¿Qué podía ser yo sino griego?
Publicado en ABC, 3 de abril de 1992
Todos los hombres han poseído un mundo propio, compuesto de un suelo de sucesos y un techo de creencias e ideales.
A muchos se les cayó y derrumbó ese mundo, tras nacer y vivir en él cierto tiempo, como sucedió a Edipo, cuando supo el secreto de su madre, a Orestes y a otros diversos griegos y bárbaros. Después de semejante catástrofe, tales individuos, náufragos en la contradicción planteada entre la necesidad de restaurar el orden perdido y la imposibilidad de hacerlo, no encontraban otra solución que la muerte o la locura, que son el perpetuo exilio de la patria querida.
Mas otros no tuvieron ocasión de conocer ni padecer ningún derrumbamiento del propio mundo, porque, por voluntad de un destino mil veces más riguroso, despertaron ya en el destierro, es decir, sobre un suelo de sucesos y un techo de creencias que nunca pudieron amar ni querer, valorar ni gozar. ¿Hay mayor y más desesperante desgracia?
Así ocurrió a mi persona, nacida en un ámbito extraño y ajeno a su naturaleza y sustancia, al instinto de su sangre y a las formas y figuras que sus ojos buscaban. Desde que vi la luz crecí y experimenté sensaciones, después de asustarme ante una pintura de aquel Ignacio de Loyola y temblar de pavor frente a los cuadros de El Greco, cuyos hidalgos encarnan el rencor hacia la varia riqueza y plenitud de la vida, nada contemplé que no me fuera dispar y produjera espanto o tristeza. La frase de Terencio «hombre soy y nada humano considero extraño» a mí, no valía para esta circunstancia.
En múltiples sitios y situaciones de ese ambiente, o cultura, puse la mirada, y en ningún jugar hallé tan siquiera un ascua de la verdad, la bondad y la belleza. Todas las instituciones y hombres se mostraban retorcidos, interesados, acobardados e hipócritas, y todos parecían resultado de una intriga de siglos contra el justo juicio, el pensamiento y la inocencia. No más asombrado y sin esquemas vitales hubiera quedado un griego ante un lama de novecientos años que yo ante aquella gente.
De no descubrir la luz de la Hélade, y el camino que conducía a la continuidad con mi estirpe, como quien descubre el dulce consuelo que la sinrazón da a la desesperanza, en defensa del organismo atormentado, el mismo Esquilo, tan terrible, hubiera carecido de pluma, inspiración y ánimo para narrar mi tragedia y hacer sufrir a los espectadores. Tampoco habría sido capaz de soportar la vida, así de vacío, aislado y sin entusiasmo ni alegría existiendo.
¿Qué podía ser yo sino griego?
¿Hubiera podido, acaso, convivir con señoritos feudales, que valoraban su nobleza por el número de fanegas y abanicos decimonónicos de sus venerables abuelas? ¿Y con caballeros al modo hanseático y comercial, que sentían cotidiano contento de descubrirse y palparse elegantes y nada inseguros? ¿Y con sus hermanas, primos, cuñados y suegros burgueses?
¿Hubiera podido experimentarme tan espiritual como esos hombres, y pedir y obtener un director de conciencias de la Compañía de Jesús? ¿Y opositar con porfiado tesón a opulento y santo, diciendo con voz aflautada: «Padre Solís, padre Solís, elijo la carrera más gananciosa y la virtud más difícil de entre las estatuidas»? ¿Y pertenecer a sectas de patanes empeñados en conquistar el poder y la riqueza de la Tierra, invocando la obra de Dios?
¿Hubiera podido dejar de cumplir y defender los preceptos que se deducen del razonamiento correcto, anteponer la pasión al juicio, torcer el cuello y hacer de la Divinidad guardián de mis intereses y conveniencias? ¿Y colaborar en el envilecimiento del hombre, ignorando a la persona? ¿Y disfrutar el jolgorio de ejercer la dádiva en nombre del asco, del desprecio irremediable, de la lástima y de un futuro cielo continuador de la apipada vida presente?
¿Hubiera podido matar toda espontaneidad, candor y reflexión, untar mi frente de ceniza, embutirme sayo oficial, y, así de truhán, solicitar de lo estatuido? ¿Y arrimarme al poder para sustanciar ansias de placer y mando, dando satisfacciones a lo que se llama individualidad? ¿Y sentar plaza de nigromante y mágico, siempre con el vocablo a punto para adular al que gobierna y ofender al que obedece?
¿Hubiera podido, más modestamente, llamar excelentísima señora a una vieja marquesa, e ilustrísimo a un necio, mientras doblaba el espinazo de humilde pretendiente, traicionando así a todos los inocentes, a todos los pobres y a todos los que sufren sin esperanza? ¿Y sostener que es bueno y verdadero lo que resulta malo y falso?
¿Hubiera podido, en fin, ser miembro permanente y numerario de esta sociedad de delirio, mueca y mofa?
¿Qué podía ser yo, sino griego?