FRANCISCO GUERRERO Y MERCEDES RODRÍGUEZ:

Memorias vivas de la fea burguesía

 

Una entrevista de Juan Carlos Vidal

 El Urogallo, n.º 59, abril 1991

 

 

Miguel Espinosa está de moda. La publicación de La fea burguesía por Alfaguara era la ocasión esperada para que retornase al primer plano uno de los escritores más importantes de la literatura española del siglo XX. Espinosa había sido hasta ahora casi un autor de minorías secretas que guardaban candescentemente en su seno el pasmo y el acabamiento experimentado después de las lecturas de sus libros. Porque con Espinosa acaba una literatura y empieza otra mas allá de la literatura, un espacio de difícil definición cuya única regla es el asombro que produce.

En más de una ocasión me he referido a los conjuntos que Espinosa había creado a su alrededor; un primer conjunto estaría formado por los espinosianos íntimos, copartícipes; otro, por sus primeros valedores; uno más tardío por sus lectores diversos y mistéricos, el último es el que está a punto de brotar, aquel que por más amplio está destinado a ser el definitivo, el del Espinosa reconocido que pasará sin ambages a la historia como aportación inmanente al arte. Ninguno de ellos será capaz de anular a los anteriores; así, tampoco están destinados a ser complementarios. Cada uno de ellos cristaliza los estadios del genio.

Y si hablamos del primer conjunto, esos personajes mandarinescos a quien Miguel Espinosa imaginó seres sufrientes de las castas de la «Feliz Gobernación». En algunos casos, posteriormente, fueron epígonos de la casta, en cualquier caso, textos vivos y memoria de Miguel Espinosa.

Francisco Guerrero Sáez y Mercedes Rodríguez formaban parte de ese primer ámbito. Miguel Espinosa dedicó Escuela de mandarines a Mercedes Rodríguez, Azenaia Parzenós en tan magna obra, y asimismo ofrendó Tríbada a la hija ambos, Marta. Francisco Guerrero es personaje de los mandarines y Mercedes y él aparecen también La fea burguesía. Mercedes Rodríguez es la Juana de Tríbada.

Acaso, con lo herederos y legatarios de Miguel Espinosa, su hijo Juan y José López Martí, sean los miembros más destacados de ese primer conjunto antes descrito. Su testimonio sobre Miguel Espinosa, que por primera vez llega al lector español, es fundamental para adentrarse en las profundidades de 1a personalidad del escritor nacido en Murcia. Y, sobre todo, para que Miguel Espinosa jamás pueda ser manipulado.

¿Qué lugar ocupa La fe burguesía en el conjunto de la obra espinosiana?

Francisco Guerrero: Yo creo que en el pensamiento de Miguel existe una evolución de lo general a lo particular, fenómeno que se produce de una manera muy curiosa. Él tiene su obra épica que es Escuela de Mandarines y allí, por así decirlo, arregla sus cuentas con el mundo; años antes, con Las grandes etapas de la historia americana, más tarde Reflexiones sobre Norteamérica, tiene su expedición a la filosofía de la historia y arregla sus cuentas con esa visión del mundo. Y tiene su mundo lírico cuya máxima expresión es Asklepios. Tras la épica de los mandarines se dedica en los restantes años de vida a arreglar las cuentas con los «próximos», por así decir, entendiendo por «próximos» todas aquellas personas que pueden convertirse en tipos o cuya actuación puede ser considerada como modelo de conducta rechazable por el propio Espinosa. Y esto aparece entre clases de obras o en tres obras diferentes: por un lado la doble Tríbada, por otro La fea burguesía y por último, las Cartas, especialmente, por supuesto, las cartas a Mercedes. En las tres ha desaparecido en gran parte la inocente y salvaje alegría de Escuela de mandarines conllevada en esa pugna contra el procónsul Filadelfo, el poder y sus expresiones epónimas, litigio desarrollado en esas discusiones de persona a persona, figuración de diversos tipos que aparecen y desaparecen en torno a la figura del narrador, el propio Espinosa, el eremita. Y lo que ocurre es que el ataque, en esta evolución, se va volviendo hasta cierto punto navajero, todo ello dentro de su barroca y fastuosa manera de escribir y, entonces, hace hablar a las personas utilizando una complicada batería de protagonistas. En La fea burguesía surge con tres nombres diferentes: con el propio nombre de Miguel Espinosa, el de Lanosa y el de Godínez, arreglando una serie de cuentas. En la Tríbada arregla otra serie de cuentas derivando hacia campos teológicos o teológico-filosóficos. Pero aquí, en La fea burguesía, como algún crítico ha señalado, se trataría más bien de sociología o fenomenología, ocurriendo que, como podrá concebirse, se trata siempre de un artista y el artista vive siempre como artista.

¿En que año comienza a redactarse La fea burguesía?

Mercedes Rodríguez: La redacción de La fea burguesía es posterior al Asklepios. Creo que Asklepios, aunque se considere terminado en el setenta, está finalizado antes, al menos dado por concluido como texto.

F.G.: Como idea de enamoramiento de Miguel, de la juventud, de las mozas, de la belleza, ya aparece a finales de los cincuenta.

M.R.: Aquí chocamos con la realidad de un creador que somete sus escritos a continuas revisiones y sucede que es muy difícil en Miguel Espinosa precisar qué se entiende por «terminar», puesto que si suponemos que ha hecho con este texto lo mismo que realizara con los mandarines, no podemos suponer que la versión editada se trate de un texto inicial por muy conseguido que éste estuviera. Yo no sé si ha retocado más el Asklepios que los mandarines. Probablemente no, o tal vez sí, porque las razones por las cuales Miguel retocaba un texto son razones de autor, esto es, razones personales, nunca textuales. Quienes, al principio de conocerlo, vimos los mandarines, considerábamos sus páginas poseedoras de una frescura, una alegría, una gracia, dentro de una obra muy acabada, muy editable. ¿Por qué él quiso rehacer y rehacer hasta conseguir un libro de una lectura muy atrayente, muy terminado, muy perfecto, pero en el que falta parte de esa alegría salvaje y rabelesiana que ya no veo en la edición que sale a luz, no veo con tanta intensidad? No se sabe.

Cabe pensar que ha podido suceder lo mismo con Asklepios. El último griego. Mas, en cualquier caso, lo esencial del libro ha sido escrito antes del setenta.

Volviendo a La fea burguesía, la primera versión son cinco relatos, los cuatro de «Clase media», tal como está en la edición de Alfaguara y un quinto que se desgaja para, ampliado, constituirse en la anécdota narrativa de Tríbada.

M.R.: Esta es, digamos, la primera versión que yo recibo. Viví con él un momento en el cual la escritura de La fea burguesía está todavía en cuadernos, en trance de escribir. Estos textos me los leyó en la cafetería del hotel «El Rincón de Pepe» de Murcia, acompañada iba yo por mi niña pequeña. Al leérmelos, tan claros, al acceder a la sustancia de su proyección estética, yo tenía la impresión de que se trataba de un estilo demasiado azoriniano para abarcar una crítica, en última instancia, moral, que poseía un lenguaje demasiado desprovisto. Quise decirle que el mundo de Azorín, muy estricto en el lenguaje, la frase muy pegada a su significado, muy cercana a la emoción, a la sensación, a un mundo intimista, discordaba con su intención de censurar modos y usos.

En principio, cierto, eran cinco relatos. Pero, en ese momento, creo que él ya tiene la convicción de que era necesario añadir texto porque, incluso sin la posterior fuga de la anécdota de Tríbada, quedaba un bloque muy reducido. Lo que yo no sé es si el añadido es esta «Clase gozante» o si bien pensaba incorporar otra cosa. Es muy probable que quisiera proceder así. De cualquier manera «Clase gozante» se escribió con posterioridad a esos primeros relatos, sostengo que hacia el 74 ó 75.

Compendiando un tanto, podríamos afirmar que el orden en que Miguel Espinosa ha escrito sus obras ha sido el siguiente: Las grandes etapas de la historia americana versus Reflexiones sobre Norteamérica. Escuela de mandarines. Asklepios, aunque tal vez pueda darse una coexistencia en los dos textos. La fea burguesía y Tríbada. Una vez sentado esto cabe apreciar que tanto en Escuela de mandarines como en Asklepios el personaje central está estigmatizado por la concepción de extranjería. En los mandarines es un extranjero en viaje mientras en Asklepios es el ser extranjero transterrado en el tiempo. Este distanciamiento se rompe en La fea burguesía donde el narrador ya está dentro, comprometido con la realidad.

F.G.: Ciertamente. La inmensa amargura que destilan La fea burguesía y las Tríbadas no aparece en Asklepios y sólo con cuentagotas en los mandarines. En La fea burguesía hay dos libros: una primera parte de hechos que le afectan, a modo un poco de liquidación de viejos pleitos y observación de tipos más o menos desagradables, y una segunda parte que en páginas alcanza el patetismo de Céline. Yo no he leído en la historia de este siglo ningún escritor que alcance el patetismo que Miguel logra en momentos de La fea burguesía exceptuando el Céline de los mejores instantes de Viaje al final de la noche o De un castillo a otro, a sabiendas de que les separa, al margen de ideas políticas, una cuestión muy curiosa: Céline escribe en primera persona contra el mundo mientras Miguel, en «Clase gozante», consuma el milagro de lograr ese patetismo a través de personajes interpuestos. El juego Camilo-Godínez, con referencias a otro alter-ego de Miguel, el tal Lanosa, nombre que según Conte proviene de una celebridad gracianesca, engendra un patetismo y un ritmo de crescendo que es lo que le otorga, a mi juicio, una importancia estética notable, superior a la primera parte de su libro y, hasta cierto punto, comparable a los mejores hallazgos de Asklepios y los mandarines.

Es evidente que en La fea burguesía se da una ruptura, mas, a la par, prosigue la continuidad de una trayectoria. Hay estructuras varias: en Escuela de mandarines se percibe un modelo de texto renacentista; Asklepios tiene ecos del Hiperión de Hölderlin que, en cierta forma, pueden ser aplicados también a los mandarines. En cambio, La fea burguesía y Tríbada son frutos de un escritor más en estado puro.

F. G.: En La fea burguesía podrían perseguirse, y espero que no se haga con demasiada contundencia, la pugna de Miguel Espinosa en la Murcia de los años 50 y la novela que de ahí surge como la perla célebre en las heridas del molusco.

El narrador ya no es un extranjero...

F.G.: Está metido. Desde el primer momento he insistido en que es una novela sangrante, lo que sucede es que en la primera parte es una sangre relativa y a distancia y en la segunda es una sangre a borbotones.

Pero a su vez persisten en el relato elementos muy anteriores como la clasificación de las castas y la descripción de los diversos mecanismos de coerción.

F.G.: Indudablemente, siempre está Miguel Espinosa. Hay páginas sueltas de La fea burguesía que podrían entrar casi íntegras en los mandarines y otras que responden a nuevas observaciones dado que se trata de un análisis entomológico de la sociedad murciana de los años 50.

M.R.: Yo creo que Miguel tuvo desde el principio muy claro, y eso es algo en común a toda la gente que piensa, que la sociedad, que se ve como un todo, es en realidad un conglomerado de diversos grupos. Dicho esto, contempla la sociedad como un conjunto donde hay diversas gentes que mandan ―y eso lo dice desde el principio― y ciertas gentes que obedecen. Ahora bien, sucede que el análisis del grupo que manda y el análisis del grupo que obedece van tomando caracteres distintos. Pero esa dialéctica víctima-verdugo está siempre presente en los escritos de Miguel. A veces no de manera tan práctica, pero siempre como elemento explicativo del intelecto o de la conciencia. Además, una persona que lleva a efecto un análisis de conductas no puede hacerlo si no es en función de las razones que originan estos comportamientos. Para Miguel los que mandan no se legitiman nunca y los que obedecen sólo se legitiman en la medida en que las razones que aportan para obedecer son admitidas por el narrador. Y esas razones siempre están sometidas a la arbitrariedad del artista. Mas, una vez aceptadas por él, son razones exigidas también por la propia inteligencia del relato y tal vez por un cierto sentido moral.

¿Y cuáles eran las fuentes de esta ética espinosiana?

F.G.: Lo que podemos decir es cuales eran sus libros cuando le conocimos. Spinoza, desde luego, Ockham, Hume, Kant, Bergson, San Anselmo, desentraña a Goethe, Kierkegaard, la Axiología de Max Scheler, Stuart Mill, Platón,... decía leer a Plutarco para «tomar estilo»...

― Aristóteles...

F.G.: Si, él conocía a Aristóteles. Cuando hablaba de su futura muerte citaba a Aristóteles.

Quisiera añadir una cuestión que me parece importante y no hemos tratado ... Miguel tenía una cierta devoción por los intelectuales ligeramente heréticos de la Baja Edad Media y de la época renacentista y barroca. Él se enfrenta resueltamente con la «golilla», término que empleaba para hablar de gente contemporánea y que asimismo utilizaba para referirse a los cuadros velazqueños de los Olivares y compañía. Él emprendía una batalla contra El caballero de la mano en el pecho que le parecía lo más vacío del universo, esos caballeros con los ojos en blanco y mirando al cielo de nuestra ortodoxia. De manera que él era un amante de los heterodoxos de los siglos XVI y XVII.

M.R.: Hay una noción que él acaricia y valora constantemente que es la de rebeldía. En la rebeldía está contemplada siempre la heterodoxia.

Volvamos a La fea burguesía. Este libro ha de ser contemplado en el conjunto de la totalidad espinosiana o puede ser comprendido por sí mismo?

F.G.: Creo que son las páginas de Miguel Espinosa más directas y, por lo tanto, que mejor pueden entenderse.

M.R.: En esta obra no hay que tener, para sacarle toda la sustancia, las apoyaturas culturales que te exigen los demás libros. Cuando Miguel habla en Asklepios de «el último griego», la noción introducida de griego, presupone un manejo de lo que es griego y de lo que ha sido Grecia. Hay un pasado cultural con el que has de contar o, al menos, formularte, para contrastar si lo que se dice es de un griego y si eso no es del último. Por supuesto, a lo largo de los mandarines te das cuenta que se precisa un cierto bagaje.

F.G.: Son juicios contemporáneos sobre contemporáneos y esto sí facilita el contacto con el libro más que con ningún otro. De otro lado, técnicamente, las tríbadas, por la mezcla de género epistolar, la aparición de diversidad de focos, es más compleja.

M.R.: Pienso que, en La fea burguesía, los relatos que forman «Clase media» tienen un aliento de prosa, mientras que en «Clase gozante» la emoción poética se va apoderando completamente del propio autor hasta conformar una verdadera exhalación poética. A lo mejor sería muy adecuado determinar en qué fecha fue escrito.

Sin embargo, en La fea burguesía sí se da una ruptura estilística que continúa en Tríbada.

F.G.: Tríbada también es sangre de su sangre.

Pudiera parecer que después de realizar una fea burguesía a pie de tierra precisara en esta creación posterior volver a elevar las posibles lecturas y significados hasta llegar a alcanzar un tratado teológico...

F.G.: ...entre el Derecho Procesal y lo teológico. En verdad, existe una narración que casi sería un proceso y, a la vez, hay un hálito filosófico que lo eleva. A diferencia, en La fea burguesía, la primera parte es casi un recorrido de entomólogo clasificando las diversas clases de cucarachas, bichejos, etc...

Rasgo que deriva de su lectura de Historia de los insectos de Henry Fabre siendo muy joven.

F.G.: Exacto. La visión de entomólogo era una de sus referencias. Tu hablabas seriamente con Miguel dos días sobre literatura, arte, etc. y esta perspectiva siempre terminaba acudiendo.

Siguiendo con nuestro diálogo, antes habíamos calificado La fea burguesía como un libro en el que no se produce aplicación de modelo, hecho que retoma en Tríbada si nos atenemos a la opinión de José Luis López Aranguren cuando señala que en él hay una gran influencia del Tractatus de Wittgenstein.

F.G.: Yo creo que Aranguren, en su artículo de El País, habla de memoria. Aranguren conoció a Espinosa y sabía algunas cosas de él. Sabía lo de la tertulia del café Santos de Murcia y presume que era muy interesante, cuestión que era verdad, era dichoso ver y oír hablar a Miguel Espinosa y, todo, hablar con él. Sabe que tuvo contacto con Tierno, quien le conocía, mas tal conocimiento no se produjo como él narra, en la Universidad de Murcia, si no más tarde cuando Miguel y Mercedes vienen a Madrid y buscan editor para Las grandes etapas de la historia americana. Y sabe muy bien Aranguren que Tierno vivió una etapa con fuerte influencia de Wittgenstein, a quien tradujo, y que en el mundo de sus colaboradores, entre otros Fernández Castillejo, Miguel y demás, Wittgenstein fue comentado.

En el caso de Miguel yo sé que escribió ochenta o cien páginas refutando una exégesis de Tierno sobre Wittgenstein, La realidad como resultado. Eso le anima intelectualmente y le hace trabajar muchísimo en esa línea mientras escribía otra serie de cosas. Las tríbadas es un libro que llega bastante después de todo eso y, realmente, lo que Aranguren dice, respetándolo, me parece arriesgado.

M. R.: Lo que pienso que es necesario decir a todo el mundo es que en la escritura de Miguel hay un gran respeto por la filosofía en general. Él adapta los géneros en la medida en que los modela dándoles rango importante para el pensamiento. El rechazo de Miguel a la narrativa moderna sólo significa repudio a lo que él llamaba psicologismo, es decir, a

la concepción episódica de la literatura, al simple contar, incluso con cierta voluntad de estilo, pero sin que haya ideas dentro. Entonces para una persona que tiene vocación de pensamiento la inmersión en los filósofos y en la filosofía es muy normal. Y de hecho, la primera vez que estoy con él me da a leer un aforismo que dice exactamente: «siendo como es la sustancia divina, en Dios no existen razones para refutar el mundo». Solamente en la cabeza de un señor que se sabe filósofo y que piensa como tal, aunque tenga una medida de lo literario, cabe la posibilidad de buscar la tensión del idioma a partir de la tensión del concepto, es decir, en función del pensar. Y claro está, una persona de esta naturaleza seguía la marcha de las diversas corrientes filosóficas. No cabe dula que el Tractatus de Wittgenstein representó en un momento dado algo muy importante.

F.G.: Rompía los dominios marxistas, positivistas y todo el renacimiento de las ortodoxias. Y eso era lo que él indagaba. No obstante, creo que puede ser de interés recordar que Nietzsche era un autor al que tenía un grandísimo respeto.

M.R.: Cuando yo le conocí leía a Nietzsche, leía a escondidas a Ortega.

F. G.: Yo creo que a Ortega se lo había leído, se lo había aprendido y ya no lo había vuelto a releer.

M.R.: A Ortega lo leyó muy joven, yo creo que debió suceder ya cuando estudiaba en los Maristas.

F.G.: Miguel, Mercedes y yo teníamos nuestro deporte particular que consistía en discutir sobre los dos grandes talentos españoles de nuestra época de estudiantes que se llamaban D'Ors y Ortega. Yo, en pleno sarampión orteguiano, hablaba de Don José, Miguel se echaba las manos a la cabeza, defendía a D'Ors y machacaba concienzuda y divertidamente a Ortega.

Una duda que siempre he tenido es la presunta influencia de Tierno en Miguel Espinosa.

F. G.: El le prologa Las grandes etapas de la historia americana y encuentra en Miguel a un igual, dato que es muy importante. A ambos les unía el barroco. Y cuando se conocen, Tierno se da cuenta de que Miguel escribía infinitamente mejor. Por otra parte, él que había estado en Murcia, aunque allí no le había llegado a conocer, descubre en Espinosa al murciano absolutamente talentoso. De manera que Tierno que tenía de Murcia esa visión de «león barroco» que llegó a decir en alguna ocasión, encuentra en Miguel al máximo representante en este siglo de ese león barroco.

F.G.: En cuanto a Raúl Morodo se trataba un personaje menor en la constelación tiernista y Miguel así lo contemplaba. Alguien que le podía hacer favores concretos, que le daba consejos útiles y con el cual participaba en ese juego que tanto les divertía y no era otro que la relación entre ortodoxia y heterodoxia. Raúl fue para Miguel un personaje entrañable.

Vamos a centrarnos de nuevo en Escuela de mandarines. Entremos de lleno en el proceso de creación espinosiano. ¿Hay versiones previas, acabadas, u otras posibilidades en embrión de una creación distinta?

M.R.: Lo que yo tengo que decir es que, llegado un momento, mi relación con Miguel, a efectos de su obra, es completamente epistolar. Yo sé que hay un periodo, antes del año 64, en el que él da por terminado el texto de Asklepios y, a renglón seguido, me comenta que va a dejar a un lado la costumbre de leer y releer porque si no la obra de arte no concluiría nunca. Por lo que yo recuerdo, no tengo la impresión de que Asklepios se haya reescrito.

En cambio de Escuela de mandarines si hay versiones...

F.G.: Sí, los mandarines es la locura. Durante diez años estuvimos una serie de personas, Mercedes y yo entre otros, pero también Rafael Conte, Eugenio Triana, y por supuesto Enrique Tierno y Raúl Morodo, a quienes enviaba capítulos terminados de la obra llegando incluso a publicar unos fragmentos en el Boletín de Estudios Políticos de la Universidad de Salamanca, intentando que pusiera punto final a los mandarines. Estábamos horrorizados porque pensábamos que jamás iba a terminarla.

M.R.: Para mí fue más terrible. Hubo un momento en el que llegué a pensar si el hecho de rehacer y rehacer no llevaría implícito, aunque fuera en lo más lejano del inconsciente, en su fuero interno, no publicar. Eso me parecía una muerte prematura, me aterraba, no quería pensar en ello, en la remota posibilidad de que íntimamente hubiera renunciado a sacarlo a la luz.

F.G.: Dicho de otra manera, nos angustiaba a todos que no concluyese pues sabíamos que se trataba de la obra definitiva. Nosotros teníamos consciencia, desde que leímos las 80 ó 100 primeras páginas, que tal vez no tuvieran nada que ver con lo posteriormente publicado, que los mandarines era uno de los libros del siglo y que era lo más importante que había pasado por nuestras manos en ese estado de libro inconcluso. Y nos pesaba tanto esa sensación... podía suceder algo así como si el mundo se quedara sin los Karamazov, Guerra y paz o el Quijote.

M.R.: Yo empecé a percibir por aquel tiempo otros miedos acaso debidos a mi propia limitación. En los mandarines, tal como él lo iba relatando, convivían el Miguel filósofo, el Miguel literato y el Miguel poeta, y temía que por coacciones de las circunstancias, la obra adviniese más parcial en detrimento de todas sus potencialidades. En algún momento creí que las concepciones de Pepe López Martí, quien se pronunciaba abiertamente por la filosofía o, más aún, por un aspecto concreto de la filosofía, podían cercenar las capacidades literarias de los textos de Miguel. Y creía que en los mandarines podía hacerlo todo, todo eso.

Una vez me contó Javier Marín Ceballos, responsable de la «Editora Regional de Murcia», que Juan Espinosa, su hijo, le había ofrecido para su edición otra versión acabada de mandarines.

F.G.: Si por eso se entiende que hay un setenta o setenta y cinco por ciento inédito y una formulación diferente de algunas partes, supongo que sí. Si se trataba de dos libros distintos, a mi me deja absolutamente perplejo. No cabe una concepción distinta del eremita, del viaje o de la «Feliz Gobernación».

¿Cuales son y en qué consisten los inéditos espinosianos? Hablemos de Ensayos sobre el poder.

F.G.: Yo animé a Miguel Espinosa a graduarse en derecho a finales de los años 50, puede que en 1956. En esa época hablábamos mucho de temas jurídicos y él me enseñó cincuenta maravillosos folios sobre teoría del poder que parecían ser el embrión de una excelente tesis doctoral. Tesis doctoral cuyo mayor peligro para Miguel Espinosa ―y eso produjo alguna que otra anécdota muy curiosa con profesores de la Universidad de Murcia― era que nacía directamente de su cabeza, a diferencia del proceso tradicional que entendía que una tesis debía ser como un juego de cartas donde se encadenaban unas citas con otras y diversos magisterios para solidificar el discurso del catecúmeno en pos del «cum laude». Como además no manejaba idiomas, muy poco francés, y no quería avalar con citas su pensamiento, lo que salía era fruto directo de la cabeza del señor Espinosa. Eso, aparentemente, no tenía valor para la Universidad de Murcia, muy exigente en otras cuestiones. Uno de los grandes granos y de las grandes claves del pensamiento de Miguel, una de las grandes causas de que emane el talento de esa manera, es su larguísima pelea, directa o indirecta, con sus profesores.

― ¿Y qué puede ser Filosofía de elucidaciones?

F.G.: Ahí es posible que hubiera algo de sus trabajos sobre el positivismo lógico.

M.R.: Si pudiera calificarse la obra de Miguel como una crítica parcelada de distintos estamentos sociales, esto, no lo sé con seguridad, creo que surge después del setenta. Y antes, está escrito todo lo que haya sobre análisis del poder, todo lo relacionado, de una forma más directa, con la filosofía. A lo mejor me equivoco porque mi relación con Miguel fue un poco como la relación de Santa Teresa con Cristo, es decir, ponía dentro todo lo que cabía aun sabiendo que su vida estaba en otra parte. Entonces, yo no sabía muy bien de qué se estaba ocupando cotidianamente, ni en qué se ocupaba su obra, sólo conocía lo que él me transmitía. Es muy posible, pues, que trabajase en algo que yo desconocía. Pero, incluso, lo que se cita bajo el título de Cartas morales o Cartas a Mercedes es muy posterior al setenta, mientras Ensayos sobre el poder o Filosofía de elucidaciones son muy anteriores.