír, porque el tiempo ha convertido a Hitler ya Mussolini en personas ridículas. Entonces puede haber un tipo de hombre que, ya en su tiempo, vea ridículo lo que es actual, y ese hombre queda fuera de su tiempo. Mi visión de aquella universidad me inspiró el libro «Escuela de mandarines». Yo veía cómo se ponían la muceta, el birrete y tal; cómo se reunían allí en las inauguraciones de curso; veía al becario estudiar por las noches, preparando su porvenir ya desde los 17 años, pensando en la notaría; veía la sumisión y tal, el gesto de los catedráticos: te acercabas a ellos para hablarles y no se paraban, seguían andando y tú ibas detrás, y si te colabas al lado derecho, ellos miraban al izquierdo. Y eso, que entonces parecía normal a la gente de aquel tiempo, a mí me parecía insólito. Yo veía ya la universidad murciana como en una vieja fotografía, como ahora, muchos años después, la puede ver cualquiera. Es decir, como tú puedes ver hoy una foto de la «Batalla de Flores» del año 42, así veía yo la Universidad en aquel tiempo. Esa es la diferencia que tenía yo con los demás. Y eso fue lo que me llevó a hacer «los mandarines», colocándome en una posición crítica absoluta, porque, ya en el 1949, a mí me parecía una cosa arcaica y ridícula ver a Franco bajo palio en Santiago de Compostela.

―Cabe deducir, entonces, que tú eras también para ellos un caso insólito.

―Sí, claro que lo era. En lo que a mí se refiere, cuando uno se margina de esa manera y no le pueden decir tonto, le laman chiflado. Supongamos que tú no quieres tener hoy un coche, ni un chalet en la playa, ni esas cosas que la gente quiere tener. Si saben que es porque no puedes, te llaman pobrecico; pero si saben que tienes el mismo dinero que ellos, comentarán: ése es un chiflado. Sí, yo sacaba buenas notas, sobresalientes y alguna matrícula incluso. Aprobaba los cursos normalmente.

―Pero no te hiciste un hombre de provecho.

―No, en absoluto, ja, ja, ja. Mis circunstancias eran especiales, pues, a los 17 años, al morir mi padre, me hice cargo de unas representaciones de azúcar que él llevaba y que yo heredé. Yo vivía de pequeñas cosas, de vender terrones de azúcar a Barceló y a otros comerciantes de Murcia. Cuando salí de la Universidad, seguí metido en estas cosas, llevando una vida relativamente bohemia, porque yo no soy un profesional en ningún sentido, ni tengo una profesión, ni ejerzo un comercio, sino que estoy a lo que salta, en mil oficios.

He sido empleado de japoneses, he importado cosas de China y de Japón, he hecho escritos jurídicos, no como abogado de los tribunales, sino como hacer una cooperativa y cosas de esas. O sea, una forma de vida sin profesión, absolutamente sin profesión...¿Lo de los japoneses, dices? Ocurrió que, buscándome la vida, encontré una multinacional que era la cincuenta del mundo, con unos gastos de personal de un millón de dólares diarios. Ellos querían poner una fábrica de mandarina satsuma en España y yo fui el que introdujo eso en Murcia, así, como una cosa tonta, y ahora resulta que España produce casi tres millones de cajas de mandarina. Empecé a hacerlo en el año 46, pero no he recogido ningún fruto. Los frutos siempre los recogen otros. Estuve con los japoneses diez años y lo mismo les compraba miel que les vendía acero. Hombre, sí, el trabajo era descansado. Yo compraba 500 toneladas de miel y ganaba unas 350.000 pesetas. Con un par de operaciones me podía colocar en casi el millón de pesetas. Preferí este mundo del comercio, aunque no me interesara, porque el otro, el de la universidad franquista, era un mundo de novicios, con una jerarquía, en el que había que hacerle la pelota al maestro, siempre con miedo, en un ambiente como sacralizado. En cambio, este otro mundo del comercio es muy claro y muy limpio; el mundo de los comerciantes es muy salvaje; yo te compro o no te compro. Sencillamente, sin subterfugios de ninguna clase. Ahora soy director de una mutua de seguros que se ha creado en Lorca (el seguro de la peste porcina africana), que la he creado yo y que se dedica a asegurar a los cerdos, y esa actividad la compagino con la faceta intelectual, sin necesidad de sumarme al séquito del Estado, sin estar en la Universidad ni en la Diputación. Sumarse al séquito sería terrible para mí, pues me convertiría en un personaje mandarinesco y se destruiría mi pureza intelectual. Trabajar con japoneses, hacer importaciones (he traído hasta canicas de China) me quita horas, pero no daña mi interioridad de intelectual. No lo hago precisamente con entusiasmo, sino como una rutina. Por eso no me he hecho hombre de negocios, aunque he tenido en mis manos algunos muy importantes. Otros, en mi lugar, se hubieran hecho millonarios.

Pues yo fui hasta hace poco racionalista y anticlerical, pero he redescubierto el Evangelio y he vuelto a una religiosidad, que no es la religiosidad común de la Iglesia, no es ir a misa... He llegado a esto por una evolución intelectual. Antes, cuando era más joven, admiraba el mundo griego, por lo que el Dios de Jehová me parecía un Dios de gitanos, y los judíos, una tribu de gitanos. Yo estaba en el mundo pagano. El redescubrimiento de los Evangelios, sobre todo el de San Juan, ha sido algo extraordinario para mí. Es un libro de una actualidad fabulosa, con unas piezas literarias increíbles. Lo que más me impresiona de San Juan es su concepto de la mundanidad. San Juan dice que aquel que ama al mundo y está en el mundo, no tiene el amor del Padre, porque el mundo es concupiscencia de la carne... Entonces, olvidando la palabra concupiscencia, que está corrompida por la Iglesia del XIX, y yendo al griego, te das cuenta de que concupiscencia quiere decir deseo torpe, y que la traducción de carne en griego es cuerpo. Es decir, que quiere el bienestar absoluto, tener muchos bienes y vivir muy bien. Eso es concupiscencia de la carne. Concupiscencia de los ojos sería la del que transforma una simple piedra en joya. Y, también, cuando el que tiene todo el poder quiere ser investido con miles y miles de medallas, y estar rodeado de su séquito. El mundo, pues, estaría compuesto de concupiscencia del cuerpo, concupiscencia de los ojos y jactancia de la riqueza. Este concepto del mundo es lo que San Juan repite siempre y lo opone al concepto de Dios. Hay además un párrafo en el que Cristo dice, refiriéndose a los discípulos y hablando al Padre:«No te digo que los quites del mundo, porque es imposible, pero sí que los libres del maligno». El maligno reina en el mundo. Lo que impresiona en San Juan es que fatalmente es así, y será así. No, no, mi misión, a partir de lo anterior, es telética. Este redescubrimiento de la sociedad me lleva a hacer una crítica de la burguesía, entendiendo por burgueses la gente que tiene una deterrminada concepción del mundo. Yo creo que, a partir de 40.000 pese- tiis mensuales, ya se puede ser burgués, porque podemos disponer ya de unos ciertos valores, como pasar el fin de semana en Campoamor y esas cosas. Mi religiosidad actual implica una crítica del mundo burgués, pero no es una religiosidad padecida (que me llevaría a un convento), sino reflexiva. Es más bien agente que paciente. Yo creo que la izquierda está sólo en los grupos supermarginados, los cuales, si alcanzaran un poco de poder, se convertirían también en derecha. En España no hay ahora mismo partidos revolucionarios. El PSOE y el PCE están dentro del juego burgués, y la UGT está apoyando más a la pequeña burguesía que al proletariado puro. Por ejemplo, cuando apoya a los PNN, está apoyando a la pequeña burguesía, a un matrimonio de PNN que a lo mejor están ganando entre los dos cien o ciento veinte mil pesetas, y que ya tienen la casa contratada para veranear, pagando sesenta mil pesetas. Hay unas contradicciones inmensas. Por ejemplo, que el PCE presuma de que Ana Belén es comunista, cuando la Ana Belén es un detritus producido por el nihilismo burgués, que simula el coito para que sea filmado y luego se vea en el cine mediante el pago de cien pesetas. Mis ideas políticas no son de ninguna clase, porque yo no quiero jugar al juego de la burguesía. Vuelvo a ser el chiflado, el marginado. La situación política de España me interesó hasta la muerte misma de Franco. A mí me sucede que he interiorizado el franquismo, porque me he dedicado durante muchos años a estudiarlo. Es casi una segunda naturaleza mía y yo deseaba que desapareciera el franquismo con un deseo inmenso. No dormía cuando Franco enfermó, estaba siempre oyendo la radio. Pero, una vez que ha muerto, tengo como nostalgia de un mundo que era como más pintoresco. Yo ya soy, también, como López Rodó, un cadáver del mundo de Franco... en el papel de enemigo, claro, en el papel de enemigo, pero perteneciendo a ese mundo. En aquella farsa había amigos y enemigos, y al morirse Franco nos hemos muerto todos, los amigos y los enemigos, y ya el mundo actual es un mundo extraño para nosotros.

Bueno, mi modelo de sociedad no sería político, sino filosófico. El tipo ideal de sociedad podría ser el previsto por la teorética ―por la teorética, repito― marxista, realizado como en la sociedad francesa y holandesa, o sea, teóricamente marxista y prácticamente democrática, aunque no sé si eso será realizable o no. Yo no creo en el ideal ruso, sino en el ideal marxista de los libros, que no se ha verificado todavía. En una palabra: no a la manera rusa, sino a la manera democrática, pero con la desaparición de los valores burgueses. Por ejemplo, el problema de la pornografía. Yo no creo que sea una liberación de ninguna clase, sino responde al principio burgués de libertad de comercio. Por eso, en un régimen comunista no puede haber pornografía. No porque los comunistas sean más puritanos, sino porque a nadie se le ocurre que el Estado pueda hacer negocio imprimiendo estampas pornográficas, cuando le es mucho más fácil poner un impuesto mayor sobre el tabaco. Sería, la que yo propongo como sociedad más o menos ideal, aquella en que primarían otros valores. Lo que nosotros vemos hoy como cosas normales, como cosas naturales (que el vecino se compre un “Cadillac” como símbolo de su triunfo), eso habría desaparecido, porque tener un “Cadillac” no tendría ningún valor. Serían estimados los valores de tipo intelectual: el médico mejor destacaría por ser el mejor médico, no por tener dos o tres barcos. Sería, por decirlo de alguna manera, como los valores que pudieran existir en un convento, entre gente igual, y sin embargo unos conventuales destacan de otros porque estudian más o porque han realizado determinadas obras. Y, además, cambiaría la ética. Porque la sociedad actual se caracteriza por no tener ética. No es que sea inmoral, sino que no tiene capacidad ética. Tú le preguntas a un pequeño-burgués sobre el pecado, sobre el mal, y no sabe cómo contestarte. Te dirá simplemente que no mata y que no roba. Claro que, ahora mismo, ese modelo de sociedad utópico es algo completamente irrealizable, porque el peso de la sociedad burguesa, precisamente por estar en fase de corrupción, es inmenso. Su fuerza es más grande que hace ciento cincuenta años, cuando la sociedad era más puritana. O sea, que, ahora mismo, desde el punto de vista positivo, no se puede hacer nada. El que quiera aportar algo al cambio de sociedad, tiene que destruir a cada paso, en lo que pueda, a la sociedad burguesa. No, yo en eso de una destrucción violenta no tengo ideas claras, pero hay que producir miedo, porque después del miedo viene la reflexión. Cada uno debe actuar conforme pueda, desportillando una puerta, rayando una silla, escribiendo un artículo, haciendo una caricatura... Porque una sociedad en decadencia puede durar siglos.

―Miguel Espinosa publicó un libro sobre los Estados Unidos, en 1957, Reflexiones sobre Norteamérica, aunque el editor le puso Las grandes etapas de la historia americana, «con lo cual me lo estropeó, pues lo convirtió en un libro profesoral». Tiene también pequeños estudios sobre la poesía y sobre el sentido estético, algún cuento y su libro más conocido: Escuela de mandarines. Está preparando otro, titulado La fea burguesía.

―Mi forma de vida es, por necesidad, antiburguesa. Está exenta de actualidad y defino actualidad como el conjunto de valores y bienes que ofrece la sociedad en un determinado momento. Como yo no aspiro a esos valores (tener muchos aparatos, llevar a los hijos a un buen colegio, un coche, una casa en la playa y que te digan don Fulano), mi vida es absolutamente antiburguesa. El prestigio que da la sociedad en que vivo, a mí no me interesa. Pues... me levanto siempre tarde, a las diez o las once. Resuelvo las pequeñas cosas de mi trabajo, si es que lo tengo, y ya me dedico por completo a la vida contemplativa, a leer o a observar a los burgueses para asombrarme de su mundo, y me someto a ellos sin protestar. No, yo no voy al cine. No me interesan las películas, ni los actos que se celebran en mi pequeña comunidad. Incluso a veces me da rubor si me saluda algún amigo mío, porque es presidente de la Diputación. Me da vergüenza hablarle en público, porque parece que su abrazo me mete dentro de esta actualidad. Es un pudor que no puedo remediar, porque mi felicidad consiste en estar marginado. Yo me margino porque obtengo felicidad. No, de verdad, no es por afán de significarme, es que siento como un pudor. Yo soy como un espía. Como muy poco. Hago una sola comida al día, a las cinco de la tarde: una carne asada con unos huevos y después me tomo un vaso de leche. No me atraen los espectáculos. Jamás he ido al teatro, ni a un concierto... Al cine, dos veces al año y nunca solo. El teatro me gusta más leerlo, porque es palabra: el montaje no me interesa. La conferencias tampoco, pues en Murcia son espectáculos sociales. Van el notario y su esposa, que ya tienen reglamentada así su vida. Los burgueses tienen la semana distribuida: el lunes, una conferencia; el martes, un concierto; el miércoles, cenamos con los menganitos; el jueves, vamos a la presentación de este libro... Café, sí, bebo en grandes cantidades, y fumo mucho. Me acuesto tarde, porque mis horas altas son por la noche. Como tengo la tensión baja... Yo empiezo a vivir a las ocho de la tarde y me suelo dormir a las tres o a las cuatro de la madrugada. Tengo dos o tres amigos íntimos, y creo que no debo de tener enemigos, pues como no he tenido nunca ninguna actuación, ni he hecho nada... No he competido nunca... Tengo dos hijos, una chica de 23 años y un chico de 25. Ella está casada. ¡Ah, ellos están muy contentos con mi manera de ser! y practican de algún modo esta norma de vida, pues ya de pequeños les hablaba con sorna del mundo burgués. Claro, es una educación muy lenta, muy íntima, que se va fraguando a través de los años. En mi casa nunca se habla de Fulano tiene dinero y yo tengo menos. Aquí jamás ha venido nadie a cenar. No, nunca veo la televisión. Bueno, miento, he visto en televisión la muerte de los Papas, la muerte de Kennedy, la muerte de Franco, la clausura del Concilio... vamos, actos universales, igual que el cine. ¿La gente con la que yo trato? Sólo tengo trato con gente de 35 a 45 años. No, no he bailado jamás. ¿Mi noviazgo? Pues nos entreteníamos charlando en el bar Santos, que era el único bar al que iban entonces las mujeres.

¿Y cantar? ¿Cantas alguna vez?

―Sí, cuando me afeito. Canto generalmente himnos, la Marsellesa, el nacional, el Cara al Sol, indiscriminadamente. O recito a San Juan de la Cruz o a Jorge Manrique: Otros cantos no sé. Estoy triste, generalmente. Tengo depresiones. Debe de ser por la edad. Yo antes tenía un concepto muy vivo y muy pagano de la vida. La alegría de vivir, las mujeres. Soy mujeriego, pero, bueno, eso habría que matizarlo mucho. Soy monógamo. No puedo vivir sin tener relaciones con una mujer, pero tienen que ser unas relaciones muy constantes, muy largas y muy lentas. O sea, que la mujer es el otro que me oye y al que yo voy analizando, investigando. Para mí, la conquista de una mujer es un proceso de conocimiento. Necesito alo mejor tres meses y ya entonces quiero tener con ella relaciones eternas. Por eso busco siempre una mujer única, para poder hablar con ella y marginarla también.

En La fea burguesía intento hacer un análisis fenomenológico (y perdona la pedantería). Entiendo por fenomenológico cuando tú contemplas un objeto sin tener una teoría previa sobre el mismo. Si yo te enseño un botijo y tú ya tienes una teoría sobre los botijos, me dirás que es feo o bonito, ancho o delgado, y lo que tendrás será una visión (teorética) del botijo; pero, si tú haces un esfuerzo y pones entre paréntesis las teorías sobre el botijo, tendrás una visión fenomenológica del botijo. En mis análisis de la burguesía, hago la trampa fenomenológica de no opinar sobre ella, sino de describirla simplemente, mostrarla al lector y que el lector deduzca. Por ejemplo, cuando describo una cena de dos matrimonios burgueses, me limito a enumerar los temas de los que hablan: lubinas, cuartos de baño, toallas, alfombras, cafeteras, accidentes de tráfico, coches, ruedas de coche, paradores en la carretera... A mí me cuesta mucho trabajo escribir. Lo hago directamente a máquina, pero después, para corregir, vuelvo al original cinco a seis veces, porque no quiero escribir con frases hechas, y entonces hay una labor de destrucción de lo escrito y de nueva construcción. No va a ser un libro gordo.

―¿Podrías decirme tres o cuatro cosas que reflejen la manera de ser de la burguesía?

―Mira: tienden a convertir el espíritu en naturaleza, no aceptan la resignación, entendiendo por resignación la presencia de un elemento ante el cual hemos de resignarnos, como tener un hijo tonto. Creen que, si tienen un hijo tonto, cambiándolo de colegio será listo. Piensan que, mediante el pago de un precio, lo pueden obtener todo. Creen que un psiquiatra puede cambiar a los hombres, es decir, creen en la ciencia y en la técnica como posibilidades de transformación de todas las cosas. Y, además, han interiorizado el dinero, hasta hacerlo formar parte de su conciencia. Están convencidos, aunque no lo confiesan, de que el dinero es la última forma de todo.

―Pero, a pesar de eso, ¿te sientes capaz de amar o de comprender a los burgueses?

―Yo, yo... me siento ante ellos muy incómodo y además los odio profundamente.

―¿Y no has llegado a pensar que esta actitud tuya ante la vida puede entenderse como pose?

―Creo que es muy trivial que me digan eso. Soy un hombre que vive en una pequeña ciudad de provincia, un hombre pobre y de vida oscura y gris. Decir que ese hombre tiene pose, me parece un juicio completamente absurdo, porque la pose sería para proyectarla al exterior y tal. Volviendo al Evangelio, la pasión de Cristo comienza el domingo de Ramos precisamente, que es cuando debió de sufrir más, al ver que lo aclamaban. Yo no deseo destacar. No resistiría ser aclamado. Por eso me parece demoníaco querer ser aclamado constantemente. Por eso veo a los políticos como tipos extrañísimos y malvados... y me parecen paranoicos. No sé qué satisfacción puede sentir un tipo, asomándose al balcón para ser aclamado.