Otras cartas dirigidas a Mercedes Rodríguez
(1978-1982) Forman parte del libro inédito Falsos Años (materiales, cartas, textos y documentos biográficos relacionados con el origen y composición de Tríbada)
Merceditas:
Sigo la carta de ayer.
Anoche estuve leyendo la famosa Elegía de Marienbad, que tú citaste una
vez. No conocía yo esta elegía. No me gustó, a pesar de que Goethe la
considerara importante, la caligrafiara con su propia letra y la encuadernara
con unas pastas de seda roja y una cinta ad hoc.
No me gustó la elegía provocada por el desdén de Ulrica von Levetzow,
de dieciocho años, que, por cierto, murió en 1899, a los noventa y cuatro años,
soltera. Los versos, que seguramente estarán muy mal traducidos, en la versión
que yo tengo, parecen demasiado entonados, hechos por un hombre de mucho oficio,
que opera con fórmulas y que usa trucos para consolarse y quedar siempre por
encima de los hechos, actitud, por lo demás, nada cristiana y un poco ridícula.
De esos trucos goethianos, de esas fórmulas del «gran hombre» | ¡merde!
|, me molestan especialmente las invocaciones a la Naturaleza, al infinito,
donde todos estamos inmersos, y a esa especie de totalidad hegeliano-spinozista,
que nos subsume y nos hace perdurar en ella, aunque nuestra individualidad
desaparezca. Hay en Goethe un optimismo fácil e imposible, tonto y, paradójicamente,
triste, que no quiere conocer la realidad y aceptarla; se trata, por así
expresarlo, del optimismo de disfrazar la realidad misma, lo cual resulta, en
definitiva, un bla-bla. En vez de escribir la elegía citada, Goethe debió
repetir la frase de San Juan; «Cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas
donde querías; pero, cuando seas viejo, otros te ceñirán y conducirán adonde
no quieras ir».
Me llamaron la atención unos versos muy flojos, que rezan: «Todo
poder de amar, todo deseo de ser amado, ya se disiparon». ¿Recuerdas cuando
decías que los malos lectores sólo veían en los textos aquello que sucedía
precisamente a ellos. Yo fui anoche un mal lector, pues descubrí en esos versos
mi propia realidad. Habría que decir, sin embargo, a Goethe y a mí mismo; «¡Vaya!
No se pongan ustedes así, que no es para tanto».
Hay hombres que, a cierta edad o en ciertas circunstancias, se aburren
escribiendo, como sucede, a mi juicio, a Enrique Tierno. Pero hay otros hombres
que, en la misma edad o circunstancias, escriben para entretenerse. Esto ocurría,
sin duda, a Goethe, después de los setenta años, aproximadamente. Se nota, se
nota.
¿Recuerdas cuando hablábamos de las personas que renuncian a lo que no
pueden alcanzar? Son como el eunuco que renunciara a la mujer. Mas también hay
quienes «te niegan lo que no pueden dar», y en esto añaden a su impotencia un
suplemento de crueldad. Dicen: «No te doy esto», y debieran decir: «Muchas
gracias por su petición, pero ha de saber que yo no puedo darle lo que
solicita, ya que no lo tengo desgraciadamente». En la elegía que comento,
Goethe renunció, desde luego, a lo que no podía alcanzar. Habría que ver, con
el texto alemán a la vista, si también negó lo que no podía dar.
Tenme
contigo
Miguel
9-3-79
P:D.:
¿Serán,
en adelante, nuestras cartas una forma epistolar del consuelo y del
entretenimiento? ¿Llegaremos a tener consciencia de ello? Envidio, a veces, a
Kant, porque, a muy alta edad, escribió implacable la «Crítica de la Razón
Pura», y ello no fue, sin duda, forma de consuelo, sino manifestación de una
ferocidad sitemática y sitematizada. Hay hombres y hombres.
Escucha
este trozo de una carta de Cecilia a Daniel:
«Has
de reconocer que tu espíritu no se configuró para vivir y aceptar la alucinación
de la entera realidad: el mundo te asusta».
*
* *
Querida
Merceditas:
Me prestó Dionisia un libro de cierta Anaïs Nin, titulado Diario
1931-1934. Esta Anaïs es, naturalmente, una mujer, y moderna.
Hice anoche numerosas catas del libro, y quedé desolado. La escritora,
que no lo es un solo instante, vuelca sobre el papel su pequeño mundo de
opiniones, sensaciones y amorcitos, sobre todo de «amorcitos». Sus reflexiones
parecen a veces las de una estrecha muchachita, comentando la impresión que le
ha causado un cadete, con la única diferencia que, en este caso, el cadete ha
sido sustituido por otra mujer, a la que ama con deseo tribádico. Los pequeños
burgueses, que no soportarían la historia sobre el cadete, se interesan por la
historia de la lesbiana, y ello porque viven aburridos y quieren ser
escandalizados. Anaïs Nin cuenta, por ejemplo, que compró unas sandalias a
esta su amada, y que la misma tenía unos pies y unos pechos muy bonitos. Por
otra parte, habla también de sus amores con un tal Henry, y cuenta las mismas
pequeñas cosas.
Lo que más me asombra de esta «escritora» es su «incapacidad para
elaborar». ¿Has entendido? Llamo, aquí, «elaborar» a una facultad especial
del escritor, por la cual transforma la inmediatez de la sensación o de la
impresión en mediación; la sensación está ahí, como lo primario, lo que
todavía no es «ser»; a través de la elaboración, lo primario se transforma
en «lo universal de lo particular». La elaboración se verifica, por así
decirlo, en la conciencia del escritor, y es acto instantáneo.
Anaïs Nin no elabora, no sabe elaborar, y cuanto ofrece es primario o
inmediatez, por lo cual carece de la calidad de «ser». Así es que nada ofrece
al mundo, sino su caos.
Digo todo esto porque tú, que no escribes libros ni lo pretendes, tienes
una gran capacidad de elaboración, como demuestran tus cartas y tu lenguaje.
Cuanto escribes es «mediación», no inmediatez.
Sólo la mediación produce arte; la inmediatez sólo es comunicación o
información. El lector actual no quiere arte, sino información, entre otras
cosas porque la información requiere menos atención que el arte y exige menos
actividad en el receptor. A tal sociedad, tales libros.
¿Has leído tú, que ahora buscas escritoras, a esta Anaïs Nin? Si lo
has hecho, supongo que te habrá desengañado muy profundamente.
¿Qué me dices de «La tríbada falsaria»? Dime mucho. Tu opinión
vale, vale. La espero ansiosamente.
Tenme
conmigo:
MIGUEL
18-3-79
* * *
Mercedes, Merceditas:
Me entrevisté con Damiana. La rosita susurró inesperadamente: «Amo a
Lucia». Al oír tal, sentí que mis ideas y representaciones sufrían
cataclismo. En unos segundos, ambas bolleras se transmutaron objeto de mi
desinterés, huyeron y «abandonaron mi alma», enclaustrándose en una «trivialidad
sellada» y desapetecida por mi voluntad y mi concupiscencia de saber.
Si Damiana hubiera declarado que Lucía le atraía, le gustaba, o le
arrastraba con ardor, mi ánimo se habría irritado, con ella en el infierno.
Pero, al manifestar que amaba a Lucía, me expulsó del averno en el tiempo de
un soplo.
Trataré de explicarte por qué ha sucedido tal:
La frase «amo a Lucía»[1],
puesta precisamente en boca de una mujer, no es
descriptiva ni universal, nada expresa. Por carecer de contenido, resulta paradójicamente
irrefutable y desprovista de interés. Manifiesta sencillamente la gratuidad de
lo individual; equivale a decir: «Admiro mis pies». Si mi tríbada hubiera
confesado que Lucía le arrebataba irremediable, habría mostrado lo real, como
pasión, y yo habría tenido participación en ello, objetándolo o infernándolo.
Más, al comunicar algo tan arbitrario e infundado, la palomita se desposeyó de
propiedad, y dejó de ser mundo, incluso como tortillera. ¿Cómo vamos a odiar
lo que no es real?
Acaece el infierno, entre dos personas, cuando sus verdades se mezclan y
contradicen. Damiana poseía ventanas por donde yo penetraba en su verdad y
generaba el averno. Mas, al pronunciar la frase que comento, la azucena cerró
las ventanas y transformóse irreal. En ese instante, sus actos y palabras se
convirtieron, para mí, cosa tonta, cuya significación desinteresa. Sostener:
«Lucía me atrae», puede parecer terrible, cuando lo dice una mujer. Pero
susurrar: «Amo a Lucía», es nada. Al observar esa nada, perdí y olvidé a
Damiana, sumergida en su oquedad, tragada en su abismo.
He leído, no ha mucho, el relato que una mala escritora, Anaïs Nin,
transmite de sus amores lesbianos. Dice la tríbada literaria (yo reformo y
preciso su semántica y sintaxis, para que no desluzcan esta carta): «No
duermo, pensando en June»... «Tiemblo al contemplar el escote de June»... «Regalé
a June unas sandalias, le doné mi pañuelo, mis pendientes, mis pulseras»...
«Me transporta el gozo cuando imagino a June»... «Me glorío de pisar las
calles con June, los cuerpos juntos, las manos enlazadas»... «La belleza de
June me embriaga»... «Maravillosa, maravillosa, maravillosa June»... «Nunca
me separaré de June»... «Ardo ante June»...
Esta palabrería, que exclama, pero no muestra ni prueba, pertenece al
tipo de afirmación enunciada por mi Damiana: «Amo a Lucía». La fábula de la
escritora nos aburre, por demasiado individual; ni siquiera resulta una
extravagancia, sino una tontuciería. Igual ocurre con la historia de Damiana y
Lucía. Nuestro desinterés es tan vivo que no quiere, siquiera, preguntarse por
el significado de cuanto las mujeres dicen y cantan. Escribir: «La belleza de
June me embriaga», es como espetar: «bla-bla». La sentencia devendría idéntica
si cambiáramos el verbo, y leyéramos así: «La belleza de Felisa me turba».
O también: «La belleza de Felisa me sana». Cuando se narran sensaciones tan
elementales, propias, individuales y poco elaboradas por el espíritu, que aquí
no actúa de mediador, el mundo desacaece. Por eso sostengo que mi Damiana ha
desacaecido para mí.
¡Qué diferencia entre esas exclamaciones de la citada escritora y las
pa- labras de Teresa de Ávila! Esta describe, muestra y prueba. También tú,
Mercedes, describes, muestras y pruebas: revelas el mundo como tú misma,
propiedad y realidad. Escucha este decir de Cecilia, mi personaje, que eres tú,
y compáralo con el decir de Anaïs Nin: «No considero la tristeza como
desgracia acaecida, sino como paisaje y condición de la vida. A la vista de la
Creación en general, del entorno particular, de la reflexión abstracta, o del
análisis de factores concretos, no hay causa para la alegría, a no ser el
motivo de tu existencia. ¿Dónde está el otro, que no es mundo, y me defiende
del mundo? Si me asistes, en la tristeza, el miedo se repliega; pero si me
desasistes, recobra su arrogancia, y el día ocurre como agresión y amenaza.
Los espíritus hablan en gremios» (página 58).
Y también: «¡Qué nada soy! ¡Cuánto anhelo todavía una mirada! ¿Quieres
volver a mirar los ojos que te miraron y miran para que seas testificado? ¿Quieres
tornar a escuchar la voz que te habló y habla con modulación nunca
repetida? ¿Estás desfallecido?, ¿estás cansado?, ¿estás triste? ¿Quieres venir
a mi? ¡Ven a prisa! Si mi esfuerzo no lograra rescatarte de la zozobra y la
ansiedad que te corroen, sentiría que mí vida ha carecido de fin y de sentido.
Pues, si no puedo reenamorarte, ¿para qué sirvo?, ¿para qué vivo?
Estos párrafos de Cecilia hablan de amor. También quiere hablar de amor
Anaïs Nin. ¿Dónde está, pues, la diferencia entre las dos? Pues,
sencillamente, en que las sensaciones de Cecilia han sido elaboradas por el espíritu,
que las ha convertido en acaecencias universales, mientras las sensaciones de
Anaïs Nin aparecen elementales, totalmente arbitrarias, individuales: son pura
inmediatez. ¿Recuerdas que Cassirer decía algo parecido al hablar de la
diferencia entre un artista y un sentimental que escribe?
Te repetiré que la sensación elaborada por la mediación del espíritu,
se transforma
descripción, mientras que la no elaborada queda en exclamación,
por ejemplo: «Cuánto amo a June, cuánto, cuánto» ¿Has entendido? La respuesta
del lector tiene que ser así: «Pues siga usted amando a June, mujer, sígala
amando».
Tenme contigo:
MIGUEL
21-3-79
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* *
Gentilísima Mercedes:
Con premura y emoción, te envío, por correo urgente, uno de los cinco
ejemplares que acabo de recibir de «La Tríbada Falsaria».
A las once de la mañana estaba yo en el portal de mi casa, esperando la
llegada del cartero, ansioso de recibir los cinco paquetes que, como cartas,
envolvían los cinco libros.
Ya en mi piso, me he encerrado en mi habitación, he encendido la estufa
eléctrica, me he preparado un té, y he comenzado la labor ritual de abrir el
primer paquete. Una vez que he visto el libro, he estado largo tiempo a solas, y
luego se lo he enseñado a mi hijo, que no ha querido intervenir en este ritual,
porque ha pensado que debía hacerlo yo solo.
Ha dicho mi hijo: “Envía el libro a Juana”. Y ha buscado una de sus
plumas, a fin de que te escribiera la dedicatoria con la nobleza de la tinta.
Ahora, que son las cinco de la tarde, te escribo y me preparo para hacer
el paquete y depositarlo en Correos con toda urgencia.
Más comentarios irán en otra carta.
Quiero servirte:
Miguel
Murcia, 4 de diciembre de 1980
(índice)
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[1] Tríbada, pág. 197