«Miguel Espinosa: hacia un extrañamiento místico»
«La tríbada falsaria». Miguel Espinosa. Los libros de la frontera. Barcelona 1980.
Lorenzo Miralles López
(Diario La Verdad, Murcia, 4 de enero de 1981)
DESPUÉS de leer “La tríbada falsaria”, uno tiene la sensación de haber asistido a un importante hecho de lenguaje. Porque verdaderamente es éste el auténtico protagonista del texto de Miguel Espinosa. El libro presenta dos partes claramente diferenciadas. En la primera se exponen unos hechos que a su vez se configuran como el pretexto para el “gran comentario” que constituye la segunda sección del libro. El autor nos ha narrado la historia de Damiana, la tríbada, Lucía, su homófila y Daniel, despreciado amante de la primera, ignorando voluntariamente el nivel “rosa”, groseramente realista de los acontecimientos. Tampoco podemos concluir ninguna aseveración sociológica a la manera de los novelistas del siglo XIX, como Galdós o Balzac; e incluso el siguiente nivel de abstracción, el antropológico, a la manera de Proust o de algunos novelistas alemanes, queda fuera del modo narrativo da esta obra. Lo paradójico vendría determinado por la circunstancia de que percibimos la pasión, el carácter poseso de los personajes, y los propios hechos en sí desde una perspectiva aparentemente “distante”, realmente extrañada, dado su lenguaje abstracto; y a la vez desde una inmersión descarada en la acción. Y se me ocurre pensar que Miguel Espinosa ha querido extrañarse, salirse fuera del mundo. No un distanciamiento que presupondría alejarse de dicho mundo pero seguir dentro de él, sino una real salida del mismo. El problema de la segunda parte constituida por 27 cartas que Juana, eterna enamorada de Daniel y espectadora de sus problemas, le escribe, vendría marcado por el encuentro de un tipo de lenguaje que realmente se adecuara a la propuesta de extrañamiento. A la vez, si el autor quiere estar fuera del texto, del mundo, necesariamente no puede «decir» las cosas, porque «decirlas» sería caer en la redundancia del espejo. Se trataría pues de hallar la vía de lo inexpresable, aun a sabiendas de que esto no puede ser “dicho”. Espinosa elige en cierto modo de “mostración” no redundante que, de alguna manera, se identifica con lo místico. Situados en una perspectiva trascendental, ajena al mundo, la ética y la estética se funden en un nuevo discurso que constituido con elementos tradicionales, por virtud de esta manera narrativa, nos conduce a un nuevo lugar. Las cartas de Juana, escritas con gran finura y delicadeza, recogen buena parte del universo místico de nuestra literatura del siglo XVI. Juana, siempre anhelante de Daniel, atraviesa los estadios místicos, sufriendo una primera iluminación y una dolorosa y larga purgación, que finalmente parecen conducirle a la unión mística (vía unitiva) con Daniel, posible divinidad. Estas últimas páginas mantienen un muy alto nivel poético. Así las cosas, la fluencia de lenguaje que encarna Juana se conforma corno auténtico lamento («lacrimosa»), bella oración que ha trascendido casi totalmente los hechos acaecidos en las primeras setenta páginas del libro.
Instalados en el plano teológico, la propia obra se subtitula «Theologiae Tractatus», queda por considerar los lugares clásicos de dicho plano. La representación consta de dos signos eternos: la Divinidad y el Maligno en lucha permanente y siempre aplazada. Daniel-Divinidad se sentirá puramente atraído por Damima-Maligno en un continuo movimiento de vaivén que Juana hará texto. A la sombra de cada uno de ellos, Juana y Lucía respectivamente observan desde la rigidez ética y la rigidez de la tiniebla (antediluviano saltamontes) las vivencias puras de sus arquetipos ideales, percibiendo en aquéllas vida a medias, llama no del todo encendida. Es lógico, por tanto, que el Infierno aflore; y no sólo eso sino que envuelva y habite a los personajes en un nuevo descenso «ad inferos» de un Dante redivivo: «A nadie fue dado decidir entre ver y no ver infiernos; quienes los ven, ya los habitan, y esta fatalidad es tributo de la condición moral..., ¿acaso el espíritu y el infierno son una misma cosa? Temo de ser». Intercalados entre esta gran mostración encontramos fragmentes, muchos de ellos puestos en boca de Alfredo Montoya, en los que quizá se alcancen los mayores niveles de extrañamiento. Son como éxtasis instantáneos provocados por una muy especial manera de ver. Recordemos la salida de Damiana del mar, hiriente ausencia de Dios; la descripción de la playa que la precede; el pequeño viaje de Damiana y Lucía en sus automóviles, y el breve relato «El automóvil» que quiere devenir oración desde la consideración del objeto como algo místico por vía de la mostración.
Como se puede deducir de lo hasta ahora expuesto, resulta difícil calificar de novela a «La tríbada falsaria». Con ello no pretendemos entrar en un debate sobre los géneros, pero indudablemente el texto se acerca más a la idea del «tractatus», beneficiándose así de una lectura discontinua. Quiero decir que así como en la primera parte, sí podría hablarse de ritmo narrativo, en las epístolas de la segunda sección habría que desterrar este concepto para pasar a una lectura en potencia simultánea, en la que más que el ritmo de la sucesión importaría el ritmo melódico, musical, en definitiva poético de cada frase, periodo o parágrafo. En las cartas se da el deleite de la lectura por ella misma. Quien las lea seguidas, como lector-hembra, quedará defraudado porque en ellas ya no se «dice» nada. De su lectura discontinua, en cambio, nos beneficiaríamos de los numerosos aforismos que salpican, casi invaden, el texto. Unos aforismos no directamente del tipo de los de Nietzsche, sino más bien próximos a los muy depurados de las proposiciones de la lógica («Cuanto me muestres, vendrá a mí como concepto, no como representación; pues, ¿cómo alcanzaría a representar lo que no me deleita?»). El conjunto de dichos aforismos se convierte en el esqueleto fenomenológico de la mística ya apuntada.
De lo que no cabe duda, después de leer «La tríbada falsaria», es de que Miguel Espinosa conoce muy bien los resortes del lenguaje: idea, nuevas palabras, construye ingeniosas metáforas (véase la casi «letanía» que precede a la narración), realiza giros sintácticos muy personales. Todo lo cual contribuye de manera decisiva a que los niveles inmediatos queden totalmente trascendidos y el extrañamiento de la nueva mística devenga acaecido. La siguiente cita de Karl Kraus apoyaría definitivamente la «filosofía» de este texto: «Sólo en el embeleso de la oración lingüística se hará un mundo del caos».
Lorenzo Miralles López