Miguel Espinosa, mi padre

 

Juan Espinosa

   

Publicado en Miguel Espinosa: Congreso, Editora Regional de Murcia-V Centenario. Comisión autónoma, 1994, págs. 21-58; reimpr. en Miguel Espinosa, mi padre, Granada, Comares, colec. "De Guante Blanco", 1996.

 

 

 

 

1

Miguel Espinosa fue mi padre, mi maestro y mi amigo; mantuvo conmigo una relación imborrable, llena de gracia y verdad. Y yo diría que, en virtud de un íntimo y misterioso acuerdo entre los dos, en virtud de una mutua vocación, llegó a ser mi hijo. Siento, sí, la necesidad de comunicar esta intuición, aunque me veo incapaz, ahora, de aclararla y desarrollarla como idea; permítaseme, pues, que, una vez dicha, no dé más razón de ella. En realidad, él era la atmósfera que me rodeaba y el elemento en el que yo me desenvolvía; y hoy, diez años después de haber desaparecido, conserva en parte esa condición. Por ello me resulta difícil, casi penoso, objetivarlo mediante un escrito, aunque sea en el ámbito de mi subjetividad, y dirigiéndome a un lector propicio; porque nadie puede convertir en tema aquello a partir de lo cual vive, sin dañar un poco el propio ser. Y esto es tan cierto que, cuando escucho juicios abiertamente elogiosos sobre Miguel Espinosa, me entristece la objetividad de los pronunciamientos, por mucho que su verdad pueda confortarme. Entonces pienso que sólo me daría satisfacción aquel juicio, acerca de mi padre, cuya verdad, por la fuerza del espíritu contenido en ella, anulara toda objetividad. En este juicio el conocimiento sería vida, con lo que se haría presente, salvada, la persona de Miguel Espinosa. Pero, claro, no está en la mano de hombre alguno poder semejante.

Cuando desapareció mi padre, descubrí que había vivido tantos años junto a él sin llegar a hacerle una pregunta, que ahora me parecía decisiva. La pregunta decía: "¿Quién eres tú?". Me sentí culpable de no haberle formulado esta pregunta, si bien comprendía que su presencia viva, siempre a mi lado, había impedido precisamente el nacimiento de ésa cuestión, que presuponía su ausencia, y un saber acerca de su ausencia.

¿Quién era Miguel Espinosa? Hoy, a pesar de que él se manifestó y acreditó, cumplidamente, mediante el afecto, la palabra y la escritura, tengo la sensación de que pasó entre nosotros manteniendo su incógnito. Tal impresión se acrecienta, de hecho, cuando leo cualquiera de sus obras. Llega cierto momento, así, en que he de interrumpir la lectura, cerrar el libro y buscar, casi sin quererlo, primero a mi alrededor, y luego más lejos, a la persona que está detrás del texto. Persona, aquí, es esa especie de centro invisible del que parten, o sobre el que convergen da igual, las líneas de fuerza que inspiran y arman los textos. "Mucho ser debe de encerrar este centro me digo entonces, olvidando que hablo de mi padre", para dar unidad a libros que son creaciones tan diversas..

¿Quién fue Miguel Espinosa? Quienquiera que fuere, parecía sostener el mundo sin esfuerzo; parecía poseer las cosas sin necesidad de cerrar la mano sobre ellas; parecía, incluso, disponer de recursos para salir airoso, con bien, de situaciones en las cuales el salir ya no es, ciertamente, una posibilidad humana.

Por eso, cuando supe que había muerto, y fui a verlo, la incredulidad y el escándalo intelectuales, ante la materialización de un absurdo, de un imposible puesto ahí, delante de mis ojos, me preservaron, en principio, del dolor.

Mi primer pensamiento fue que él, con astucia, con prudencia política, se hacía el muerto, cumpliendo externamente con el destino, para poder retener la vida, y usar de ella en el momento más oportuno. Y como su cuerpo presentara el aspecto de todo cadáver según es fuerza, como no resultara en esto diferente de cualquier otro, en tal sujeción suya a lo común yo creí ver disfraz y ocultamiento, la prueba de que interpretaba una comedia, no por cósmica menos fingida. Y así como ciertos espectadores, ante una representación llevada a cabo de manera admirable, no ceden al encanto de la ilusión, sino que parecen más conscientes del artificio, en razón de la perfección allí desplegada, así yo pude decirle: "¡Estás vivo! A mí no me engañas. Te delata la maestría, el modo virtuoso con que permaneces quieto".

(Acaso la muerte mienta más de lo justo y por ello su mentira se advierte cuando mata a quien vive sobre aviso. Va contra la conciencia vigilante con sobrado empuje, y deja tras de sí un hecho, manifiesto a todos, pero también un signo. Descifrarlo consiste entonces en volver esa evidencia del revés).

Corno ser humano que era, Miguel Espinosa siempre había temido la muerte y tomado pena por los muertos. Ahora, se le veía tan conforme con la circunstancia, tan dueño de ella, que se hacía necesario, a fin de entender aquello, atribuirle una duplicidad de voluntad, otro querer más propio y firme, desconocido para nosotros, de donde arrancara la decisión de morir.

"Ya no comunicas tu profundidad; ni siquiera me escuchas. Te recoges y cierras, y vives muy en secreto, sin que nadie pueda llegar hasta ti. ¿Qué razones te han dado para que obres así?" susurró mi desconcierto.

También consideré bien lo recuerdo los pasos dados por mi padre aquel día, hasta esa hora, como si, al examinarlos, todavía pudieran tomar otro camino, que no le condujera allí. Él había dedicado la mañana a asuntos del trabajo; luego, había conversado conmigo, y con mi madre, y con José López Martí, su amigo; y, más tarde, por fin, se había dirigido a cierta reunión. Pero los distintos episodios no dejaban margen en su número, sucesión y encadenamiento; convocados una y otra vez por mí, se presentaban siempre según el mismo modo: formando un conjunto cerrado y ordenándose en una serie cuyo último término era la desolación. Ninguno de ellos parecía señal de morirse; ¡de qué manera, pues, tan astuta, lo siniestro elegía, para realizarse, un día cualquiera!, ¡cómo había ocultado su intención hasta el final instante!

Muchos vinieron a dolerse conmigo. Y, si bien les estaba agradecido, comparados con él, sombras me parecían, en figura de vivos. Toda luz, ahora, declinaba en verdad hacia el oscuro. (Por lo que toca a esto, mi memoria declara sin duda cosas extrañas el lector sabrá comprenderlas. Pero es que, a veces, en presencia de la muerte, la sensibilidad piensa, y el entendimiento siente).

La desaparición de mi padre resultó para mí un "suceso constitutivamente paradójico" por usar una expresión de Gonzalo Sobejano. Un suceso así, naturalmente, nunca está acabado, y aunque pertenezca ya al pasado, todavía puede inspirar auténtico temor a mí, desde luego, me lo inspira, porque pertenece también al futuro, y a cualquier tiempo, en virtud de su peculiar naturaleza.

La muerte de Miguel Espinosa partió mi biografía en dos: antes y después de su desaparición. Por obra de este acontecimiento se me reveló el carácter histórico de la existencia, de la suya y de la mía, y quedé en condiciones de acercarme a otras muchas catástrofes, individuales y colectivas. A fuerza de poseer realidad, esa pérdida representa a mis ojos una categoría del conocimiento, una especie de lente a través de la cual el sufrimiento humano adquiere mayores proporciones y, sobre todo, otra dimensión.

Hasta entonces lo confieso, yo no había advertido la significación de Antígona: que es duro, casi mortificante, tener que velar, ante las gentes, por los derechos de alguien que ya no existe, por la justicia debida a un muerto; y que quien lo intenta participa, por decirlo así, de la indefensión de lo sagrado, quedando expuesto, más que otros, al ser exterior del mundo.

Diez años me separan ya del día en que murió Miguel Espinosa. Nadie ociosa aseveración ha podido detener jamás el curso del tiempo. Con tener presente eso, a menudo se me ocurre que han transcurrido estos años porque entonces, en mi tibieza, fui incapaz de comprometerme plenamente con la hora y circunstancia de mi padre muerto. "Si lo hubiera hecho, tal vez no habría anclado el tiempo, y hoy sería, aún, aquel momento" pienso. Y, sugestionado por la idea, me atrevo a considerar que, faltando al amor, perdí la oportunidad de poner el engaño de la materia y sus leyes al descubierto. Luego, continúo discurriendo: "Si hubo flaqueza, no fue sequedad del afecto, sino debilidad del vivir; quizá la vida sea olvido de los que se fueron, un olvido tan esencial, que sirve de supuesto al recuerdo mismo". Y, conforme digo así, experimento la necesidad de encontrar para él, dentro o fuera de mí, una manera de existir más fuerte y actual que el ser de lo evocado en la reminiscencia.

Sin melancolía contemplo hoy la relación que mantuve con Miguel Espinosa. En medio de tal sentimiento, si no me equivoco, aceptamos el poder del tiempo; lo reconocemos como señor natural de los seres y sólo le oponernos la objeción de un suspiro. Pero cuando el pasado se impone como verdad, con validez y presencia vigorosas, entonces no hay, no puede haber lugar para la melancolía.

Mi padre, en su estar lejos, parece adoptar ahora, en relación conmigo, el modo de la más íntima cercanía, como si fuese mi testigo interior, como si ningún tema referido a su persona pudiera caer ya fuera de mí mismo. Me gustaría creer que he dado sustancia a su recuerdo, transformándolo en una especie de alma; que, una vez desaparecido, él hace en mí las veces de alma. En ocasiones, sin embargo, por una ilusión propia de la conciencia que suspira por el silencio, y en el ser silencioso se proyecta, tengo la impresión de que las cosas guardan, de mi padre, más y mejor memoria que yo; entonces quisiera tornarlas como testigos de su vida, en la esperanza de que den un testimonio que nada ni nadie pueda contradecir. (En realidad, esta sugestión no se refiere sólo a los objetos personales de mi padre y a los enseres de su entorno, sino a cualquier cosa material).

En fin, es historia, cierta, que Miguel Espinosa nació en 1926 y murió en 1982. Pienso, no obstante, por más que parezca aventurado, que quien parta tranquilamente de tales hechos, pretendiendo decir algo sobre él, y no considere otro principio, de mayor entidad, ése, sin percatarse, incurrirá ya en dogmatismo, ya en mitología; en todo caso, extraviará su asunto.

 

 

2

Mi padre poseía un fino sentido del misterio percepción que servía de base a lo que llamaré su seriedad irónica, la seriedad irónica de Miguel Espinosa. Él, en efecto, experimentaba la realidad como misterio, es decir, como un ámbito imponderable e inconmensurable, en cuyo seno subsistían, y adquirían significado y valor, plácidamente todos los seres y todos los sucesos, un ámbito que dejaba abiertas todas las cuestiones. El misterio no se aclaraba sino poniendo de manifiesto su condición misteriosa.

Ahora bien, Miguel Espinosa era demasiado serio para asentar su seriedad sobre unos principios, o leyes universalmente válidas, que descansaran a su vez en un sistema, o estructura acomodable a la razón. Mi padre sentía que el mundo no es un sistema, sino misterio; sabía, también, que el hombre serio, apoyado en sus principios, adquiere la rigidez, cómica, de una estatua en su pedestal. Por eso, la seriedad estaba en él remitida y referida al misterio. Pero la gravedad, cuando tiene por fundamento y objeto el misterio, se determina como distancia irónica. Tal ironía carece de raíces estéticas e intelectivas; no depende del sentido de lo cómico y de lo risible; ella resulta más bien de una especie de limitación o freno internos que la seriedad realiza sobre sí misma, en atención al misterio.

Creo, sinceramente, que, desde la noción de seriedad irónica, considerada como esa peculiar actitud de compromiso con las cosas y distanciamiento de ellas, cabe iluminar buena parte del mundo intelectual, moral y afectivo de Miguel Espinosa, y, desde luego, la totalidad de su universo literario. Entenderse como contemporáneo de los griegos, desterrado en el tiempo; presentar la verdad de manera indirecta, a través de voces cínicas, cual los mandarines, o el gozante Camilo; y querer convertir en problema de todo hombre la cuestión de Damiana y Lucía, querer transformar en calamidad pública, en desastre del mundo, una conmoción personal, nada de esto es posible si no se actúa desde tal instancia.

(Adviértase que he dicho misterio, y no enigma. Éste siempre encierra hostilidad hacia el hombre, que se ve forzado a triunfar de su oscuridad. Pero la victoria humana sobre lo enigmático nunca es lo suficientemente clara; a decir verdad, la claridad victoriosa del hombre resulta problemática. Y es que el enigma se deja sin duda solucionar, pero a condición de que traicionemos nuestra naturaleza; y es precisamente entonces cuando se torna más indescifrable, cuando gana su última y definitiva oscuridad. El misterio, en cambio, no se aclara: se vive, o se profana. Y, si lo vivimos, nos permite existir como hombres, sin obligarnos a ser más de lo que la realidad sabe que somos).

A mi modo de ver, Miguel Espinosa vivía en un relativo desconocimiento u olvido de sí, que le permitía escapar a toda relación malsana consigo mismo, y orientar sus energías hacía el ámbito exterior, hacia tareas eminentemente reales y objetivas, como si el ser de su persona no descansara tanto en una estructura reflexiva, cuanto en una referencia a otras personas y al mundo: de ahí, seguramente, su interés por el prójimo y su sentido de la realidad, excepcionales.     

"Escuela de mandarines" enseña que en el infierno todos los condenados andan preocupados de sí, en un ensimismamiento. Nada más contrario a Miguel Espinosa, de seguro, que el yo romántico e idealista, que busca su propia identidad o se pone a sí mismo como centro. Nada más lejos de mi padre que cultivar la disciplina del alma, con su introspección y su autoexamen, con sus experiencias anímicas y su eterno proyecto formativo en relación con el carácter. Él repudiaba esta práctica del espejo, y esa complacencia, torpe, que el sujeto encuentra en lo suyo, sea un vanidoso, o un atormentador de sí mismo. Diríase, en verdad si tal cosa fuera psicológicamente posible, que Miguel Espinosa concurra como una personalidad sin yo, como una conciencia objetiva sin conciencia de sí.

Diríase, también, que mi padre carecía de vida interior, y esto sería, sin duda, otra gran paradoja; acaso sea la paradoja de la espiritualidad: estar privada de juego interior. A Miguel Espinosa no se le veía yo al menos no lo veía moverse, entre estrecheces, dentro de un espacio psíquico o mental; tampoco, exaltarse y ampliar su horizonte por medio de algún ardid o sugestión, ya retórico, ya gnoseológico, destinado a convertir la propia conciencia en beneficiaria del mundo y su inmensidad.

Cuando Miguel Espinosa se manifestaba, su manifestación no recordaba la exteriorización de una interioridad, pues él parecía operar desde un dominio límite. Tal ámbito no podía venirle pequeño ni grande, porque se trataba, sencillamente, de un punto inextenso, de un lugar sin dimensiones, de una intensidad. Quizá por eso, para cada circunstancia, mi padre tenía criterio en el acto, como si su entendimiento no dudara ni su voluntad vacilara. Nunca lo vi divagar, extraviarse en laberintos, o enredarse con lo equívoco. No pretendo sugerir, naturalmente, que mi padre fuera infalible; sólo digo que actuaba con una increíble seguridad. Y por obrar así, cuando se engañaba, vivía sus errores de manera grave y sombría, como auténticas culpas.

En realidad, en Miguel Espinosa el pensamiento adoptaba la forma de una percepción, de una mirada, más que de una reflexión; pensar venía a ser, en él, la unidad inmediata de mirar y saber. No menos singular resultaba su mundo afectivo: así, careció de verdaderos conflictos, si por tales entendemos los desajustes producidos por el desacuerdo y la lucha con uno mismo, aunque quiso el destino que siempre encontrara obstáculos y resistencias en su camino. Me atrevería a decir, incluso, que sus sentimientos no parecían estados internos de un yo, sino contenidos emotivos del mundo, independientes del sujeto tal vez en "Asklepios" se realice un lirismo de esta naturaleza, objetivo. En fin, a Miguel Espinosa, a su capacidad de emoción y sufrimiento le cuadrarían bien aquellas palabras, paradójicas, que Tomás de Kempis dijo del amor palabras que también podrían servir, por cierto, como clave del "pathos" presente en "Tribada": "angustiado, no se angustia; espantado, no se espanta".

 

3

El amor con que los padres aman a los hijos deriva su fuerza, y también su limitación, de esa certeza inmediata, pero irreflexivo, que proporciona la sangre. Operando desde semejante instancia, los padres desarrollan a menudo tuna ceguera en relación con la figura de los hijos, en relación con sus verdaderos intereses y necesidades, y esgrimen y ponen en juego un derecho que conoce pocas cortapisas, plagado de exigencias para con éstos. Y rara vez, al obrar así, los buenos progenitores pierden la buena conciencia, porque, en su opinión, ¿qué mejor intérprete del ser y la circunstancia del hijo que el instinto del padre?

Pues bien, en relación conmigo, Miguel Espinosa encontró valor para dejar en suspenso la potencia de la sangre, vínculo equívoco y exigente. De esta manera, el afecto con que amaba pudo hundir sus raíces, serenamente, en la claridad, haciendo posible la manifestación de mi persona (no digo en el conocimiento, sino en la claridad, y pretendo decirlo con propiedad, sin dejarme llevar de fantasía poética alguna). Su sentimiento natural por mí no lo tradujo, así, en un derecho de parentesco. Por más que me esfuerzo, no consigo recordar una sola ocasión en la que me ordenara o prohibiera algo. El consejo, la sugerencia, la apuesta intelectual, las consideraciones humorísticas ocupaban el lugar de los mandatos. Nunca se dirigió a mí con imperio, ni siquiera con autoridad. Y ya desde la niñez, aunque esto parezca increíble, me vi tratado por él en pie de igualdad. Ciertamente, me dejó ser niño, y yo creo lo fui del todo; pero no por ello me mantuvo, aun con carácter pasajero, en una situación de menoría de edad.

En fin, su amistad desinteresada y su respeto por mi independencia fueron tan reales que, para comprenderlos y expresarles, he de valerme de un mito. Con esta imagen mítica no falsifico la historia; al contrario, intento mostrarla en su verdad. Es como si, en un momento anterior al tiempo y en un lugar exterior al espacio, hubiéramos sido presentados, el uno al otro, por alguien con autoridad suficiente, con poder bastante, para decirle a él, mientras me señalaba a mí: "Éste será tu hijo"; y él se hubiera sometido de buen grado al designio, acogiéndome en su casa, con los privilegios y prerrogativas de un hijo, pero haciendo dejación de cualquier derecho fundado en la paternidad. En su hogar también fui como un huésped que llega, y no se va, sino que se domicilia para siempre allí, porque encuentra un afecto hospitalario más fuerte que toda comunidad de estirpe.

He aquí, pues, lo que debo declarar en favor de aquel hombre: que, habiéndome engendrado, me trató como si me hubiera adoptado; que, aunque me dio la vida, me recibió como si yo fuese anterior a ella, como si yo fuese espíritu; que observó conmigo, de manera ejemplar, las leyes de la hospitalidad, para que mi necesaria participación en su naturaleza pudiera ser experimentada como libertad.

Mi alianza con Miguel Espinosa resultó, sin duda, satisfactoria. A veces, sin embargo, me pregunto si no faltó algo entre nosotros para que la unión viniera a ser completa. Entonces lamento no haberme enemistado con él en algún momento; echo de menos un elemento de disconformidad, de conflicto y distanciamiento pasajeros, que habría proporcionado más hondura a nuestra relación. Llego a pensar así, con envidia, en la figura del hijo pródigo, que se separa del padre, para recobrarlo al cabo en una experiencia única de consuelo y restitución. Pero ya es tarde, por supuesto, para que yo pueda desempeñar ese papel.

Lo que he afirmado antes en relación con su condición de padre adoptivo, puede y debe ser visto desde otro ángulo. Con frecuencia mi padre me decía frases corno la siguiente: "Hijo mío.... ¿me das un vaso de agua?". La expresión "hijo mío" en su boca, tenía una sonoridad y un peso completamente sacramentales Diríase que en la resonancia solemne de estas dos palabras se actualizaban y brillaban, por unos instantes, muchas tradiciones paterno-filiales: parecía verse, allí a los patriarcas bíblicos, al padre de familia romano, y, por qué no, a ese anciano progenitor que tanto veneraba la antigua cultura china. Pero, claro, tal énfasis piadoso, tal puesta en escena, sólo tenía finalidad el solicitar un simple vaso de agua. Había, por tanto, un principio de humor, de ironía, que nos liberaba, a él y a mi, de la comunidad de sangre, situándonos en un ámbito donde ya no éramos padre e hijo, sino dos individualidades digámoslo así en medio de la claridad. Y a veces, esta sola expresión, "hijo mío", pronunciada por él, sin más vocablos, ya incluía, de manera sutil, tanto el compromiso con el significado que encierra como la invitación cordial a tomar distancia del mismo. La relación padre-hijo era, pues, algo que pertenecía a la naturaleza, sagrada, de las cosas; pero también era una libre convención adoptada por nosotros. Y es que Miguel Espinosa exageraba teatralmente la piedad debida entre padre e hijo, con vistas a convertir esta relación en arte. Sí, encareciéndola por un lado, y objetivándola por otro, él hizo auténtico arte de la relación padre-hijo.

Aunque me dejara autonomía e iniciativa, Miguel Espinosa miraba por mi vida ofreciéndome seguridad, sobre todo a través de tiernas y risueñas adulaciones, de carácter intelectual. "¡Qué fino, eso que has dicho; es finísimo!" solía exclamar ante algunas de mis opiniones. En realidad, a poco que yo dijera algo con sentido, mi padre se adhería a ello, lo celebraba y aun lo completaba con reflexiones propias, a fin de hacer verosímil el caso. Y, puesto ya en faena, no vacilaba en compararme con autores de fama indulgentes testigos, amables víctimas de su exageración, anunciándome un futuro de lo más venturoso en la esfera del pensamiento. Estos elogios suyos halagaban sin duda mi vanidad; pero también poseían un valor formativo para mí, la virtud de ampliar, o mejor dicho, de intensificar mi existencia. Eran, en el fondo, la bella manera que él tenía de instruirme en lo ideal, de proponente un camino y de llamarme a la decisión. Así, la suavidad de su pedagogía ponía él bien antes que el ser, para que éste resultara apetecible, al difundirse aquél. Hoy lo admito siento mucha nostalgia de aquellas cosas; tanta, que pienso que no sería mal estado de bienaventuranza escuchar de mi padre, por toda la eternidad: "Juan, ¡qué fino, eso que has dicho; es finísimo!"

Mi padre me enseñó muy pronto a jugar al ajedrez. Su capacidad festiva convertía el juego en otro juego, de segundo orden. Cuando yo iba a mover una pieza, por muy clara y segura que fuera la jugada, él me advertía: "¡cuidado con los coches, que tienen ruedas!" Y cuando llegaba su turno, decía casi para sí, vacilante: "Me lo como todo, no me como nada". Susurraba, canturreaba primero, y luego cantaba abiertamente esta expresión, imitando las voces y coros de las zarzuelas y óperas cómicas, pero con tal ritmo y fuerza crecientes que acababa por aturdirme, y me obligaba a reclamarle silencio, al borde del enfado. Supongo que él sentía ternura ante la estampa del niño, su hijo, reflexionando, muy serio, con las reglas y los elementos de una estructura dada, como es la del ajedrez.

En ocasiones, de manera arbitraria, para hacerme rabiar pienso, decidía que la jugada, inofensiva, que acababa de realizar era admirable. Entonces desplegaba un teatro con pocos precedentes en la larga historia del ajedrez: ponía cara de asombro, abría los brazos, o se llevaba las manos a la cabeza, declarando que un ángel, sin duda, le había iniciado en los secretos del juego. A veces llegaba, incluso, a levantarse y, con gestos exagerados, simulaba que los espectadores de la partida, los famosos mirones, le felicitaban y abrazaban por lo hecho. "Gracias, gracias; no tiene importancia" decía, repartiendo imaginarios saludos en todas direcciones.

Motivos procedentes de la historia de Roma y de los mitos griegos se hacían presentes en el juego, coloreándolo de forma anacrónica, no sin encanto. Así, los peones eran legionarios de la República o del Imperio. Mi padre solía colocar una banderita, a modo de estandarte, en el peón más adelantado, con la inscripción "S.P.Q.R.", abreviatura del lema "Senado y Pueblo Romanos". Los caballos, en cambio, resultaban centauros, auténticos centauros, veleidosos y amenazantes. Él tenía por conveniente acompañar el movimiento del caballo de un sonoro relincho, no obstante esa su cualidad antropomórfica. jugando con él de aquella manera, pude, tan pequeño, seguir a Aníbal en su paso por los Alpes; marchar, de la mano de Pompeyo, contra los partos; o asistir, corno invitado de excepción, a las bodas de Piritoo e Hipodamia.

Mi padre sentía predilección por la reina. Pues bien, yo no podía menos de ver cierta semejanza entre la diosa Atenea y la pieza más valiosa del ajedrez. "Esta hija de Zeus" había dicho mi padre es una divinidad guerrera y pensativa". La fortaleza, la capacidad de combate de la Dama a la vista estaba; y si no se mostraba meditabundo, por ser cosa en el tablero y carecer de conciencia, sí me obligaba, al menos, a cavilar para prevenir sus movimientos, por lo cual terminaba resultando, a su manera, una protectora de la reflexión, como la diosa. En el fondo, ambas mujeres me desagradaban, sobre todo Atenea. No podía ser de otra forma. A un niño, por decirlo así, todavía le falta masculinidad para comprender que esa deidad es una figura de la ironía masculina, y reconciliarse con ella.

Fue mi padre, también, quien me hizo ver, más tarde, cómo el ajedrez era una trama ideada para mayor gloria de la monarquía. Un rígido protocolo impedía que el rey pudiera ser muerto de manera accidental o contingente, en un descuido, Para que el soberano sucumbiera, había que planear y anunciar su muerte desde la férrea necesidad de las cosas. Pero, cuando esto se hacía, terminaba la partida, y aquella muerte no llegaba a verse realmente, pues caía ya fuera del juego. Cabía, eso sí, iniciar una nueva partida, con otro rey que, cómo no, era el mismo rey.

En realidad, para Miguel Espinosa, el ajedrez, más que una metáfora sobre la historia y la guerra, era una imagen del pensamiento humano cuando queda condenado a desenvolverse, no en el mundo, sino en la cárcel de un sistema. Por eso no hacía aprecio del juego.

Miguel Espinosa explicaba la conducta de las personas que amaba, eligiendo, entre todas las explicaciones posibles, la más favorecedora. En verdad, proporcionaba aclaraciones que no sólo salvaban a los seres objeto de su afecto, sino que enriquecían el mundo, al prestarle una irónica complejidad. Mi comportamiento siempre fue interpretado por él con arreglo a estos principios. Pondré un ejemplo:

Una vez, me inscribió en cierta academia de estudios. Yo hacía entonces el primer curso del bachillerato, por enseñanza libre. Estuve allí, en la academia, una mañana, o una tarde, y ya no quise volver. No recuerdo en qué términos justifiqué, si es que lo hice, mi rechazo de aquello. Si di razones, debieron de ser razones muy simples, propias de un niño. Mi padre accedió inmediatamente a mis deseos; pero creyóse en la obligación de ofrecer una explicación al director del centro.

Pues bien, no se le ocurrió, para decir, nada mejor que esto: Que, dados mis conocimientos, sensibilidad, método crítico y cultura, aquella academia, con sus profesores, alumnos y disciplina, resultaba insufrible, un auténtico tormento para mi espíritu... Humillado y ofendido por tales exageraciones, el director de la academia apenas pudo contener su irritación, y algo masculló acerca de mis limitaciones: dijo que, a su juicio, yo no volaba tan alto. Hizo bien el hombre, ¡qué demonios!

Es difícil reproducir el tono con que mi padre declaraba estas cosas, y otras parecidas. Naturalmente, él estaba muy lejos de hablar en serio; pero tampoco hablaba en broma. No había descubierto en mí, desde luego, esos méritos y capacidades, porque, entre otras razones, yo no los tenía. Sin embargo, no se los inventaba. Aquellas cualidades eran, por expresarle así, los atributos que idealmente convenían a un hijo suyo. Y él, habiéndoles visto y reconocido en su posibilidad y necesidad, en una especie de cielo platónico, los traía gustosamente a la existencia, como predicados ciertos de mi persona, para que, al menos en mi caso, el mundo real se adecuase a su esencia.

Por otro lado, tampoco había, en la intención de mi padre, menosprecio de la academia. Él proponía un mundo utópico en el que los niños sabían más que sus maestros; y pensaba que el director, como profesional de la enseñanza, sabría agradecerle esta nota de humor, que le liberaba por unos instantes de su oficio.

Miguel Espinosa convertía en proverbiales las frases que eran de su agrado, a fuerza de usarlas humorísticamente, y gastaba con nosotros múltiples bromas de índole verbal. Veamos algunos casos:

Según creo, había leído cierto relato en el que se contaba cómo unos marineros, después de penosa navegación, restablecíanse con alimentos frescos. Para satisfacción estética de mi padre, el autor describía parte de la escena así: "Y los enfermos del escorbuto parecían volver a la vida"... De modo que, muchos días, durante la comida, en el momento del postre, fruta casi siempre, él traía esa sentencia a la mesa; decíala pausada y gravemente, con acentos cavernosos, de ultratumba, como si quisiera condensar en ella la novela de aventuras y un tratado de medicina. Y yo, niño aún, ponía mi vista, sin pestañear, en las naranjas y manzanas, repentinamente exóticas; y toda mi fe, en la eficacia, soberana, de las vitaminas,

A fines de los años cincuenta, en mi niñez, aún era costumbre proteger los zapatos, de la lluvia y del barro, mediante unos chanclos de goma. Pues bien, mi padre, cuando precisaba de tal calzado para salir, pronunciaba, y no en voz baja, las siguientes palabras: "¡Dadme los chanclos sifilíticos!" Dejaré a los versados en lengua o en sicología del chiste el oportuno comentario. Sólo indicaré que yo, ignorante de cualquier intención y significado, disfrutaba sobremanera con la expresión, seducido por sus últimos sones, más musicales para mí cuanto, más carentes de sentido; y esto, ante las reservas de mi madre, que, en su decoro, no terminaba de aprobar semejante enredo.

Que, como niños, nada entendíamos; que la memoria cambia las cosas, al evocarlas; y que aquel humorismo de Miguel Espinosa todavía tiene secuelas inesperadas; todo ello se comprenderá si se sabe que, no hace mucho, mi hermana formulaba, tranquilamente, este gracioso absurdo: "¿Recuerdas cuando papá pedía sus chanclos filatélicos?".

 

4

Miguel Espinosa experimentaba una profunda simpatía por todo lo humano; su necesidad de compañía, y de comunicación con la persona, era inexcusable. En consecuencia, no sólo estaba de buena gana delante de la gente, sino que ejercía su ciudadanía como quien participa en una fiesta. A mi padre le encantaba traer y llevar recados, ofrecerse como consejero, mediar en cualquier pleito, salir fiador por otro, y formar sociedad con el primero que viniera. Donde los hombres concurren y se tratan, allí estaba él, dispuesto a actuar de mensajero, de confidente, de secretario, de testigo, de avalista, de acompañante o, simplemente, de espectador.

Mi padre aceptaba toda clase de encargos, si eran ocasión de darse la mano con alguien. Su capacidad para involucrar a los demás en asuntos propios y ajenos, y para implicarlos entre sí, resultaba portentosa. Favoreció, llevó a efecto, así, no pocas iniciativas destinadas a poner en comunicación a un ser humano con otro. Él no se desentendía, sino que siempre respondía de tales relaciones, con buenas razones y mejores promesas. Por ello fue acusado, más de una vez, de entremetido y enredador; cierto amigo de los tiempos de colegio llegó a decirle, irritado, que se anduviera con cuidado, no fuera a pasarle lo que al chambelán Polonio en el drama de Shakespeare, cuya triste suerte enseñaba "cómo tiene sus riesgos el ser demasiado oficioso".

Sin embargo, él no sentía temor de mediar entre la gente, ni siquiera entre reyes, reinas y príncipes airados. Disfrutaba preparando estos encuentros, y asistiendo a ellos no precisamente oculto tras unos cortinajes, atento a los distintos caracteres. Con una sonrisa, consciente de la ambigüedad del juego, hacía su entrada en escena; luego, puesto delante de cada uno, o en medio de varios, hablaba de lo suyo, es decir, de aquello que, sin ser común, interesaba a todos, en razón de su universalidad. Miguel Espinosa siempre hablaba a favor de los hombres, pero, por decirlo así, desde el punto de vista de las cosas, no de los hombres. Por eso es tan difícil determinar si era el suyo un optimismo o, más bien, un pesimismo antropológico.

El interés y la curiosidad de Miguel Espinosa, por los demás, resultaban excepcionales.

En la calle, por muchos lados se alegraba, dando comunicados, mediante voces, a unos; parándose con otros, y saludando a todos. Aquí, con olvido de cualquier urbanidad, se detenía y volvía la cabeza, y el cuerpo entero, para observar a satisfacción el paso del prójimo; o se iba tras él, embebido en su estampa; o nos lo mostraba con el dedo, al descubrirlo viniendo, aunque éste sólo fuera conocido de vista, y se encontrara ya enfrente y muy cerca de nosotros. "¡Mira, mira: ése es fulano!" decía expectante, ilusionado como un niño. Y no teníamos más remedio que responder: "Lo he visto; pero, por favor, no señales así".

A veces, él llegaba excitado a casa. "¿Sabéis la noticia, sabéis la noticia? preguntaba. La novedad no era un acontecimiento internacional, nacional, ni siquiera local; tampoco se trataba de un suceso relacionado con nuestros amigos o familia. Era, a lo mejor, que el hijo de una vecina, al que apenas conocíamos, se casaba, o se separaba, o cambiaba de trabajo para el caso, da igual. Pues bien, mediante observaciones y consideraciones de diverso tipo, sicológicas, sociológicas, morales y humorísticas, mi padre glosaba este hecho de tal manera que, de ser asunto anodino e insustancial, pasaba a convertirse en fuente permanente de significación, generando, por sí sólo, una pequeña leyenda, casi un cielo mitológico. Y hasta el alma más seca y fría terminaba sumándose, de buena gana, a aquella fiesta, contagiada del entusiasmo que mi padre ponía en la celebración del prójimo y las cosas del prójimo.

En muchas de estas ocasiones, mi madre, que era sumamente discreta, le pedía que no pronunciara algún nombre propio, porque podían oírle los vecinos. Él atendía el ruego, y de inmediato sustituía aquel nombre por una descripción improvisada, suavemente risible, pero de tanta complejidad metafórica y barroca, qué podía rivalizar, por su dificultad, con los manierismos del Góngora más oscuro.

Miguel Espinosa era incapaz de guardar un secreto, y así lo reconocía, risueño. Llevado de su afán de comunicación y diálogo, ponía en conocimiento de la gente cuantos datos y circunstancias personales le hubieran sido confiados, por reservados o íntimos que fueran. De poco servía hacerle ver los disgustos que traería una indiscreción suya en relación con determinadas personas; de poco, rogarle, advertirle o amenazarle, para que no revelara algo a nadie. Con seriedad convincente, rayana en el candor, nos tranquilizaba y ofrecía las mayores seguridades al respecto. No mucho tiempo después, sin embargo, aquello ya era de dominio público.

Resultaba vana precaución, y nula garantía, comprometerle por medio de un juramento, porque él prometía cualquier cosa, con tal de participar en el secreto, y divulgarlo luego. Sólo si se le hacía jurar por la memoria de su madre, había, es verdad, alguna posibilidad de que lo dicho no trascendiera. A veces, cansado de tantas apelaciones a su responsabilidad, él mismo nos prevenía de manera clara: "Cuéntame eso, si quieres; pero ya sabes que no podré callarlo". Según mi madre, hacer confidencias a mi padre era como dar un sueldo al pregonero, para que las llevara y extendiera por ahí, a su antojo. Diríase que él cumplía a la perfección aquel precepto evangélico: "Lo que escuchéis al oído, proclamadlo desde los tejados".

Con todo, Miguel Espinosa no resultaba una persona indiscreta, como podría pensarse. Estas actuaciones suyas no obedecían, por cierto, a descuido o alocamiento; ellas respondían, más bien, a un sentido superior de la prudencia, según el cual la única cosa inoportuna, la única verdaderamente temeraria, necia y vergonzosa en este mundo, era el silencio orgulloso de los hombres.

En el mundo moral, Miguel Espinosa actuaba con plena libertad frente a cualquier precepto; pero sintiéndose responsable ante algo más elevado, o más profundo, que la norma, una realidad de la cual la propia norma deriva su validez, y que podíamos llamar el fundamento de la ley. Sin embargo, para los otros, aquella libertad suya resultaba más evidente que esta responsabilidad. Por eso, los que se aconsejaban con Miguel Espinosa quedaban a menudo sorprendidos, y hasta defraudados, porque mi padre nunca decía, en cada caso, "Eres libre; haz lo que quieras", o "Haz como yo", sino "Cumple la ley". Él, pues, no favorecía desorden o romanticismo moral alguno.

Miguel Espinosa abordaba a los demás, y se dejaba abordar por ellos, sin cautelas ni prevenciones. En la esfera de las relaciones personales, el albedrío de mi padre se manifestaba como falta de convencionalidad. Él siempre rompía la convención, la lógica de la situación; lo hacía con una palabra dirigida al ser del hombre, por encima de su condición u oficio. Pero, por eso mismo, procuraba no mostrarse extravagante ni dárselas de original, y, desde luego, no dañar gratuitamente a la persona. A mi padre le repugnaban sobremanera esos intentos de escapar de la propia vulgaridad, por medio de acciones insólitas, pretendidamente ingeniosas, pero carentes, en realidad, de gracia, acciones basadas en el menosprecio y afrenta del prójimo, colocado, por la circunstancia, en una situación de forzosa subordinación. Por ejemplo: contratar a un taxista para que nos lleve a un descampado, y, una vez allí, hacerle dar vueltas durante horas, mientras observamos, divertidos, su gesto de perplejidad. Por desgracia, muchos artistas e intelectuales españoles han sentido inclinación por este tipo de comportamientos. Un inglés quizá hablaría aquí de esnobismo; mi padre tenía una calificación mucho más contundente: señoritismo fascista.

Es curioso, pero mi padre no veía una relación de causalidad entre las críticas que podía hacer, en público, a ciertos amigos y conocidos ausentes y la actitud de éstos humana, de disgusto con él, cuando tenían conocimiento de aquello. "¡Qué extraño! Fulano me ha contestado con frialdad, y Mengano se ha ido sin saludarme" comentaba a veces. "¡Pues está muy claro! De Fulano, acuérdate, dijiste tal cosa; y de Mengano, tal otra. Es natural que estén molestos contigo" exclamábamos impacientes, haciendo gala de no poca sagacidad. Sin embargo, él no llegaba a percibir una conexión real entre esos hechos. Seguramente, le parecía incomprensible que aquellas censuras suyas, desinteresadas, casi amables, ajenas a cualquier animosidad personal, pudieran dar lugar a semejantes enojos, impidiendo la cordialidad con el prójimo. Prefería, así, pasar como psicólogo ingenuo, desconocedor de los hombres, antes que admitir un saber tan mezquino acerca del ser humano y sus motivos.

 

 

5

Mientras escribía "Escuela de mandarines", Miguel Espinosa llegó a encargar fotografías oficiales de la apertura del curso en la Universidad. En estos documentos aparecían diferentes catedráticos, en procesión por el claustro, o asistiendo a la lección inaugural, revestidos con los ornamentos e insignias del saber: la toga, la muceta y el birrete, más la medalla. Mi padre llevaba aquello, a casa, como quien trae un tesoro, y se deleitaba viéndolo; sin duda era motivo de inspiración para él, fuente de auténtica excitación intelectual, estética y moral. Más tarde, cuando publicó su obra, y hubo que diseñar el cartel que la anunciara, propuso una de esas fotografías, convenientemente desfigurada, como ilustración del mismo.

El también tenía a la mano cierto programa, editado por la Universidad de Murcia, con el ceremonial para la investidura de doctor "honoris causa"; y, cuando le venía en gana, recitaba, entre guiños, alguna parte del ritual. Así, podía muy bien saludar, interrumpir o despedirse de esta manera: "La Sabiduría se te ofrece voluntariamente como esposa en perpetua alianza; procura mostrarte esposo digno de tal esposa"; o, mientras se afeitaba, proclamar frente al espejo, puestas las manos sobre el lavabo, atril improvisado: "Do tibi facultatem legendi, inteligendi et interpretandi"; y la fórmula parecía inundar con su magia el cuarto de baño. A mi padre bien lo recuerdo le producía distracción grande un pasaje que terminaba de la siguiente forma: ".... en la Universidad de Murcia y en cualquier lugar del orbe"; no contaré cómo glosaba semejante frase, ni cómo remataba con ella, por juego, aseveraciones de distinto género, en variaciones a cuál más peregrina.

En realidad, Miguel Espinosa siempre pensó que el espíritu residía en Dios, en la persona, o en la Naturaleza misma, antes que en las instituciones.

Por su doble condición de artista y de maestro, mi padre fue especialmente severo con los profesores. Resultaba principio y doctrina reiterada de Miguel Espinosa la ignorancia de estos hombres. Para el autor de "La fea burguesía", la sinrazón se manifestaba, en los profesores, como afectación de saber; ellos eran sabios fingidos, cuya impostura planteaba un problema moral, y cuyo absurdo interno tenía efectos cómicos y, a veces, patéticos.

Demos algún detalle en punto a esta visión espinosiana: alejado del ver y del vivir, del mirar y del saber, el profesor presenta, como único mérito, su función retribuida y sujeta a ordenanzas, su conducta solemne, y sus formas estereotipadas de expresión; aun así, exige que ninguna cosa quede fuera de su dictamen. Él, cuando habla de la institución, del bien habla; y como ejerce una autoridad de oficio, por encargo de la comunidad, aunque no escribe, se hace autor, ¡oh maravilla!, de muchos libros, más útiles y de más nota, si cabe, que los de verdad, pues tienen valimiento con el Estado... Semejante comedia de asnos construyó Miguel Espinosa a cuenta de los profesores; diríase que él los dejó atravesados, para siempre, en aquel famoso "pons asinorum", que idearon los lógicos medievales.

Creo, sin embargo, que a nadie puede ofender tal punto de vista, pues su carácter tajante rebasa cualquier motivo personal. Por lo mismo, pienso que debemos guardarnos de ofrecer explicaciones sicológicas al respecto, atribuyendo al autor prejuicios antiuniversitarios, de origen biográfico. La ignorancia de los profesores tenía que ser condición y elemento constitutivo del universo literario de Miguel Espinosa, por razones objetivas; porque conviene al arte que los guías incurran en extravío; porque la verdad estética, como la verdad religiosa, se expresa por medio de leyes que invierten sistemáticamente el orden convencional de las cosas y los valores de este mundo.

Pero, entonces, ¿qué salida se ofrece a nosotros, los profesores? Superaremos esta pregunta, sin necesidad de contestarla, cuando aceptemos que es menester de la razón estudiosa poner en cuestión su propia casa; cuando comprendamos que toda cultura, si pretende autenticidad, ha de poseer fuerza espiritual para soportar y hacer suya la paradoja. No queramos contradecir, pues, una sátira que está dictada valga la expresión por la naturaleza misma de las cosas; sintámonos llamados, más bien, a rendirle cuentas; mejor todavía: sonriamos a Miguel Espinosa, con la sonrisa de quien sabe que la ciencia se realiza, irónicamente, corno conciencia de sí.

Recuerdo a mi padre, hacia 1973, escribiendo a Mercedes Rodríguez, residente por aquellos años en Bruselas, destino diplomático de su marido. En virtud de ésta y otras circunstancias, él había llegado a considerarla, sin mucha, sin ninguna razón, seducida por el Poder y entregada a valores mundanos; de allí que le enviara frecuentes cartas de amonestación y censura, en unas holandesas que había mandado imprimir al efecto, con no poca intención. Se trataba de hojas en cuya cabecera, con tipografía bastardilla y grande, de color azul desvaído, figuraba él, Miguel Espinosa, como "Corredor de frutas y verduras" (sic); abajo, a un lado, en una aclaración aparentemente innecesaria, podía leerse la relación de los productos que vendía: patatas, alcachofas, tomates, cebollas, lechugas... La resonancia gruesa, casi risible, de los nombres de las hortalizas chocaba festiva y tristemente con la identidad del remitente, el autor de "Escuela de mandarines", y, desde luego, con el contenido intelectual y moral de la carta, avergonzando al lector, consciente ya de la infamia del mundo un mundo en el que los escritores se veían obligados a realizar tales menesteres.

A veces, para desasosegar a la destinataria, mi padre firmaba aquellas epístolas con la mano izquierda, de manera manifiestamente torpe. Escrito así, su autógrafo parecía expresar entonces algo siniestro: no sé si puerilidad, idiocia o demencia; en cualquier caso, la enajenación cierta de su persona. Era como si el doctor Jekyll, al concluir la meditación, en la hora y necesidad de su nombre, no hubiera podido resistir los embates del señor Hyde.

En cierta reunión, a la que asistía Miguel Espinosa, alguien, al despedirse, lo retó, no sin teatro, con la siguiente pregunta: "Miguel, dinos, por favor, qué es el mundo". Se trataba indudablemente de una pregunta victoriosa, es decir, de una de esas cuestiones destinadas a prevalecer sobre cualquier respuesta posible. Pues bien, mi padre, que sostenía en ese momento una cajita de fósforos en la mano, contestó sin vacilación, mostrando el pequeño objeto: "Muy sencillo, Pedro: el mundo es esta caja de cerillas y todo lo que no es esta caja de cerillas". Y así salió airoso de la prueba, formulando una verdad tan fácil y tan feliz que aprovechaba, incluso, elementos de aquella situación concreta. Luego, dejó la cajita sobre la mesa, y allí quedó ésta, diminuta e inmensa. Habíase puesto en claro que toda cosa, grande o pequeña, está hecha a la medida de la razón humana, y conforme a ella debe ser usada. Pocas veces el pensamiento ha sonreído así a la vida.

Desearía recordar aquí a José López Martí, el amigo de mi padre. Ellos se entendían de manera admirable, en la más amena de las filosofías. Por decirlo así, Miguel Espinosa, por vía de intuición artística, descubría los teoremas, y López Martí, con su rigor intelectual, los demostraba. Mi padre, en cuanto tenía oportunidad, colocaba a su amigo muy por encima de los más grandes pensadores, traídos a la comparación también como amigos. Según el propio López Martí, no es que Miguel Espinosa y él hablaran de temas, sino que, para ellos, el tema era hablar. Por eso mismo, podían muy bien, llegado el caso, "hablar de lógica entre risotadas". A través de esta frase, adviértase de qué manera, tan singular, la severidad de la lógica y la vitalidad, casi desvergonzada, de las risotadas se perfeccionan mutuamente, apuntando a algo que, por contenerlas, parece ser más que vida y más que razón.

Para uso personal y de su círculo, Miguel Espinosa disponía, por cierto, de una Edad Media en la que filósofos como Pedro Abelardo, Guillermo de Occam y Nicolás de Autrecourt ocupaban primeros pianos. Habían sido espíritus heterodoxos y muy combativos; y mi padre les atribuía extrañas costumbres y aun capacidades fantásticas, tal vez con el propósito de asociarse a ellos, en clave de humor. Así, si alguien le reprochaba su manera de comer, exenta de ceremonia y ciertamente voraz, él aclaraba con naturalidad: "Es que yo soy corno Occam, que, después de refutar a Aristóteles, sacaba del zurrón un mendrugo y lo devoraba en el suelo". Con el mismo pensador franciscano como referencia, y metiendo por en medio a su amigo López Martí, Miguel Espinosa también explicaba, a quien quisiera oírle, por qué los reflexivos solían presentarse, en las reuniones, de forma tan ruidosa: "Hacen lo que Occam, cuando venía de una disputatio, que llamaba a la puerta del cenobio con el falo"... Y quién sabe si, entonces, en algún lugar de la tierra o del cielo, en una tumba sin nombre, o en la gloria de los filósofos, el auténtico Occam se regocijaba con este Occam inventado y, por ello, también verdadero.

 

6

Recuerdo cuando yo era niño y mi padre me llevaba a casa de su madre. Abría su hermana mayor, mi tía Teresa, que siempre nos recibía con la siguiente expresión: "¡Vaya! Ya están aquí el lobo feroz y el lobito". Aquellas palabras, más que adular mi fantasía, me producían una íntima sensación de seguridad, de confianza en mi padre, como si la relación con él quedara confirmada y reforzada espiritualmente al proyectarse sobre el mundo animal. Y es que, por humor de un encantamiento, en virtud de un conjuro amable, habíamos sido transformados en lobos, en criaturas bien extrañas, y, sin embargo, él seguía siendo mi padre, y yo su hijo. Su paternidad debía de ser, así, un atributo esencial, una ley de lo real, pues se conservaba en medio de los cambios más radicales, incluso cuando él perdía su aspecto y figura de hombre. Estábamos unidos, en consecuencia, por algo más fuerte que la Naturaleza o los poderes de la magia.

Miguel Espinosa visitaba diariamente a su madre; lo hizo mientras ésta vivió. Se sentaba junto a ella, le cogía una mano, y le narraba las novedades del día. La ternura del mutuo reconocimiento, con que se miraban y hablaban, siempre en voz baja, creaba un clima de incomparable intimidad entre ellos. Miguel Espinosa, nadie lo ignora, trató de manera extraordinariamente piadosa a su madre. A lo largo de su obra, dejó testimonios de esta piedad. Y cuando ella murió, todos pudimos aprender, viéndole, que el sentimiento de orfandad no tiene edad.

Miguel Espinosa alabó, de su madre, la conformidad con la vida. Mi padre se refería, naturalmente, a la vida de ella; yo pienso, más bien, que esta virtud de mi abuela tenía por objeto la propia vida de él. Mi abuela Maravillas estaba conforme con el destino de mi padre, con el destino de aquel hijo suyo cuyo ser no se acomodaba, no podía acomodarse al mundo (Se trataba de una conformidad serena, pero melancólica, pues ninguna madre puede escuchar con agrado, de boca de la gente, como Maravillas escuchó, tristes vaticinios acerca de su hijo, ni ver contenta cómo éste parece llamado a chocar con determinados órdenes de cosas). Así, aunque ambos experimentaron no pocos apuros, ella nunca quiso forzar el carácter de mi padre, para que él pusiera su capacidad al servicio de fines que le eran extraños.

Debo manifestar aquí que Miguel Espinosa fue retado muchas veces, por distintas personas alguna muy próxima a él, para que probara su superioridad mediante signos de prestigio, poder o riqueza, esto es, mediante éxitos sociales. Mi padre llevaba tales burlas con paciencia, adoptando un mutismo mitad sonriente, mitad desilusionado. Por eso, la parábola que cierra "La fea burguesía", titulada "El silencio" donde lo narrado se revela como la historia de una tentación, da sentido a la obra, sí, pero también responde a esta circunstancia de la existencia del autor, haciéndola esencial.

He dejado caer la expresión "apuros". La adversidad económica presidió, ciertamente, una época de la vida de Miguel Espinosa.

¡Cuántas veces estuvimos, buena parte del día, sin nada que comer, hasta que llegaba él, radiante, trayendo consigo leche condensada, bocadillos y pasteles de carne! Estos alimentos 'no me parecían entonces comestibles adquiridos tranquilamente en las tiendas, sino víveres que mi padre hacía pasar, en medio de dificultades, a una ciudad sitiada; o, mejor aún, la pieza con que al cabo se alzaba, como cazador magnífico, a despecho de selvas peligrosas y tribus hostiles.

Recuerdo cuando le embargaron, entre otras cosas, la máquina de escribir, que había pertenecido a su padre. Todavía me parece ver a los agentes del juzgado recorriendo la casa de mi abuela, con el inventario de bienes en la mano. Y digo la casa de mi abuela porque, a estas alturas, él no poseía casa propia, ni siquiera en régimen de alquiler. A partir de entonces, tuvo que acudir a dos emisoras de radio, juventud y Popular, donde, en algún despacho vacío, le permitían mecanografiar sus papeles; en esas condiciones redactó la segunda versión de "Escuela de mandarines".

También recuerdo cuando se vio en la necesidad de vender las "Obras Completas" de Carlos Dickens, a cierto huertano cuyos parientes o amigos, según mi padre supo luego, mostraron sus dudas acerca de la legítima procedencia de los libros, en otra ironía más. Mi madre y yo acompañamos a mi padre hasta el antiguo "Bar Santos", donde había de realizarse el trato; y, como lloviera, le esperamos mientras tanto en un portal cercano, escena que hoy me parece dispuesta por el propio autor de "Tiempos difíciles". Sin duda acordóse un precio injusto, irrisorio, y, no obstante, misericordioso; por eso mi padre lo presentó ante nosotros como el mejor de los negocios.

Y mi madre no olvida cómo el día en que nació mi hermana, los grifos de la casa aparecían precintados, ya que les habían suspendido el suministro de agua, por falta de pago. Ellos habían estado abasteciéndose de una cisterna situada en alto; pero ahora, con el parto, la situación se hacía insostenible. Mi padre, exasperado, rompió los precintos: y, ¡oh casualidad!, aquella misma tarde presentóse un inspector para comprobar el estado de los grifos...

Mi padre nunca maldijo el trabajo; pero sí el dinero. Cuando él hablaba del "maldito dinero", yo lo confieso sentía un doble estremecimiento: me atemorizaba la eficacia del dinero, y me impresionaba la actitud de mi padre, en su odio y resuelta impugnación de semejante poder.

De todas formas, sería conveniente que nadie confundiera, en relación con tales cosas, esta explicación mía con la que Miguel Espinosa ofrecía. Mi padre era demasiado irónico para darse importancia, presentando el desorden económico como retribución de una pureza intelectual y moral suya; él prefería interpretarlo como resultado de diversos azares, y de lo, que llamaba su "mala cabeza". No obstante, se sabía un "hombre de destino, no de porvenir", y así lo declaraba cuando era menester.

Diré, ahora, que Miguel Espinosa carecía por completo de las virtudes que acreditan a la clase media: la diligencia, el honor del trabajo y la profesión, el orden solvente del ahorro y la previsión, el culto a la familia, la discreción, el cuidado del buen nombre, la obediencia a las normas, el moralismo, y todas las demás costumbres y actitudes que hacen posible una vida civil intachable.

En la jerarquía de valores de Miguel Espinosa, los hombres diligentes sólo alcanzaban el rango de legos, como se advierte en "Escuela de mandarines". De hecho, mi padre veía la solución de un problema, y, como primera providencia, ponía en cuarentena o aplazaba "sine die" su ejecución. De esta suerte, los asuntos salían de sus manos según leyes de parsimonia, con una demora propia de otra cultura. Él, acostumbrado, en verdad, a la idea y su luz, se encaminaba con trabajo hacia digamos la oscuridad de la acción.

De un tirón, podía, así, redactar una carta, introducirla en el sobre, consignar la dirección y pegar los sellos. Pero, a partir de ahí, abandonabala inexplicablemente en cualquier lugar del despacho, bien a la vista, y por tiempo indefinido, hasta que quedaba confundida con el mobiliario. Un buen día sentíamos un no sé qué de desorden en esa habitación. "Aquí falta algo" murmuraba nuestra perplejidad. En efecto, tal vez para que no tuviésemos en olvido la naturaleza de cada cosa, él había despachado por fin aquella carta, que ahora volaba a su destino en régimen de urgencia; con esta modalidad postal no pretendía, desde luego, acelerar nada, sino conferir cierto carácter estético al envío.

Mi padre, incapaz de levantarse antes del mediodía por irremediable afición noctámbula, ejerció distintas actividades, sin identificarse con ninguna. Trabajó, primero, de agente comercial; luego, en varias compañías de exportación e importación; después, en pequeños negocios de comercio exterior; y, por último, de asesor jurídico. Cómo se las arregló para salir adelante, dadas sus costumbres, es cosa que nadie se explica. Cercado de fieles acreedores, con la cuenta bancaria en descubierto, nunca llegó a poseer patrimonio, ni siquiera una modesta vivienda, o un automóvil. Carecía también de seguro médico, y no cotizaba a mutualidad alguna (Vivía, pues, a la intemperie, y, sin embargo, como estuviese educado en una cultura de la ayuda y del socorro mutuos, su casa parecía una extravagante oficina, en la que se descuidaban los asuntos propios, para atender y gestionar, por amor al hombre, los más diversos intereses).

Con motivo de la redacción de "Tribada", él convirtió su ser íntimo, ante el escándalo de muchos, en objeto de encuesta ciudadana. Desde un decoro superior, que no entendía de sentimientos privados, incluyó la cuestión de Damiana entre las preguntas generales, por decirlo así, que el saber preceptúa para todos los hombres; y pocos escaparon a ese escrutinio. Supo qué hacía al emprender esto, pues aclaróse entonces, al fin, quién era cada uno.

Yo mismo quedé en evidencia. Cuando tuve conocimiento de que mi padre iba, por esos mundos, con la crónica de sus desamores bajo el brazo, repartiéndola como pan bendito, me ensombrecí sin remedio. "Más te valdría recluirte aquí, en silencio, antes que andar metido en tales cuentos" le dije irritado. Pero no me escuchó, ocupado, como estaba, en convocar otra mesa de amistad, un nuevo banquete el enésimo, de vida y palabras, en torno al caso.

No hubo necesidad de que una luz viniera, súbitamente, a derribarme del caballo. Poco a poco, fui entendiendo... Mi padre había puesto su historia, desde el primer momento, bajo la protección de los nombres, en una señal de cómo se mueven y viven las personas en el interior del verbo. ¡Singular aviso y admirable ejemplo! Por ello los ritmos del idioma le eran favorables, y hasta las cosas, todas, parecían ya sus compañeras de pluma.

Pronto tuve ideas e imágenes sobre el asunto, que ofrecí a su consideración él llevó algunas al libro, muy contento. También experimenté ensueños; hablo de genuinas visiones, en las que se llega a percibir con la imaginación forma capítulo aparte lo que yo soñé despierto. Al final, cabizbajo, pero fervoroso, me agregué, como uno más, a esa especie de procesión que recorría, idealmente, las calles de Murcia, salmodiando los mil y un apelativos de Damiana y de Lucía.

Era un desfile prosigamos la alegoría de risueños penitentes, a cuya cabeza marchaba mi padre, seguido, cómo no, de José López Martí. Les movía el afán de claridad y aquella fuerza salvífica que emana de toda realidad adecuadamente nombrado. Por eso los estandartes mostraban, transcrito del griego, el vocablo "Tríbada", y, debajo, en lengua latina, la leyenda "Theologiae Tractatus", entre cirios que permitían contemplar el mundo en el resplandor de un incendio.

A muchos, cuando vieron pasar ese cortejo, o leyeron el texto luego, se les puso tal cara, que fue inevitable pensar esto, y considerarlo con alegría: que Miguel Espinosa, entre burlas y veras, había escrito su libro para tristeza de los demonios.

(Es notable cómo aquella ausencia suya de compromiso con la profesión origina, en su obra, una falta de ocupación de los personajes, por entrega al lenguaje, al diálogo, y un evidente descrédito de los oficios y profesiones. En "Escuela de mandarines" y en "La fea burguesía" todavía se salvan algunas humildes actividades de carácter artesanal o comercial. Pero en "Tribada" se lleva al límite esta tendencia. Para los personajes que opinan sobre Damiana y Lucía, el comentario constituye algo más que un método de exposición o indagación: es una auténtica forma de existencia. Según la presentación que de ellos se hace en el índice onomástica, ninguno tiene, que se sepa, profesión o empleo esto, frente a los notarios, profesores, arquitectos, ingenieros, cirujanos, fotógrafos, decoradores, peluqueros y camareros del entorno de Damiana y Lucía, y frente a ellas mismas, boticaria una, y modista otra. Al parecer, la única ocupación de tales personajes consiste en hablar, en hablar sobre Damiana. Ellos representan, pues, el ideal de una humanidad no fragmentada por la división social del trabajo, una especie de coro angélico que se realiza aquí, en la tierra, como riguroso círculo lingüístico).

Por lo demás, desde la seguridad que le daba su formación jurídica, pudo despreciar, a lo largo de su vida, no pocos reglamentos y ordenanzas de la Administración. Así, no respetaba los plazos de entrega de papeles, y luego tenía que ir con instancias y recursos, para que se los admitieran. Durante años anduvo indocumentado, sirviéndose de una tarjeta de identificación, medio rota, de sus tiempos de estudiante, fuente de contrariedades sin cuento. Como hijo de viuda que era, había quedado exento del servicio militar, con la obligación de presentarse, de cuando en cuando, en el negociado correspondiente; y, por incumplir esta pequeña condición, dio lugar a que se dictara, contra él, una orden de detención. Y a mí mismo inscribióme en el Registro Civil, no a los pocos días de nacer, sino bien tarde, cuando me disponía a iniciar el bachillerato.

Ante la gente, él aparecía, sin duda, como un hombre desocupado y despreocupado; y su libertad, como desarreglo, irresponsabilidad y anarquía.

Sin embargo, mi padre se situaba muy lejos, también, de cualquier retórica y desorden románticos o bohemios, y de todo idealismo y radicalismo políticos, de origen ilustrado. Es más: bajo la denominación, hasta cierto punto paradójica, de "fea burguesía", él gustaba de encuadrar, en un mismo conjunto, a diversas clases de hombres: los educados en los valores de la Ilustración; los que cimentaban su concepción del mundo en la ideología marxista; los que hablaban de ética y se solidarizaban con grandes causas, sin arriesgar existencialmente nada; los que se movían en un nihilismo transgresor, de corte estético, o cínico y semicanalla... Cada grupo presentaba, sin duda, aspecto y figura propios; pero, a juicio suyo, todos abrigaban las mismas pretensiones desmedidas, idéntica inclinación por las frases y los gestos. (Cómo no recordar a mi padre ahora, cuando lo universal, potencia caprichosa, se complace en apartarse del conjunto; cuando la historia del mundo, la célebre "Weltgeschichte", que pasaba por ser compañera de tanta gente, toma en solitario, como siempre, su camino).

Y es que Miguel Espinosa poseía un profundo sentido de la realidad, del peso, fuerza y resistencia de los hechos, y sabía igualmente del derecho a existir de lo ya existente. Su realismo literario, heredero de Cervantes y de la novela picaresca, es sólo un caso particular de este realismo básico, mitad instintivo, y mitad adquirido en su trato con el derecho romano, con la historia y, sobre todo, con la vida misma.

Pero mi padre, como buen discípulo de los antiguos griegos, no se quedaba ahí, en los hechos, sino que urdía, alrededor de ellos, con voluntad de comentario y verdad, tal trama de valores, símbolos y significados, que acababa proponiendo un mito, esto es, un mundo en el que la experiencia podía reiterarse indefinidamente, de manera exaltada y gozosa, porque allí el saber no quitaba la inocencia.

En Miguel Espinosa digámoslo ya está ausente el sentimiento romántico del infinito, tanto el suscitado por la contemplación de la Naturaleza, como el que mueve la acción orientada a la utopía; en cambio, encontramos en él la vivencia del mito y, como expuse antes, del misterio. Mito y misterio son los límites u horizontes de sentido a los que tiende la actividad de su espíritu; son como dos cajas de resonancia donde toda estrechez adquiere inmensidad. La mala infinitud del infinito romántico deja paso, pues, a la buena infinitud, primero, del mito, y, luego, del misterio.

 

7

Corría el año de 1962, o de 1963, y, en cierta tertulia, un hombre pedía silencio; luego, dirigiéndose a un niño, hablaba como sigue: "Hijo mío, estos amigos no saben quién es el campeón del mundo de ajedrez. ¿Podrías decirlo tú?" Ese pequeño olvidaba su timidez y respondía bien alto, casi desafiante: "El soviético Tigran Petrosian". Y todos aplaudían, porque, en la España de entonces, también esto era una forma de resistencia al Poder.

¡Tigran Petrosian! Nunca fuera niño tan aplaudido como lo fui yo, cuando tal nombre a mi boca vino. De creer a mi padre y a sus mitos, soldados del Ejército Rojo saludaban mi carácter; y tigres de Armenia si los hubiere, mi destino.

Los sindicatos franquistas, los periódicos y emisoras del llamado Movimiento Nacional presentaban, según Miguel Espinosa, esta ventaja sobre otros organismos públicos o privados: Que uno podía recorrer sus despachos, meter las narices en los archivos y registros, usar del material de oficina, y hasta beberse el café de los propios funcionarios, con entera impunidad. Y es que existía una manera de imponerse a quien pidiera razón de nuestro comportamiento allí. La fórmula consistía en descargar el puño sobre cualquier mesa, soltar un juramento, y declarar, a voces, que eso no fue lo que dijo José Antonio Primo de Rivera; que el fundador de la Falange no había muerto por España para que ahora nos preguntasen semejante cosa... "Aunque sea infundada y esté corrompida por los intereses, siempre quedará el recurso de apelar a su a doctrina" enseñaba mi padre.

Una vez me llevó al cine, a disfrutar de cierta película que trataba sobre la decadencia del imperio romano. En una secuencia del film, si no recuerdo mal, diversos jefes de tribus bárbaras renovaban su juramento de lealtad a Roma, en presencia del emperador. Éste presidía una tribuna ante la que pasaban los grandes, de uno en uno, en carros de guerra, y con trajes de gala. Y como desconociera la identidad de muchos, un ayudante aclaraba al punto, de manera discreta: "Fulano, rey de los menganos", "Zutano, príncipe de los perenganos". Entonces el César, por medio de un leve gesto, los saludaba y despedía a un tiempo... Ya en la calle, mi padre dio en repetir esa pintoresca retahíla de nombres y títulos, y, entre jovial y melancólico, la completó así: "¡Francisco Franco, caudillo de los hispanos!".

En realidad, algunos años atrás, cuando el presidente norteamericano Eisenhower vino a Madrid, a firmar los pactos de cooperación entre Estados Unidos y España, mi padre ya había comparado al general Franco con aquellos déspotas orientales que llegaron a convertirse, por capricho de la política, en amigos del senado romano. Para Miguel Espinosa, pues, Masinisa, Boco o Nicomedes, a fuer de antiguos y remotos, eran los nuevos, los auténticos nombres del dictador.

Veníamos, una nochevieja, de felicitar el año a mi abuela Maravillas. En la calle, según es costumbre, numerosos grupos celebraban ruidosamente la hora, bebiendo y cantando. Al cruzar una plaza, muy concurrida, vimos a dos policías de elevada estatura, enfundados en chaquetones de cuero. Con las piernas abiertas y los brazos cruzados, observando en silencio la fiesta, como dos cíclopes lúgubres e impávidos. Mi padre se detuvo, y, señalándolos, comentó con su peculiar manera: "Hijo mío, ahí tienes al Estado".

Eugenio d'Ors cuenta esta fábula, atribuida a cierto ministro inglés: Tres operarios se afanan en labrar sillares, para la edificación de una catedral, cuando alguien les pregunta qué cosa están haciendo en realidad: "Cortando piedras". dice uno. "Ganándome un dinero. –responde otro. Y el tercero explica: "Construyendo un templo"... A juicio de aquel político informa, complacido, D'Ors sólo el último el último trabajador era merecedor de tal nombre.

La parábola del obrero ejemplar sacaba de quicio a mi padre, que veía en ella un idealismo absurdo, si no malvado "¡Vaya! Al hombre de Estado y al devoto de la Civilización no les parece bastante exclamaba que el albañil haya de bregar con sillares; aún querrían inculcarle una conciencia de misión, para que el yugo fuera completo y todo quedara en orden".

Los periódicos no resultaban, por cierto, fuente de noticias para Miguel Espinosa. A través de las noticias, mi padre veía, por decirlo así, la vida de los hombres y la locura humana. En sus manos, los Periódicos del día parecían ya periódicos atrasados. Es más: parecían documentos de otra época, algo fuera del tiempo. Así se transfiguraba la actualidad bajo su mirada, que, no importa dónde se fijara, siempre conseguía asomarse a lo definitivo de las cosas.

Por la misma razón, mi padre no podía menos de ver con ironía esos intentos, por parte de una cultura periodística, o de masas, de establecer periodos en la historia contemporánea, tomando como referencia la biografía de actores de cine y cantantes populares, convertidos en símbolos de una época como aquellas almas siderales que, según la mitología gnóstica, presidían el curso y la división de los tiempos.

Así, en casa de un amigo, Miguel Espinosa descubrió cierto cartel en el que figuraba la actriz norteamericana Marilyn Monroe. Como mi padre objetara la presencia de esa fotografía, se le respondió que aquel retrato representaba el siglo XX. Entonces él se acercó al cuadro, quitóse las gafas, para ver mejor, y comenzó a escrutarle muy despacio, como quien busca en un mapa, preguntando por qué no aparecía allí, por ningún lado, la Depresión económica de 1929, la batalla de Stalingrado, o la Conferencia de Yalta. "¡El siglo XX...!, pues yo nada de esto advierto aquí" susurró, afectando extrañeza. Y es que, para él, no toda producción de signos constituía una creación de significados.

Mi padre era un lector constante del Cuarto Evangelio. A decir verdad, él no ignoraba las sombras que el método histórico-crítico proyecta sobre el texto; pero le traían sin cuidado tales dudas, no se dejaba impresionar por ellas. En realidad, nunca prestó atención, en cada campo, y en cada caso, a las discusiones de tipo filológico y erudito. Las consideraba ejercicios destinados a la intimidación de espíritus, en el fondo, intimidades de antemano. Sabía que quien cultiva estos saberes termina cayendo en el lazo de sus propias cautelas, y, por decirlo así, pierde su alma.

Por otra parte, la peculiaridad del Cuarto Evangelio, sus anomalías, lo que podríamos llamar su inverosimilitud, era muy conforme a una íntima manera de sentir y pensar suya. El no se olvide había introducido en "Asklepios" un poema dedicado a la resurrección de Cristo. Así, pues, todo aquí era familiar y de su agrado. Estaba realmente encantado con el Logos, y no le quitaba el sueño la cuestión de si semejante logos era judío, griego, gnóstico o cristiano. Del mismo modo, los discursos de revelación y de despedida, largos y reiterativos, que Juan pone en boca de Jesús, lejos de parecerle monótonos, le parecían, sencillamente, fascinantes.

Es más: yo pienso que, aunque le hubieran demostrado, de forma fehaciente, la condición apócrifa del texto, el Evangelio habría seguido teniendo autoridad para él. Porque Miguel Espinosa juzgaba la palabra desde leyes y criterios inmanentes a la palabra. Y la de Juan, quienquiera que fuere, aparecía ante él, desde luego, como garantizada por sí misma.

(Es corriente distinguir entre dichos del fundador y glosas comunitarias, entre tradiciones antiguas y nuevas, entre documentos originales y copias, entre testigos más y menos fiables, Pero tales distinciones quizá carezcan de sentido cuando se trata de la palabra y del carácter; para éste, en efecto, ella siempre resultará documento de primera mano y el testimonio más autorizado).

Diré, con todo, que Miguel Espinosa, en los últimos años de su vida, tenía en altísima consideración el Antiguo Testamento. Para hacer comprensibles las razones de esta valoración suya, se me permitirá la siguiente reflexión:

El pueblo judío es odiado por no pocas naciones. Una de las causas de tal aborrecimiento acaso sea esa capacidad, que el alma hebrea posee, de plantarse con decisión ante el horror mismo, sin otras armas que la palabra que lo nombra exactamente, lenguaje intolerable para la mayoría de los oídos.

Supongamos, en este sentido, una situación en la que todos mienten, o parecen obligados, al menos, a mentirse un poco. Imaginemos cierta asamblea congregada alrededor de un sepulcro, formando una especie de coro; ella representa a los pueblos de la Tierra, en su duelo por el destino de los hombres. Comienza la celebración, y, a prudente distancia de la sepultura, van sucediéndose las elegías y los elogios fúnebres, conforme a las reglas del arte.

Pues bien, el israelita es aquel que, sin aguardar turno, se adelanta resueltamente, remueve la piedra del sepulcro, se asoma allí, y grita, a la podredumbre, cosas como ésta: "¡Tú eres mi padre; tú, mi madre y mis hermanos!". Despliega así una veracidad que rompe las medidas de la educación y la cultura, puestas ya, por ello, al límite de su existencia. Cuando saca la cabeza de aquella negrura, y mira en torno suyo, a nadie encuentra, pues la muchedumbre huyó asustada.

Ante esto, ¿qué son los antiguos griegos?, ¿qué eran los griegos y su decoro, al final, para Miguel Espinosa, el feliz autor de "Asklepios"? Pues los griegos pidamos perdón a la filosofía alemana eran pura cosmética ordenada a presentar nuestra bancarrota corno un ascenso a no se sabe qué regiones. Pensamiento este, el de los griegos, celeste y, por tanto, consolador, sin duda; pero menos concreto que el judío, y quizá menos viril, también.

 

8

Una vez Miguel Espinosa encontró, en la calle, a cierto novelista murciano, que se despachó, ante él, hablando muy mal, con auténtico encono, de unos y de otros. Marchóse el hombre, y mi padre no pudo menos de comentar: Cuando alguien que se dice escritor da rienda suelta, delante de mí, a sus pasiones, yo me digo: ¡ya tengo un personaje!.

Miguel Espinosa sí fue escritor, y en el sentido más radical del término: por medio de la palabra, dio validez universal a su experiencia; por decirlo así, puso lo vivido bajo la mirada del mundo, cuyas voces quiso dirigir. En su obra, la experiencia vivida suscita e impregna los temas; una disposición reflexiva y moral, y un ánimo risueño los amplifican imaginativamente; y el estilo les comunica tal expresividad, que termina convirtiéndolos en sustancia poética.

Nos hallamos, pues, ante libros de ficción, sí, pero en los que no se inventa nada; ante libros realistas que nos llevan, sin embargo, más allá de lo existente. Aquí se encuentran las cosas que Miguel Espinosa amaba, transformadas en saber mediante un lenguaje que, a diferencia de cualquier retórica, no promete nada, y lo cumple todo. La misma tradición literaria, la gran cultura de siempre, entra en ellos menos como modelo que como cercanía vital, pues parece privilegio del autor instalarse directamente en el origen y operar desde allí, más que recrear tradiciones; de ahí la impresión de autenticidad que transmiten. Estos libros resultan sin duda amenos, aunque nunca de entretenimiento o diversión; no es literatura para remedio de gentes aburridas. Tampoco han sido compuestos en función de la actualidad o de la moda, sino de la historia, o, si cabe, de la eternidad, "sub specie acternitatis".

Y si bien parece razonable que la obra de Miguel Espinosa sea enjuiciada desde las categorías y los principios de la llamada ciencia literaria, nadie deberá olvidar que cada uno de esos escritos se procura su propio derecho; que se trata de textos dotados de una especie de gracia justificante; y que, en realidad, lo mejor que podemos hacer con ellos es heredarlos: tales libros nos conciernen como un legado atañe a sus herederos. Y se me permitirá añadir una cosa en la esfera de las relaciones civiles, cualquiera puede rehusar una herencia, si trae más deudas que beneficios; en el mundo del espíritu, en cambio, quien rechaza una herencia queda situado fuera de sí mismo.

Escribir, en Miguel Espinosa, no era una cuestión de decisión, sino de carácter, de destino: era una fatalidad. Luego, por decirlo así, su voluntad se adhería a ese encargo o misión. Quería ser escritor porque ya era, porque siempre había sido escritor. Escribir resultaba para él algo serio, pero natural y desprovisto de solemnidad. En consecuencia, no se presentaba ante las gentes como tal escritor; tampoco se rodeaba, cuando cogía la pluma, o se ponía a mecanografiar, de una estética o decorado que propiciara la inspiración todo retiro poético se le antojaba ridículo; ni siquiera requería unas ciertas condiciones de trabajo: laboraba en medio de un desorden generoso, sin horario fijo, con el bullicio casero como fondo, y siempre dispuesto a interrumpir y aplazar lo que llevaba entre manos, en atención a nosotros. Mi padre había visto una fotografía en la que figuraba Lenin escribiendo, agachado, en el rellano de una escalera. Y esa es la imagen que él proponía como modelo de la actitud humana frente a la escritura, un cuadro del que parecía desprenderse esta muda leyenda: Cualquier lugar es bueno para escribir".

Mi padre sabía que, por ser los libros valga la expresión cosas de este mundo, uno, cuando escribe, suele ser víctima de una doble inercia: tiende, primero, a escribir corno habla, y luego, a conservar en su integridad, a toda costa, aquello que ha escrito. ¡ De ahí la necesidad, experimentada por él, de corregir una y otra vez el texto, a través de sustituciones y, sobre todo, de supresiones. Con seriedad irónica, se metía, pues, en faena, para que el Estilo se realizara mediante correcciones de estilo.

Miguel Espinosa mostraba una lucidez especial en relación con las exigencias de la palabra escrita. Él enseñaba, por ejemplo, lo siguiente: Que así como algunos pensadores usan o aplican, de manera irreflexiva, conceptos que no han definido previamente, así muchos escritores, cuando se enfrentan con objetos, lugares y personas conocidos por la mayoría, se creen eximidos de ofrecer una descripción de los mismos, y se limitan a nombrarlos. Al hacer esto, adoptan una postura confianzuda, de familiaridad ilegítima, con sus lectores contemporáneos, dando por supuesto un código común entre ellos. Pero es que también pecan contra los posibles lectores del futuro, a los que dejan en situación de desamparo ante unos nombres propios que, con el transcurso del tiempo, pueden perder, haber perdido, toda significación. En este sentido, según Miguel Espinosa, no se debía escribir, pongamos por caso, "Fulano pidió una Coca-cola", sino "Fulano pidió una bebida refrescante, llamada Coca-cola". En el fondo, lo que aquí se discute es algo más que una cuestión lógica, gramática o estilística. Se trata, a decir verdad, de un asunto de suma importancia, de un problema moral, corno el de cuál ha de ser nuestra valoración de la actualidad y nuestra actitud frente a lo histórico. Porque el auténtico escritor se dirige, de derecho, a los lectores de todos los tiempos.

En cierta ocasión, un droguero, a quien mi padre conocía desde la infancia, le preguntó, delante de mí, en su tienda: "¿Qué..., Miguel; ganas mucho dinero con tus libros?". Y él, que nunca llegó a ganar nada, contestó, débilmente y un poco turbado, que sí, que algo se iba ganando. Luego, en casa, me dijo, encogiéndose de hombros: "He tenido que mentir para simplificar. Porque ¿cómo le explico yo a este hombre, al buen Carbonell, que los libros no se escriben con el fin de ganar dinero, y que existe la literatura y la historia de la literatura?".

Miguel Espinosa tenía la total seguridad, la absoluta certeza de que él formaría parte de esa historia. Sin embargo, no vivía de ilusiones y de sueños de futuro, corno tampoco hacía un ídolo de la fama póstuma.

Mi padre había convertido en siguiente sentencia: "Si Dios no existe, Cervantees no se ha enterado, ni podrá enterarse jamás, de que es Cervantes". Como se ve, este pensamiento distingue y separa, en Cervantes, al sujeto real, de carne y hueso, que vivió, escribió y murió, del autor glorioso que es para nosotros. Y, al hacerlo así, muestra la mentira y el engaño inevitables de la Cultura, que cuanto más celebra un nombre, tanto más olvida a la persona designada por él, Pues, para la Cultura, el hombre vale menos que su obra; en realidad, nada vale comparado con ella.

 

 

9

En "Escuela de mandarines" con el título de "El niño perdido y hallado", Miguel Espinosa recrea un pasaje de los Evangelios. En su versión, un chico, de origen humilde su padre es carpintero, se introduce, por juego, en cierta residencia destinada a educar a la clase opulenta, a los hijos de las familias ilustres. Durante tres días pasa inadvertido allí; su presencia en las aulas no despierta el recelo de los preceptores, pues el niño muestra un rostro sereno, sabe urbanidad, sabe gramática y sabe retórica. Al cabo, sin embargo, se descubre el engaño, precisamente a la hora de la instrucción religiosa, porque nuestro pequeño, que entiende de tantas cosas, "no sabe rezar a la Diosa", esto es, ignora cómo relacionarse con la divinidad, con el ídolo de los otros niños.

El simbolismo de la parábola alcanza al propio autor, puesto que ella constituye una metáfora insuperable de la vida de mi padre. El niño, el joven Miguel Espinosa mostraba, por cierto, un rostro sereno, sabía urbanidad, sabía gramática y sabía retórica; pero no sabía rezar a la Diosa. Bajo tal imagen se encuentran representados, sin duda, el régimen franquista, la Universidad y la Iglesia de la posguerra; pero, también, las fuerzas rectoras de este mundo, revestidas de brillo. Miguel Espinosa, cuando experimentaba la vida, no perdía el candor; por eso, nunca supo rezar a la Diosa.

Por la misma razón, entraba en el destino de mi padre chocar con las instituciones que administran el saber y sus misterios. Hablo de los colegios sacerdotales, o escuelas de mandarines: corporaciones de hombres doctos que buscan su ventaja por medio de una Escritura, ofreciendo socorro al poder más cercano, en el fondo, al Poder de los imperios. Cambia la historia, atraída por lo nuevo, pero los hombres, el Libro y el César son siempre los mismos.

Aun así, pecará de superficial, engañándose, quien valore tales colegios como un cuerpo de escribas, como una simple clase lectora o nobleza de toga al servicio de la espada. Ellos guardan y representan, por el contrario, la sabiduría humana de todos los tiempos, si bien considerada en su inevitable propensión interesada: de ahí su grandeza; y de ahí, también, su limitación.

Miguel Espinosa, he dicho, se opuso y contradijo a los mandarines. No seria maravilla, sin embargo, darle el título y la dignidad de mandarín, aunque, claro está, no con el significado convencional del término. Mi padre era, en efecto, sabio y maestro. Pero en él, he aquí lo singular, la sabiduría abandonaba su vieja vocación hipócrita, y se orientaba, de manera resuelta, hacia la inocencia; siendo el saber una cosa última, tomaba el rumbo de las cosas primeras. Miguel Espinosa fue, pues, mandarín, mandarín verdadero, y, sin decirlo expresamente, se declaró mandarín; y sus enemigos, si los tuvo, así debieron de sentirlo.

Cuando yo era niño, mi padre me decía, sobre algunos personajes de la actualidad murciana, que parecían sacados de la sociedad que crucificó a Cristo; que parecían arrancados del Sanedrín. Dos mil años después, y, según Miguel Espinosa, ahí estaban de nuevo, desempolvados, Herodes, Anás y Caifás. Estas imágenes me impresionaron tanto, casaron tan hondo en mi ánimo que, al llegar la Semana Santa y sus procesiones, yo casi me extrañaba de que aquellos hombres no formaran parte, junto a las tallas de Salzillo, como figuras vivientes de la Pasión, de los tronos que los nazarenos llevaban.

Más tarde, ya adolescente, vi que Ernesto Renán, en su "Vida de Jesús", calificaba la maldad saducea de desdeñosa y solapada; y recuerdo cómo mi padre, a propósito de tal lectura, insistió en su vieja comparación, no sin una sonrisa cansada.

Traigo estas cosas a la memoria porque el profesor Gonzalo Sobejano, con penetración y generosidad, ha afirmado, comentando "Tríbada", que Murcia estaba salvada en todas las páginas del libro. Yo diría que en la obra de Miguel Espinosa hay una Murcia que está salvada, sí, pero como los individuos que Dante colocó en su Infierno quedaron salvados por el arte que los condenaba. Y es que el artista se parece en esto a la Divinidad: en que no puede condenar sin salvar.

 

10

Con frecuencia Miguel Espinosa hablaba de sí mismo en tercera persona, designándose como "el autor de Escuela de mandarines", sobre todo cuando quería subrayar la cualidad irónica de algún suceso que le había sobrevenido. Es extraño, pero tal descripción, aunque era cierta desde el punto de vista de los hechos él había compuesto efectivamente ese libro, me sonaba a mí como un título misterioso, de carácter melancólico y secreto, que mostraba el sentido de su vida, y que exigía fe en su destino de escritor. Mi saber acerca del autor y de su libro parecía transformarse, pues, por obra de aquella expresión, en una especie de conocimiento creyente, mitad gozoso, mitad doloroso.

"Escuela de mandarines" es un libro que mi padre fue a buscar; "Tríbada", en cambio, es un libro que le salió al encuentro, y que fue escrito por él en el modo del apremio, de la desnudez y de la publicidad. Pero se trata, aquí, de un apremio, de una desnudez y de una publicidad tan extremos, tan radicales, que parecen propios de los últimos días, como si anticiparan el juicio final. Y es que "Tríbada" ha sido redactado al margen de las reglas de prudencia que regulan las relaciones entre la vida y el arte no es, sin embargo, un libro insensato; ha sido redactado valga la contradicción con seguridad absoluta, en medio de la total incertidumbre. De ahí que resulte el libro más original de Miguel Espinosa, y, a la vez, el libro en el que ha participado, y participará, más gente. Y por eso, también, esta obra tiene que ser considerada como esencialmente vinculada a la desaparición de su autor: después de vivir y de escribir así, queda claro que ya sólo cabía morir.

Miguel Espinosa murió en el curso de una asamblea de cierta mutualidad de seguros agropecuarios, que él había constituido, y de la que era asesor jurídico. Mi padre estaba siendo objeto de continuada y arbitraria exclusión por parte del presidente de la entidad. Por eso, había redactado, la tarde anterior a la reunión, un escrito dirigido a los mutualistas, en el que denunciaba los hechos, y que terminaba así: "Por último, pido a la asamblea ser escuchado". Fue ciertamente lo último que escribió, porque, al día siguiente, cuando iba a hacer uso de la palabra, su corazón no resistió la circunstancia. La asamblea no pudo oírle. Pues bien, este Congreso sobre mi padre significa y prueba que Miguel Espinosa está siendo escuchado por la asamblea: pero no por aquella triste asamblea de ganaderos, sino por la asamblea verdadera, por la asamblea de todos los hombres.