Conversación
con... MIGUEL ESPINOSA
Alfonso Martínez Mena
Pueblo, 12 de marzo de 1975.
Hace apenas dos meses, un escritor, hasta entonces desconocido del mediano y gran público, sacó a los escaparates un libro que con el título de Escuela de Mandarines, consiguió el último premio Ciudad de Barcelona y, algo que es más importante, despertar una suerte de expectación admirativa por parte de la crítica. Expectación y admiración que alcanza al lector, que se enfrenta a esta enorme cosmología, alegoría política, ficción filosófico-satírica preñada de esencias metafísicas que sitúa a su autor en primera línea de la renovación literaria española.
Estamos hablando de Miguel Espinosa, alguien con cierto aire de frío intelectual, natural de Caravaca de la Cruz, que durante dieciocho años ha estado empeñado en la redacción y revisión de esta Escuela de Mandarines, concebida como utopía ―nos dice―, «pero a la que apliqué la forma novelada para desintelectualizarla y darle más facilidad al lector».
Nuestro Dámaso Santos, que ha dicho que se ocupará personalmente de la obra, apuntando que «La alegoría de Espinosa, trazada casi como un teorema, se va cargando de humanidad, de realidad, diríamos, casi, pese a situarse en milenios pasados o futuros, que tanto daría, en edades clásicas o en edades inciertas». Ahora queremos traer la propia declaración de este Miguel Espinosa, que ya prepara su segundo paso en forma de novela, La fea burguesía, sobre la que hablará a lo largo de la entrevista.
Al preguntarle a Espinosa su propósito al crear Escuela de Mandarines, responde:
―He querido escribir la novela de una sociedad o de una civilización real e imaginada a un tiempo. Aquí el protagonista es la sociedad; se trata, pues, de un protagonista colectivo.
―¿Qué quieres decir al afirmar que tu libro trata de una sociedad real e imaginaria a un tiempo?
―Quiero expresar que, por un lado, parto de la sociedad donde estamos colocados, como árboles en el bosque, y, por otro, a través de la sublimación estética que genera el lenguaje, pretendo ofrecer dicha realidad como algo imaginado, incomún. Así transformo lo cotidiano y lo ordinario en lo increíble. Al contemplar exagerada la realidad de cada día, como la gota de agua por el microscopio, el lector descubre la verdad que hay bajo su apariencia, y capta el sentido último, más bien extraño, de cuanto le parecía usual y normal.
UN ANTIMODELO
―Creo que has calificado de “utopía negativa” a tu libro. ¿Qué has pretendido señalar con ello?
―Escuela de Mandarines es una utopía negativa, porque intenta exponer lo que no debe ser, mediante el método de abstraerlo de la sociedad real, donde se encuentra, y, una vez aislado, exagerarlo para otorgarle el valor estético y elevarlo a un antimodelo.
―Pero en los dieciocho años que has estado trabajando en la obra, tu utopía negativa puede haber sido superada por los hechos, ¿no?
―Y lo ha sido. Los hechos, efectivamente, han superado cuanto yo había imaginado como exagerado y caricaturesco.
―¿Crees, entonces, que lo cotidiano iguala y supera, algunas veces, a una utopía negativa?
―Lo cotidiano es una utopía negativa, un arquetipo de lo que no debe ser. Precisamente en lo habitual reside lo insólito, lo increíble, el paradigma contrario de toda racionalidad y sentido.
―Según eso, el escritor debería novelar solamente lo cotidiano.
―Sí. A mi juicio no existe otro novelista que el narrador de lo ordinario, ni otros personajes que los aparentemente frecuentes, siempre que el escritor sea capaz de mostrarnos lo ordinario como lo insólito. Si tal no logra, en vez de novelista, resulta un simple retratista de la apariencia, y, a veces, ni siquiera eso, sino un escribano de lo trivial.
SÓLO EL MAL ARTE ES BANAL
―Así pues, para ti, ¿lo más importante es lo cotidiano?
―Lo es. Porque muchos han hablado banalmente de lo cotidiano, piensan otros que lo cotidiano es banal; sin embargo, yo creo que, antológicamente analizado, nada hay banal bajo el sol, sino el mal arte.
―Tu libro está compuesto a base de breves escenas, relatos variados… ¿Piensas acaso que la mejor novela sería aquella donde la acción consistiera en actos, no en acaecimientos?
―En efecto, amigo Martínez Mena, tú lo has dicho muy profundamente. La mejor novela resultaría aquella donde nada aconteciera, en el sentido de aventura o suceso, y sin embargo, en ella ocurriera nada menos que la vida misma.
―¿Ves en tus libros la novela del futuro?
―Creo que la novela del siglo XXI tenderá sencillamente a analizar las cosas como están en lo habitual.
―¿Por ejemplo?
―La crueldad terrible, impecable, siempre inspirada, improvisada a cada instante, del lenguaje común; en lo cotidiano, en las relaciones de cada día, los hombres suelen asaetear y victimar a los hombres con la palabra.
―A propósito de la palabra, ¿qué papel juega en tu obra el lenguaje clasicista que empleas?
―A través de él pretendo crear la realidad barroca y compleja que le va al país, ya barroco y complejo de por sí, que de alguna forma caricaturizo. El desarrollo de cada idea hurga el empleo de un lenguaje apropiado a los fines.
FANTASÍA Y UTOPÍA
―Has escrito una novela en la que el sujeto es la sociedad, o también, como tú dices, una utopía negativa. ¿Cómo distinguirías una utopía de una novela de fantasía o de ficción político-social?
―En la utopía se conserva constante la condición humana tal como es aquí y ahora. Por el contrario, en la novela de fantasía o de ficción político-social se olvida la tal condición. Un mundo feliz, por ejemplo, de Huxley, sólo es, a mi juicio, novela de fantasía; nada enseña sobre la condición humana de todos los tiempos.
―Me has puesto como ejemplo un libro que está al alcance de todos. ¿Crees que el tuyo podrá ser comprendido por un público mayoritario o, acaso está destinado a una minoría culta?
―El libro está configurado para todos lo hombres. Yo no hubiera querido jamás escribir una obra para una minoría de cultos, ni tampoco para una mayoría de menos cultos o de simples. Así como la realidad ofrece a cada individuo una experiencia y una conclusión de vivir, que cambia según el talento de cada cual, así esta obra pretende ofrecer a todos un sentir y un saber.
―¿Has previsto el resultado de su lectura?
―Leyéndola, unos experimentarán la risa continua; otros, la misma risa más ciertos sentimientos y sensaciones diversas; otros, la aprehensión de juicios… etcétera.
OBRA SIN CLAVE
―Se ha insinuado, por algunos, que tu libro es una obra con clave, con referencias extraliterarias. ¿Están en lo cierto?
―De ninguna manera. Una obra escrita con clave quedaría reducida a un simple panfleto, tan efímera como cualquier suceso histórico. Esto no niega que muchas personas puedan verse allí retratadas, como tampoco que algunos lectores puedan encontrar personajes semejantes a determinados vivientes. Ello ocurre precisamente por la universalidad del texto, que manifiesta la condición humana, y por consiguiente, a todos y cada uno de los hombres. Me gustaría recordar a este respecto las palabras de Juan Ramón Masoliver sobre el mismo tema: “Si jugáis a identificar trapacerías y poner apellidos a trapaceros, será cosa imputable sólo a la perspicacia e intenciones de cada quien. Porque la condición humana tampoco ha variado tanto, desde que el mundo es mundo, como para lo que se cuece en el tablado de la antigua farsa, o fábula, no cobre vigencia en cuanto se alza el telón”.
Se nos alarga el tema. Conviene recordar que Miguel Espinosa aparece en primera línea con Escuela de Mandarines, sin más bagaje que un anterior libro de ciencia política y algunos ensayos. El libro, publicado hace bastantes años, se titula Las grandes etapas de la historia americana, con prólogo de Tierno Galván, que, por cierto, acaba de calificar la primera obra propiamente narrativa de Espinosa como «uno de los libros de más alcance estético, agudeza de ideas y valor universal que se han publicado en España desde hace muchos años». Pienso, si acaso el éxito de sus “Mandarines” no le animará a nuevas empresas literarias, y le pregunto para terminar:
―¿Habrá próximo libro? ¿Cuál será?
―Una novela, titulada La fea burguesía, que tratará de describir, mediante un lenguaje casi estadístico, fundamentado en el simple dato y en el valor ontológico del lenguaje común, la clase burguesa. Tendrá una estética bien diferente a Escuela de Mandarines, aunque pretenderá pintar la misma sociedad.
―Seguirá tu línea de preocupación por el tema de la condición humana, según veo. ¿Es pesimista u optimista tu actitud al respecto?
―Ni una cosa ni otra. Yo diría que mi actitud es expectante; así es el mundo, así lo describo.
Y ahora vamos hacia el punto y final:
―¿Qué te ha parecido el premio Ciudad de Barcelona?
―Me ha honrado.
No podremos decir que en esta respuesta y en alguna otra de Miguel Espinosa no ha sido escueto, al desuso del intrincado y sorprendentemente claro procedimiento que le ha servido para tratar su ambiciosa cosmología, de la que aquí se aclaran muchos puntos al posible curioso lector. O al menos, así lo hemos pretendido.