LA HUMANIDAD DE MIGUEL ESPINOSA  

 Pedro García Montalvo

Publicado en Diálogo de la lengua, Cuenca, n.º 2, invierno 1993, págs. 83-88 y en Miguel Espinosa: Congreso, Murcia, Editora Regional de Murcia-V Centenario. Comisión Autónoma, 1994, págs. 113-117.

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Mis recuerdos de Miguel Espinosa se enmarcan entre dos escenas que tienen lugar en dos cafés diferentes de la calle Trapería. La primera imagen es una síntesis de otras muchas: en una de las mesas del café Novecento estamos sentados José López Martí, Eloy Sánchez Rosillo y yo. Puede haber también otros amigos, que varían en mi memoria según las tardes. En un momento determinado, Miguel aparece en la puerta del café y observa parsimoniosamente el local hasta dar con nosotros. Ignoro por qué, en esta remembranza, él es siempre el último en llegar —pues no siempre debió suceder de esta manera—, pero enseguida comprendo que es natural que pase así ya que los demás estábamos siempre, de alguna forma, esperándole, es decir, pensando en su llegada: mi memoria se limita a ser fiel a una realidad más profunda. Vuelvo a verlo con su cazadora de cuero negro, su camisa de cuadros pequeños y sus pantalones oscuros, acercándose a la mesa. Puede ser que lo haga con una amplia y feliz sonrisa, y entrando en materia al instante con un asunto o una teoría que trae como un regalo para los amigos. Puede ser, también, que llegue con una ligera sonrisa, pero con un deje triste, como si viniera de algún lugar o de algún suceso melancólico. Entonces, quizás nos deja hablar unos segundos del tema que era objeto de nuestra conversación, y, si le parece interesante, se suma a la charla, llevándola poco a poco a sus consecuencias últimas con una sencillez y una facilidad increíbles. Hasta que, finalmente, desliza un tema nuevo —que sin duda andaba por su cabeza desde horas atrás— y todos lo acogemos de inmediato como si no hubiera otra cosa más importante para hablar en el universo.

En esta escena, está ya para mí toda la humanidad de Miguel Espinosa. ¿Qué queremos decir de alguien cuando le damos el calificativo de humano? Podemos significar que es alguien que se preocupa por todo lo concerniente al hombre, en un sentido compasivo o intelectual: cuando se interesa, de palabra o de obra, por el destino de un semejante o por el de la humanidad en general. Entonces podemos decir de esa persona, por ejemplo, que “es muy humana”. También empleamos el adjetivo humano para hablar de alguien que muestra su debilidad, su pesar, su vulnerabilidad, y decimos de él: “Al fin y al cabo, es humano”. Con estas dos frases, y una sola palabra, abarcamos todo el misterio de un alma, desde su interés trascendente hasta su más íntima congoja. Pues bien, en esa imagen en la que Miguel se sienta a la tertulia de los amigos, yo encuentro esas dos notas — tan apartadas entre sí en la escala de la interioridad, y sin embargo tan paradójicamente cercanas— reflejadas con una enorme hondura.

Pero hay otro matiz en la figura de Espinosa tal y como yo la recuerdo en esos cuatro años de nuestra amistad, hasta el momento de su muerte. A lo largo de nuestros encuentros —en reuniones de café, en largos paseos o en veladas nocturnas en mi casa o en las de los amigos comunes— lo humano, tal y como lo hemos definido, se daba en él como una presencia constante, sin solución de continuidad. De la misma forma que de otra persona podríamos haber dicho que la veíamos siempre elegante, o aburrida, o alegre, o severa —sin que fuese posible pillarla en un renuncio de esa cualidad o defecto perenne—, de Miguel yo habría dicho que era imposible estar con él sin apreciar de manera constante esa humanidad puesta en primer plano. Como no sé si logro explicarme bien, quiero abundar en lo difícil que resulta ver a un hombre investido a todas horas —por lo menos en las horas en las nosotros lo veíamos— de su carácter humano, como si fuera, en palabras de nuestro poeta clásico, “cargado de sí mismo”, aunque en Miguel esa carga aparentara ser siempre suave, al menos a la vista de los demás. Quien lea sus obras encontrará enseguida, trasladada a un orden distinto, esa insistencia radical en el hombre, que podía ser, en muchas ocasiones, terrible y demoledora, y, otras veces, indulgente y misericordiosa.

El tono de Miguel en su conversación, como tantas veces se ha dicho, era irónico y profundísimo, y para eso lo mismo le daba estar en una tertulia que en unos grandes almacenes. Y yo creo que se habría comportado igual si hubiéramos estado corriendo delante de un toro o de un perro rabioso. Lo humano, con su noble e incesante humor, o con su inagotable y lúcido teorizar, se imponía siempre a la circunstancia, cualquiera que ésta fuese.

Siempre había sido así, según el testimonio de amigos y amigas que lo habían tratado a lo largo de su vida. Pero en la época en que yo lo conocí, a partir de 1978, su actitud aún era más meritoria, porque atravesaba una situación anímica difícil, ligada a los sucesos que se narran en los dos volúmenes de su obra maestra, Tríbada, y a una salud que iba ya en declive. Quizás todo eso acentuaba en él esa impresión de humanidad a la que estoy refiriéndome en estas páginas. Recuerdo por ejemplo el discernimiento y la gracia con las que criticaba mis primeros relatos, incluso grabando en una cinta magnetofónica comentarios que, después, tras la audición común en mi casa, o en la de algún amigo, eran a su vez objeto de inacabable debate literario, que derivaba luego a los temas más inesperados y complejos. En la otra cara de esa cinta se le oye cantar, en actuación privada dedicada a Carmen Barberá Blesa, canciones como La piconera, Lili Marleen y La Marsellesa, a las que él daba un aire entre serio y cómico inimitable, que nos hacía reír siempre. Recuerdo cuánta dedicación ponía en ayudarnos a los que entonces éramos jóvenes escritores incipientes, y cómo aprendí de él que un autor “debe procurar decir lo que quiere decir”, cosa mucho más difícil y decisiva de lo que parece. Recuerdo también, por citar una anécdota muy propia de su ironía didáctica, una conversación con él en la plaza de Santo Domingo —en la que estaban también, si no me equivoco, los dos amigos que he citado al comienzo—, mientras tenía lugar la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión. Miguel nos dedicaba muchas bromas a causa de nuestra irreprimible pasión de entonces por la manipulación y compra de libros —que con el tiempo se ha calmado­ ya por completo—, y, al vernos en las inmediaciones de la Feria con la cara satisfecha de quien ha registrado con minuciosidad y provecho hasta su último rincón, se acercó a nosotros y nos dijo, en voz baja y como secreta, que en uno de los puestos había aún, al alcance de nuestras manos, un libro único y dificilísimo de encontrar: Cartas no auténticas de Marcel Proust. Por un instante los tres palidecimos, y tuvimos el impulso de preguntarle por el lugar donde se ocultaba semejante tesoro, no sin cierto temor de que alguno del grupo se adelantara a los otros dos. Un segundo más tarde caímos en la cuenta de su broma, que, como siempre, no quería ser un rasgo de ingenio sino una amistosa enseñanza moral.

Así pasaron las semanas, los meses y los años de aquella relación inolvidable con Miguel Espinosa, y con su obra, que íbamos leyendo y admirando. Sólo en una ocasión —que nunca se borrará de mi memoria—, me pareció que esa carga de lo humano a la que he venido refiriéndome, se le hacía por un momento insostenible, dejando traslucir algún abismo de su intimidad herida. Fue ya en la época inmediatamente anterior a su muerte, saliendo los dos de la librería de Diego Marín, quizás cuando acababa de publicarse la primera parte de Tríbada. No puedo acordarme ya de cuál era el tema de nuestra conversación. Ese tono de tristeza apacible que había a veces en sus palabras se acentuó, y, sin mirarme, dijo escuetamente: “Pedro, la vida es bufa”. Ya he dicho que nunca me ha abandonado la honda impresión que me causaron esas palabras, dichas por alguien que era maestro en el arte de encontrar el sentido positivo de la vida y del mundo. Porque si decimos que la vida es una tragedia, o un drama, o incluso una comedia, conseguimos darle una forma, y por tanto una significación trascendente. Pero si afirmamos que la existencia es bufa, parece que estamos sujetos al caos de una farsa peor que el más absurdo de los absurdos. Hubo después de sus palabras unos momentos de silencio. Seguimos luego paseando, y Miguel olvidó por completo su frase, volviendo a ser la persona sonriente y llena de fe que siempre aparecía ante nosotros.

La humanidad insistente de Miguel Espinosa no era, pues, simple o fácil, aunque fuese, eso sí, espontánea: era, podríamos decir, una humanidad al borde de sí misma, a punto de transformarse, por su lucidez y su aflicción, en algo perteneciente a un orden superior. Entenderemos esto mejor si bajamos un peldaño en la escala del ser: cuando nos miran los ojos de un pobre perro callejero, vemos que el animal ha concentrado hasta tal punto su ser expresivo, alegre o lastimero, que parece darnos en su mirada una chispa de lo humano que hay en nosotros, excediendo y sobrepasando, por lo tanto, su animalidad. Pues bien, si regresamos a nuestro nivel de conciencia, diríamos que en Miguel, esa perseverancia obstinada de lo humano, ese velar incesante, parecía ofrecer algo que iba más allá de la pura humanidad, algo que no puede ser definido con palabras, que está sin duda en todos nosotros, pero que yo aprendí a ver en su persona, en esa pobreza de solemnidad, desnuda, grata y allegable, que era su mejor tesoro, y que constituye lo imperecedero de su obra escrita.

Y surge entonces la imagen que cierra mi relación con Miguel Espinosa. Se trata, como dije al principio, de otro café, el llamado William, al final de la calle Trapería. Atardece, y hay ruido de tazas, charlas y risas. De nuevo estamos sentados, en una mesa del salón interior, José López Martí, Eloy Sánchez Rosillo y yo. De pronto aparece ante nosotros Diego Marín, nuestro amigo librero, que, evidentemente nervioso e impresionado por algún hecho que desconocemos, nos pregunta: “¿No sabéis nada?”. No, no sabíamos nada, Y nos dice entonces que Miguel Espinosa ha muerto. Recuerdo nuestras preguntas, nuestro desconcierto lleno de incredulidad. Recuerdo luego cómo abandonamos el café; recuerdo un largo silencio, y el viaje en un taxi, ya de anochecida, hacia un hospital de las afueras de Murcia.

                                                                        * * *

 

Hoy, mientras escribo estas líneas, puedo imaginar una nueva escena, que es real en la medida en que resume otras muchas, más o menos parecidas, a las que he asistido. Estoy en una céntrica librería de esta ciudad, y veo cómo una muchacha, diez años después de la muerte de Miguel Espinosa, hojea una de sus obras, la compra y sale a la calle, hacia una mañana llena de sol, un radiante sol de invierno.

 

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