TRÍBADA

Theologiae Tractatus

 

DAMIANA Y MARÍA

Relato del personaje Alfredo Montoya, inserto en las cartas 58 y 59 de Juana a Daniel

 

IIIIII

I

 

María Ordóñez ha cumplido cuarenta años, y es casada con Romualdo Ibáñez; de su matrimonio poseen dos niños: un Romualdito y una Emilita, criaturas que ellos llaman encantadoras. María y Romualdo trabajan de profesores; por eso, su hogar recibe salario doble: uno, por ella, y otro, por él. En mañanas de otoño, de invierno o de primavera, Romualdo y María se besan la frente y susurran «¡Adiós!, vida mía». Inmediatamente, cada uno monta su automóvil.

Recorre María, cada día, cuarenta kilómetros, para acudir a su trabajo, y otros cuarenta para retornar del mismo. En este mundo ocurre, con frecuencia, que las profesoras maridadas sufren cotidianamente el dolor de dejar al esposo. Al caer la tarde, María vuelve, a su hogar, fatigada de impartir saberes y de viajar.

Romualdo y María son personas cerradas, completas, satisfechas de sí y de cuanto realizan, convencidas de su causa y prontas a razonar su comportamiento, que siempre consideran coherente; en suma, seres sin fisuras. Un ser sin fisuras carece de dudas sobre sí mismo, vive en constante disposición de enjuiciar desde su seguridad, resuelve cualquier tragedia en error de los sujetos, y se conforta al palparse libre del mismo; en resumen, no acepta el destino y hace de la vida una empresa bien organizada. Por eso, se revela cauteloso y prudente, temeroso de cualquier pensamiento y su contingencia.

La libertad de Romualdo y María consiste en comparecer en la Tierra como Romualdo y María: una familia con dos niños, dos automóviles, un hogar en la ciudad y una casita, que están construyendo, en el campo, con mil ilusiones y mímicas. Cuando la pareja cumpla alrededor de cuarenta y cinco años, la casita podrá ser habitada confortablemente; más tarde, la heredarán los hijos, y esta será la primera herencia en las generaciones de los Ibáñez y de los Ordóñez.

El día primero de cada mes, Romualdo y María se personan en la oficina bancaria y cobran su doble salario, que equivale al de ocho braceros; no cuentan los cónyuges ni miran sus sueldos, sino en el secreto del hogar. Empero, tampoco allí hablan de dinero; sí hablan de su dedicación, que consideran misión en la Tierra y servicio al todo social. Por este lenguaje, y por una especie de torcer el cuello, para no contemplar de frente las monedas que del Estado reciben, se llaman liberales, y así son valorados en la ciudad. Hay que añadir, por lo demás, que Romualdo pretende ser algo más que un trabajador; quiere ser un sabio; por eso, su lenguaje versa sobre la ciencia y los alumnos de la ciencia, jamás sobre el salario. No en vano, las efigies de algunos sabios que fueron, orlan las paredes de su despacho, junto a los retratos de María, Romualdito y de Emilita.

Cuando los esposos se encuentran, por la noche, besa María a Romualdo, y susurra: «¿Cómo fue tu día?». Narra el hombre su jornada a la esposa, que lo observa fija, pestañeando absorta, mientras late en su cuello la vida. Relata Romualdo parsimoniosamente, y concluye con frases de este estilo: «¿Ves, amor, cómo los alumnos compensan a veces?». En ese referir a su mujer, siente el profesor que su día y su hacer no son baldíos; en la familia se realiza la totalidad y compacidad del ser, la Historia misma y la verdad de la existencia.

Semejante relación entre personas que saben de sus escupitajos y de sus legañas, es una pura representación. Pero Romualdo y María están viviéndola tantos años que ya no son sujetos de la misma, sino objeto y fin; la representación, convertida en sujeto activo, hace a Romualdo y hace a María.

Explica Romualdo la llamada Ciencia Física, y ama el explicar y el ser profesor con emolumentos, con muceta, con despacho estatal, con claustro de iguales, con problemas entre iguales, y con firma. No obstante, Romualdo es un aficionado sin dotes: carece de talento para la Ciencia Física y para cualquier otra ciencia o arte, pues la imaginación no ocupó su feto. Como el hombre no es cristiano, jamás visita iglesia alguna; pero bien pudiera entrar en el templo del Materialismo Dialéctico, que profesa, y protestar así ante la Materia: «¿Por qué esta injusticia? Tengo el título, el despacho, los alumnos y la firma, la forma toda, pero estoy exento de dotes. Sin embargo, José López Martí, que carece de título, de despacho, de alumnos y de firma, tiene dotes». Este José López Martí escandaliza a Romualdo, enunciando, en las cafeterías, ideas y teorías.

El aficionado sin dotes quisiera matar al que posee dotes y no muestra afición; tras matarlo, lo enterraría, para borrar el desorden y restablecer una armonía forzada. Aunque él mismo lo ignora, Romualdo quiere matar a José López Martí, y, de vez en cuando, lo mata, despreciando su palabra o respondiendo de esta manera a una exposición de ideas : «Tengo un claustro a las siete». Aunque María no permitiría que Romualdo clavara un puñal a José López Martí, sí permite esta manera de victimar al dotado, obra en la que colabora, cuando puede, interrumpiendo así el hablar de López: «Romualdo, ¿no tenías que marchar a esa reunión de Comisiones Políticas?». Se nos olvidaba decir que Romualdo y María pertenecen a unas Comisiones Políticas que tratan de organizar la sociedad más justamente.

Amén de miedo a José López Martí, María tiene miedo general; ve la existencia de los demás como naufragio continuo. «Ahora cae uno, ahora cae otro; ayer murió Eduardo, anteayer separóse Ernesto de Ignacia; el otro día, Encarnación descubrió maula a su hijo, hace un mes advirtió Dionisia que su hija andaba preñada de un desconocido. ¿No es todo esto terrible?» piensa María. Y , en seguida, se dice: «A nosotros no nos pasará estas cosas». Luego se estremece y mueve instintivamente, como para unirse a su Romualdo, su Romualdito y su Emilita, y configurar así el ser compacto. No razona María cuando exclama: «A nosotros no nos pasará estas cosas». Expresa la afirmación como una declaración, como una decisión, como una determinación, y en esto muestra, sin pretenderlo, una fisura.

Camina María por la existencia como quien navega con su familia, en medio de un proceloso océano, y esto es lo que sus ojos ven: el hundimiento de las barcas donde navegan los otros, los que no son su familia. Cuando María era más joven y generosa, consideraba en su clan, y acogía en su barca, a sus hermanos, cuñados, cuñadas y padres. Mas luego que cumplió años, fue restringiendo los elegidos, de forma que ahora mismo son sus dos hijos y su esposo. De esta manera, la posibilidad de que su barca naufrague ha disminuido para la mujer. En efecto: si su familia fuera la humanidad, María naufragaría con ella, pues todos los días naufragan hombres; si su familia fuera cien personas, aquella posibilidad aún sería grande; pero siendo cuatro, resulta mínima.

«Ya naufragaron los Pérez, ya naufragaron los Hernández, ya naufragaron los Martínez» se dice María, aterrada. Y se estrecha con los suyos, ese Romualdo y esos Romualdito y Emilita.

No considera María el naufragio de los otros como condición de la existencia, como destino o como querer de Dios, sino como resultado de los errores cometidos por los náufragos. De esta forma muestra su concepción del hombre como producto de la premeditación. Cuando las leyes, las circunstancias o los hechos favorecen a su esposo, afirma la mujer: «Ya sabía Romualdo lo que se hacía cuando, ha cinco años, determinó verificar tal cosa».

No sabemos si María siente terror o gozo cuando naufraga alguien a su alrededor. Generalmente, el hundimiento de los otros le sirve para dar significación a ciertos actos de Romualdo, o de ella, en sí neutros. Alberto Robles frecuentaba una tertulia después del trabajo; allí conoció una muchacha y huyó con ella. Comentó María a su esposo: «¿Ves, Romualdo, como se debe volver del trabajo sin pasar por tertulia alguna?». Y Romualdo, que así lo hacía, respondió: «En efecto, vida mía».

Un día naufragó Herminia, la tercera hermana de María: el marido la trocó por otra mujer. María contempló cómo la furiosa ola arrastraba a su hermana; calló y se estrechó con los suyos. Otro día vio la inmensa, la terrible zozobra de Damiana Palacios, la boticaria, que se hundía con Lucía, la modista. Ante los ojos de la profesora, una inmensa ola arrastró a Damianita, con su Lucía; las empinó hasta las alturas, y luego las abismó, volviendo a sacarlas ya abismarlas. María sentenció: «Tenía que suceder así». Y manifestó a Romualdo: «¿Ves en qué acaban los amoríos y las espontaneidades?». Romualdo repuso: «Sí, vida mía».

En su barca, María cultiva un pequeño huerto de macetas, que riega a diario, mientras navega en ese furioso mar de la existencia. Si alguien le preguntara: «¿Por qué riegas tus plantas? ¿No ves la furia de las aguas y el desastre de los otros?». Ella, respondería: «A nosotros no nos pasará esas cosas». Y seguiría regando. Tal es su obstinación.

 

II

 

Josefina Femández Robles ha dicho: «Si Romualdo y María son seres sin fisuras, Damiana Palacios es la fisura misma, y esta es la diferencia que determina ambas formas de estar en el mundo».

Resulta, en efecto, Damiana la total fisura, voluntad, pasión, acucia, impulso, incoherencia, determinación, contradicción, aventura, irreflexión, espontaneidad, y persona que compromete sus horas presentes y futuras en cada movimiento; por eso, su vivir es naufragio, constante naufragio, que contempla, entre aterrada y gozosa, María Ordóñez.

Ocúpale a Damiana el deseo, la curiosidad tribádica; se entrega a Lucía, y es abofeteada por Daniel. Rompe con un amor de más de ocho años, se viste de mocito y pasea las calles como tortillera pública y notoria, como algo que la ciudad ha de inscribir en su guía de pintoresquismos. Naufragada, se abisma y flota, flota y se abisma ante los ojos de María Ordóñez, que dice a Romualdo: «¿Ves en qué queda el deseo?».

Tienta Damiana al destino, y el destino la traga; valiente y esforzada, hácese destino y recorre las calles como tal destino. Entra en metamorfosis y su rostro empieza a semejarse al rostro de Lucía, la hedionda; su faz se contrae, dura en la significación y blanda en la materia, refleja pasmo. Miente, y se le apoda tríbada falsaria; luego, también, tríbada confusa, pues el desconcierto la nimba; dice tonterías y deviene pobre animalito.

Se le llama afán de la vulva, apestada, bestialidad pacífica, desenfrenada, filocricas, fulera, gabasa, grofa, hembra horra, herpes, hueca, innecesaria, iza, lumia, mozcorra, podre, pustulosa, rabiza, revolcona, rodona, simia, trapacera, trotona, tusona, vómito detenido, voz anal, zurrona.

María la contempla y dice a Romualdo: «¿Ves en qué queda el deseo?».

Dice Damiana: «Tal vez perezca en accidente de carretera. Lucía conduce alocadamente el coche». Y habla conforme. María Ordóñez, empero, repite continua: «A nosotros no nos pasará esas cosas».

Dice Damiana: «Un día asomará ]a muerte, y todo concluirá. Quisiera ser enterrada allí donde muriera, pues no me gustan los traslados de cadáveres». y María sigue repitiendo: «A nosotros no nos pasará esas cosas».

Dice Damiana: «¡Vaya con Ana! ¡Y qué poco sabe de aburrimientos y pecados! ¿Acaso hay pecado que extermine el aburrimiento?» y María exclama: «Romualdo y yo no conocemos el aburrimiento».

Besa Damiana las manos de Severo Lancina; sus ojos y su actitud declaran: «¡Ésta soy yo, y tú me aceptas, Severo! ¡Bendito seas!». Ve María, altiva, a Severo, y su mirada le cuenta el dinero de la bolsa. La mujer piensa: «Todavía gana Severo más que nosotros».

Entre la muchedumbre, destacan Damiana y Lucía, aromadas por su ser tribádico, apartadas por definición, enmudecidas, manifestando la una a la otra. Asoma Damiana flaca, actora de su hado, bagatela de su afición; preséntase rígida, el gesto rival, examinando el mundo desde su diferencia y afirmando su casta en la evidencia de la discordancia; viste de pantalón, de botas, de lana azul, de camisa, y se engrifa tiesa, desde el talle a la cabeza. María Ordóñez aparece vestida de buena mujer y esposa; lleva sobre su pecho una imagen del Crucificado y el símbolo del materialismo dialéctico, pues pertenece a esas Comisiones Políticas que protegen su salario. La contradicción entre las doctrinas queda englobada en los intereses de María, instancia más alta que las ideas.

Manifiesta Daniel, el antiguo amante de Damiana: «No puedo conversar con la tríbada sin enfuriarme y querer agredirle. Mi atracción por ella entraña odio simpático y sagrado, nacido de la visión de lo puramente demoníaco y en acto». Y manifiesta Romualdo: «María es perfecta». A lo que responde la mujer: «Amo y quiero a mi Romualdo, mi Romualdito y mi Emilita. Nunca dirá mi marido, de mí, lo que Daniel dice de Damiana».

Juan Pérez Valenzuela ha exclamado: «¡Qué no daríamos por conocer lo que Damiana siente cuando pisa las calles vestida de tortillera!». Pero nadie ha formulado esta proposición: «jQué no daríamos por saber lo que siente María cuando, arropada en el automóvil, con su Romualdo, su Romualdito y su Emilita, un día de nieve, oye, por el ingenio de radiodifusión, la nueva de mil muertes!». Sin duda, piensa: «A nosotros no nos pasará esas cosas». y tienta instintivamente su bolso.

El recelo, el temor que se revuelve, asoman en la estampa de Damiana, víctima de sí misma, sobre un fondo de fosca tribulación. Su manera de empujar una puerta, su forma de aposentarse, su mirada prevenida, su porte reservado, su apocamiento, expresan apartamiento y figura de aljama, no obstante, terca en su hilaza, María Ordóñez, por el contrario, representa la buena cotidianeidad y la estructura formal de la sociedad; se confunde con lo establecido, donde representa el papel de honrada esposa y buena profesora.

Se declara Damianita ajobada con Lucía, la hedionda, y confiesa sus lubricidades. Nunca María se confesó ajobada con el dinero y la seguridad; ni siquiera su marido oyó tal confidencia de aquellos labios.

Sostiene María: «Damiana es un ser peligroso». Con esto quiere expresar que es libertad, y nada teme María como la libertad, cuya triaca es el orden que estatuye la familia y el dinero. «Tú tienes un status» dice María a Romualdo. Y éste responde: «Sí, vida mía, tenemos un status». Una expresión tal, quiere decir: «Gracias a nuestro esfuerzo, ya no tenemos libertad».

Pregunta Juana: «¿Para qué fin fue engendrada, concebida, gestada y parida la Damiana?». Pero no pregunta: «¿Para qué fin fue engendrada, concebida, gestada y parida la María?».

Dice Juana: «La pregunta sobre el mundo carece de respuesta. ¿Por qué Damiana, tu ventalle? ¿Por qué Lucía, su tábano?». Pero no pregunta: «¿Por qué María?».

Damiana, la consternada, no ríe, ya que perdió el talante confiado, y su lenguaje explicita desgarro y protesta. El lenguaje de María indaga con mansedumbre, para saber si alguien naufragó o está a punto de naufragar; luego, también, para saber lo que ingresan los otros en las arcas domésticas.

Damiana se tiende en la playa, el rostro al cielo, con un triángulo de tela sobre la vulva, en espera de un advenimiento. Más allá, en una casita escondida, se halla María, con su Romualdo, su Romualdito y su Emilita, tapada y hacendosa, preparando la cena de la familia.

Juana sueña que Damiana y Lucía se han transformado insectos, y piensa: «Anunciaré a Daniel que lleve mucho cuidado». ¿No podemos suponer que también María es otro insecto?

Lucía, la inmunda, habla y dice: «Daré una paliza a ese fulano»... «Beberemos aquí unas cacharras de vino, y luego, allá»... «¿No te priva la cochambre?». Y dice María: «Romualdito conoce hasta doscientos nombres de mamíferos: estudiará y será naturalista»,.. «Emilita, la niña, irá este verano a Inglaterra; se hospedará entre monjitas. Ahora, que puedo, no quiero negarle ese capricho»... «Romualdo irá a la huelga, con el claustro; mas no por avaricia de salario, sino por realizar la justicia. También apoyará el Estatuto de los Bedeles y la Educación Permanente»... «No compraremos muebles lujosos para la casita de campo; está decidido». ¿Qué lenguaje es más inmundo ?

Dice Daniel: «Lengua ligera y fina, instantánea, casi sauria, de Damiana, en la vedija de Lucía: quejido, prisa, ronquido. Rostro calcáreo de Damiana, aspaventado por la caricia de la amiga en su vedija». Mas nadie dice: «Frío lecho, frío lecho de Romualdo y de María, donde se susurra del trabajo y del día, de su excelencia, el numerario, y de la bolsa repleta. Puerta cerrada del hogar de María, claveteada, asegurada, acerada, blindada; sueño de los niños inteligentados, preparados, conformados».

«Lucía me lleva a preciosas cafeterías, muy íntimas, donde recibe saludos de arquitectos, cirujanos y notarios que la quieren; uno de ellos posee un automóvil de muchos cilindros» dice Damiana. Y María se angustia. Mas no se angustia cuando su marido le dice: «La copa de vino que te bebiste en Francia, María, sí fue una copa de vino».

Daniel cerca a su antigua amante y le pregunta: «¿Por qué hiciste aquello?», Ella contesta: «No lo sé», y comienza a oscurecerse. El hombre insiste: «Nadie puede explicarlo mejor que tú». La aturdida replica: «Pues no lo explicaré». Él inquiere: «¿Fricáis?». Y ella sentencia: «Eso no te importa». Y da en lagrimar. Otras veces solloza como ánima que, desde el allá, tratara del acá; su semblante, temeroso, se arruga en indescifrable meditación, y se muestra fea. En ocasiones parece hundirse en confusión sin fondo, pisando en el vacío, y el inquisidor se pregunta: «¿Dónde hará pie su pensamiento?», Por ser Damiana total voluntad, libertad, deseo y querencia, baja continuo a los abismos, de donde emerge marcada y victimada, y en esto estriba su grandeza, su pureza y la ternura que su ingenuidad nos causa.

María no se oscurece cuando habla, ni jamás dice: «No sé, no sé», nunca se aturde ni solloza, no admite inquisiciones ni arruga su semblante en indescifrable meditación. Quien hable con ella no podrá preguntarse: «¿Dónde hará pie su pensamiento?», Sabe, en efecto; que hace pie en las losetas de su casa o en los mármoles de la oficina bancaria donde acude, puntual, a cobrar, con Romualdo, su doble salario.

Damiana exclama: «No creo en Dios, no creo en Dios». Y ello porque supone que si se entrega al mundo no puede entregarse a Dios. Empero, María lleva sobre su pecho la imagen del Hijo del Hombre y el símbolo del materialismo dialéctico, porque, como dijimos, pertenece a esas Comisiones Políticas que protegen su salario; quiere María poseer este acá y aquel allá; aún más, pretende que aquel allá le ayude un algo en este acá; donde termina la protección de la ciencia, recurre María a la protección de Dios, y así reza cuando su hija vuela a Inglaterra.

Llorando, espeta a Daniel, Damiana entre hipos: «¿Por qué me torturas?». Y comienza a enunciar sus famosas contradicciones e incoherencias. Una de éstas reza así: «Las mujeres que me calumnian, envidian mi dicha y admiran mi atrevimiento; por eso, me odian». En realidad, Damiana ha querido expresar que las buenas mujeres, que la insultan, castigan su libertad. ¿Acaso no está María entre ellas ?

 

III

 

Dice Juana, en una de sus cartas: «Ayer me reuní con mis compañeras de colegio y quedé asombrada de observar la maldad, la estupidez y la brutalidad que anidan en estas honradas señoras. Mientras las oía, la estampa de tus garzonas daba vueltas en mi cabeza, y sentía interés y simpatía por ellas».

En efecto, entre las condiscípulas de Juana se hallaba María Ordóñez y otras muchas Marías, también casadas con otros Romualdos, y madres de sucesivos Romualditos y Emilitas; fajonas las más, delgadas algunas, traían en sus rostros y actitudes la marca de la representación mentirosa que llevan haciendo durante años, del ser baldío, de la avaricia, de la ordenada limitación, del recelo, del ánimo chabacano, del contar los ajenos bienes, de la rapacidad para los suyos, del no querer morir, del hogar blindado, del sinanhelo, de la casita construida poco a poco, de la bolsa bien guardada, del torcer el cuello cuando se toma dinero, del desprecio al marido acabado, del miedo a la contingencia de los hijos; de la concupiscencia de los ojos, que quieren cuanto brilla, y de la jactancia de la riqueza, bien pobre en aquellas pobres mujeres, pura inmediatez de la mano.

No parece extraño que, ante un espectáculo tal, Juana recordara sus palabras sobre Lucía, que convierten la inmunda en milagro y maravilla de Dios: «¡Qué hambre de persona revela aquella soledad y desierto!, ¡qué protesta y rencor contra quienes intentan prohibirle amores! Cuando sonríe, ante un gesto de su querida, donde se contempla y busca, parece que llora, lo cual demuda el ánimo con la emoción que nos produce la fealdad conmovida!».

También recordaría esta descripción de su pluma, que presenta a las garzonas como luz del cielo: «Asomó tu Damiana vestidita de hombre, igual que su marida. Al divisarlas, aprecié que la una manifiesta a la otra; por Damiana aparece Lucía, y por Lucía, Damiana. Tanto destacan como entrambas que, ante su presencia, las cosas se transforman mero paisaje del cuadro que ellas son. Esto ocurre dejando aparte el hecho de que friquen o se restrieguen, y es tan cierto que, en adelante, no podrán ser nombradas ni encontradas sino como pareja».

Y, luego, estas palabras del propio Daniel, aliento límpido en aquella estancia de arpías: «Embutida en su aderezo de mocito, con su camisa y corbata, con su estrecha chaquetilla, con su ceñido pantalón, su rudo calzado y sus recortados cabellos, parece que Damiana quisiera traer la bollería al mundo, afirmando su tendencia como esencia ausente; representa el empecinamiento de alcanzar la naturaleza con el simple atuendo». ¿No es esto un glorioso y gigantesco empeño, en competición con la Divinidad misma?

Y, después, estas sus propias tiernas palabras: «Mas sigamos con la Damiana, pecosa, pecosita, pálida, palidita». Y estas otras, aparecidas en un sueño: «Déjame, Damiana, limoncito, estás loca».

Y éstas: «Madre, la mi madre, esta tortillera se lleva la flor, que las otras, no».

Y éstas: «Nuevamente soñé con las yuntadas. Eran, a la vez, como las Gracias y como las Gorgonas: alígeras y bellas, horripilantes y terribles. “Fricamos, y nada más hacemos” decían en cuanto Gorgonas, pues, en cuanto Gracias, silenciaban».

Y éstas: «Guárdame este gatito de porcelana, para que Daniel no lo rompa cuando me pegue» dijo Damiana. La Lucía, Gorgona, oía y callaba, siempre al lado de su anhelada».

Y éstas: «Me conmovió el silencio de entrambas, la lividez de Damiana y la obstinación de Lucía, cuyos dedos, impuestos como nimbo sobre su defendida y apartada, colmaron mi alma de compasión y lágrimas; tu amorcillo callaba, y el crepúsculo nunca pasaba».

Bienvenido a nosotros este mito de las garzonas, las espigadas, las esbeltas, las acuciadas por la pasión, Damiana y Lucía. Y vivan ellas, y no María.

 

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De Juana a Daniel: 6

De Juana a Daniel: 50

Los cuyos de Damiana

Damiana y Lucía (COMENTO):

Anónimo primero de la escuela de Murcia

Por José López Martí