Murcia, 7 de Noviembre de 1978
Mi querido y buen amigo Tomás:
¡No puedes imaginarte cuánta alegría me ha
causado recibir tu carta! Emana melancolía, pero también increíble entusiasmo,
digno de un espíritu que se halla totalmente vivo. Por otra parte, tu letra es
firme; conserva su encantadora estructura de caligrafía de niño. Yo no puedo ya
escribir a mano: veo mal, y mi pulso tiembla.
Poseo la misma melancolía que tú, pero carezco de ese entusiasmo que aparece en
ti. Tu carta, pues, me ha servido de lección y ayuda, a través del ejemplo que
allí das de vitalidad y de fe en ciertos valores, amén de esperanza en el futuro
próximo.
No creo, querido Tomás, que tu dedicación al
Derecho haya sido causa de tu poca obra literaria o filosófica; tampoco creo que
haya determinado tu vida, concebida como un conjunto de comportamientos. Desde
hace más de veinte años, sostengo, como hipótesis privada, que en tu vida ha
influido erróneamente la idiosincrasia de tu familia. Se trata, desde luego, de
una mera hipótesis, que tú podrás analizar y dar como cierta o como falsa más
acertadamente.
De todas formas, ni el Derecho ni tu familia, aunque resultara verdadero que
ella ha determinado ciertos comportamientos tuyos, tienen nada que ver con tu
poca obra. La causa de ello es tu talante, que ha pretendido siempre producir un
libro total, donde "todo estuviera comprendido"; la consecuencia ha sido un
aplazamiento continuo. Como querías escribir "sub specie aeternitatis", has
actuado, dicho sea metafóricamente, como si habitaras la actualidad eternal, no
el tiempo.
Igual me ha ocurrido a mi. Mi vida no ha
estado determinada por el Derecho, sino por la miseria económica continua,
constante que aun no ha cesado. Pero tampoco ha sido la miseria, sino el
talante, la causa de mi poca obra; ese talante ha querido también escribir "sub
specie aeternitatis", y el resultado ha sido como el tuyo: un aplazamiento
continuo.
No es malo querer escribir "sub specie
aeternitatis"; antes bien: no merece la pena hacerlo de otra manera. Pero sí
resulta malo aplazar, pues vivimos en el tiempo. A nuestra edad, muchos de los
hombres que algo legaron, ya habían muerto. El tiempo, Tomás, ya no es, para
nosotros, una planicie sin límite, por donde paseamos, como lo fue en la época
juvenil, sino un enemigo que nos arrebata, instante a instante, la existencia.
Te propongo, pues, escribir en lucha contra dicho enemigo, pensando en la muerte
y en la necesidad de no haber pasado en balde por aquí abajo. ¡Hagamos un
esfuerzo, desde ahora, y ayudémonos mutuamente en ella! Reanudemos, ya a las
puertas de la vejez, nuestra amistad de la juventud y hagamos el último esfuerzo
por alcanzar lo que nos propusimos de jóvenes: que la muerte no nos destruya
para siempre.
Ingenuamente, alguien podría pensar que tú
has tenido mejores condiciones que yo para hacer un obra extensa, ya que la
fortuna económica te ha sonreído siempre. ¡No en balde sonríe la fortuna a
veces! También deviene ingenuo imaginar que yo he tenido peores condiciones que
tú para producir una obra larga, ya que la miseria económica, y sus problemas me
ha abrazo como esposa fiel. ¡Tampoco en balde visita la miseria al espíritu!
Quiero expresar con esto que la fecundidad o infecundidad no se deben a causas
exteriores, y que no soy tan insensato, ni tengo tan mala fe, como para achacar
mi falta de obra a la pobreza, una mera anécdota.
[…]
Cuando vaya a Madrid, tal vez este mismo
mes, te llamaré. Un abrazo cordial y melancólico:
Miguel