Escuela de Mandarines
CAPÍTULO
20.
Herejía
de los Becarios
(formato pdf)
Mosencio
comentó:
―Por
la estructura lógica y los diversos valores del vocablo «error» en cada una
de sus oraciones, el Aforismo de Mundacio devino famoso en la Historia de la
Feliz Gobernación. Logonio lo escolió ampliamente; Lamuro le dedicó treinta páginas
en el «Significado del Signo», y cierto Tronzio, Mandarín Lógico, escribió
un Tratado sobre la cuestión, a decir verdad, no superado. Pero sigamos con la
Dictadura de Cirilo:
Y
continuó:
I
Algunos
años después, aproximadamente hacia el 1030082, los mandarines supieron malas
noticias: conocieron un diálogo entre dos becarios, Fustos y Simplicio:
―
Fustos, ¿en qué piensas?
―
Simplicio, pienso en nosotros y en nuestra casta. ¿Acaso la vida no nos promete
más que a los legos, los Grandes Legos y los mandarines? Ellos alcanzaron ya
sus cargos y prebendas, valla de sus apetencias y logros, mientras que nosotros
podemos conseguir cuanto la imaginación sueñe, ya que somos entelequias de
futuro, y nada hay como un futuro abierto a todas las posibilidades. Ni siquiera
el Dictador o el Gran Padre poseen mejor porvenir, pues nadie limitó la carrera
de un becario.
Así
habló Fustos una tarde de otoño, mientras paseaba por el más bello claustro
del Imperio, inventando una doctrina que hizo furor entre las sustancias impávidas.
Fustos comprendió el alcance de sus juicios cuando supo que los huerfanitos se
habían alzado en una Residencia de la Séptima Provincia, pretendiendo
constituirse en casta permanente. Entonces, alentado por
quince reenganchados[1],
compuso este famoso Memorándum:
«Ante
los dioses y ante la Historia, en el silencio y en la esperanza. Quienes se
confunden con sus prebendas, carecen de prisa, porque viven perdurantes. Así
los alcaldes, los legos, los mandarines y los dictadores quieren largos y lentos
los años. ¿Por qué excepción han los becarios de andar prestos en la misión
de concluir con los veinte mil quintales de sopilla, las cuatro mi vacas y las
cincuenta mil avestruces bobas?[2]
Desde hoy exigimos permanecer en nuestra beca, como las autoridades se
perennizan en sus cargos. Si el Pueblo habita el mundo en nombre de las Cosas
Primeras, y los mandarines, en nombre de las Cosas Últimas, nosotros lo
poblaremos en nombre de las Cosas Convenientes[3].
Y si aquéllos
se cruzan con vulvas analfabetas e instintivas, o premeditadas y serenísimas
vulvas, nosotros nos cruzaremos con vulvas ensimismadas y becadas».
Con
estos dislates logró Fustos levantar ciento catorce Residencias, que le
proclamaron Conductor de Sumisos, Luz de Untuosos e Inventor Moralísimo.
Inmediatamente
se alarmaron los mandarines y le envia ron esta Reconvención: «Fustos,
parvulito, ¡hazte preguntas!». Sin duda, los crepúsculos pensantes imaginaban
que nuestro rebelde se formularía cuestiones de esta índole:
¿Quién
soy?,
¿a
qué huelen mis padres?
¿qué
señorona me recomendó?,
¿a
qué Procónsul alabé?,
¿qué
piadosa asociación me compró el hatillo?[4],
¿quién
blanqueó mis manos?,
¿quién
me enseñó el uso del orinal?,
¿cuándo
dormí en cama?,
¿quién
me dio ropa limpia?,
¿de
dónde proviene el rescoldo que calienta mi lecho?
¿de
dónde el cálido olorcillo de la sopa?
¿quién
me prometió porvenir?
El
becario, empero, respondió como sigue:
«Capacidades,
cumpliendo vuestros deseos, me hago estas preguntas:
1.
¿Por qué un becario ha de ser manso?
2.
¿Por qué ha de ser untuoso?
3.
¿Por qué ha de ser obediente?
4,
¿Por qué ha de temblar ante los mandarines?
5.
¿Por qué ha de admirarse a cada instante?
6.
¿Por qué ha de recelar de su futuro?
7.
¿Por qué ha de llevar calzones clausurados?
S.
¿Por qué ha de dormir sobre tres almohadas?[5]
9.
¿Por qué ha de comer sopas, vacas y avestruces?
10.
¿Por qué ha de ser espiritualísimo?
11.
¿Por qué ha de estar vigilado?
12.
¿Por qué ha de tener un director moral?
13.
¿Por qué, en suma, ha de ser transitorio?»
Entre
las posibles respuestas a estas trece tesis, hoy famosas e inscritas en el Libro
de las Tesis, el Mandarín de los Becarios, hombre escrupuloso, eligió la más
ortodoxa, y remitió a Fustos la siguiente misiva: «Porque un becario, como tú
sabes, no es inocente de estar en el mundo»[6].
Cuando el rebelde la leyó, se irritó y transmutó como jamás becario alguno
en la Historia de la Feliz Gobernación, se golpeó el estómago, rechinó los
dientes,
se clavó las uñas en el vientre.
―
¡Se acabó el diálogo, hermanitos! Ya no hay autoridad sobre nosotros; desde
hoy nos entenderemos directamente con el Libro y con los hechos ―sentenció ante
sus adictos. Y así nació la Doctrina de la justificación de los Becarios, según
la cual, las sustancias de porvenir sólo responden ante los dioses y ante la
Historia.
Un
impresionante berrido salió en aquel momento de las gargantas sumisas, pidiendo
perpetuidad y mujeres, amén de libertades, representación y autarquía. Cierto
Nínfalo recitó a gritos un poemilla que seguramente traía preparado para la
ocasión:
¡Oh
dulce vulva y dulce sopa boba,
quedad
―exigimos―, no paséis;
os
queremos perpetuas y con honores,
fieles
a las sustancias espirituales,
impávidas
y solemnes entre nosotros!
Otro
cantó:
Retroceda
el temor, huya la duda,
porque
la beca es cosa perpetua;
viandas
y vulvas son formas de la Tierra[7]
y
el becario, una inmanencia en el mundo
A
cuanto ocurrió en adelante se llamó Herejía de los Becarios, Rebeldía de la
Naturaleza Sumisa o Sublevación de las Crisálidas.
Entre
la algarada general, el emisario de la Jurisdicción Decisoria alzó la voz:
―
Fustos, tengo prisa, porque mi mujer ha de parir. ¿Qué digo a la Capacidad
Becaria?[8]
―
Dile que viste esto ―contestó el rebelde. Y rasgó la clausura de sus calzones,
por lo cual creció el alboroto y su entusiasmo, mientras algunos comenzaban a
corear la popular estrofa:
Somos
becarios,
hijos
de la necesidad;
si
nos queréis encontrar,
venid
a la hora de merendar.
―
Locos y ansiosos, ¡insensatos!, estad preparados, porque vendrán con seguridad
y os harán cantar de otra manera ―exclamó el emisario de los mandarines. Y
marchó asustado, repitiendo mecánicamente estos insultos, después llamados
Salmodia de Zorastro:
Cagones,
untuosos,
esmirriados,
mierdosos,
bizcos,
palabrosos,
tiritones,
reverenciosos,
calientacueros,
recelosos,
manchacamas,
sarnosos,
tragaollas,
aceitosos,
dulcemeadas,
escrofulosos.
quiebravoces,
churretosos,
masturbadores,
gangosos,
limpiacapas,
farragosos y medulosos. ¡Esto sois!
II
Cuando
el Consejo Decisorio conoció los sucesos, comprendió de una vez el alcance del
problema.
―
¡No podemos transigir! ―manifestó el Mandarín
Político―. La Feliz Gobernación
se fundamenta sobre el hecho de que el Pueblo está fuera de la Historia; los
alcaldes son corruptos; los hombres de estaca, jugadores de dados; los legos,
trotones de merecimientos; y los becarios, naturalezas acatantes y absortas en
su porvenir. Si se rebela lo que por definición es sumiso, nuestro mando se
convertirá en una contradicción irresoluble. ¡Sea manso el becario o muramos
todos!
Una
recua de crepúsculos pensantes visitó inmediatamente al Dictador y le ensartó:
―
Totalidad, Disponibilidad, Solución a la Necesidad, los dioses y la tradición
están en peligro. ¡Mata!
―
Capacidades, ¿qué formas son éstas? ―respondió Cirilo―. Sabed que no habláis
con un simple Procónsul ni un mero Degollador, sino con el Conservador del
Imperio, el Vigía de los Costumbres y el Buen Padre de Todos, persona moderada
y espíritu pacífico, que no puede descender a destripar becarios. Encargaré
la cuestión a individuo de mi confianza.
Y
llamó a un cierto Abilio, autor de ochocientas mil lecciones sobre la
Divinidad, el cual pidió requisa de coraza y permiso de leva, solicitó un
escuadrón de soldados y entró en una Residencia de la Ciudad. Cuando el
director faccioso le vio llegar de aquella manera, se alarmó.
―
A la buena hora, Abilio ―saludó―. ¿Qué parábolas vas a explicarnos?, ¿qué
oraciones vas a enseñarnos?, ¿de qué dioses quieres hablarnos? ¿Reúno al
Claustro?
―
Hoy no explico ―contestó el
Teólogo―. Vengo a pediros responsabilidades.
―
Tú sabes que nosotros no respondemos más que ante la Divinidad y ante la
Historia ―repuso el becario, lleno de
entereza―. ¿Reúno al Claustro?
―
Mierda para tu Claustro ―exclamó Abilio―. Vengo a pedir responsabilidades.
Oyendo
hablar así a un dulce teólogo, con la espada a punto, el becario comprendió
qué tenía delante la tradición,
y sintió miedo. Empero, aún tuvo valor para decir palidísimo:
―
¡Vaya!, Abilio, déjate de chistes y explícanos Teología.
―
¡Así explico yo mi Teología! ―sentenció Abilio. Y degolló sin más al
faccioso, señal que sirvió para que sus esbirros comenzaran a matar
huerfanitos, ya despanzurrando, ya desnucando, ya aplastando, ya apuñalando y
siempre asesinando. Luego que el Teólogo terminó con los habitantes de esta
Residencia, visitó otra y otra, hasta dejar la Ciudad desprovista de
porvenires. Después pidió licencia para salariar estipendiarios y salir a
provincias. Como las noticias eran muy malas, los mandarines respondieron a
coro:
―
¡Desaparezcan los tesoros!, decaigan las artes, fenezca lo miniaturado, piérdanse
las momias, húndase el Imperio y perezcamos todos, si es preciso, antes de que
triunfe la Rebelión de los Sumisos. ¡Mata!, Abilio, y predica tu Teología.
Así
compelido, nuestro piadoso contrató ochenta mil paquetes de tripas y fue en
busca de la becada[9],
iniciando lo que más tarde se llamó Represión de Abilio o del Teólogo. Los
mandarines comenzaron a recibir al poco cartas de esta índole:
«Al
Mandarín de los Becarios:
La
primera semana estuve en la Gran Provincia Semicentral, famosa por el ritual de
su culto y sus noventa y cinco Residencias de Becarios. Las circundé
silenciosamente y entré en ellas como soldado. Tras un minucioso trabajo, conté
tantos muertos como mantenidos en la relación oficial. Encontré muchos
tesoros, tablas antiguas y gran cantidad de ropilla, que doné a mis
estipendiados. »
«A
la Capacidad Becaria:
Acabo
de abandonar la Quinta Provincia del Sur, y me ha sorprendido la belleza de sus
cascadas y el carácter piadoso de sus habitantes, que tributan a la Divinidad
ortodoxos presentes. He visto treinta y dos Residencias de Sumisos, hermosas y
soleadas, tranquilas para el apartamiento y la meditación, pero vacías. Los
huerfanitos huyeron al centro del Imperio, por lo cual pienso trasladarme allí
para cortar la hierba cuando esté prieta.»
«Al
Hacedor de Mandarines[10].
Termino de recorrer la Decimoctava Provincia del Norte, donde he conocido ciento
seis Residencias tan imponentes como
palacios amurallados. En una ruin cocina encontré seis sustancias impávidas,
como sombras enflaquecidas. Negaron su adhesión a la Rebelión, pero yo las maté,
porque más vale becario muerto que dudoso. Ahora dejo estas regiones y camino
hacia el centro del Imperio, en busca de mis huerfanitos perdidos, mis
potrillos, mis parvulitos y mis sustancias premeditadas.»
De
tal forma volvió Abilio a la Provincia Metropolitana, y rodeó las grandes
poblaciones, donde entró a degüello contra los becarios, que descubría por el
ademán untuoso. La matanza resultó tan espesa que quedó como ejemplo de
crueldad y tradición. En poco tiempo perecieron ochocientos mil, muchos de puro
susto, sin llegar a conocer la espada.
Concluidas
estas expediciones, nuestro hombre regresó a la Ciudad, entregó su coraza y
tornó a sus labores de teólogo.
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- 1. El Primer Demiurgo
- 19. Los Degolladores
- 21. La Ley Becaria
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NOTAS
[1]
Reenganchados:
También llamados repetidores o perennizados. Se trata de becarios que volvían
a iniciar los estudios, una vez conclusos, falseando papeles, para continuar
disfrutando de la sopa boba. Resultó mal muy extendido.
[2]
Los
veinte mil quintales de sopilla, los cuatro mil vacas y las cincuenta mil
avestruces bobas: Como dijimos, los estudios de los becarios duraban tres
milenios. Durante el primero, ingerían sopas; durante el segundo, vacas; y
durante el tercero, avestruces. Véase capítulo 17, nota 1.
[3]
Cosas Convenientes. Simple invención de Fustos.
[4]
¿Qué piadosa asociación me compró el hatillo?: Algunas
asociaciones piadosas, como el Ortodoxo Asenso, procuraban a los becarios el
ajuar o hatillo que exigían las Residencias. El Ortodoxo Asenso fue fundado
por un tal Domicio, año 987450, con objeto de «venerar lo estatuido,
alabar la Escritura y asentir a la Autoridad». Sus adictos, principalmente
viudas terratenientes, se congregaban los lunes para leer y comentar la
Palabra Sagrada bajo la vigilancia de un Director Espiritual aceptado por
los mandarines. Resultó Instituto melifluo y soso, vacío de pensamiento,
pero alcanzó gran poder bajo la protección de la Comparecencia Decisoria.
En ciertos momentos dominó la Institución de los Grandes Legos y los
establecimientos del dinero público. Según Cambazzio, «pertenecer a la
Secta fue símbolo de elegancia y riqueza». Después del año 2345000,
decayó, y fue disuelta, por inoperante, hacia el año 2500340. Véanse capítulo
61, nota 3; capítulo 63, nota 1, capítulo 71 y Epílogo.
[5]
¿Por qué ha de dormir sobre tres almohadas?: Dormir sobre tres almohadas
era símbolo de riqueza y envaramiento, aunque también de pupilaje. Usar
una almohada, resultaba humilde, pero también espontáneo.
[6]
Porque
un becario ... no es inocente
de estar en el mundo: Respuesta inspirada en la Escritura: «Todos los seres
son inocentes de habitar del mundo, menos los becarios».
[7]
Viandas
y vulvas son formas de la Tierra: Según la Escritura, las castas eran «un
lugar de la Cultura o una fase cristalizada de la sabidurías, en suma, una
manera natural de revelarse el suceso del hombre; de ahí su carácter
permanente y su valor de hecho. Los becarios quedaban excluidos de tal
concepción, por no resultar propiamente casta, sino promesa de casta.
[8]
Capacidad
Becaria: Sinónimo de Mandarín de los Becarios.