Escuela de Mandarines
CAPÍTULO
19. Los Degolladores
Mosencio narró así:
I
Cuando
Cirilo, el Procónsul, degolló al último de los municipalizantes, en el año
1030020 de la Feliz Gobernación, contó los muertos y vio que pasaban de
seiscientos mil, por lo cual decidió dar por conclusa la represión y volver a
la Ciudad. En el camino encontró a Calvo y Salvador, que venían de cumplir idéntica
misión en otras provincias. Los tres espadas se abrazaron e hicieron desfilar
sus ejércitos, los soldados de pequeño esqueleto, los soldados de ojos
cargados y los soldados analfabetos. Después, sin mayores consultas, formaron
un Triunvirato para regir el Imperio bajo la vigía de sus legiones. A esto se
llamó Pacto de los Degolladores.
Conocida
la noticia, los mandarines quedaron perplejos. Su Tolerancia produjo
inmediatamente esta Sentencia: «Todos los sucesos pertenecen a la Divinidad, y
estos dictadores son un suceso. Recibidles, pues, como a enviados de los dioses».
Una
mañana se formó la procesión para entregar el Mando a los nuevos amos. Los
Degolladores llegaron al Palacio de los Compromisos y entraron en la Morada de
las Leyesl, donde les esperaba el Gran
Padre, que, en viéndoles, susurró con dulzura:
―¿Dónde
están los salvadores?
―Yo
soy Salvador, porque así me nombró la famulilla2
y así me llaman los soldados ―replicó
el Procónsul Salvador.
―Parvulito,
aunque Salvador sea tu nombre, sois tres los salvadores ―aclaró
Su Tolerancia.
―¡No
es verdad! ―espetó
el Degollador ante la mirada de su analfabeta guardia―.
Sólo yo soy Salvador; éste se llama Calvo, y aquél, Cirilo. No hay más que
un Salvador entre nosotros
―Disponibilidad,
mi hermano ―dijo
oportunamente Procónsul Cirilo―,
hemos venido a heredar el Mando, y no a discutir de nombres. Demás que nunca se
designó a los dictadores con el propio, sino con ciertos alias. ¿No es así,
Tolerancia?
―Así
es, hijo. El Consejo Decisorio os titulará Pacificadores, Guías, Conductores y
Salvadores ―contestó
el Cara Pocha.
Inmediatamente
comenzaron las ceremonias. Los acólitos recitaron el texto: «Vine a
intermediar entre el Pueblo y los mandarines, para que exista una vía entre las
Primeras y las Últimas Cosas».
―¿Oyes,
Cirilo? ¿Qué es esto? ―preguntó
Salvador―. O soy
bobo o el Libro está fuera de moda, porque habla de un dictador, y ahora somos
tres.
Pero
sus compañeros le hicieron postrarse con ellos ante pies del Gran Padre, que
extendió solemnemente las manos y declaró:
―Parvulitos,
la guerra os dio la espontaneidad de las Cosas Primeras, pero en la Gobernación
habréis de buscar la profundidad de las Cosas últimas. Si por aquélla
fuisteis suceso, por éstas seréis Derecho.
―Padre,
¿qué son las Cosas últimas? ―preguntó
Cirilo con cierta precipitación y como para evitar que Salvador tomara la
palabra.
―Hijo,
las Cosas últimas son las cosas de los mandarines3
―repuso el
Calificador de los Hechos.
De
esta manera comenzaron a imperar los Degolladores. Pero como el gobierno de tres
sicarios es un régimen de transición, pronto surgieron las desavenencias. Un día,
Cirilo habló así a Salvador:
―
Totalidad4, porque la Ley antigua prohíbe
la presencia de soldados extranjeros en la Ciudad, voy a licenciar mis legiones
de pequeño esqueleto. Celebremos el acontecimiento con un banquete.
Los
espadas comieron y bebieron. En la embriaguez, Salar preguntó a Cirilo:
―
Mi anfitrión, ¿adónde van los dictadores cuando cierran el ojo y estiran la
pata?5
―
A la Gloria de los Dictadores, porque los Cielos se hicieron para los
mandarines, los dictadores y la gente importante. Ya lo verás, mi huésped ―repuso
Cirilo.
Y,
en efecto, aquella misma noche murió Salvador, porque el otro había envenenado
la comida. Al volver del solemne entierro, el Procónsul Calvo abrazó al
envenenador y le espetó:
―
Mi semejante, ahora que ha muerto Salvador, he decidido licenciar mis gentes de
ojos cargados, pues la norma de nuestros padres no quiere soldados extranjeros
en la Metrópoli. Conmemoremos con una cena este regreso a la legalidad.
Apenas
hubo oído, Cirilo abandonó la Ciudad, llevando consigo las legiones de pequeño
esqueleto, por lo cual se declaró la guerra entre ambos estacas.
II
Calvo
invernó en la Metrópoli. Cuando llegó la primavera, determinó agrupar sus
fuerzas y salir en busca de Cirilo, ya dueño de siete provincias. Así
dispuesto, reunió a los mandarines y manifestó:
―
Capacidades, sabéis que Salvador destripó por vuestra recomendación a
doscientos mil siete municipalizantes, y esto porque le cupo en suerte una zona
poco poblada. Al grito de «dioses y propiedad», yo le vi lanzar sus carros
contra la chusma de Tebanio. Aquella mañana despanzurró quince mil niños,
para evitar el fruto de la semilla, pero luego comenzó a llover. Vosotros le
condecorasteis en justa recompensa. También sabéis que Cirilo envenenó al héroe
sin contar con nadie. Por último, conocéis mis Leyes sobre la Defensa del
Estado, la Quinta de las cuales reza: «Quien matare a un Dictador, sea genocida».
En consecuencia, condenad a Cirilo.
―
Mil razones tenemos para condenar al hijo de Fabia6
―contestaron los
crepúsculos pensantes―.
Le condenamos, pues, por abandonar la Ciudad sin nuestro permiso. ¿Estás
satisfecho?
―
Quiero más. Voy a guerrear contra el envenenador; solicito también vuestras
congratulaciones. ¿Es mucho pedir?
―
Te damos congratulaciones, aprobaciones, parabienes, adhesiones, devociones y
conformidades ―susurraron
aquellos bergantes.
Calvo
salió de la Metrópoli, y los mandarines se refugiaron en el Palacio de los
Compromisos, esperando acontecimientos. Mientras tanto, un tal Mundacio, hombre
lampiño, apodado Lego
de las Improvisaciones, recorría las calles, gritando con un jifero pitañoso:
―
¡Paso al Gran Lego de las Decisiones! Sabed que los mandarines ordenaron que
nos manifestemos espontáneamente en pro de nuestro Conductor, el Procónsul
Calvo, único, Valedor, Pacificador, Salvador del Imperio.
Con
esta mímica arrastró una gran multitud hasta el cubículo de los mandarines, a
cuya puerta solicitó la aparición y asenso de aquellos. Empero, las ventanas
permanecieron cerradas, y todo el edificio en silencio, como dejado de sus
habitantes. Cuando marchó el último de los manifestantes, los crepúsculos
pensantes llamaron al Lego y le esclafaron:
―
¡Insensato!, ¿quién te mandó adherirte a Calvo?, ¿quién te ordenó
complicarnos en esto?
―
No os comprendo, padrecitos. Esta mañana disteis congratulaciones, adhesiones y
parabienes al Procónsul ―replicó
temeroso el Lego.
―
Esta mañana era Calvo un suceso irremediable. Mas puede ocurrir que al
anochecer aparezcan otros sucesos. Dice la Escritura que a un suceso inexcusable
reemplaza otro más inexcusable ―sentenciaron
los mandarines. Y le volvieron la espalda en señal de desprecio.
Mundacio
se conturbó definitivamente, y, como tirándoles de las vestiduras, preguntó:
―
¿Perderá Calvo?, ¿ganará Cirilo? ¿Qué decís?
―
Decimos que vencerá el protegido de los dioses.
―
¿Y quién es?, ¿por qué señal le conocéis?
―
El protegido de los dioses es un hecho consumado. Y cualquier Procónsul
victorioso, dispuesto a ejercer el Poder conquistado, es un hecho consumado ―manifestaron
los pensantes.
Mundacio
comprendió su error, sudó frío, y, yendo como perro tras los mandarines,
gimoteó palidísimo:
―
Mis amos, tened piedad; me habéis tratado desde niño y sabéis que soy un
zoquete sin luces y un bambaina que gusta sacar la panza sirviendo a cualquier
Dictador. En mí no hay mayor maldad que la vanidad, pero el jifero pitarroso ya
es otra cosa.
―
Por desgracia, hijo, no hemos de perdonarte nosotros, sino el vencedor de la
contienda ―dijeron
los reflexivos. Y siguieron recriminándole de esta manera:
―¡Ay!,
Mundacio, te llaman el Lego de las Improvisaciones, y deberían llamarte el Lego
de las Inoportunidades; pretendes
ser el Lego de las Decisiones, y no eres más que un aficionado. ¿Qué prisas
tenías en incensar?, ¿qué urgencias en colaborar?, ¿qué premuras en
participar? Por tu impaciencia dependes de un combate, como si fueras un espada,
y no un moralista, un político. ¡Quita!, no te arrastres y míranos
despreocupados de las noticias. Cuanto cambia y muda, se acomoda a la Escritura
en nuestros corazones, pues allí caben todos los hechos y su interpretación.
Mundacio
lloró.
III
Libres
y sueltos en el campo, los dictadores se husmearon, se buscaron y se rehusaron,
arrasando de paso trescientas aldeas. Al cabo de un año, como ambos ejércitos
intentaran bordear un montículo, se encontraron frente a frente, y, sin más
pensarlo, se agredieron hasta quedar destrozados. Hablando en términos de
guerra, podemos afirmar que Cirilo ganó el combate, lo cual fue igual para
todos, excepto para Calvo, que cayó en manos de los soldados de pequeño
esqueleto y hubo de comparecer ante el envenenador, aposentado en una tienda
enjaezada.
―
Mi hermano, porque la regla tradicional no consiente la estada de soldados
extranjeros en la Metrópoli, voy a licenciar mi chusma de pequeño esqueleto.
Solemnicemos esta novedad con un festín de dictadores ―dijo
Cirilo sin mayor preámbulo ni salutación.
―
Yo convido ―exclamó
Calvo.
―
¡Ni pensarlo! En este Reino, yo soy el único que ofrece banquetes y recibe
invitados. ¡Siéntate! ―sentenció
el envenenador.
―
No ceno, estoy desganado ―porfió
Calvo.
―
Tomarás por lo menos unos níscalos ―declaró
Cirilo y le obligó a ocupar la mesa.
Aquella
noche murió Calvo, como era de esperar, y el otro volvió a la Ciudad, no sin
antes arreglar las cuentas con sus proveedores de víveres. Por fin entró y fue
recibido por la tradicional procesión de mandarines arreados, que le condujeron
nuevamente al Palacio de los Compromisos, donde lo invistieron como
Único Conservador del Imperio y Solución de la Necesidad. Las viejas ceremonias
se repitieron monótonas:
―
¿Qué son las Cosas últimas? ―preguntó
Cirilo con el desparpajo de quien sabe la lección.
―
Hijo, las Cosas últimas son las cosas de los mandarines ―susurró
el Gran Padre. Y de esta manera se avinieron, como siempre, la espada y la
Escritura.
IV
Transcurridas
las celebraciones, el Lego Mundacio corrió en busca del Mandarín Político y
le susurró:
―
Mi protector, mi salud, mi señor, mi esperanza, etcétera, he aquí la lista de
quienes hablaron mal de Su Totalidad, nuestro Conductor, el Procónsul Cirilo,
encabezada por el maldito y pitañoso jifero. Hazme la caridad de entregársela
e interceder por mi persona. Háblale de mi mala cabeza; invéntate cuanto
quieras.
―
No temas, Mundacio ―respondió
el Mandarín―:
Cirilo necesita de personas como tú, irremediables a cualquier Dictadura. Eres
un hombre de porvenir, una diligencia solicitadísima.
Pocos
días después, el Conservador del Imperio llamó a Mundacio y le escupió este
párrafo:
―
Lego de las Improvisaciones, sé que ensalzaste a Calvo, mas no por hijo de
aquella Feliciana7, sino por dictador, lo
cual no me desagrada. Ahora sólo tienes que escoger entre un dictador muerto y
otro vivo. Me propongo inaugurar una represión de advertencia y te quiero como
proxeneta. ¡Procúrame nuevas listas!
―
Totalidad, por fin vuelvo a ser el Lego de las Decisiones ―exclamó
el delator. Y besó las manos del Dictador. Luego marchó a su casa repitiendo
estas palabras, hoy llamadas Aforismo de Mundacio: «Nunca sabemos si cometemos
errores para bien o para mal. Por consiguiente, no hay errores».
- 1. El Primer Demiurgo
- 20. Herejía de los Becarios
- 21. La Ley Becaria
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NOTAS
1.
Morada de las Leyes: Sala donde legislaban los mandarines.
2.
Porque así me nombró la famulilla: Huérfano de padre y madre, el Procónsul
Salvador fue criado por una sirvienta.
3.
Las Cosas Últimas son las cosas de los mandarines: Tanto el Gran Padre como
Cirilo usan fórmulas establecidas para investir Conciliadores.
4.
Totalidad: Tratamiento de Dictador
5.
¿Adónde van los dictadores cuando cierran el ojo y estiran la pata?: Esta
pregunta pasó a la Historia de la Feliz Gobernación con el nombre de Cuestión
de Salvador, y fue inscrita en el Libro de las Consultas.
6.
Fabia. Madre de Cirilo.
7. Feliciana: Madre de Calvo.