«Miguel Espinosa, autor de Escuela de Mandarines, ha escrito una nueva novela: Clase media[1]»

 

Gómez Carrión

Diario La Verdad, Murcia, 19 octubre de 1975

   

 

La entrevista con Miguel Espinosa, el autor de Escuela de mandarines, fue una charla amistosa en casa de Antonio Segado, a la hora del café, que la mujer de Antonio hace mejor el café que en las cafeterías más caras (es que hay cafeterías donde se paga por entrar y estar, y lo de menos es el café o lo que sea —diría Miguel en el curso de la charla, en un contexto que luego se verá)

Miguel llegó a la cita con algo de retraso. Miguel Espinosa arrastra un aire mitad de genio, mitad de despistado, o acaso totalmente de genio, pues se tiene la creencia de que los genios son despistados. También se muestra Miguel como ausente, por el gesto, durante la charla, cuando en realidad está metido en lo más hondo de sí mismo, profundizando las palabras que recibe y en las que va a pronunciar, las cuales nunca son producto de improvisación. Seguro que no dirá luego que él no hizo tal afirmación más o menos pura, cuando lea la reseña de la entrevista mantenida. Es posible, en cambio, que piense que no todo lo contenido se ajusta a lo manifestado, e incluso, que la estructura de la frase no se identifica con lo por él dicho, pues, da la impresión, al hablar, de que traduce algo que previamente confeccionara en su interior. Miguel Espinosa es un cuidador extremo del destino, pasa y repasa una y otra vez sus escritos, y tengo la impresión de que hace lo mismo con sus declaraciones. Brotan lentamente, como si las acrisolara en su interior, como si las rumiara. Ahora, tras la entrevista, entiendo porqué tardó 17 años en escribir y en corregir su Escuela de mandarines, un libro importante en el panorama de las letras de los últimos 30 años, como han reconocido muchas críticas, algunas de las cuales han apuntado que tiene la virtudes del Quijote y del Gargantúa, y no sólo por la longitud de la novela, sino porque su estructura entretiene siempre y la obra se lee una y otra vez ábrase por donde se abra sin caerse de las manos, sino interesando por su contenido y por la forma narrativa. En las solapas del libro se hacen eco los directores de la edición de las comparaciones entre Escuela de mandarines y el Quijote y Gargantúa. Yo le pregunto a Miguel si no se ruboriza cuando lee que lo comparan con Miguel de Cervantes.

 

HAY QUE FIJARSE MODELOS ALTOS Y ENCUMBRADOS. AHORA NO LOS HAY.

—No me comparan con Cervantes porque mi libro sea de la misma calidad literaria del Quijote, sino, creo yo, por la estructura del libro. En este aspecto hay la lógica explicación. Cuando escribes, a mí por lo menos me pasa, te pones un modelo; si es bajo, lo alcanzas enseguida, si es alto, no lo alcanzas, pero te exiges y es posible alcanzar algo más perfecto. Cervantes no ha tenido imitadores, porque es un autor difícil; yo he querido seguir su estructura perfecta y compleja. Imitar a Azorín es fácil, se te pega pronto su estilo, pero imitar a Cervantes supone un esfuerzo increíble (Cervantes es mi autor más leído, como novelista técnico, el que más me gusta, y el más moderno. Lástima que el Quijote lo editen siempre como algo viejo).

La impresión de los lectores de Escuela de mandarines, junto al elogio literario, es la que en el interior de la obra hay más metralla de la que a simple vista se observa.

—Tardé mucho en elaborarlo. No tenía prisa, para mí era como la vida misma, que iba transcurriendo, como una dedicación de mi vida, sin ánimo de publicarlo.

Miguel ha encontrado posteriormente más material para su libro, pero no piensa en ningún libro porque «mi ánimo es diferente, si acaso incorporaré algunas cosas a sucesivas ediciones, pero no a la segunda, que va a salir en breve, fiel reproducción de la primera»

 

UN NUEVO LIBRO DE 150 PÁGINAS: CLASE MEDIA; Y UN INVENTO LITERARIO

Miguel, el mismo nombre que Cervantes, una coincidencia que le gusta al escritor murciano, está terminando de corregir su libro, que tendrá sobre unas 150 páginas. Va a tardar más, casi, en corregirlo, un año, que en redactarlo.

—Se va a titular “Clase media”, y con él intento una literatura que llamaríamos fenomenológica, en el sentido de que mi método, al escribir, consiste en no poner yo nada, en acercarme a las cosas y describirlas como son. Es una literatura que va más allá de la literatura psicológica; en ésta el escritor dice lo que lleva el personaje en lo más hondo y no quiere manifestar. Mi análisis de las cosas va más allá de lo psicológico, y me explico. En lo perpsicológico dice por ejemplo que la mujer del protagonista cambia de forma de comportarse con su marido cuando de ganar 12.000 ptas de sueldo pasa a 80.000. Yo no explico nada, muestro cómo se comporta la mujer antes y cómo lo hace después, el lector será el que saque las consecuencias. Se trata de un personaje de clase media y creo descubrir algo así como la metafísica de las cosas y su influencia en las reacciones humanas. Veo un hombre de clase media que se encumbra y el resultado está en el encumbramiento. Mientras le costaba sudor comprar una manzana, éste era el resultado del trabajo; cuando gana mucho dinero, la manzana, la comida, un piano, las cosas, no son nada. Veo las cosas y los personajes y los describo, no digo si son buenos o malos. Sobre la inutilidad de las cosas, en un momento dedico dos páginas a citar objetos inútiles (y la anécdota: Miguel Espinosa se pasó dos días recorriendo las secciones diversas de unos grandes almacenes, anotando cosas inútiles, entre ellas una cajita, de la que la dependienta dijo que servía para guardar “cualquier cosa”, signo evidente de que no servía para nada. Escamados los encargados del almacén de las anotaciones de Miguel, le preguntaron para qué hacía aquello. Les dijo que era maestro de un colegio de Caravaca y que pensaban hacer una tómbola. Luego, le prohibieron tomar nota, y Miguel dejaba en su memoria los objetos, salía a la calle a anotarlos y volvía a beber nombres de cosas inútiles, dos páginas de un libro). También hay profesiones inútiles, tales como la de boticario o notario, que podrían ser suprimidas, a mi juicio, sin que el mundo lo advirtiera. De hecho hay países donde no existen, y no creo que les echen de menos. Por lo que respecta a los boticarios, y si es cierto que la Seguridad Social gastó 100.000 millones en medicinas, el año pasado, y si es cierto que los boticarios se llevan el 30% de las mismas, la cifra que se podría haber ahorrado el país con otra organización es de 30.000 millones de ptas. No es cosa de broma sino una muestra de lo que pueden costar las cosas inútiles como esas cafeterías o comercios donde casi no se entra para comprar, sino para gastar, para satisfacer el amor propio de los que tienen dinero, de los encumbrados de la clase media.

 

40 AÑOS DE NO LITERATURA ESPAÑOLA NI MURCIANA

Hablando de literatura, tocamos el tema de los últimos 40 años de España, le pedimos su opinión y nos la da.

—Yo creo que no ha existido, que no hay una literatura. Hay algunos casos de escritores, que ni son maestros ni pueden ser tenidos como modelos. Hubo maestros y modelos como Azorín, Baroja, Unamuno, pero ahora no hay modelos que imitar. ¿Y el boom de los escritores americanos? Es indudable el impacto, pero creo que es injusto. Son escritores correctos, pero no geniales. Se demuestra que no lo son porque no pueden ser imitados. Éste es un baremo que no falla, a mi juicio: si uno puede ser imitado, se es maestro, si no, no. Ellos no lo son.

¿A qué achacarías la falta de una literatura española de postguerra?

—A la imposibilidad de transformar en oficial lo real; a la estructura de una sociedad que ha hecho imposible convertir la literatura viva la realidad. Convertir como hicieron Cervantes, Quevedo… Aquí se ha hecho literatura de evasión, que no es literatura integral, sino “divertimento”. Los que vengan detrás de nosotros, leyendo a Cela, que escribe muy bien, y a otros autores actuales, no conocerán la realidad de nuestro tiempo como se puede conocer la de nuestro siglo de oro por la lectura de la novela picaresca, ¡qué gran novelística! (y otras obras)

¿Y qué decir de la literatura murciana actual?

—Mis respetos por el escritor García Abellán. Francisco Alemán Sáinz tiene una buena prosa; García Martínez merece ser citado. Hay otros escritores que tienen cualidades. Murcia ha tenido buenos escritores, pero que no limitaron a escribir de Murcia. Algunos de los de ahora, muchos, se han cortado las alas al hacer murcianismo. Hay realidad, universilismo, han preferido contar cosas y no narrar; contar es muy fácil. Los panochistas, el panocho… es un invento de la burguesía para crear una falsa Andalucía. No se puede escribir de Martínez Tornel como si fuera Kant. Se busca la inmediatez, el gozo de escritor como gozo personal, para presumir en tertulias, más que el gozo de vivir y de ser escritor. Respecto a todos los escritores murcianos, y porque tienen buena prosa y son mis amigos, la universidad de Murcia y su influencia en la literatura, ninguna. La universidad ha considerado siempre al escritor como un “ingenioso”, como un ingenio “lego”, un autodidacta que no tiene carrera; un no inscrito en el ejército regular de la cultura, que son ellos.

Hay dureza en las palabras de Miguel Espinosa, hay incluso nombres de catedráticos que no quieren que se publiquen, como el de aquél que le llamó “francotirador de la cultura”

 

_____________________

[1] Segunda parte de La fea burguesía (1990), que se llamará Clase gozante.