Prólogo al libro de Emilio Saura El logos y sus energías, 1986
Pretendo escribir estas líneas para los que creen en la astrología y para los que no creen en la astrología. ¿Será posible?
Creer no es aceptar esto o lo otro, sino querer que las cosas sean de una determinada manera; hay en la fe más voluntad que conformidad y entrega del intelecto. Quien cree en la astrología, quiere, pues, que el mundo tenga aquella significación que enuncia la astrología, y quien no cree en ella, no quiere tal significación.
Cuando alguien manifiesta: «No puedo admitir que los cuerpos espaciales hayan de ver con el hombre y su destino, pues el destino es carácter, y los astros, piedras», está expresando, en realidad: «No quiero que exista un mundo así». Lo mismo sucede cuando alguien formula lo contrario.
La fe crea prenociones, y éstas engendran nociones que, a su vez, configuran concepciones. De tal forma, una concepción es el desarrollo o despliegue de una fe. De ahí se deduce que todo sistema de pensamiento resulta la exposición de un querer.
La negación de verdad a la visión astrológica proviene de la fe del reflexivo o de la fe judeo-cristiana, al menos en su aspecto más común y legalista, sin entrar en las doctrinas esotéricas de la Cábala. Digo, aquí, por reflexivo, el talante opuesto al especulativo, el primero enjuicia la cosa, y el segundo, las relaciones entre cosas, según sabemos desde Hegel; el uno ve el mundo como semántica, y el otro, como sintaxis.
Hombres tan diferentes como Lucrecio y San Pablo se muestran enemigos de toda sabiduría astrológica. ¿Quiere esto significar que la fe del reflexivo y la fe judeo-cristiana coinciden en algo? Indudablemente sí. Coinciden en contemplar la naturaleza como un conjunto de datos, o semántica, que han de entenderse en un plano más alto: el sentido. El reflexivo halla el sentido en la facultad de la razón, y el creyente, en la voluntad de la Divinidad personal. Tales son las instancias últimas de estas dos clases de ánimos.
Para la astrología, la naturaleza no es datos, o semántica, sino sintaxis. De este modo, la astrología resulta una gramática. ¿No usan los astrólogos la expresión «leer en el cielo»?
El reflexivo y el cristiano se resignan. Resignarse equivale a inclinarse, en un momento del proceso juicioso, ante la aparición de un dato que no puede ser referido a otro dato. Digamos, por ejemplo, que Parménides se resigna ante lo ente, que es una resignación muy última, y Kant, ante el fenómeno, que es resignación menos última. Los reflexivos se entregan ante los hechos, físicos o metafísicos, y los cristianos entregan los hechos al Dios personal: la Voluntad. «Puesto que somos cristianos, los hechos, no los agüeros sigamos» ―decía Juan de Mena―, proposición que podría sostener cualquier ateo reflexivo, pues, aunque parezca insólito, el ateísmo reflexivo, en todas sus formas, es un producto del cristianismo.
El especulativo no se resigna, porque concibe la naturaleza como sintaxis, no como significado o semántica, y la sintaxis explica cualquier algo por los otros algos que aparecen en la figura. Podemos resignarnos ante el contenido de una frase, pero no ante la frase misma como estructura, pues la estructura siempre se esclarece por la estructura. Alguien podría argüir, sin duda, que la solución sintáctica no es verdadera explicación, porque resulta típicamente formal. Pero ello no es cuestión que debamos tratar aquí, en un prólogo.
La sentencia de Eckhart: «En justicia, yo soy pensado en Dios, y El, en mí. Si Dios no fuese, yo no sería; y si yo no fuera, no sería El», no es propiamente cristiana, por suponer una concepción sintáctica del mundo. Ningún misticismo resulta realmente cristiano, como demostraríamos de tener lugar, que no tenemos.
Porque el astrólogo es sintáctico, no se resigna. Obra como el especulativo y como el místico, como Hegel y como Eckhart, aunque en figuras diferentes.
Hemos afirmado que la negación de la verdad astrológica proviene de la fe del reflexivo y de la fe judeo-cristiana en su más cotidiano aspecto. Mas negar no es, necesariamente, condenar. El reflexivo niega, y el creyente, condena. «El terror de los gentiles es vanidad» dice la Biblia, y con esto se refiere al terror de los ídolos y al terror de los augurios. ¿Por qué esta condenación tan expresa? Sencillamente, porque el Dios judeo-cristiano es estrictamente personal. No cabe inscribir un dios personal en un índice de materias, como me parece haber dicho en otra ocasión, sino en un índice de personajes; y un tal dios no puede confundirse con ninguna apariencia celeste o no celeste: es constante voluntad.
Dios, como Espíritu, según el sentir judeo-cristiano, resulta un significado, semántica, y no sintaxis. Para el judío y el cristiano, orar es llamar al significado, no contemplar la sintaxis. Baruch de Spinoza, el más heterodoxo de los judíos, denominaría rezar a esta última actividad, y también Hegel, Marx y Wittgenstein. ¿No está la Tierra llena de sintácticos?, ¿no aparece habitada de místicos?
El reflexivo y el creyente, al resignarse ante los hechos, o resignar éstos ante Dios, aceptan la explicación más sencilla; su fe les impide multiplicar los entes. Por el contrario, el astrólogo, como todo sintáctico, prefiere la explicación más complicada, y, en cierta manera, la más excepcional, por ello necesita multiplicar los entes. Paradójicamente, la explicación más complicada resulta más coherente que la sencilla, ya que sintaxis no es otra cosa que coherencia.
La astrología es coherente, como una contabilidad bien llevada, aunque sabemos que la verdad formal de una contabilidad reside en la figura de la misma, no en los datos. Frente al astrólogo, o al especulativo, el semántico se pregunta si basta con la coherencia. La discusión entre sintácticos y semánticos nunca concluirá; tampoco entraremos en ella, pues no somos jueces de ninguna fe.
Emilio Saura es un sintáctico, no un semántico. Escribe en figuras, su libro es una pura figura: nada más y nada menos que una figura. Al final del «Fausto», dice Goethe: «Todo lo perecedero es sólo una alegoría». Habría que discutir si Goethe se equivocó, y debió escribir con mayor profundidad: «Todo lo perecedero es precisamente una alegoría».
Los sintácticos son, naturalmente, paradójicos y dialécticos, piensan por oposición y reflejan el movimiento que ponen, o que hay, en las cosas: su escribir, más que una reflexión, o una meditación, es un comportamiento. Cuando nos asomemos a las páginas de Emilio Saura, no imaginemos, superficialmente, que el autor considera o valora así el mundo, sino que lo vive como siendo así.
El saber de Emilio Saura se cierra en sí mismo, y produce saber. Yo quisiera que el lector llegara a comprender que no podemos ni debemos calificar este saber: es profunda, sencilla y simplemente, saber. Si pretendiéramos determinarlo, aseverando que se trata de un saber sobre esto o lo otro, lo menguaríamos. En el caso que nos ocupa, la palabra saber resulta intransitiva. ¿No es ello insólito en una cultura, como la nuestra, de burgueses que ofertan trabajos y estudian «el objeto de la asignatura»? En efecto, lo es, y en esto reside su grandeza.
Miguel Espinosa