Prólogo al libro de poemas de Francisco Sánchez Bautisa, Encuentros con Anteo, 1976

 

 

 

Debemos acabar con el tópico profesoral que define el lirismo, o manifestación estética de la interioridad, como una figuración del bien.

A mi juicio, cuanto denominamos bien, se intuye como algo cuya condición consiste en no poder ser descrito; por el contrario, cuanto llamamos mal, aparece precisamente como lo descriptible. Por ello, el fin de todo análisis de los entes, de toda facultad o intento de representación, es necesariamente la mostración del mal. En un supuesto Reino de los Cielos, paradigma del bien, los objetos no se describirían ni designarían: simplemente se señalarían.

Aquí y ahora, cabe definir el bien de manera negativa, o sea, como la ausencia que se patentiza en cualquier exposición del mal, forzoso contenido de la proposición que pretenda revelar o dar cuenta del mundo. Admitido tal, parece lícito hablar de una dialéctica del mal y del bien, por la cual el segundo comparece como metáfora del primero. Expuesto más llanamente, esto quiere afirmar la imposibilidad de decir directamente del bien; de ese algo se dice siempre a través de una oración sobre el mal.

Concebido, pues, como lo patentizado por el juicio, el mal resulta la estructura mediadora entre la conciencia y su discurso. Quien intentara pergeñar una representación del bien sin someterse a la mediación puesta por la necesaria especificación del mal, no haría otra cosa que amontonar vocablos en sucia basura. Así ha ocurrido en el trivial lirismo de la estética fascista o de los apotegmas ridículos de ciertas sectas católicas, en nuestros días recién fundadas, policías de intereses y bribonerías, escombreras de voces sólo unidas por la estructura lenguaje, en cuanto forma lógica, es decir, por la nada. Amén de implicar mala fe, pretender una exposición inmediata del bien presupone insensatez.

En cuanto el mal es lo descriptible, su aparición nos atrae, ya que lo descriptible alberga lo real. La contemplación del mal produce éxtasis; en esta acepción, llamo éxtasis a la dependencia de la conciencia con un objeto que se muestra completa verdad. El éxtasis, así entendido, equivale a la comunión con el mundo, captado como suceso inobjetable.

El discurso sensato es una representación advertida o inadvertida del mal. Cuando tal discurso deviene lírico, como ocurre en este libro de Francisco Sánchez Bautista, la descripción del mal se realiza de forma inconsciente, y, paradójicamente, a través de la alabanza de lo dado. No debemos olvidar que todo discurso estético trasciende a su enunciador, cuyo vocablo llega a evidenciar la conciencia más que la opinión. Valga, pues, este aforismo: si hablo con sabiduría, cuando hablo del bien digo del mal.

 

Comparemos estas estrofas de Rilke:

«Tu primera palabra ha sido: Luz,

y el tiempo fue. Después callaste mucho.  

La segunda palabra fue Hombre, y aterra

(aún su son nos ensombrece);

ahora tu rostro vuelve a meditar.

 No quiero la tercera palabra... »

 

«Señor, es tiempo. Enorme fue el verano.

Pon ya sobre el reloj de sol tu sombra

y deja suelto el viento en la llanura.

Manda a los frutos últimos henchirse,

dales dos días más de sur caliente,

a plenitud empújales, y mete

el postrero dulzor en vino recio...»

 

La primera estrofa explicita una queja que algunos llamarían blasfema; por ser directa, la querella deviene superficial. Por el contrario, la segunda estrofa, que expresa alabanza y pacífica concordia con la Creación, encierra, en verdad, la descripción del mal: bajo ella late la demanda y la profunda tristeza.

Sánchez Bautista canta continuo la Creación, y su constante loa, como los versos de Rilke, contiene, en honda ultimidad, la mostración del mal como ser de lo creado. El encomio de un orden superior, del que constituimos punto o instante, esconde el gemido y la objeción; la más perfecta apología conlleva, bajo el humo de la aprobación, la querella del celebrante; toda adulación, aun queriendo parecer testimonio de la excelencia, sólo resulta presentación del mal. «Es malo que haya adulación, es malo que haya adulados y es malo que haya aduladores» ―viene a pregonar el discurso del apologista.

Leamos a Sánchez Bautista:

 

«Catedrales de ramas,

golosos frisos de amarillos frutos,

el estío arquitecto pone en todos

tus rincones frondosos...»

(Libro I, Poema IV)

 

Nada entenderá de la manifestación literaria y del triunfo de la conciencia sobre la palabra explícita, quien se limite a advertir en estos bellos versos la descripción de una excelencia; hay en ellos, ciertamente, hermosura expresada, pero no descrita. El discurso de Sánchez Bautista revela la conciencia, que ve el mundo como mal, y que, al angustiarse de descubrirlo necesidad, lo alaba paradójicamente. «Es malo que haya ramas, es malo que haya colores, es malo que haya frutos, es malo que haya frondas y es malo que haya estío»: tal afirman realmente los versos para el lector no trivial.

Por debajo de lo que el poema expresa, se encuentra lo que el poema describe, suceso ajeno a la intención del autor.

 

«No he pisado otra cosa que esta Tierra

de la que Tú me hiciste, y me subyuga

su cósmica atracción irresistible ...»

(Reencuentro final, Libro III)

 

Estas proposiciones, que, superficialmente observadas, parecen glorificar lo dado, no son más que la manifestación de la zozobra ante la constatación, como experiencia interna, de la innecesaria pluralidad y complejidad de lo creado. El poeta se lamenta de la extrañeza del mundo, y se acongoja de habitarlo como contra-objeto. La Tierra y su biosfera vegetal y animal, que Sánchez Bautista alaba incesante, se describen inconscientemente como un sucio y feo acaecimiento, como un Infierno:

 

«El hombre y su cosecha moran juntos.

Se sembraron planteles y almajaras,

y se injertaron sobre amargos troncos

dulcísimas, prometedoras savias...»

(Encuentro con la vida, Libro III)

 

«Y es una acequia grande, y es un río,

y son muchos brazales, y es una ancha

y deslumbrante luz entre los árboles

que va poniendo mi niñez más clara...»

(Idem)

 

Al encomiar de esta forma, Sánchez Bautista formula la última verdad: «Es malo que haya Creación». Lope de Vega habla como Sánchez Bautista:

 

«A los verdes prados

baja la niña;

ríense las fuentes,

las aves silvan...»

 

«La parida linda era,

pero la niña no hallara

belleza que la igualara

si tal madre no tuviera.

Bien lo dijo la partera...»

 

¿Por qué hay verdes? ¿Por qué hay prados, niñas, fuentes y aves? ¿Por qué se ríe y se silva? ¿Por qué hay paridas? La Creación, en cuanto feria de contingencias, aflige la conciencia y parece innoble y repulsiva.

También el salmista habla como Sánchez Bautista y como Lope de Vega:

 

«Coronas el año con tu benignidad,

de tus rodadas cunde la grosura;

destilan los pastos del desierto,

las colinas se ciñen de alegría,

las praderas se visten de rebaños,

los valles se cubren de trigo...»

 

«Has formado mis riñones,

me has tejido en el vientre de mi madre;

gracias te doy por tan grandes maravillas:

prodigio soy, prodigio son tus obras...»

 

Lo expuesto y leído nos conduce a sostener que la unión del poeta con el mundo es comunión con contingencias, expresadas, a veces, como excelencias, pero descritas, en último extremo, como mal. De ahí la zozobra encerrada en todo poema. Pocas proposiciones he conocido tan angustiosas y desoladoras como estos bellísimos versos, revestidos de hermosura, mas llenos de dolor:

 

«La luz, recién amanecida, invade

las penumbras del huerto ...»

 (Libro I, Poema III)

 

El vehículo de la metáfora transporta la aflicción de la conciencia ante la innecesaria Creación y la particularidad intransferible de los entes, que la sintaxis del poema cambia entre sí.

 

«¿Por qué vena luciente

―cinta de plata, nemorosa acequia―

te desangras moroso hasta quedarte

fundido en los bancales?»

(Libro I, Poema IV)

 

«¿Y no es la luz un fondo

de resumidas claridades;

hilo puro y luciente donde atado pongo

mi corazón de niño...»

(Encuentro conmigo mismo, Libro III)

 

«De fuego y vegetal mi sangre llenas,

me desbordas, me llagas

con tus lumbres intensas...»

(Ídem)

 

La metáfora alberga la angustia irresoluble de la libertad, patentizada como posibilidad de trocar los seres y combinarlos en interminables conjunciones. Facultad tan inmensa tornase, al actuar, paradójicamente trivial, y, en consecuencia, fuente de congoja. Por eso, toda lírica resulta inconclusa; la ansiedad y la tristeza anidan en los más hermosos versos; las figuras poéticas, como la conciencia, son comparecencias fallidas. Permítaseme otro nuevo aforismo: cuanto la metáfora pretende fijar, se escapa constante.

 

«Instinto, amor, apuntalando el mundo;

pasión, deseo, incandescente fragua.

Arde la Tierra y sus especies arden

bajo el sol y el abrazo: Junio estalla...»

(Encuentro con la vida, Libro III)

 

«Olía a vegetal mi infancia; olía

a flor, a fruto, a tierra sorregada.

Olorosos trigales, fronda viva,

caudalosas acequias me sonaban

en verde sinfonía

en mi incipiente sangre...»

(Encuentro conmigo mismo, Libro III)

 

La libertad que preña la metáfora, evidencia, paradójicamente, que la relación de la conciencia con la Creación es dependencia esclava. El objeto, situado en la estructura del mal, hipnotiza al contemplador, como la serpiente al pajarillo, generando el éxtasis de que hemos hablado. La reflexión y el sentir no pueden salir del mundo ni transformarse mundo, aunque troquen y conjunten entes; encarnan lo dado frente a lo dado, como el niño frente a la araña; habitan la zozobra, y, en la zozobra, juegan a trastocar atributos, lo cual concluye en impotencia y decepción.

 

«Por mi sangre han crecido árboles altos,

y vitales acequias, densos soles...»

(Reencuentro final, Libro III)

 

«Otoño pinta en gualda,

que es de madurar haldares. Las avispas

nos dicen ya del dátil, de sus mieles,

de su brusco dulzor que, repentino,

nos da la sensación de un nuevo azúcar...»

(Libro 1, Poema II)

 

En resumen: el discurso lírico resulta descripción del mal y desesperación inacabable. Los versos de Sánchez Bautista son desesperación; Juan de la Cruz es desesperación; el romance «Hermana Marica, de Góngora, con parecer tan leve y tierno, tan dulcemente efímero, es desesperación; Lope de Vega, tan lozano, vivo y fresco, tan altamente joven, es desesperación; y Hölderlin, Rilke y Pasternak son desesperación.

 

MIGUEL ESPINOSA