Miguel Espinosa, mi padre
Juan Espinosa
Publicado en Miguel Espinosa: Congreso, Editora Regional de Murcia-V Centenario. Comisión autónoma, 1994, págs. 21-58; reimpr. en Miguel Espinosa, mi padre, Granada, Comares, colec. "De Guante Blanco", 1996.
1
Miguel Espinosa fue mi padre, mi maestro y mi amigo; mantuvo conmigo una
relación imborrable, llena de gracia y verdad. Y yo diría que, en virtud de un
íntimo y misterioso acuerdo entre los dos, en virtud de una mutua vocación,
llegó a ser mi hijo. Siento, sí, la necesidad de comunicar esta intuición,
aunque me veo incapaz, ahora, de aclararla y desarrollarla como idea; permítaseme,
pues, que, una vez dicha, no dé más razón de ella. En realidad, él era la
atmósfera que me rodeaba y el elemento en el que yo me desenvolvía; y hoy,
diez años después de haber desaparecido, conserva en parte esa condición. Por
ello me resulta difícil, casi penoso, objetivarlo mediante un escrito, aunque
sea en el ámbito de mi subjetividad, y dirigiéndome a un lector propicio;
porque nadie puede convertir en tema aquello a partir de lo cual vive, sin dañar
un poco el propio ser. Y esto es tan cierto que, cuando escucho juicios
abiertamente elogiosos sobre Miguel Espinosa, me entristece la objetividad de
los pronunciamientos, por mucho que su verdad pueda confortarme. Entonces pienso
que sólo me daría satisfacción aquel juicio, acerca de mi padre, cuya verdad,
por la fuerza del espíritu contenido en ella, anulara toda objetividad. En este
juicio el conocimiento sería vida, con lo que se haría presente, salvada, la
persona de Miguel Espinosa.
Pero, claro, no está en la mano de hombre alguno poder semejante.
Cuando desapareció mi padre,
descubrí que había vivido tantos años junto a él sin llegar a hacerle una
pregunta, que ahora me parecía decisiva. La pregunta decía: "¿Quién
eres tú?". Me sentí culpable de no haberle formulado esta pregunta, si
bien comprendía que su presencia viva, siempre a mi lado, había impedido
precisamente el nacimiento de ésa cuestión, que presuponía su ausencia, y un
saber acerca de su ausencia.
¿Quién era Miguel Espinosa?
Hoy, a pesar de que él se manifestó y acreditó, cumplidamente, mediante el
afecto, la palabra y la escritura, tengo la sensación de que pasó entre
nosotros manteniendo su incógnito. Tal impresión se acrecienta, de hecho,
cuando leo cualquiera de sus obras. Llega cierto momento, así, en que he de
interrumpir la lectura, cerrar el libro y buscar, casi sin quererlo, primero a
mi alrededor, y luego más lejos, a la persona que está detrás del texto.
Persona, aquí, es esa especie de centro invisible del que parten, o sobre el
que convergen ―da
igual―, las líneas de fuerza que inspiran y arman los textos.
"Mucho ser debe de encerrar este centro ―me digo entonces, olvidando que
hablo de mi padre", para dar unidad a libros que son creaciones tan
diversas..
¿Quién fue Miguel Espinosa?
Quienquiera que fuere, parecía sostener el mundo sin esfuerzo; parecía poseer
las cosas sin necesidad de cerrar la mano sobre ellas; parecía, incluso,
disponer de recursos para salir airoso, con bien, de situaciones en las cuales
el salir ya no es, ciertamente, una posibilidad humana.
Por eso, cuando supe que había
muerto, y fui a verlo, la incredulidad y el escándalo intelectuales, ante la
materialización de un absurdo, de un imposible puesto ahí, delante de mis
ojos, me preservaron, en principio, del dolor.
Mi primer pensamiento fue que
él, con astucia, con prudencia política, se hacía el muerto, cumpliendo
externamente con el destino, para poder retener la vida, y usar de ella en el
momento más oportuno. Y como su cuerpo presentara el aspecto de todo cadáver ―según es
fuerza―, como no resultara en esto diferente de cualquier otro, en
tal sujeción suya a lo común yo creí ver disfraz y ocultamiento, la prueba de
que interpretaba una comedia, no por cósmica menos fingida. Y así como ciertos
espectadores, ante una representación llevada a cabo de manera admirable, no
ceden al encanto de la ilusión, sino que parecen más conscientes del
artificio, en razón de la perfección allí desplegada, así yo pude decirle:
"¡Estás vivo! A mí no me engañas. Te delata la maestría, el modo
virtuoso con que permaneces quieto".
(Acaso la muerte mienta más
de lo justo ―y por ello su mentira se
advierte― cuando mata a quien vive sobre
aviso. Va contra la conciencia vigilante con sobrado empuje, y deja tras de sí
un hecho, manifiesto a todos, pero también un signo. Descifrarlo consiste
entonces en volver esa evidencia del revés).
Corno ser humano que era,
Miguel Espinosa siempre había temido la muerte y tomado pena por los muertos.
Ahora, se le veía tan conforme con la circunstancia, tan dueño de ella, que se
hacía necesario, a fin de entender aquello, atribuirle una duplicidad de
voluntad, otro querer más propio y firme, desconocido para nosotros, de donde
arrancara la decisión de morir.
"Ya no comunicas tu
profundidad; ni siquiera me escuchas. Te recoges y cierras, y vives muy en
secreto, sin que nadie pueda llegar hasta ti. ¿Qué razones te han dado para
que obres así?" ―susurró mi desconcierto.
También consideré ―bien lo
recuerdo― los pasos dados por mi padre aquel día, hasta esa hora, como si, al
examinarlos, todavía pudieran tomar otro camino, que no le condujera allí. Él
había dedicado la mañana a asuntos del trabajo; luego, había conversado
conmigo, y con mi madre, y con José López Martí, su amigo; y, más tarde, por
fin, se había dirigido a cierta reunión. Pero los distintos episodios no
dejaban margen en su número, sucesión y encadenamiento; convocados una y otra
vez por mí, se presentaban siempre según el mismo modo: formando un conjunto
cerrado y ordenándose en una serie cuyo último término era la desolación.
Ninguno de ellos parecía señal de morirse; ¡de qué manera, pues, tan astuta,
lo siniestro elegía, para realizarse, un día cualquiera!, ¡cómo había
ocultado su intención hasta el final instante!
Muchos vinieron a dolerse
conmigo. Y, si bien les estaba agradecido, comparados con él, sombras me parecían,
en figura de vivos. Toda luz, ahora, declinaba en verdad hacia el oscuro. (Por
lo que toca a esto, mi memoria declara sin duda cosas extrañas ―el lector sabrá
comprenderlas―. Pero es que, a veces, en presencia de la muerte, la sensibilidad
piensa, y el entendimiento siente).
La desaparición de mi padre
resultó para mí un "suceso constitutivamente paradójico" ―por usar
una expresión de Gonzalo Sobejano―. Un suceso así, naturalmente, nunca está
acabado, y aunque pertenezca ya al pasado, todavía puede inspirar auténtico
temor ―a mí, desde luego, me lo
inspira―, porque pertenece también al futuro,
y a cualquier tiempo, en virtud de su peculiar naturaleza.
La muerte de Miguel Espinosa
partió mi biografía en dos: antes y después de su desaparición. Por obra de
este acontecimiento se me reveló el carácter histórico de la existencia, de
la suya y de la mía, y quedé en condiciones de acercarme a otras muchas catástrofes,
individuales y colectivas. A fuerza de poseer realidad, esa pérdida representa
a mis ojos una categoría del conocimiento, una especie de lente a través de la
cual el sufrimiento humano adquiere mayores proporciones y, sobre todo, otra
dimensión.
Hasta entonces ―lo
confieso―,
yo no había advertido la significación de Antígona: que es duro, casi
mortificante, tener que velar, ante las gentes, por los derechos de alguien que
ya no existe, por la justicia debida a un muerto; y que quien lo intenta
participa, por decirlo así, de la indefensión de lo sagrado, quedando
expuesto, más que otros, al ser exterior del mundo.
Diez años me separan ya del día
en que murió Miguel Espinosa. Nadie ―ociosa
aseveración― ha podido detener jamás
el curso del tiempo. Con tener presente eso, a menudo se me ocurre que han
transcurrido estos años porque entonces, en mi tibieza, fui incapaz de
comprometerme plenamente con la hora y circunstancia de mi padre muerto.
"Si lo hubiera hecho, tal vez no habría anclado el tiempo, y hoy sería, aún,
aquel momento" ―pienso. Y, sugestionado por la idea, me atrevo a considerar
que, faltando al amor, perdí la oportunidad de poner el engaño de la materia y
sus leyes al descubierto. Luego, continúo discurriendo: "Si hubo flaqueza,
no fue sequedad del afecto, sino debilidad del vivir; quizá la vida sea olvido
de los que se fueron, un olvido tan esencial, que sirve de supuesto al recuerdo
mismo". Y, conforme digo así, experimento la necesidad de encontrar para
él, dentro o fuera de mí, una manera de existir más fuerte y actual que el
ser de lo evocado en la reminiscencia.
Sin melancolía contemplo hoy la relación que mantuve con Miguel
Espinosa. En medio de tal sentimiento, si no me equivoco, aceptamos el poder
del tiempo; lo reconocemos como señor natural de los seres y sólo le oponernos
la objeción de un suspiro. Pero cuando el pasado se impone como verdad, con
validez y presencia vigorosas, entonces no hay, no puede haber lugar para la
melancolía.
Mi
padre, en su estar lejos, parece adoptar ahora, en relación conmigo, el modo de
la más íntima cercanía, como si fuese mi testigo interior, como si ningún tema referido a su persona pudiera caer ya fuera de mí mismo.
Me gustaría creer que he dado sustancia a su recuerdo, transformándolo en una
especie de alma; que, una vez desaparecido, él hace en mí las veces de alma.
En ocasiones, sin embargo, por una ilusión propia de la conciencia ―que suspira
por el silencio, y en el ser silencioso se proyecta―, tengo la impresión de que
las cosas guardan, de mi padre, más y mejor memoria
que yo; entonces quisiera tornarlas como testigos de su vida, en la esperanza de
que den un testimonio que nada ni nadie pueda contradecir. (En realidad, esta
sugestión no se refiere sólo a los objetos personales de mi padre y a los
enseres de su entorno, sino a cualquier cosa material).
En fin, es historia, cierta,
que Miguel Espinosa nació en 1926 y murió en 1982. Pienso, no obstante, por más
que parezca aventurado, que quien parta tranquilamente de tales hechos,
pretendiendo decir algo sobre él, y no considere otro principio, de mayor
entidad, ése, sin percatarse, incurrirá ya en dogmatismo, ya en mitología; en
todo caso, extraviará su asunto.
2
Mi padre poseía un fino
sentido del misterio percepción que servía de base a lo que llamaré su
seriedad irónica, la seriedad irónica de Miguel Espinosa. Él, en efecto,
experimentaba la realidad como misterio, es decir, como un ámbito imponderable
e inconmensurable, en cuyo seno subsistían, y adquirían significado y valor,
plácidamente todos los seres y todos los sucesos, un ámbito que dejaba
abiertas todas las cuestiones. El misterio no se aclaraba sino poniendo de
manifiesto su condición misteriosa.
Ahora bien, Miguel Espinosa
era demasiado serio para asentar su seriedad sobre unos principios, o leyes
universalmente válidas, que descansaran a su vez en un sistema, o estructura
acomodable a la razón. Mi padre sentía que el mundo no es un sistema, sino
misterio; sabía, también, que el hombre serio, apoyado en sus principios,
adquiere la rigidez, cómica, de una estatua en su pedestal. Por eso, la
seriedad estaba en él remitida y referida al misterio. Pero la gravedad, cuando
tiene por fundamento y objeto el misterio, se determina como distancia irónica.
Tal ironía carece de raíces estéticas e intelectivas; no depende del sentido
de lo cómico y de lo risible; ella resulta más bien de una especie de limitación
o freno internos que la seriedad realiza sobre sí misma, en atención al
misterio.
Creo, sinceramente, que, desde
la noción de seriedad irónica, considerada como esa peculiar actitud de
compromiso con las cosas y distanciamiento de ellas, cabe iluminar buena parte
del mundo intelectual, moral y afectivo de Miguel Espinosa, y, desde luego, la
totalidad de su universo literario. Entenderse como contemporáneo de los
griegos, desterrado en el tiempo; presentar la verdad de manera indirecta, a
través de voces cínicas, cual los mandarines, o el gozante Camilo; y querer
convertir en problema de todo hombre la cuestión de Damiana y Lucía, querer
transformar en calamidad pública, en desastre del mundo, una conmoción
personal, nada de esto es posible si no se actúa desde tal instancia.
(Adviértase que he dicho
misterio, y no enigma. Éste siempre encierra hostilidad hacia el hombre, que se
ve forzado a triunfar de su oscuridad. Pero la victoria humana sobre lo enigmático
nunca es lo suficientemente clara; a decir verdad, la claridad victoriosa del
hombre resulta problemática. Y es que el enigma se deja sin duda solucionar,
pero a condición de que traicionemos nuestra naturaleza; y es precisamente
entonces cuando se torna más indescifrable, cuando gana su última y definitiva
oscuridad. El misterio, en cambio, no se aclara: se vive, o se profana. Y, si lo
vivimos, nos permite existir como hombres, sin obligarnos a ser más de lo que
la realidad sabe que somos).
A mi modo de ver, Miguel
Espinosa vivía en un relativo desconocimiento u olvido de sí, que le permitía
escapar a toda relación malsana consigo mismo, y orientar sus energías hacía
el ámbito exterior, hacia tareas eminentemente reales y objetivas, como si el
ser de su persona no descansara tanto en una estructura reflexiva, cuanto en una
referencia a otras personas y al mundo: de ahí, seguramente, su interés por el
prójimo y su sentido de la realidad, excepcionales.
"Escuela de
mandarines" enseña que en el infierno todos los condenados andan
preocupados de sí, en un ensimismamiento. Nada más contrario a Miguel
Espinosa, de seguro, que el yo romántico e idealista, que busca su propia
identidad o se pone a sí mismo como centro. Nada más lejos de mi padre que
cultivar la disciplina del alma, con su introspección y su autoexamen, con sus
experiencias anímicas y su eterno proyecto formativo en relación con el carácter.
Él repudiaba esta práctica del espejo, y esa complacencia, torpe, que el
sujeto encuentra en lo suyo, sea un vanidoso, o un atormentador de sí mismo.
Diríase, en verdad ―si tal cosa fuera psicológicamente
posible―, que Miguel
Espinosa concurra como una personalidad sin yo, como una conciencia objetiva sin
conciencia de sí.
Diríase, también, que mi
padre carecía de vida interior, y esto sería, sin duda, otra gran paradoja;
acaso sea la paradoja de la espiritualidad: estar privada de juego interior. A
Miguel Espinosa no se le veía ―yo al menos no lo
veía― moverse, entre
estrecheces, dentro de un espacio psíquico o mental; tampoco, exaltarse y
ampliar su horizonte por medio de algún ardid o sugestión, ya retórico, ya
gnoseológico, destinado a convertir la propia conciencia en beneficiaria del
mundo y su inmensidad.
Cuando Miguel Espinosa se
manifestaba, su manifestación no recordaba la exteriorización de una
interioridad, pues él parecía operar desde un dominio límite. Tal ámbito no
podía venirle pequeño ni grande, porque se trataba, sencillamente, de un punto
inextenso, de un lugar sin dimensiones, de una intensidad. Quizá por eso, para
cada circunstancia, mi padre tenía criterio en el acto, como si su
entendimiento no dudara ni su voluntad vacilara. Nunca lo vi divagar,
extraviarse en laberintos, o enredarse con lo equívoco. No pretendo sugerir,
naturalmente, que mi padre fuera infalible; sólo digo que actuaba con una increíble
seguridad. Y por obrar así, cuando se engañaba, vivía sus errores de manera
grave y sombría, como auténticas culpas.
En realidad, en Miguel
Espinosa el pensamiento adoptaba la forma de una percepción, de una mirada, más
que de una reflexión; pensar venía a ser, en él, la unidad inmediata de mirar
y saber. No menos singular resultaba su mundo afectivo: así, careció de
verdaderos conflictos, si por tales entendemos los desajustes producidos por el
desacuerdo y la lucha con uno mismo, aunque quiso el destino que siempre
encontrara obstáculos y resistencias en su camino. Me atrevería a decir,
incluso, que sus sentimientos no parecían estados internos de un yo, sino
contenidos emotivos del mundo, independientes del sujeto ―tal vez en "Asklepios"
se realice un lirismo de esta naturaleza, objetivo―. En fin, a Miguel Espinosa,
a su capacidad de emoción y sufrimiento le cuadrarían bien aquellas palabras,
paradójicas, que Tomás de Kempis dijo del amor ―palabras que también podrían
servir, por cierto, como clave del "pathos" presente en "Tribada"―:
"angustiado, no se angustia; espantado, no se espanta".
3
El amor con que los padres
aman a los hijos deriva su fuerza, y también su limitación, de esa certeza
inmediata, pero irreflexivo, que proporciona la sangre. Operando desde semejante
instancia, los padres desarrollan a menudo tuna ceguera en relación con la
figura de los hijos, en relación con sus verdaderos intereses y necesidades, y
esgrimen y ponen en juego un derecho que conoce pocas cortapisas, plagado de
exigencias para con éstos. Y rara vez, al obrar así, los buenos progenitores
pierden la buena conciencia, porque, en su opinión, ¿qué mejor intérprete
del ser y la circunstancia del hijo que el instinto del padre?
Pues bien, en relación conmigo, Miguel Espinosa encontró valor para
dejar en suspenso la potencia de la sangre, vínculo equívoco y exigente. De
esta manera, el afecto con que amaba pudo hundir sus raíces, serenamente, en la
claridad, haciendo posible la manifestación de mi persona (no digo en el
conocimiento, sino en la claridad, y pretendo decirlo con propiedad, sin dejarme
llevar de fantasía poética alguna). Su sentimiento natural por mí no lo
tradujo, así, en un derecho de parentesco. Por más que me esfuerzo, no consigo
recordar una sola ocasión en la que me ordenara o prohibiera algo. El consejo,
la sugerencia, la apuesta intelectual, las consideraciones humorísticas
ocupaban el lugar de los mandatos. Nunca se dirigió a mí con imperio, ni
siquiera con autoridad. Y ya desde la niñez, aunque esto parezca increíble, me vi tratado por él en pie de igualdad. Ciertamente, me dejó ser
niño, y yo ―creo― lo fui del todo; pero no por ello me mantuvo, aun con carácter
pasajero, en una situación de menoría de edad.
En fin, su amistad
desinteresada y su respeto por mi independencia fueron tan reales que, para
comprenderlos y expresarles, he de valerme de un mito. Con esta imagen mítica
no falsifico la historia; al contrario, intento mostrarla en su verdad. Es como
si, en un momento anterior al tiempo y en un lugar exterior al espacio, hubiéramos
sido presentados, el uno al otro, por alguien con autoridad suficiente, con
poder bastante, para decirle a él, mientras me señalaba a mí: "Éste será
tu hijo"; y él se hubiera sometido de buen grado al designio, acogiéndome
en su casa, con los privilegios y prerrogativas de un hijo, pero haciendo dejación
de cualquier derecho fundado en la paternidad. En su hogar también fui como un
huésped que llega, y no se va, sino que se domicilia para siempre allí, porque
encuentra un afecto hospitalario más fuerte que toda comunidad de estirpe.
He aquí, pues, lo que debo
declarar en favor de aquel hombre: que, habiéndome engendrado, me trató como
si me hubiera adoptado; que, aunque me dio la vida, me recibió como si yo fuese
anterior a ella, como si yo fuese espíritu; que observó conmigo, de manera
ejemplar, las leyes de la hospitalidad, para que mi necesaria participación en
su naturaleza pudiera ser experimentada como libertad.
Mi alianza con Miguel Espinosa
resultó, sin duda, satisfactoria. A veces, sin embargo, me pregunto si no faltó
algo entre nosotros para que la unión viniera a ser completa. Entonces lamento
no haberme enemistado con él en algún momento; echo de menos un elemento de
disconformidad, de conflicto y distanciamiento pasajeros, que habría
proporcionado más hondura a nuestra relación. Llego a pensar así, con
envidia, en la figura del hijo pródigo, que se separa del padre, para
recobrarlo al cabo en una experiencia única de consuelo y restitución. Pero ya
es tarde, por supuesto, para que yo pueda desempeñar ese papel.
Lo que he afirmado antes en relación con su condición de padre
adoptivo, puede y debe ser visto desde otro ángulo. Con frecuencia mi padre me
decía frases corno la siguiente: "Hijo mío.... ¿me das un vaso de
agua?". La expresión "hijo mío" en su boca, tenía una
sonoridad y un peso completamente sacramentales Diríase que en la resonancia
solemne de estas dos palabras se actualizaban y brillaban, por unos instantes,
muchas tradiciones paterno-filiales: parecía verse,
allí a los patriarcas bíblicos, al padre de familia
romano, y, por qué no, a ese anciano progenitor que tanto veneraba la antigua
cultura china. Pero, claro, tal énfasis piadoso, tal puesta en escena, sólo
tenía finalidad el solicitar un simple vaso de agua. Había, por tanto, un
principio de humor, de ironía, que nos liberaba, a él y a mi, de la comunidad
de sangre, situándonos en un ámbito donde ya no éramos padre e hijo, sino dos
individualidades ―digámoslo
así― en medio de la claridad. Y a veces, esta sola
expresión, "hijo mío", pronunciada por él, sin más vocablos, ya
incluía, de manera sutil, tanto el compromiso con el significado que encierra
como la invitación cordial a tomar distancia del mismo. La relación padre-hijo
era, pues, algo que pertenecía a la naturaleza, sagrada, de las cosas; pero
también era una libre convención adoptada por nosotros. Y es que Miguel
Espinosa exageraba teatralmente la piedad debida entre padre e hijo, con vistas
a convertir esta relación en arte. Sí, encareciéndola por un lado, y objetivándola
por otro, él hizo auténtico arte de la relación padre-hijo.
Aunque me dejara autonomía e
iniciativa, Miguel Espinosa miraba por mi vida ofreciéndome seguridad, sobre
todo a través de tiernas y risueñas adulaciones, de carácter intelectual.
"¡Qué fino, eso que has dicho; es finísimo!" ―solía exclamar ante
algunas de mis opiniones. En realidad, a poco que yo dijera algo con sentido, mi
padre se adhería a ello, lo celebraba y aun lo completaba con reflexiones
propias, a fin de hacer verosímil el caso. Y, puesto ya en faena, no vacilaba
en compararme con autores de fama ―indulgentes testigos, amables víctimas de su
exageración―, anunciándome un futuro de lo más venturoso en la esfera del
pensamiento. Estos elogios suyos halagaban sin duda mi vanidad; pero también
poseían un valor formativo para mí, la virtud de ampliar, o mejor dicho, de
intensificar mi existencia. Eran, en el fondo, la bella manera que él tenía de
instruirme en lo ideal, de proponente un camino y de llamarme a la decisión. Así,
la suavidad de su pedagogía ponía él bien antes que el ser, para que éste
resultara apetecible, al difundirse aquél. Hoy ―lo
admito― siento mucha
nostalgia de aquellas cosas; tanta, que pienso que no sería mal estado de
bienaventuranza escuchar de mi padre, por toda la eternidad: "Juan, ¡qué
fino, eso que has dicho; es finísimo!"
Mi padre me enseñó muy
pronto a jugar al ajedrez. Su capacidad festiva convertía el juego en otro
juego, de segundo orden. Cuando yo iba a mover una pieza, por muy clara y segura
que fuera la jugada, él me advertía: "¡cuidado con los coches, que
tienen ruedas!" Y cuando llegaba su turno, decía casi para sí, vacilante:
"Me lo como todo, no me como nada". Susurraba, canturreaba primero, y
luego cantaba abiertamente esta expresión, imitando las voces y coros de las
zarzuelas y óperas cómicas, pero con tal ritmo y fuerza crecientes que acababa
por aturdirme, y me obligaba a reclamarle silencio, al borde del enfado. Supongo
que él sentía ternura ante la estampa del niño, su hijo, reflexionando, muy
serio, con las reglas y los elementos de una estructura dada, como es la del
ajedrez.
En ocasiones, de manera
arbitraria, para hacerme rabiar ―pienso―, decidía que la jugada, inofensiva,
que acababa de realizar era admirable. Entonces desplegaba un teatro con pocos
precedentes en la larga historia del ajedrez: ponía cara de asombro, abría los
brazos, o se llevaba las manos a la cabeza, declarando que un ángel, sin duda,
le había iniciado en los secretos del juego. A veces llegaba, incluso, a
levantarse y, con gestos exagerados, simulaba que los espectadores de la
partida, los famosos mirones, le felicitaban y abrazaban por lo hecho.
"Gracias, gracias; no tiene importancia" ―decía, repartiendo
imaginarios saludos en todas direcciones.
Motivos procedentes de la
historia de Roma y de los mitos griegos se hacían presentes en el juego, coloreándolo
de forma anacrónica, no sin encanto. Así, los peones eran legionarios de la
República o del Imperio. Mi padre solía colocar una banderita, a modo de
estandarte, en el peón más adelantado, con la inscripción "S.P.Q.R.",
abreviatura del lema "Senado y Pueblo Romanos". Los caballos, en
cambio, resultaban centauros, auténticos centauros, veleidosos y amenazantes.
Él tenía por conveniente acompañar el movimiento del caballo de un sonoro
relincho, no obstante esa su cualidad antropomórfica. jugando con él de
aquella manera, pude, tan pequeño, seguir a Aníbal en su paso por los Alpes;
marchar, de la mano de Pompeyo, contra los partos; o asistir, corno invitado de
excepción, a las bodas de Piritoo e Hipodamia.
Mi padre sentía predilección por la reina. Pues bien, yo no podía
menos de ver cierta semejanza entre la diosa Atenea y la pieza más valiosa del
ajedrez. "Esta hija de Zeus" ―había dicho mi
padre― es una divinidad guerrera y pensativa". La fortaleza, la capacidad de
combate de la Dama a la vista estaba; y si no se mostraba meditabundo, por ser
cosa en el tablero y carecer de conciencia, sí me obligaba, al menos, a cavilar
para prevenir sus movimientos, por lo cual terminaba resultando, a su manera,
una protectora de la reflexión, como la diosa. En el fondo, ambas mujeres me
desagradaban, sobre todo Atenea. No podía ser de otra forma. A un niño, por
decirlo así, todavía le falta masculinidad para comprender que esa deidad es
una figura de la ironía masculina, y reconciliarse con ella.
Fue mi padre, también, quien
me hizo ver, más tarde, cómo el ajedrez era una trama ideada para mayor gloria
de la monarquía. Un rígido protocolo impedía que el rey pudiera ser muerto de
manera accidental o contingente, en un descuido, Para que el soberano
sucumbiera, había que planear y anunciar su muerte desde la férrea necesidad
de las cosas. Pero, cuando esto se hacía, terminaba la partida, y aquella
muerte no llegaba a verse realmente, pues caía ya fuera del juego. Cabía, eso
sí, iniciar una nueva partida, con otro rey que, cómo no, era el mismo rey.
En realidad, para Miguel
Espinosa, el ajedrez, más que una metáfora sobre la historia y la guerra, era
una imagen del pensamiento humano cuando queda condenado a desenvolverse, no en
el mundo, sino en la cárcel de un sistema. Por eso no hacía aprecio del juego.
Miguel Espinosa explicaba la
conducta de las personas que amaba, eligiendo, entre todas las explicaciones
posibles, la más favorecedora. En verdad, proporcionaba aclaraciones que no sólo
salvaban a los seres objeto de su afecto, sino que enriquecían el mundo, al
prestarle una irónica complejidad. Mi comportamiento siempre fue interpretado
por él con arreglo a estos principios. Pondré un ejemplo:
Una vez, me inscribió en
cierta academia de estudios. Yo hacía entonces el primer curso del
bachillerato, por enseñanza libre. Estuve allí, en la academia, una mañana, o
una tarde, y ya no quise volver. No recuerdo en qué términos justifiqué, si
es que lo hice, mi rechazo de aquello. Si di razones, debieron de ser razones
muy simples, propias de un niño. Mi padre accedió inmediatamente a mis deseos;
pero creyóse en la obligación de ofrecer una explicación al director del
centro.
Pues bien, no se le ocurrió,
para decir, nada mejor que esto: Que, dados mis conocimientos, sensibilidad, método
crítico y cultura, aquella academia, con sus profesores, alumnos y disciplina,
resultaba insufrible, un auténtico tormento para mi espíritu... Humillado y
ofendido por tales exageraciones, el director de la academia apenas pudo
contener su irritación, y algo masculló acerca de mis limitaciones: dijo que,
a su juicio, yo no volaba tan alto. Hizo bien el hombre, ¡qué demonios!
Es difícil reproducir el tono
con que mi padre declaraba estas cosas, y otras parecidas. Naturalmente, él
estaba muy lejos de hablar en serio; pero tampoco hablaba en broma. No había
descubierto en mí, desde luego, esos méritos y capacidades, porque, entre
otras razones, yo no los tenía. Sin embargo, no se los inventaba. Aquellas
cualidades eran, por expresarle así, los atributos que idealmente convenían a
un hijo suyo. Y él, habiéndoles visto y reconocido en su posibilidad y
necesidad, en una especie de cielo platónico, los traía gustosamente a la
existencia, como predicados ciertos de mi persona, para que, al menos en mi
caso, el mundo real se adecuase a su esencia.
Por otro lado, tampoco había,
en la intención de mi padre, menosprecio de la academia. Él proponía un mundo
utópico en el que los niños sabían más que sus maestros; y pensaba que el
director, como profesional de la enseñanza, sabría agradecerle esta nota de
humor, que le liberaba por unos instantes de su oficio.
Miguel Espinosa convertía en
proverbiales las frases que eran de su agrado, a fuerza de usarlas humorísticamente,
y gastaba con nosotros múltiples bromas de índole verbal. Veamos algunos
casos:
Según creo, había leído
cierto relato en el que se contaba cómo unos marineros, después de penosa
navegación, restablecíanse con alimentos frescos. Para satisfacción estética
de mi padre, el autor describía parte de la escena así: "Y los enfermos
del escorbuto parecían volver a la vida"... De modo que, muchos días,
durante la comida, en el momento del postre, fruta casi siempre, él traía esa
sentencia a la mesa; decíala pausada y gravemente, con acentos cavernosos, de
ultratumba, como si quisiera condensar en ella la novela de aventuras y un
tratado de medicina. Y yo, niño aún, ponía mi vista, sin pestañear, en las
naranjas y manzanas, repentinamente exóticas; y toda mi fe, en la eficacia,
soberana, de las vitaminas,
A fines de los años
cincuenta, en mi niñez, aún era costumbre proteger los zapatos, de la lluvia y
del barro, mediante unos chanclos de goma. Pues bien, mi padre, cuando precisaba
de tal calzado para salir, pronunciaba, y no en voz baja, las siguientes
palabras: "¡Dadme los chanclos sifilíticos!" Dejaré a los versados
en lengua o en sicología del chiste el oportuno comentario. Sólo indicaré que
yo, ignorante de cualquier intención y significado, disfrutaba sobremanera con
la expresión, seducido por sus últimos sones, más musicales para mí cuanto,
más carentes de sentido; y esto, ante las reservas de mi madre, que, en su
decoro, no terminaba de aprobar semejante enredo.
Que, como niños, nada entendíamos;
que la memoria cambia las cosas, al evocarlas; y que aquel humorismo de Miguel
Espinosa todavía tiene secuelas inesperadas; todo ello se comprenderá si se
sabe que, no hace mucho, mi hermana formulaba, tranquilamente, este gracioso
absurdo: "¿Recuerdas cuando papá pedía sus chanclos filatélicos?".
4
Miguel Espinosa experimentaba
una profunda simpatía por todo lo humano; su necesidad de compañía, y de
comunicación con la persona, era inexcusable. En consecuencia, no sólo estaba
de buena gana delante de la gente, sino que ejercía su ciudadanía como quien
participa en una fiesta. A mi padre le encantaba traer y llevar recados,
ofrecerse como consejero, mediar en cualquier pleito, salir fiador por otro, y
formar sociedad con el primero que viniera. Donde los hombres concurren y se
tratan, allí estaba él, dispuesto a actuar de mensajero, de confidente, de
secretario, de testigo, de avalista, de acompañante o, simplemente, de
espectador.
Mi padre aceptaba toda clase
de encargos, si eran ocasión de darse la mano con alguien. Su capacidad para
involucrar a los demás en asuntos propios y ajenos, y para implicarlos entre sí,
resultaba portentosa. Favoreció, llevó a efecto, así, no pocas iniciativas
destinadas a poner en comunicación a un ser humano con otro. Él no se
desentendía, sino que siempre respondía de tales relaciones, con buenas
razones y mejores promesas. Por ello fue acusado, más de una vez, de
entremetido y enredador; cierto amigo de los tiempos de colegio llegó a
decirle, irritado, que se anduviera con cuidado, no fuera a pasarle lo que al
chambelán Polonio ―en el drama de
Shakespeare―, cuya triste suerte enseñaba
"cómo tiene sus riesgos el ser demasiado oficioso".
Sin embargo, él no sentía
temor de mediar entre la gente, ni siquiera entre reyes, reinas y príncipes
airados. Disfrutaba preparando estos encuentros, y asistiendo a ellos ―no
precisamente oculto tras unos cortinajes―, atento a los distintos caracteres.
Con una sonrisa, consciente de la ambigüedad del juego, hacía su entrada en
escena; luego, puesto delante de cada uno, o en medio de varios, hablaba de lo
suyo, es decir, de aquello que, sin ser común, interesaba a todos, en razón de
su universalidad. Miguel Espinosa siempre hablaba a favor de los hombres, pero,
por decirlo así, desde el punto de vista de las cosas, no de los hombres. Por
eso es tan difícil determinar si era el suyo un optimismo o, más bien, un
pesimismo antropológico.
El interés y la curiosidad de
Miguel Espinosa, por los demás, resultaban excepcionales.
En la calle, por muchos lados
se alegraba, dando comunicados, mediante voces, a unos; parándose con otros, y
saludando a todos. Aquí, con olvido de cualquier urbanidad, se detenía y volvía
la cabeza, y el cuerpo entero, para observar a satisfacción el paso del prójimo;
o se iba tras él, embebido en su estampa; o nos lo mostraba con el dedo, al
descubrirlo viniendo, aunque éste sólo fuera conocido de vista, y se
encontrara ya enfrente y muy cerca de nosotros. "¡Mira, mira: ése es
fulano!" ―decía expectante, ilusionado como un niño. Y no teníamos más
remedio que responder: "Lo he visto; pero, por favor, no señales así".
A veces, él llegaba excitado a casa. "¿Sabéis la noticia, sabéis
la noticia?
―preguntaba. La novedad no era un acontecimiento internacional,
nacional, ni siquiera local; tampoco se trataba de un suceso relacionado con
nuestros amigos o familia. Era, a lo mejor, que el hijo de una vecina, al que
apenas conocíamos, se casaba, o se separaba, o cambiaba de trabajo ―para el
caso, da igual―. Pues bien, mediante observaciones y consideraciones de diverso
tipo, sicológicas, sociológicas, morales y humorísticas, mi padre glosaba
este hecho de tal manera que, de ser asunto anodino e insustancial, pasaba a
convertirse en fuente permanente de significación, generando, por sí sólo,
una pequeña leyenda, casi un cielo mitológico. Y hasta el alma más seca y fría
terminaba sumándose, de buena gana, a aquella fiesta, contagiada del entusiasmo
que mi padre ponía en la celebración del prójimo y las cosas del prójimo.
En muchas de estas ocasiones,
mi madre, que era sumamente discreta, le pedía que no pronunciara algún nombre
propio, porque podían oírle los vecinos. Él atendía el ruego, y de inmediato
sustituía aquel nombre por una descripción improvisada, suavemente risible,
pero de tanta complejidad metafórica y barroca, qué podía rivalizar, por su
dificultad, con los manierismos del Góngora más oscuro.
Miguel Espinosa era incapaz de
guardar un secreto, y así lo reconocía, risueño. Llevado de su afán de
comunicación y diálogo, ponía en conocimiento de la gente cuantos datos y
circunstancias personales le hubieran sido confiados, por reservados o íntimos
que fueran. De poco servía hacerle ver los disgustos que traería una
indiscreción suya en relación con determinadas personas; de poco, rogarle,
advertirle o amenazarle, para que no revelara algo a nadie. Con seriedad
convincente, rayana en el candor, nos tranquilizaba y ofrecía las mayores
seguridades al respecto. No mucho tiempo después, sin embargo, aquello ya era
de dominio público.
Resultaba vana precaución, y
nula garantía, comprometerle por medio de un juramento, porque él prometía
cualquier cosa, con tal de participar en el secreto, y divulgarlo luego. Sólo
si se le hacía jurar por la memoria de su madre, había, es verdad, alguna
posibilidad de que lo dicho no trascendiera. A veces, cansado de tantas
apelaciones a su responsabilidad, él mismo nos prevenía de manera clara:
"Cuéntame eso, si quieres; pero ya sabes que no podré callarlo". Según
mi madre, hacer confidencias a mi padre era como dar un sueldo al pregonero,
para que las llevara y extendiera por ahí, a su antojo. Diríase que él cumplía
a la perfección aquel precepto evangélico: "Lo que escuchéis al oído,
proclamadlo desde los tejados".
Con todo, Miguel Espinosa no
resultaba una persona indiscreta, como podría pensarse. Estas actuaciones suyas
no obedecían, por cierto, a descuido o alocamiento; ellas respondían, más
bien, a un sentido superior de la prudencia, según el cual la única cosa
inoportuna, la única verdaderamente temeraria, necia y vergonzosa en este
mundo, era el silencio orgulloso de los hombres.
En el mundo moral, Miguel
Espinosa actuaba con plena libertad frente a cualquier precepto; pero sintiéndose
responsable ante algo más elevado, o más profundo, que la norma, una realidad
de la cual la propia norma deriva su validez, y que podíamos llamar el
fundamento de la ley. Sin embargo, para los otros, aquella libertad suya
resultaba más evidente que esta responsabilidad. Por eso, los que se
aconsejaban con Miguel Espinosa quedaban a menudo sorprendidos, y hasta
defraudados, porque mi padre nunca decía, en cada caso, "Eres libre; haz
lo que quieras", o "Haz como yo", sino "Cumple la ley".
Él, pues, no favorecía desorden o romanticismo moral alguno.
Miguel Espinosa abordaba a los
demás, y se dejaba abordar por ellos, sin cautelas ni prevenciones. En la
esfera de las relaciones personales, el albedrío de mi padre se manifestaba
como falta de convencionalidad. Él siempre rompía la convención, la lógica
de la situación; lo hacía con una palabra dirigida al ser del hombre, por
encima de su condición u oficio. Pero, por eso mismo, procuraba no mostrarse
extravagante ni dárselas de original, y, desde luego, no dañar gratuitamente a
la persona. A mi padre le repugnaban sobremanera esos intentos de escapar de la
propia vulgaridad, por medio de acciones insólitas, pretendidamente ingeniosas,
pero carentes, en realidad, de gracia, acciones basadas en el menosprecio y
afrenta del prójimo, colocado, por la circunstancia, en una situación de
forzosa subordinación. Por ejemplo: contratar a un taxista para que nos lleve a
un descampado, y, una vez allí, hacerle dar vueltas durante horas, mientras
observamos, divertidos, su gesto de perplejidad. Por desgracia, muchos artistas
e intelectuales españoles han sentido inclinación por este tipo de
comportamientos. Un inglés quizá hablaría aquí de esnobismo; mi padre tenía
una calificación mucho más contundente: señoritismo fascista.
Es curioso, pero mi padre no
veía una relación de causalidad entre las críticas que podía hacer, en público,
a ciertos amigos y conocidos ausentes y la actitud de éstos ―humana―, de
disgusto con él, cuando tenían conocimiento de aquello. "¡Qué extraño!
Fulano me ha contestado con frialdad, y Mengano se ha ido sin saludarme" ―comentaba a veces. "¡Pues está muy claro! De Fulano, acuérdate, dijiste
tal cosa; y de Mengano, tal otra. Es natural que estén molestos contigo" ―exclamábamos impacientes, haciendo gala de no poca sagacidad. Sin embargo, él
no llegaba a percibir una conexión real entre esos hechos. Seguramente, le
parecía incomprensible que aquellas censuras suyas, desinteresadas, casi
amables, ajenas a cualquier animosidad personal, pudieran dar lugar a semejantes
enojos, impidiendo la cordialidad con el prójimo. Prefería, así, pasar como
psicólogo ingenuo, desconocedor de los hombres, antes que admitir un saber tan
mezquino acerca del ser humano y sus motivos.
5
Mientras escribía
"Escuela de mandarines", Miguel Espinosa llegó a encargar fotografías
oficiales de la apertura del curso en la Universidad. En estos documentos aparecían
diferentes catedráticos, en procesión por el claustro, o asistiendo a la lección
inaugural, revestidos con los ornamentos e insignias del saber: la toga, la
muceta y el birrete, más la medalla. Mi padre llevaba aquello, a casa, como
quien trae un tesoro, y se deleitaba viéndolo; sin duda era motivo de inspiración
para él, fuente de auténtica excitación intelectual, estética y moral. Más
tarde, cuando publicó su obra, y hubo que diseñar el cartel que la anunciara,
propuso una de esas fotografías, convenientemente desfigurada, como ilustración
del mismo.
El también tenía a la mano
cierto programa, editado por la Universidad de Murcia, con el ceremonial para la
investidura de doctor "honoris causa"; y, cuando le venía en gana,
recitaba, entre guiños, alguna parte del ritual. Así, podía muy bien saludar,
interrumpir o despedirse de esta manera: "La Sabiduría se te ofrece
voluntariamente como esposa en perpetua alianza; procura mostrarte esposo digno
de tal esposa"; o, mientras se afeitaba, proclamar frente al espejo,
puestas las manos sobre el lavabo, atril improvisado: "Do tibi facultatem
legendi, inteligendi et interpretandi"; y la fórmula parecía inundar con
su magia el cuarto de baño. A mi padre ―bien lo
recuerdo― le producía
distracción grande un pasaje que terminaba de la siguiente forma: ".... en
la Universidad de Murcia y en cualquier lugar del orbe"; no contaré cómo
glosaba semejante frase, ni cómo remataba con ella, por juego, aseveraciones de
distinto género, en variaciones a cuál más peregrina.
En realidad, Miguel Espinosa
siempre pensó que el espíritu residía en Dios, en la persona, o en la
Naturaleza misma, antes que en las instituciones.
Por su doble condición de artista y de maestro, mi padre fue especialmente severo con los profesores. Resultaba principio y doctrina reiterada de Miguel Espinosa la ignorancia de estos hombres. Para el autor de "La fea burguesía", la sinrazón se manifestaba, en los profesores, como afectación de saber; ellos eran sabios fingidos, cuya impostura planteaba un problema moral, y cuyo absurdo interno tenía efectos cómicos y, a veces, patéticos.
Demos algún detalle en punto
a esta visión espinosiana: alejado del ver y del vivir, del mirar y del saber,
el profesor presenta, como único mérito, su función retribuida y sujeta a
ordenanzas, su conducta solemne, y sus formas estereotipadas de expresión; aun
así, exige que ninguna cosa quede fuera de su dictamen. Él, cuando habla de la
institución, del bien habla; y como ejerce una autoridad de oficio, por encargo
de la comunidad, aunque no escribe, se hace autor, ¡oh maravilla!, de muchos
libros, más útiles y de más nota, si cabe, que los de verdad, pues tienen
valimiento con el Estado... Semejante comedia de asnos construyó Miguel
Espinosa a cuenta de los profesores; diríase que él los dejó atravesados,
para siempre, en aquel famoso "pons asinorum", que idearon los lógicos
medievales.
Creo, sin embargo, que a nadie
puede ofender tal punto de vista, pues su carácter tajante rebasa cualquier
motivo personal. Por lo mismo, pienso que debemos guardarnos de ofrecer
explicaciones sicológicas al respecto, atribuyendo al autor prejuicios
antiuniversitarios, de origen biográfico. La ignorancia de los profesores tenía
que ser condición y elemento constitutivo del universo literario de Miguel
Espinosa, por razones objetivas; porque conviene al arte que los guías incurran
en extravío; porque la verdad estética, como la verdad religiosa, se expresa
por medio de leyes que invierten sistemáticamente el orden convencional de las
cosas y los valores de este mundo.
Pero, entonces, ¿qué salida
se ofrece a nosotros, los profesores? Superaremos esta pregunta, sin necesidad
de contestarla, cuando aceptemos que es menester de la razón estudiosa poner en
cuestión su propia casa; cuando comprendamos que toda cultura, si pretende
autenticidad, ha de poseer fuerza espiritual para soportar y hacer suya la
paradoja. No queramos contradecir, pues, una sátira que está dictada ―valga la
expresión― por la naturaleza misma de las cosas; sintámonos llamados, más
bien, a rendirle cuentas; mejor todavía: sonriamos a Miguel Espinosa, con la
sonrisa de quien sabe que la ciencia se realiza, irónicamente, corno conciencia
de sí.
Recuerdo a mi padre, hacia 1973, escribiendo a Mercedes Rodríguez,
residente por aquellos años en Bruselas, destino diplomático de su marido. En
virtud de ésta y otras circunstancias, él había llegado a considerarla, sin
mucha, sin ninguna razón, seducida por el Poder y entregada a valores mundanos;
de allí que le enviara frecuentes cartas de amonestación
y censura, en unas holandesas que había mandado imprimir al efecto, con no poca
intención. Se trataba de hojas en cuya cabecera, con tipografía bastardilla y
grande, de color azul desvaído, figuraba él, Miguel Espinosa, como
"Corredor de frutas y verduras" (sic); abajo, a un lado, en una
aclaración aparentemente innecesaria, podía leerse la relación de los
productos que vendía: patatas, alcachofas, tomates, cebollas, lechugas... La
resonancia gruesa, casi risible, de los nombres de las hortalizas chocaba
festiva y tristemente con la identidad del remitente, el autor de "Escuela
de mandarines", y, desde luego, con el contenido intelectual y moral de la
carta, avergonzando al lector, consciente ya de la infamia del mundo ―un mundo
en el que los escritores se veían obligados a realizar tales menesteres―.
A veces, para desasosegar a la
destinataria, mi padre firmaba aquellas epístolas con la mano izquierda, de
manera manifiestamente torpe. Escrito así, su autógrafo parecía expresar
entonces algo siniestro: no sé si puerilidad, idiocia o demencia; en cualquier
caso, la enajenación cierta de su persona. Era como si el doctor Jekyll, al
concluir la meditación, en la hora y necesidad de su nombre, no hubiera podido
resistir los embates del señor Hyde.
En cierta reunión, a la que
asistía Miguel Espinosa, alguien, al despedirse, lo retó, no sin teatro, con
la siguiente pregunta: "Miguel, dinos, por favor, qué es el mundo".
Se trataba indudablemente de una pregunta victoriosa, es decir, de una de esas
cuestiones destinadas a prevalecer sobre cualquier respuesta posible. Pues bien,
mi padre, que sostenía en ese momento una cajita de fósforos en la mano,
contestó sin vacilación, mostrando el pequeño objeto: "Muy sencillo,
Pedro: el mundo es esta caja de cerillas y todo lo que no es esta caja de
cerillas". Y así salió airoso de la prueba, formulando una verdad tan fácil
y tan feliz que aprovechaba, incluso, elementos de aquella situación concreta.
Luego, dejó la cajita sobre la mesa, y allí quedó ésta, diminuta e inmensa.
Habíase puesto en claro que toda cosa, grande o pequeña, está hecha a la
medida de la razón humana, y conforme a ella debe ser usada. Pocas veces el
pensamiento ha sonreído así a la vida.
Desearía recordar aquí a José López Martí, el amigo de mi padre.
Ellos se entendían de manera admirable, en la más amena de las filosofías.
Por decirlo así, Miguel Espinosa, por vía de intuición artística, descubría
los teoremas, y López Martí, con su rigor intelectual, los demostraba. Mi padre, en cuanto tenía oportunidad, colocaba a su amigo muy
por encima de los más grandes pensadores, traídos a la comparación también
como amigos. Según el propio López Martí, no es que Miguel Espinosa y él
hablaran de temas, sino que, para ellos, el tema era hablar. Por eso mismo, podían
muy bien, llegado el caso, "hablar de lógica entre risotadas". A través
de esta frase, adviértase de qué manera, tan singular, la severidad de la lógica
y la vitalidad, casi desvergonzada, de las risotadas se perfeccionan mutuamente,
apuntando a algo que, por contenerlas, parece ser más que vida y más que razón.
Para uso personal y de su círculo,
Miguel Espinosa disponía, por cierto, de una Edad Media en la que filósofos
como Pedro Abelardo, Guillermo de Occam y Nicolás de Autrecourt ocupaban
primeros pianos. Habían sido espíritus heterodoxos y muy combativos; y mi
padre les atribuía extrañas costumbres y aun capacidades fantásticas, tal vez
con el propósito de asociarse a ellos, en clave de humor. Así, si alguien le
reprochaba su manera de comer, exenta de ceremonia y ciertamente voraz, él
aclaraba con naturalidad: "Es que yo soy corno Occam, que, después de
refutar a Aristóteles, sacaba del zurrón un mendrugo y lo devoraba en el
suelo". Con el mismo pensador franciscano como referencia, y metiendo por
en medio a su amigo López Martí, Miguel Espinosa también explicaba, a quien
quisiera oírle, por qué los reflexivos solían presentarse, en las reuniones,
de forma tan ruidosa: "Hacen lo que Occam, cuando venía de una disputatio,
que llamaba a la puerta del cenobio con el falo"... Y quién sabe si,
entonces, en algún lugar de la tierra o del cielo, en una tumba sin nombre, o
en la gloria de los filósofos, el auténtico Occam se regocijaba con este Occam
inventado y, por ello, también verdadero.
6
Recuerdo cuando yo era niño y
mi padre me llevaba a casa de su madre. Abría su hermana mayor, mi tía Teresa,
que siempre nos recibía con la siguiente expresión: "¡Vaya! Ya están
aquí el lobo feroz y el lobito". Aquellas palabras, más que adular mi
fantasía, me producían una íntima sensación de seguridad, de confianza en mi
padre, como si la relación con él quedara confirmada y reforzada
espiritualmente al proyectarse sobre el mundo animal. Y es que, por humor de un
encantamiento, en virtud de un conjuro amable, habíamos sido transformados en
lobos, en criaturas bien extrañas, y, sin embargo, él seguía siendo mi padre,
y yo su hijo. Su paternidad debía de ser, así, un atributo esencial, una ley
de lo real, pues se conservaba en medio de los cambios más radicales, incluso
cuando él perdía su aspecto y figura de hombre. Estábamos unidos, en
consecuencia, por algo más fuerte que la Naturaleza o los poderes de la magia.
Miguel Espinosa visitaba
diariamente a su madre; lo hizo mientras ésta vivió. Se sentaba junto a ella,
le cogía una mano, y le narraba las novedades del día. La ternura del mutuo
reconocimiento, con que se miraban y hablaban, siempre en voz baja, creaba un
clima de incomparable intimidad entre ellos. Miguel Espinosa, nadie lo ignora,
trató de manera extraordinariamente piadosa a su madre. A lo largo de su obra,
dejó testimonios de esta piedad. Y cuando ella murió, todos pudimos aprender,
viéndole, que el sentimiento de orfandad no tiene edad.
Miguel Espinosa alabó, de su
madre, la conformidad con la vida. Mi padre se refería, naturalmente, a la vida
de ella; yo pienso, más bien, que esta virtud de mi abuela tenía por objeto la
propia vida de él. Mi abuela Maravillas estaba conforme con el destino de mi
padre, con el destino de aquel hijo suyo cuyo ser no se acomodaba, no podía
acomodarse al mundo (Se trataba de una conformidad serena, pero melancólica,
pues ninguna madre puede escuchar con agrado, de boca de la gente, como
Maravillas escuchó, tristes vaticinios acerca de su hijo, ni ver contenta cómo
éste parece llamado a chocar con determinados órdenes de cosas). Así, aunque
ambos experimentaron no pocos apuros, ella nunca quiso forzar el carácter de mi
padre, para que él pusiera su capacidad al servicio de fines que le eran extraños.
Debo manifestar aquí que
Miguel Espinosa fue retado muchas veces, por distintas personas ―alguna muy próxima
a él―, para que probara su superioridad mediante signos de prestigio, poder o
riqueza, esto es, mediante éxitos sociales. Mi padre llevaba tales burlas con
paciencia, adoptando un mutismo mitad sonriente, mitad desilusionado. Por eso,
la parábola que cierra "La fea burguesía", titulada "El
silencio" ―donde lo narrado se revela como la historia de una
tentación―,
da sentido a la obra, sí, pero también responde a esta circunstancia de la
existencia del autor, haciéndola esencial.
He dejado caer la expresión
"apuros". La adversidad económica presidió, ciertamente, una época
de la vida de Miguel Espinosa.
¡Cuántas veces estuvimos,
buena parte del día, sin nada que comer, hasta que llegaba él, radiante,
trayendo consigo leche condensada, bocadillos y pasteles de carne! Estos
alimentos 'no me parecían entonces comestibles adquiridos tranquilamente en las
tiendas, sino víveres que mi padre hacía pasar, en medio de dificultades, a
una ciudad sitiada; o, mejor aún, la pieza con que al cabo se alzaba, como
cazador magnífico, a despecho de selvas peligrosas y tribus hostiles.
Recuerdo cuando le embargaron,
entre otras cosas, la máquina de escribir, que había pertenecido a su padre.
Todavía me parece ver a los agentes del juzgado recorriendo la casa de mi
abuela, con el inventario de bienes en la mano. Y digo la casa de mi abuela
porque, a estas alturas, él no poseía casa propia, ni siquiera en régimen de
alquiler. A partir de entonces, tuvo que acudir a dos emisoras de radio,
juventud y Popular, donde, en algún despacho vacío, le permitían
mecanografiar sus papeles; en esas condiciones redactó la segunda versión de
"Escuela de mandarines".
También recuerdo cuando se
vio en la necesidad de vender las "Obras Completas" de Carlos Dickens,
a cierto huertano ―cuyos parientes o amigos, según mi padre supo luego,
mostraron sus dudas acerca de la legítima procedencia de los libros, en otra
ironía más―. Mi madre y yo acompañamos a mi padre hasta el antiguo "Bar
Santos", donde había de realizarse el trato; y, como lloviera, le
esperamos mientras tanto en un portal cercano, escena que hoy me parece
dispuesta por el propio autor de "Tiempos difíciles". Sin duda acordóse
un precio injusto, irrisorio, y, no obstante, misericordioso; por eso mi padre
lo presentó ante nosotros como el mejor de los negocios.
Y mi madre no olvida cómo el
día en que nació mi hermana, los grifos de la casa aparecían precintados, ya
que les habían suspendido el suministro de agua, por falta de pago. Ellos habían
estado abasteciéndose de una cisterna situada en alto; pero ahora, con el
parto, la situación se hacía insostenible. Mi padre, exasperado, rompió los
precintos: y, ¡oh casualidad!, aquella misma tarde presentóse un inspector
para comprobar el estado de los grifos...
Mi padre nunca maldijo el
trabajo; pero sí el dinero. Cuando él hablaba del "maldito dinero",
yo ―lo confieso― sentía un doble estremecimiento: me atemorizaba la eficacia
del dinero, y me impresionaba la actitud de mi padre, en su odio y resuelta
impugnación de semejante poder.
De todas formas, sería
conveniente que nadie confundiera, en relación con tales cosas, esta explicación
mía con la que Miguel Espinosa ofrecía. Mi padre era demasiado irónico para
darse importancia, presentando el desorden económico como retribución de una
pureza intelectual y moral suya; él prefería interpretarlo como resultado de
diversos azares, y de lo, que llamaba su "mala cabeza". No obstante,
se sabía un "hombre de destino, no de porvenir", y así lo declaraba
cuando era menester.
Diré, ahora, que Miguel
Espinosa carecía por completo de las virtudes que acreditan a la clase media:
la diligencia, el honor del trabajo y la profesión, el orden solvente del
ahorro y la previsión, el culto a la familia, la discreción, el cuidado del
buen nombre, la obediencia a las normas, el moralismo, y todas las demás
costumbres y actitudes que hacen posible una vida civil intachable.
En la jerarquía de valores de
Miguel Espinosa, los hombres diligentes sólo alcanzaban el rango de legos, como
se advierte en "Escuela de mandarines". De hecho, mi padre veía la
solución de un problema, y, como primera providencia, ponía en cuarentena o
aplazaba "sine die" su ejecución. De esta suerte, los asuntos salían
de sus manos según leyes de parsimonia, con una demora propia de otra cultura.
Él, acostumbrado, en verdad, a la idea y su luz, se encaminaba con trabajo
hacia ―digamos― la oscuridad de la acción.
De un tirón, podía, así,
redactar una carta, introducirla en el sobre, consignar la dirección y pegar
los sellos. Pero, a partir de ahí, abandonabala inexplicablemente en cualquier
lugar del despacho, bien a la vista, y por tiempo indefinido, hasta que quedaba
confundida con el mobiliario. Un buen día sentíamos un no sé qué de desorden
en esa habitación. "Aquí falta algo" ―murmuraba nuestra perplejidad.
En efecto, tal vez para que no tuviésemos en olvido la naturaleza de cada cosa,
él había despachado por fin aquella carta, que ahora volaba a su destino en régimen
de urgencia; con esta modalidad postal no pretendía, desde luego, acelerar
nada, sino conferir cierto carácter estético al envío.
Mi padre, incapaz de
levantarse antes del mediodía por irremediable afición noctámbula, ejerció
distintas actividades, sin identificarse con ninguna. Trabajó, primero, de
agente comercial; luego, en varias compañías de exportación e importación;
después, en pequeños negocios de comercio exterior; y, por último, de asesor
jurídico. Cómo se las arregló para salir adelante, dadas sus costumbres, es
cosa que nadie se explica. Cercado de fieles acreedores, con la cuenta bancaria
en descubierto, nunca llegó a poseer patrimonio, ni siquiera una modesta
vivienda, o un automóvil. Carecía también de seguro médico, y no cotizaba a
mutualidad alguna (Vivía, pues, a la intemperie, y, sin embargo, como estuviese
educado en una cultura de la ayuda y del socorro mutuos, su casa parecía una
extravagante oficina, en la que se descuidaban los asuntos propios, para atender
y gestionar, por amor al hombre, los más diversos intereses).
Con motivo de la redacción de
"Tribada", él convirtió su ser íntimo, ante el escándalo de
muchos, en objeto de encuesta ciudadana. Desde un decoro superior, que no entendía
de sentimientos privados, incluyó la cuestión de Damiana entre las preguntas
generales, por decirlo así, que el saber preceptúa para todos los hombres; y
pocos escaparon a ese escrutinio. Supo qué hacía al emprender esto, pues aclaróse
entonces, al fin, quién era cada uno.
Yo mismo quedé en evidencia.
Cuando tuve conocimiento de que mi padre iba, por esos mundos, con la crónica
de sus desamores bajo el brazo, repartiéndola como pan bendito, me ensombrecí
sin remedio. "Más te valdría recluirte aquí, en silencio, antes que
andar metido en tales cuentos" ―le dije irritado. Pero no me escuchó,
ocupado, como estaba, en convocar otra mesa de amistad, un nuevo banquete ―el
enésimo―,
de vida y palabras, en torno al caso.
No hubo necesidad de que una
luz viniera, súbitamente, a derribarme del caballo. Poco a poco, fui
entendiendo... Mi padre había puesto su historia, desde el primer momento, bajo
la protección de los nombres, en una señal de cómo se mueven y viven las
personas en el interior del verbo. ¡Singular aviso y admirable ejemplo! Por
ello los ritmos del idioma le eran favorables, y hasta las cosas, todas, parecían
ya sus compañeras de pluma.
Pronto tuve ideas e imágenes
sobre el asunto, que ofrecí a su consideración ―él llevó algunas al libro,
muy contento―. También experimenté ensueños; hablo de genuinas visiones, en
las que se llega a percibir con la imaginación ―forma capítulo aparte lo que
yo soñé despierto―. Al final, cabizbajo, pero fervoroso, me agregué, como uno
más, a esa especie de procesión que recorría, idealmente, las calles de
Murcia, salmodiando los mil y un apelativos de Damiana y de Lucía.
Era un desfile ―prosigamos la
alegoría― de risueños penitentes, a cuya cabeza marchaba mi padre, seguido, cómo
no, de José López Martí. Les movía el afán de claridad y aquella fuerza
salvífica que emana de toda realidad adecuadamente nombrado. Por eso los
estandartes mostraban, transcrito del griego, el vocablo "Tríbada",
y, debajo, en lengua latina, la leyenda "Theologiae Tractatus", entre
cirios que permitían contemplar el mundo en el resplandor de un incendio.
A muchos, cuando vieron pasar
ese cortejo, o leyeron el texto luego, se les puso tal cara, que fue inevitable
pensar esto, y considerarlo con alegría: que Miguel Espinosa, entre burlas y
veras, había escrito su libro para tristeza de los demonios.
(Es notable cómo aquella
ausencia suya de compromiso con la profesión origina, en su obra, una falta de
ocupación de los personajes, por entrega al lenguaje, al diálogo, y un
evidente descrédito de los oficios y profesiones. En "Escuela de
mandarines" y en "La fea burguesía" todavía se salvan algunas
humildes actividades de carácter artesanal o comercial. Pero en "Tribada"
se lleva al límite esta tendencia. Para los personajes que opinan sobre Damiana
y Lucía, el comentario constituye algo más que un método de exposición o
indagación: es una auténtica forma de existencia. Según la presentación que
de ellos se hace en el índice onomástica, ninguno tiene, que se sepa, profesión
o empleo ―esto, frente a los notarios, profesores, arquitectos, ingenieros,
cirujanos, fotógrafos, decoradores, peluqueros y camareros del entorno de
Damiana y Lucía, y frente a ellas mismas, boticaria una, y modista otra―. Al
parecer, la única ocupación de tales personajes consiste en hablar, en hablar
sobre Damiana. Ellos representan, pues, el ideal de una humanidad no fragmentada
por la división social del trabajo, una especie de coro angélico que se
realiza aquí, en la tierra, como riguroso círculo lingüístico).
Por lo demás, desde la
seguridad que le daba su formación jurídica, pudo despreciar, a lo largo de su
vida, no pocos reglamentos y ordenanzas de la Administración. Así, no
respetaba los plazos de entrega de papeles, y luego tenía que ir con instancias
y recursos, para que se los admitieran. Durante años anduvo indocumentado,
sirviéndose de una tarjeta de identificación, medio rota, de sus tiempos de
estudiante, fuente de contrariedades sin cuento. Como hijo de viuda que era, había
quedado exento del servicio militar, con la obligación de presentarse, de
cuando en cuando, en el negociado correspondiente; y, por incumplir esta pequeña
condición, dio lugar a que se dictara, contra él, una orden de detención. Y a
mí mismo inscribióme en el Registro Civil, no a los pocos días de nacer, sino
bien tarde, cuando me disponía a iniciar el bachillerato.
Ante la gente, él aparecía,
sin duda, como un hombre desocupado y despreocupado; y su libertad, como
desarreglo, irresponsabilidad y anarquía.
Sin embargo, mi padre se
situaba muy lejos, también, de cualquier retórica y desorden románticos o
bohemios, y de todo idealismo y radicalismo políticos, de origen ilustrado. Es
más: bajo la denominación, hasta cierto punto paradójica, de "fea
burguesía", él gustaba de encuadrar, en un mismo conjunto, a diversas
clases de hombres: los educados en los valores de la Ilustración; los que
cimentaban su concepción del mundo en la ideología marxista; los que hablaban
de ética y se solidarizaban con grandes causas, sin arriesgar existencialmente
nada; los que se movían en un nihilismo transgresor, de corte estético, o cínico
y semicanalla... Cada grupo presentaba, sin duda, aspecto y figura propios;
pero, a juicio suyo, todos abrigaban las mismas pretensiones desmedidas, idéntica
inclinación por las frases y los gestos. (Cómo no recordar a mi padre ahora,
cuando lo universal, potencia caprichosa, se complace en apartarse del conjunto;
cuando la historia del mundo, la célebre "Weltgeschichte", que pasaba
por ser compañera de tanta gente, toma en solitario, como siempre, su camino).
Y es que Miguel Espinosa poseía
un profundo sentido de la realidad, del peso, fuerza y resistencia de los
hechos, y sabía igualmente del derecho a existir de lo ya existente. Su
realismo literario, heredero de Cervantes y de la novela picaresca, es sólo un
caso particular de este realismo básico, mitad instintivo, y mitad adquirido en
su trato con el derecho romano, con la historia y, sobre todo, con la vida
misma.
Pero mi padre, como buen discípulo
de los antiguos griegos, no se quedaba ahí, en los hechos, sino que urdía,
alrededor de ellos, con voluntad de comentario y verdad, tal trama de valores, símbolos
y significados, que acababa proponiendo un mito, esto es, un mundo en el que la
experiencia podía reiterarse indefinidamente, de manera exaltada y gozosa,
porque allí el saber no quitaba la inocencia.
En Miguel Espinosa ―digámoslo
ya― está ausente el sentimiento romántico del infinito, tanto el suscitado por
la contemplación de la Naturaleza, como el que mueve la acción orientada a la
utopía; en cambio, encontramos en él la vivencia del mito y, como expuse
antes, del misterio. Mito y misterio son los límites u horizontes de sentido a
los que tiende la actividad de su espíritu; son como dos cajas de resonancia
donde toda estrechez adquiere inmensidad. La mala infinitud del infinito romántico
deja paso, pues, a la buena infinitud, primero, del mito, y, luego, del
misterio.
7
Corría el año de 1962, o de
1963, y, en cierta tertulia, un hombre pedía silencio; luego, dirigiéndose a
un niño, hablaba como sigue: "Hijo mío, estos amigos no saben quién es
el campeón del mundo de ajedrez. ¿Podrías decirlo tú?" Ese pequeño
olvidaba su timidez y respondía bien alto, casi desafiante: "El soviético
Tigran Petrosian". Y todos aplaudían, porque, en la España de entonces,
también esto era una forma de resistencia al Poder.
¡Tigran Petrosian! Nunca
fuera niño tan aplaudido como lo fui yo, cuando tal nombre a mi boca vino. De
creer a mi padre y a sus mitos, soldados del Ejército Rojo saludaban mi carácter;
y tigres de Armenia ―si los
hubiere―, mi destino.
Los sindicatos franquistas, los periódicos y emisoras del llamado
Movimiento Nacional presentaban, según Miguel Espinosa, esta ventaja sobre
otros organismos públicos o privados: Que uno podía recorrer sus despachos,
meter las narices en los archivos y registros, usar del material de oficina, y
hasta beberse el café de los propios funcionarios, con entera impunidad. Y es
que existía una manera de imponerse a quien pidiera razón de nuestro
comportamiento allí. La fórmula consistía en descargar el puño sobre
cualquier mesa, soltar un juramento, y declarar, a voces, que eso no fue lo que
dijo José Antonio Primo de Rivera; que el fundador de la Falange no había
muerto por España para que ahora nos preguntasen semejante cosa... "Aunque
sea infundada y esté corrompida por los intereses, siempre
quedará el recurso de apelar a su a doctrina" ―enseñaba mi padre.
Una vez me llevó al cine, a
disfrutar de cierta película que trataba sobre la decadencia del imperio
romano. En una secuencia del film, si no recuerdo mal, diversos jefes de tribus
bárbaras renovaban su juramento de lealtad a Roma, en presencia del emperador.
Éste presidía una tribuna ante la que pasaban los grandes, de uno en uno, en
carros de guerra, y con trajes de gala. Y como desconociera la identidad de
muchos, un ayudante aclaraba al punto, de manera discreta: "Fulano, rey de
los menganos", "Zutano, príncipe de los perenganos". Entonces el
César, por medio de un leve gesto, los saludaba y despedía a un tiempo... Ya
en la calle, mi padre dio en repetir esa pintoresca retahíla de nombres y títulos,
y, entre jovial y melancólico, la completó así: "¡Francisco Franco,
caudillo de los hispanos!".
En realidad, algunos años atrás,
cuando el presidente norteamericano Eisenhower vino a Madrid, a firmar los
pactos de cooperación entre Estados Unidos y España, mi padre ya había
comparado al general Franco con aquellos déspotas orientales que llegaron a
convertirse, por capricho de la política, en amigos del senado romano. Para
Miguel Espinosa, pues, Masinisa, Boco o Nicomedes, a fuer de antiguos y remotos,
eran los nuevos, los auténticos nombres del dictador.
Veníamos, una nochevieja, de
felicitar el año a mi abuela Maravillas. En la calle, según es costumbre,
numerosos grupos celebraban ruidosamente la hora, bebiendo y cantando. Al cruzar
una plaza, muy concurrida, vimos a dos policías de elevada estatura, enfundados
en chaquetones de cuero. Con las piernas abiertas y los brazos cruzados,
observando en silencio la fiesta, como dos cíclopes lúgubres e impávidos. Mi
padre se detuvo, y, señalándolos, comentó con su peculiar manera: "Hijo
mío, ahí tienes al Estado".
Eugenio d'Ors cuenta esta fábula,
atribuida a cierto ministro inglés: Tres operarios se afanan en labrar
sillares, para la edificación de una catedral, cuando alguien les pregunta qué
cosa están haciendo en realidad: "Cortando piedras". ―dice uno.
"Ganándome un dinero. –responde otro. Y el tercero explica:
"Construyendo un templo"... A juicio de aquel político ―informa,
complacido, D'Ors sólo el último el último trabajador era merecedor de tal
nombre.
La parábola del obrero ejemplar sacaba de quicio a mi padre, que
veía en ella un idealismo absurdo, si no malvado "¡Vaya!
Al hombre de Estado y al devoto de la Civilización no les parece bastante ―exclamaba― que el albañil haya de bregar con sillares; aún querrían
inculcarle una conciencia de misión, para que el yugo fuera completo y todo
quedara en orden".
Los periódicos no resultaban,
por cierto, fuente de noticias para Miguel Espinosa. A través de las noticias,
mi padre veía, por decirlo así, la vida de los hombres y la locura humana. En
sus manos, los Periódicos del día parecían ya periódicos atrasados. Es más:
parecían documentos de otra época, algo fuera del tiempo. Así se
transfiguraba la actualidad bajo su mirada, que, no importa dónde se fijara,
siempre conseguía asomarse a lo definitivo de las cosas.
Por la misma razón, mi padre
no podía menos de ver con ironía esos intentos, por parte de una cultura
periodística, o de masas, de establecer periodos en la historia contemporánea,
tomando como referencia la biografía de actores de cine y cantantes populares,
convertidos en símbolos de una época ―como aquellas almas siderales que, según
la mitología gnóstica, presidían el curso y la división de los tiempos―.
Así, en casa de un amigo,
Miguel Espinosa descubrió cierto cartel en el que figuraba la actriz
norteamericana Marilyn Monroe. Como mi padre objetara la presencia de esa
fotografía, se le respondió que aquel retrato representaba el siglo XX.
Entonces él se acercó al cuadro, quitóse las gafas, para ver mejor, y comenzó
a escrutarle muy despacio, como quien busca en un mapa, preguntando por qué no
aparecía allí, por ningún lado, la Depresión económica de 1929, la batalla
de Stalingrado, o la Conferencia de Yalta. "¡El siglo XX...!, pues yo nada
de esto advierto aquí" ―susurró, afectando extrañeza. Y es que, para él,
no toda producción de signos constituía una creación de significados.
Mi padre era un lector
constante del Cuarto Evangelio. A decir verdad, él no ignoraba las sombras que
el método histórico-crítico proyecta sobre el texto; pero le traían sin
cuidado tales dudas, no se dejaba impresionar por ellas. En realidad, nunca
prestó atención, en cada campo, y en cada caso, a las discusiones de tipo
filológico y erudito. Las consideraba ejercicios destinados a la intimidación
de espíritus, en el fondo, intimidades de antemano. Sabía que quien cultiva
estos saberes termina cayendo en el lazo de sus propias cautelas, y, por decirlo
así, pierde su alma.
Por otra parte, la
peculiaridad del Cuarto Evangelio, sus anomalías, lo que podríamos llamar su
inverosimilitud, era muy conforme a una íntima manera de sentir y pensar suya.
El ―no se olvide― había introducido en "Asklepios" un poema dedicado
a la resurrección de Cristo. Así, pues, todo aquí era familiar y de su
agrado. Estaba realmente encantado con el Logos, y no le quitaba el sueño la
cuestión de si semejante logos era judío, griego, gnóstico o cristiano. Del
mismo modo, los discursos de revelación y de despedida, largos y reiterativos,
que Juan pone en boca de Jesús, lejos de parecerle monótonos, le parecían,
sencillamente, fascinantes.
Es más: yo pienso que, aunque
le hubieran demostrado, de forma fehaciente, la condición apócrifa del texto,
el Evangelio habría seguido teniendo autoridad para él. Porque Miguel Espinosa
juzgaba la palabra desde leyes y criterios inmanentes a la palabra. Y la de
Juan, quienquiera que fuere, aparecía ante él, desde luego, como garantizada
por sí misma.
(Es corriente distinguir entre
dichos del fundador y glosas comunitarias, entre tradiciones antiguas y nuevas,
entre documentos originales y copias, entre testigos más y menos fiables, Pero
tales distinciones quizá carezcan de sentido cuando se trata de la palabra y
del carácter; para éste, en efecto, ella siempre resultará documento de
primera mano y el testimonio más autorizado).
Diré, con todo, que Miguel
Espinosa, en los últimos años de su vida, tenía en altísima consideración
el Antiguo Testamento. Para hacer comprensibles las razones de esta valoración
suya, se me permitirá la siguiente reflexión:
El pueblo judío es odiado por
no pocas naciones. Una de las causas de tal aborrecimiento acaso sea esa
capacidad, que el alma hebrea posee, de plantarse con decisión ante el horror
mismo, sin otras armas que la palabra que lo nombra exactamente, lenguaje
intolerable para la mayoría de los oídos.
Supongamos, en este sentido,
una situación en la que todos mienten, o parecen obligados, al menos, a
mentirse un poco. Imaginemos cierta asamblea congregada alrededor de un
sepulcro, formando una especie de coro; ella representa a los pueblos de la
Tierra, en su duelo por el destino de los hombres. Comienza la celebración, y,
a prudente distancia de la sepultura, van sucediéndose las elegías y los
elogios fúnebres, conforme a las reglas del arte.
Pues bien, el israelita es
aquel que, sin aguardar turno, se adelanta resueltamente, remueve la piedra del
sepulcro, se asoma allí, y grita, a la podredumbre, cosas como ésta: "¡Tú
eres mi padre; tú, mi madre y mis hermanos!". Despliega así una veracidad
que rompe las medidas de la educación y la cultura, puestas ya, por ello, al límite
de su existencia. Cuando saca la cabeza de aquella negrura, y mira en torno
suyo, a nadie encuentra, pues la muchedumbre huyó asustada.
Ante esto, ¿qué son los
antiguos griegos?, ¿qué eran los griegos y su decoro, al final, para Miguel
Espinosa, el feliz autor de "Asklepios"? Pues los griegos ―pidamos
perdón a la filosofía alemana― eran pura cosmética ordenada a presentar
nuestra bancarrota corno un ascenso a no se sabe qué regiones. Pensamiento
este, el de los griegos, celeste y, por tanto, consolador, sin duda; pero menos
concreto que el judío, y quizá menos viril, también.
8
Una vez Miguel Espinosa
encontró, en la calle, a cierto novelista murciano, que se despachó, ante él,
hablando muy mal, con auténtico encono, de unos y de otros. Marchóse el
hombre, y mi padre no pudo menos de comentar: ―Cuando alguien que se dice
escritor da rienda suelta, delante de mí, a sus pasiones, yo me digo: ¡ya
tengo un personaje!.
Miguel Espinosa sí fue
escritor, y en el sentido más radical del término: por medio de la palabra,
dio validez universal a su experiencia; por decirlo así, puso lo vivido bajo la
mirada del mundo, cuyas voces quiso dirigir. En su obra, la experiencia vivida
suscita e impregna los temas; una disposición reflexiva y moral, y un ánimo
risueño los amplifican imaginativamente; y el estilo les comunica tal
expresividad, que termina convirtiéndolos en sustancia poética.
Nos hallamos, pues, ante
libros de ficción, sí, pero en los que no se inventa nada; ante libros
realistas que nos llevan, sin embargo, más allá de lo existente. Aquí se
encuentran las cosas que Miguel Espinosa amaba, transformadas en saber mediante
un lenguaje que, a diferencia de cualquier retórica, no promete nada, y lo
cumple todo. La misma tradición literaria, la gran cultura de siempre, entra en
ellos menos como modelo que como cercanía vital, pues parece privilegio del
autor instalarse directamente en el origen y operar desde allí, más que
recrear tradiciones; de ahí la impresión de autenticidad que transmiten. Estos
libros resultan sin duda amenos, aunque nunca de entretenimiento o diversión;
no es literatura para remedio de gentes aburridas. Tampoco han sido compuestos
en función de la actualidad o de la moda, sino de la historia, o, si cabe, de
la eternidad, "sub specie acternitatis".
Y si bien parece razonable que
la obra de Miguel Espinosa sea enjuiciada desde las categorías y los principios
de la llamada ciencia literaria, nadie deberá olvidar que cada uno de esos
escritos se procura su propio derecho; que se trata de textos dotados de una
especie de gracia justificante; y que, en realidad, lo mejor que podemos hacer
con ellos es heredarlos: tales libros nos conciernen como un legado atañe a sus
herederos. Y se me permitirá añadir una cosa en la esfera de las relaciones
civiles, cualquiera puede rehusar una herencia, si trae más deudas que
beneficios; en el mundo del espíritu, en cambio, quien rechaza una herencia
queda situado fuera de sí mismo.
Escribir, en Miguel Espinosa,
no era una cuestión de decisión, sino de carácter, de destino: era una
fatalidad. Luego, por decirlo así, su voluntad se adhería a ese encargo o misión.
Quería ser escritor porque ya era, porque siempre había sido escritor.
Escribir resultaba para él algo serio, pero natural y desprovisto de
solemnidad. En consecuencia, no se presentaba ante las gentes como tal escritor;
tampoco se rodeaba, cuando cogía la pluma, o se ponía a mecanografiar, de una
estética o decorado que propiciara la inspiración ―todo retiro poético se le
antojaba ridículo―; ni siquiera requería unas ciertas condiciones de trabajo:
laboraba en medio de un desorden generoso, sin horario fijo, con el bullicio
casero como fondo, y siempre dispuesto a interrumpir y aplazar lo que llevaba
entre manos, en atención a nosotros. Mi padre había visto una fotografía en
la que figuraba Lenin escribiendo, agachado, en el rellano de una escalera. Y
esa es la imagen que él proponía como modelo de la actitud humana frente a la
escritura, un cuadro del que parecía desprenderse esta muda leyenda: ―Cualquier
lugar es bueno para escribir".
Mi padre sabía que, por ser
los libros ―valga la
expresión― cosas de este mundo, uno, cuando escribe, suele
ser víctima de una doble inercia: tiende, primero, a escribir corno habla, y
luego, a conservar en su integridad, a toda costa, aquello que ha escrito. ¡ De
ahí la necesidad, experimentada por él, de corregir una y otra vez el texto, a
través de sustituciones y, sobre todo, de supresiones. Con seriedad irónica,
se metía, pues, en faena, para que el Estilo se realizara mediante correcciones
de estilo.
Miguel Espinosa mostraba una
lucidez especial en relación con las exigencias de la palabra escrita. Él enseñaba,
por ejemplo, lo siguiente: Que así como algunos pensadores usan o aplican, de
manera irreflexiva, conceptos que no han definido previamente, así muchos
escritores, cuando se enfrentan con objetos, lugares y personas conocidos por la
mayoría, se creen eximidos de ofrecer una descripción de los mismos, y se
limitan a nombrarlos. Al hacer esto, adoptan una postura confianzuda, de
familiaridad ilegítima, con sus lectores contemporáneos, dando por supuesto un
código común entre ellos. Pero es que también pecan contra los posibles
lectores del futuro, a los que dejan en situación de desamparo ante unos
nombres propios que, con el transcurso del tiempo, pueden perder, haber perdido,
toda significación. En este sentido, según Miguel Espinosa, no se debía
escribir, pongamos por caso, "Fulano pidió una Coca-cola", sino
"Fulano pidió una bebida refrescante, llamada Coca-cola". En el
fondo, lo que aquí se discute es algo más que una cuestión lógica, gramática
o estilística. Se trata, a decir verdad, de un asunto de suma importancia, de
un problema moral, corno el de cuál ha de ser nuestra valoración de la
actualidad y nuestra actitud frente a lo histórico. Porque el auténtico
escritor se dirige, de derecho, a los lectores de todos los tiempos.
En cierta ocasión, un
droguero, a quien mi padre conocía desde la infancia, le preguntó, delante de
mí, en su tienda: "¿Qué..., Miguel; ganas mucho dinero con tus
libros?". Y él, que nunca llegó a ganar nada, contestó, débilmente y un
poco turbado, que sí, que algo se iba ganando. Luego, en casa, me dijo, encogiéndose
de hombros: "He tenido que mentir para simplificar. Porque ¿cómo le
explico yo a este hombre, al buen Carbonell, que los libros no se escriben con
el fin de ganar dinero, y que existe la literatura y la historia de la
literatura?".
Miguel Espinosa tenía la
total seguridad, la absoluta certeza de que él formaría parte de esa historia.
Sin embargo, no vivía de ilusiones y de sueños de futuro, corno tampoco hacía
un ídolo de la fama póstuma.
Mi padre había convertido en
siguiente sentencia: "Si Dios no existe, Cervantees no se ha enterado, ni
podrá enterarse jamás, de que es Cervantes". Como se ve, este pensamiento
distingue y separa, en Cervantes, al sujeto real, de carne y hueso, que vivió,
escribió y murió, del autor glorioso que es para nosotros. Y, al hacerlo así,
muestra la mentira y el engaño inevitables de la Cultura, que cuanto más
celebra un nombre, tanto más olvida a la persona designada por él, Pues, para
la Cultura, el hombre vale menos que su obra; en realidad, nada vale comparado
con ella.
9
En "Escuela de
mandarines" con el título de "El niño perdido y hallado",
Miguel Espinosa recrea un pasaje de los Evangelios. En su versión, un chico, de
origen humilde ―su padre es
carpintero―, se introduce, por juego, en cierta
residencia destinada a educar a la clase opulenta, a los hijos de las familias
ilustres. Durante tres días pasa inadvertido allí; su presencia en las aulas
no despierta el recelo de los preceptores, pues el niño muestra un rostro
sereno, sabe urbanidad, sabe gramática y sabe retórica. Al cabo, sin embargo,
se descubre el engaño, precisamente a la hora de la instrucción religiosa,
porque nuestro pequeño, que entiende de tantas cosas, "no sabe rezar a la
Diosa", esto es, ignora cómo relacionarse con la divinidad, con el ídolo
de los otros niños.
El simbolismo de la parábola
alcanza al propio autor, puesto que ella constituye una metáfora insuperable de
la vida de mi padre. El niño, el joven Miguel Espinosa mostraba, por cierto, un
rostro sereno, sabía urbanidad, sabía gramática y sabía retórica; pero no
sabía rezar a la Diosa. Bajo tal imagen se encuentran representados, sin duda,
el régimen franquista, la Universidad y la Iglesia de la posguerra; pero, también,
las fuerzas rectoras de este mundo, revestidas de brillo. Miguel Espinosa,
cuando experimentaba la vida, no perdía el candor; por eso, nunca supo rezar a
la Diosa.
Por la misma razón, entraba en el destino de mi padre chocar con las
instituciones que administran el saber y sus misterios. Hablo de los colegios
sacerdotales, o escuelas de mandarines: corporaciones de hombres doctos que
buscan su ventaja por medio de una Escritura, ofreciendo
socorro al poder más cercano, en el fondo, al Poder de los imperios. Cambia la
historia, atraída por lo nuevo, pero los hombres, el Libro y el César son
siempre los mismos.
Aun
así, pecará de superficial, engañándose, quien valore tales colegios como un
cuerpo de escribas, como una simple clase lectora o nobleza de toga al servicio
de la espada. Ellos guardan y representan, por el contrario, la sabiduría
humana de todos los tiempos, si bien considerada en su inevitable propensión
interesada: de ahí su grandeza; y de ahí, también, su limitación.
Miguel
Espinosa, he dicho, se opuso y contradijo a los mandarines. No seria maravilla,
sin embargo, darle el título y la dignidad de mandarín, aunque, claro está,
no con el significado convencional del término. Mi padre era, en efecto, sabio
y maestro. Pero en él, he aquí lo singular, la sabiduría abandonaba su vieja
vocación hipócrita, y se orientaba, de manera resuelta, hacia la inocencia;
siendo el saber una cosa última, tomaba el rumbo de las cosas primeras. Miguel
Espinosa fue, pues, mandarín, mandarín verdadero, y, sin decirlo expresamente,
se declaró mandarín; y sus enemigos, si los tuvo, así debieron de sentirlo.
Cuando
yo era niño, mi padre me decía, sobre algunos personajes de la actualidad
murciana, que parecían sacados de la sociedad que crucificó a Cristo; que
parecían arrancados del Sanedrín. Dos mil años después, y, según Miguel
Espinosa, ahí estaban de nuevo, desempolvados, Herodes, Anás y Caifás. Estas
imágenes me impresionaron tanto, casaron tan hondo en mi ánimo que, al llegar
la Semana Santa y sus procesiones, yo casi me extrañaba de que aquellos hombres
no formaran parte, junto a las tallas de Salzillo, como figuras vivientes de la
Pasión, de los tronos que los nazarenos llevaban.
Más
tarde, ya adolescente, vi que Ernesto Renán, en su "Vida de Jesús",
calificaba la maldad saducea de desdeñosa y solapada; y recuerdo cómo mi
padre, a propósito de tal lectura, insistió en su vieja comparación, no sin
una sonrisa cansada.
Traigo
estas cosas a la memoria porque el profesor Gonzalo Sobejano, con penetración y
generosidad, ha afirmado, comentando "Tríbada", que Murcia estaba
salvada en todas las páginas del libro. Yo diría que en la obra de Miguel
Espinosa hay una Murcia que está salvada, sí, pero como los individuos que
Dante colocó en su Infierno quedaron salvados por el arte que los condenaba. Y
es que el artista se parece en esto a la Divinidad: en que no puede condenar sin
salvar.
10
Con frecuencia Miguel Espinosa
hablaba de sí mismo en tercera persona, designándose como "el autor de
Escuela de mandarines", sobre todo cuando quería subrayar la cualidad irónica
de algún suceso que le había sobrevenido. Es extraño, pero tal descripción,
aunque era cierta desde el punto de vista de los hechos ―él había compuesto
efectivamente ese libro―, me sonaba a mí como un título misterioso, de carácter
melancólico y secreto, que mostraba el sentido de su vida, y que exigía fe en
su destino de escritor. Mi saber acerca del autor y de su libro parecía
transformarse, pues, por obra de aquella expresión, en una especie de
conocimiento creyente, mitad gozoso, mitad doloroso.
"Escuela de mandarines" es un libro que mi padre fue a buscar;
"Tríbada", en cambio, es un libro que le salió al encuentro, y que
fue escrito por él en el modo del apremio, de la desnudez y de la publicidad. Pero se trata, aquí, de un apremio, de una desnudez y de una publicidad
tan extremos, tan radicales, que parecen propios de los últimos días, como si
anticiparan el juicio final. Y es que "Tríbada" ha sido redactado al
margen de las reglas de prudencia que regulan las relaciones entre la vida y el
arte ―no es, sin embargo, un libro
insensato―; ha sido redactado
―valga la
contradicción― con seguridad absoluta, en medio de la total incertidumbre. De
ahí que resulte el libro más original de Miguel Espinosa, y, a la vez, el
libro en el que ha participado, y participará, más gente. Y por eso, también,
esta obra tiene que ser considerada como esencialmente vinculada a la desaparición
de su autor: después de vivir y de escribir así, queda claro que ya sólo cabía
morir.
Miguel Espinosa murió en el curso de una asamblea de cierta mutualidad de seguros agropecuarios, que él había constituido, y de la que era asesor jurídico. Mi padre estaba siendo objeto de continuada y arbitraria exclusión por parte del presidente de la entidad. Por eso, había redactado, la tarde anterior a la reunión, un escrito dirigido a los mutualistas, en el que denunciaba los hechos, y que terminaba así: "Por último, pido a la asamblea ser escuchado". Fue ciertamente lo último que escribió, porque, al día siguiente, cuando iba a hacer uso de la palabra, su corazón no resistió la circunstancia. La asamblea no pudo oírle. Pues bien, este Congreso sobre mi padre significa y prueba que Miguel Espinosa está siendo escuchado por la asamblea: pero no por aquella triste asamblea de ganaderos, sino por la asamblea verdadera, por la asamblea de todos los hombres.