El mundo como destrucción de la realidad

 JOSÉ LÓPEZ MARTÍ

 

 

I

Vamos a llamar realidad ostensible a todo lo que describimos como percibido por los sentidos. La realidad ostensible posee, evidentemente, las condiciones y cualidades de lo que figura como exterior a nosotros, y está formada por el conjunto de los objetos manifestados en la experiencia sensible: cien mulas, o cien medallas, son un ejemplo de esta realidad.

Toda realidad es cambiante y convencional, y no representa nunca la ultimidad de las cosas; la realidad no muestra el ser, antes bien, lo simula; el ser, verdadera ultimidad de las cosas, no aparece como realidad, sino como destrucción de la realidad. Tal destrucción no es otra cosa que lo que llamamos mundo: ocurrir donde se patentiza esa ultimidad.

Cabe decir, en consecuencia, que la realidad ostensible no es mundo; el mundo es destrucción de la realidad, y, por consiguiente, transformación y superación de lo sensible.

¿En qué lugar se destruye la realidad y aparece el mundo? ¿Adónde hay que mirar para ver tal cosa? La destrucción de la realidad es el lenguaje, considerado como un espontáneo acaecer de significaciones y sentidos; el mundo, por tanto, es lenguaje, semblante originario del ser.

Llamamos literatura, y, en general, arte, a una manifestación pura de significaciones y sentidos. En el arte literario, y en todo arte, pues, la realidad se muestra destruida, y lo ostensible, superado. No debemos afirmar que esta o aquella obra sean arte por haber destruido tal o cual realidad, sino que son precisamente obras de arte por la evidencia, y el aval, que captamos en ellas, de una realidad destruida. Decimos: "Aquí, en este lenguaje, hay realidad destruida, significaciones, y, en suma, ser; por tanto, hay arte". Así como el locus del ser simulado aparece como realidad, así el locus del ser manifestado aparece como destrucción de la realidad.

La literatura, en consecuencia, no representa ni figura el mundo, sino que lo explicita; en última instancia es el mundo mismo.

Si, a la manera de la reflexión científica, valoráramos como ser la realidad, el mundo resultaría pura naturaleza, y el arte, actividad superflua e inexplicable, cosa que no es. Si, por el contrario, valoramos como ser la destrucción de la realidad, el mundo resultará lenguaje, y el arte, actividad ontológica, o sea, necesaria y última, como es el caso.

Para iluminar estas afirmaciones, y las que hagamos a lo largo de este escrito, y no para poner ejemplos de ellas, ya que versan sobre lo concreto, vamos a usar de una obra literaria que consideramos de alta calidad: «Escuela de Mandarines».

"Hace milenios de milenios existía un famoso Estado..." ―así comienza el libro de Miguel Espinosa.

Con el uso de semejante expresión, el autor no sitúa al lector en una época muy lejana, como pudiera parecer a simple vista, sino fuera de toda época, pues un lapso tan enorme deja de ser histórico, para convertirse en atemporal.

Liberándonos, por tanto, a priori, del círculo de las determinaciones y condiciones del tiempo, Miguel Espinosa nos instala, apenas se inicia el libro, en un mundo donde las cosas no son objetos, entendidos como realidades ostensibles, sino significados puros. De la misma manera actúa Dante en «La Divina Comedia».

Si sabemos esto, no debemos extrañarnos de que los nombres, en «Escuela de Mandarines», sean palabra que se significa a sí misma, y que no correspondan, por así decirlo, a los objetos que parecen sustituir (por ejemplo, avestruces, vacas, tazones, carretas, cántaros), sino a un algo más final y trascendente a las figuras citadas: el mundo, que la obra pretende revelar. Sirva este relevo de los objetos por el significado puro como alto paradigma de destrucción de la realidad y superación de lo ostensible.

Los objetos y sus signos hacen, en «Escuela de Mandarines», labor de mediadores; los doscientos mil quintales de trigo que coció sosegadamente el estómago del Gran Padre Mandarín, según se cuenta en el capítulo 9, no quedan ni permanecen en el texto como tal cantidad de cereales, sino que, en cuanto significados que son, sirven para ayudar a la elocuencia, desarrollarla y manifestar, en suma, esa parcela del mundo que es el Gran Padre Mandarín.

¿Podemos sostener que el autor de «Escuela de Mandarines» ha dispuesto de todas las cosas imaginables y capaces de ser mencionadas, pero no en cuanto objetos, sino en cuanto significados? Indudablemente, sí. Los objetos, en la obra de Miguel Espinosa, no son realidades, sino alegorías, parábolas, metáforas en suma.

"Posee trece mil condecoraciones, veinte mil menciones, treinta mil cruces y ochenta mil pergaminos de pláceme. Viaja con treinta mulas y cinco literas, cincuenta secretarios de sinónimos, cien escribanillos y catorce carretas de papel, para poder dictar cuanto se le ocurra en recaudo y gloria del Hecho. Sus discursos son tantos y tan despensados y disparatados que nuestro Lamuro ha querido recogerlos y editarlos, porque espera que, al leerlos, el Impero se cague, se mee y se descoyunte de risa..." (Capítulo 11)

"―Dice, Socio, que fue asombrosa maravilla ver surgir de aquel cuerpo tan gran multitud de piojos, ya que ni trescientas famulillas, alquiladas al efecto, daban abasto a retirarlos de las apostemas, venciendo la infinitud toda diligencia. ¿No te espanta? Nunca el enjambre y la oleada fueron igualados. Pero, si prodigiosa resultó la aparición y espontánea generación, no menos portentosa fue la desaparición, pues, una vez que terminaron con la sangre y la carne, dieron en atacarse unos a otros, furiosamente irritados y embravecidos, hasta consumir el hervidero..." (Capítulo 34)

Los objetos trece mil condecoraciones, veinte mil menciones, treinta mil cruces, ochenta mil pergaminos, treinta mulas, cinco literas, cincuenta secretarios, cien escribanillos, catorce carretas de papel; multitud de piojos, trescientas famulillas, apostemas, enjambre, oleada, sangre, carne, hervidero, que en otro tipo de relato, que supusiera el ser como atributo de la realidad, valdrían como cosas descritas, valen aquí como significaciones aptas para manifestar un mundo cuyas condiciones no pueden ser captadas como experiencia sensible.

De esta manera, el ente ostensible cumple el destino de mediar para que se produzca la aparición no ostensible; la realidad destruida del primero, se revela como ser del segundo.

No hay en Don Quijote, en Gargantúa, en la Divina Comedia, en Kafka, en los poemas de Pessoa, descripción de exterioridad ni paisaje de fondo. Igual ocurre en «Escuela de Mandarines». Apenas, en efecto, sabemos nada de la exterioridad de un becario, de un mandarín, de un dictador, de un rebelde. Cuando Espinosa nos ofrece algunos pormenores, las palabras pretenden significar, no describir lo supuestamente dado. Cualquier interpretación de este libro, que se atenga a lo que allí aparece, pero lo valore como algo ostensible, será deformante y ajena al verdadero sentido de la obra; los que tal propusiesen, actuarían como quienes, para comunicarnos una música, intentaran mostrarnos la danza que se baila con ella, pero no nos permitieran oír los sonidos.

El ser, significado no ostensible, por resultar la palabra misma, es lenguaje originario y último: el mundo, que únicamente puede manifestarse como lenguaje y en el lenguaje. Para ser, el ser necesita del decir; su advenimiento no tiene otra vía que la matriz del hablar.

 

II

Si, para ser, el ser necesita del decir, la literatura es vida, y la vida, literatura, como vamos a comprobar a continuación. Puede una persona saludarnos con aparente cordialidad, y nosotros advertir, sin embargo, que su saludo, por el tono de la voz, por el gesto que le acompaña o sigue, es una muestra de distanciamiento, o, incluso, un ultraje que se nos infiere. Si nos detenemos a analizar este saludo, observaremos que, por un lado, existe allí un hablar, por ejemplo, la expresión: "¡Adios, Fulano!"; y por otro, un decir: lo que el hablar no ha expresado en vocablos, pero se ha manifestado como mundo: el menosprecio o el ultraje acaecidos.

El ser manifestado en todo hablar, unido a él como otra cara, encierra el sentido último y verdadero de todas las oraciones gramaticales. El mundo es lo que se dice, no lo que se habla; quien nos invita con displicencia, habla una invitación y dice una displicencia.

Esto nos conduce a distinguir entre hablar y decir:

Hablar es el andamio necesario para construir el decir. Unas veces hablamos sin intención de decir; nuestros vocablos parecen, entonces, señalar o representar cosas, sin más complicidades; en este caso, el lenguaje queda reducido a lo que llamamos teoría, como ocurre cuando enunciamos esta proposición: "Cierre usted la puerta"; o esta otra: "Sobre la mesa hay tres tazas".

Otras veces, hablar y decir son la misma cosa: la acción que se pretende revelar, aparece espontáneamente encarnada en el vocablo y ajustada al mismo; se trata del lenguaje como espontáneo acaecer, y sucede, por ejemplo, cuando afirmamos proposiciones de este tipo: "El dulce lamentar de dos pastores", propias del arte literario.

Finalmente, otras veces se habla un vocablo y se dice una acción distinta y hasta contraria a cuanto aquél representa conceptualmente; el gesto, la situación, la inflexión de voz, la contradicción entre pregunta y respuesta, y otras formas y figuras de la vida y el mundo, allí presentes, nos muestran lo que se dice como diferente de lo que se habla.

En este último caso, nos encontramos también ante la espontaneidad del lenguaje, pero aparecido como un decir no explicitado en el hablar, en suma, mudo. La literatura, en cuanto arte, que hay en la vida misma, se manifiesta aquí como un ser callado, transportado y mostrado por el hablar; será la obra literaria el suceso que explicite, por medio de proposiciones propias, ese acontecer callado, que el escritor ha recogido de cada instante. Un ejemplo de esta clase de hechos, donde el hablar y el decir están separados, podría ser el caso del hombre que nos saluda, arriba expuesto. Quien pretendiera llevar a la literatura esta escena, tendría que recoger y explicitar el decir mudo del saludante, convirtiéndolo en decir hablado o discurso de la obra literaria.

Como se observará, una oración aislada, ya defina o ya describa, no puede encerrar decir mudo si no aparece acompañada de otras oraciones que expliquen relaciones, situaciones, gestos del hablante, etcétera. La oración que se enuncia, y las circunstancias, que acompañan su enunciación, forman una totalidad significante, que se manifiesta como el discurso que es el mundo. Por ello cabe afirmar que el espontáneo decir mudo es vida que se vivencia en la vida, y que su traducción a decir hablado requiere descripción de las condiciones del hablante y del acto mismo de hablar. Con esto queremos expresar, en suma, que la reproducción de un decir mudo ha de ser configuración literaria.

El decir mudo, o literatura aparecida en la vida, se muestra en «Escuela de Mandarines», en cuanto vida hecha literatura, como decir hablado. Todo hablar es allí decir, en definitiva, ser: los vocablos se revelan como el obrar mismo; cuanto las personas son, se manifiesta en sus palabras, que los expresa definiéndolos y manifestándolos; voz y mundo se identifican: la primera encarna al segundo.

Por ello, «Escuela de Mandarines», como toda gran obra literaria, parece la mostración de un mundo donde el decir mudo fuera un decir palabrado. Se trataría de un mundo donde el ser de cada cual aparecería explicitado precisamente en la oración de cada cual, vocablo por vocablo.

Lo que se habla, en «Escuela de Mandarines», es igual a lo que se dice y a lo que se es; los personajes son lo que precisamente dicen que son. El hablar, por ejemplo, de Pedrarias, individuo del Capítulo 71, es el decir de Pedrarias, que equivale al ser de Pedrarias. Por tanto, Pedrarias queda retratado en su hablar, y es lo que, en el discurso sobre sí mismo, afirma ser. Pedrarias, en suma, es el discurso de Pedrarias.

"―Me llamo Pedrarias ―confesó sin más―, hijo de Pedrarias, nieto de Pedrarias y bisnieto de Pedrarias, ilustres descendientes del insomne Febacio, Defensor de las Almas, el Hombre Más Justo del Mundo, inspirador del Procónsul Didipo. Siempre estoy en trance de heredar una propiedad o recibir prebendas; tal vez antes de concluir la frase, un nuevo predio, cierto batán, algunos ríos y fuentes, o la Embajada ante el Jefe de las Religiones, lo cual casi me hastía. Guardo retratos de felices antepasados, mesas de cedro, manguitos de nutria, estatuillas de ébano, ídolos impuros, doce mil amuletos y un millón de valiosas figurillas de asnos a dos patas. Por extravagante, colecciono copas; sólo en limpiarlas y pulirlas, gasto al día más que doscientos menestrales en tres milenios. Tan empachado me siento de condecoraciones como de inusados manjares. Fui Oran Lego de la Justicia y Presidente de Ochocientas Mil Comisiones Económicas; fundé el Ortodoxo Asenso. Poseo tres mil almadrabas, cuatro mil molinos, mil fundiciones, novecientas tejedurías, setecientas minas, quinientos paradores y dos mil lagos con sus peces..." (Capítulo 71).

En estas y otras palabras, el personaje Pedrarias se muestra enteramente, se agota, y se presenta en su totalidad, sin dejar residuo alguno de ambigüedad ni de decir mudo. Lo que hay en los vocablos, hay en Pedrarias.

"―Soy sencillamente un arquetipo de nuestra raza, costumbres y tradiciones... Hablo tan claramente porque habitamos la sierra y nadie nos oye, como confesé ayer a la quinceañera que calentaba mi catre. En llegando a la Ciudad, me veréis modesto y espiritualísimo. Ya observaréis cómo tuerzo el cuello y platico de renuncias. Mas seguid escuchando, zambombos."

Así confiesa un tal Molicio en el Capítulo 36, palabrando el ser del hipócrita, o sea, lo que él es.

"Me allegué al vestuario, entregué las credenciales y exigí la ropilla. El leguillo comentó: Patito, cien mil pretendientes tuvo el hatillo que ganas; mucho debes valer para vencer a tantos. Inmediatamente corrí a embutirme los calzones clausurados, piel de mi nueva naturaleza, y ya que los noté sobre la carne, sentencié junto al calor de la estufa: Mierda para los pobres y gloria para los propietarios. Tal fue mi primer aforismo, después llamado Dictamen del Pulquérrimo. Nadie resultó tan sincero y pronto en la expresión, amén de escueto; aquel día me inspiraron las emociones. Luego bajé al Refectorio con los otros huerfanitos, y al verme rodeado de tanta sustancia pálida, juiciosa y estatal, me sentí entre los míos y olvidé a mis padres para siempre jamás. Tal ocurría al compás de la sinfonía que tañen los tazones en un comedor de setecientos mantenidos."

Así afirma una vocación de colaboracionista y encumbrado, en el Capítulo 63, narrando su propia historia de becario y explicitando como hablada lo que, incluso para él mismo, es muda biografía, silente en su interioridad.

Si los hombres se expresaran como lo hacen en «Escuela de Mandarines», y en toda obra auténticamente literaria, la sociología, como explicación de ciertos comportamientos, actitudes e ideas, sería innecesaria. En tal caso no existiría ninguna antecedencia a que referir el obrar humano, fuera del propio decir de cada sujeto, por lo cual la palabra sería la última razón, donde estarían contenidos el hablante y sus actos, totalidad indivisible; los individuos se mostrarían, en sus vocablos, como sustancias terminadas, ajenas a toda responsabilidad ética y a todo proceso de origen psíquico o social: duda, culpa, angustia, remordimiento, vergüenza, intencionalidad, contradicción, mimesis, alienación, etcétera.

Sólo porque la acción es generalmente un decir mudo, lo que el vocablo hace y no confiesa, por así afirmarlo, hay duda, culpa, angustia, etcétera, en los hombres.

En una sociedad concebida como la manifestada en «Escuela de Mandarines», la palabra sería ser primero y último; los hechos y situaciones no existirían como tales realidades, pues resultarían entidades gratuitas que no contribuirían al sentido del mundo; el ser del lenguaje sería espontáneamente el ser de las cosas.

En el buen teatro, que vale como el más alto modo de la literatura, nada hay que describir ni narrar, porque todo se muestra y expresa en la palabra de cada cual. «Escuela de Mandarines» encarna la estructura formal del teatro, ya que sus personajes se configuran por sus discursos, moldes de los hablantes. Las criaturas de Miguel Espinosa se revelan como algo donde el decir y el ser resultan lo mismo; los individuos de «Escuela de Mandarines» son parte de su propio hablar. Un Pedrarias viviente, si es que Pedrarias pudiera salir del libro a la existencia, sería sólo una parcela del Pedrarias que habla en el Capítulo 71, una simple imitación de aquel ser completo y acabado.

 

III

Hemos estado diciendo que el mundo es lenguaje. Por consiguiente, el único criterio de que disponemos, para saber si un discurso es verdadero lenguaje, o no lo es, consiste en averiguar si aparece o no aparece como mundo. Dicho en otras palabras: un discurso será de derecho cuando aparezca como mundo, y será simplemente de hecho cuando no aparezca como mundo.

Hemos hablado de un lenguaje como manifestación espontánea de significaciones y sentidos, que puede presentarse de dos modos diferentes: como discurso literario, donde todo lo que se dice aparece explicitado en lo que se habla, y como discurso de la cotidianidad, donde se habla una cosa y se dice otra; lo que se dice, pero no se habla, es el decir mudo que encierra este discurso.

Hemos hablado también de un lenguaje que no encierra decir alguno: el discurso de la teoría, que recoge toda reflexión científica, donde los vocablos pierden su poder significante originario y parecen designar entidades autónomas y acabadas, independientes de las palabras.

Por todo lo que hemos venido diciendo y justificando, está claro que los dos primeros discursos son de derecho, y el tercero, simplemente de hecho, o sea, no legitimado. Se basa este discurso, precisamente, en el supuesto que concibe el ser como realidad, y la palabra como concepto que la representa y señala; supuesto gratuito y contrario al acaecer cotidiano del lenguaje; de ser ello cierto, la literatura no existiría, y además, sería imposible todo arte.

Nos preguntamos ahora si este discurso que constituye el presente escrito es de derecho o de hecho, es decir, si está o no está legitimado. Estará legitimado, y será por tanto de derecho, si resulta mundo, o sea, destrucción de la realidad.

¿Qué realidad destruye este lenguaje de nuestro discurso? Destruye la realidad en cuanto concepto, o sea, el concepto de realidad; y también destruye el lenguaje en cuanto es considerado ámbito de la entidad y autonomía de todo concepto; destruye, en suma, la realidad misma del concepto. Se trata de lo que llamaríamos discurso filosófico, o discurso del ser en cuanto reconocimiento de sí mismo, que nos muestra como mundo la forma del mundo. Lo que denominamos mirar el mundo, y verlo, es parte de este reconocerse que es el ser en el discurso filosófico.

Otras filosofías, ignorando el hecho patente del arte y de la literatura, y considerando el mundo realidad, han intentado dar cuenta, en sus discursos, de la teoría y de la reflexión científicas, del concepto, de la razón, en suma. Pero han sido impotentes para dar cuenta de este "dar cuenta", o sea, de sus propios discursos. No se puede dar cuenta del mundo, como no se puede dar cuenta del lenguaje; el mundo es lenguaje, y todo auténtico dar cuenta es una parcela de mundo y de lenguaje. Cuanto el lenguaje ha dicho en este escrito, no es constatable en ninguna realidad "como fuera del lenguaje", sino en el propio lenguaje, donde queda y permanece como mundo.