TRÍBADA

Theologiae Tractatus

 

COMENTO

 

DAMIANA Y LUCIA

Por José López Martí

 

Salen los vocablos de la boca de Lucía como no emitidos por ella; el semblante y la figura no acompañan, con sus modo, a los términos, que surgen independientes y ajenos a la hablante, formando frases secas y deshabitadas de ese calor que el sujeto comunica a las palabras; tan separados se hallan el verbo y las maneras que éstas ocurren imprevistas y desconcertantes. El hecho inquieta, naturalmente, a quien contempla y escucha, que, al percibir las voces como cosa no vivificada ni enriquecida por los ademanes, ve a la mujer como un ser autómata. El platicar de Lucía no alcanza la condición del verdadero hablar, encarnación de lo dicho en el gesto. Por ello, «ningún alma ordenada quiere relacionarse con Lucía»; huye de la circunstancia porque siente la disgregación de su interioridad ante ese desencuentro entre decir y actitud que es Lucía.

Por comportarse Lucía como autómata, su decir es ralo y triste; pero, también, por decir así, la mujer aparece autómata. De tal forma, su ser se origina, a la vez, en el hablar sin gesto y en la pobreza del vocablo. Con ese hablar no podría Lucía expresar lo que sigue:

 

«Ella, al marcharse,

vertió muchas lágrimas,

y decíame esto:

¡Qué inmenso dolor!

Safo, créeme, dejarte me pesa.»

 

Ningún hablar de autómata puede albergar, desde luego, semejante decir.

Damiana escucha y Lucía dice: «Daré una paliza a ese fulano»... «Rosendito es imbécil, y en su casa no lo saben»... «Beberemos aquí unas cacharras de vino, y luego, allá»... «¿No te priva la cochambre?»... «Vivo a mi gana, y dejo vivir a los demás»... «La mierda que Mengano caga, me cae mal»... «En cuanto a Corazón Sanmartín, que se quede con las manos en el genitorio».

No huye Damiana, la oyente, de Lucía, como hacen aquellas «almas ordenadas»; por el contrario, la atiende y mira complacida. La existencia de la hablante alegra y conforta a la escuchante, que comenta después «por esos mundos»: «¡Qué graciosa es Lucía!».

Damiana no huye de Lucía porque no oye sus palabras: las ve, faz y cuerpo, no las recibe como opiniones de la anhelada. No oye Damiana, pero escucha, y en este escuchar, sin oír, palpa los vocablos como carne. La conversión de la palabra en carne sucede simultáneamente a la transformación de ésta en algo captado por el sentido del oído. La anhelante escucha lo que ve y ve lo que escucha, toca el vocablo y recibe la figura como verbo, por lo cual llega a sentir a Lucía como indisociable unidad de lenguaje y ser. «Rosendito es imbécil, y en su casa no lo saben» repite Lucía. Y Damiana, dejando pasar el juicio, vive el latido que para ella es su deseada; gesto y palabra, sustancia y habla de la amada, son, para la amante, un mismo y solo ocurrir.

Cuando el mundo es el lenguaje, y el lenguaje es el mundo, o sea, cuando el decir es el ser, y el ser es el decir, acontece lo que denominamos poema. Y cuando ese poema se da precisamente, para un individuo, como el hecho del otro, aquél vive a éste como unidad de lenguaje y mundo; en ello consiste lo que llamamos sentir pasión por alguien. En la pasión que Damiana siente por Lucía, ésta, incapaz de hablar en poema, ha resultado poema para aquélla.

La realidad es triste solemos manifestar, refiriéndonos a la pobreza y mala cualidad de todo lo existente, a su repetición y manifiesta banalidad. Damiana, sin embargo, no ve a Lucía como la triste realidad. La criatura cuya carne escucha la amante, y cuyas palabras toca, ha llegado a ser, para ésta, destrucción de la realidad, total metáfora. La unidad de decir y ser, que hemos denominado poema, es, en efecto, entera significación o destrucción de la realidad, metáfora, en suma.

Esta destrucción de la realidad, vivencia del poema, se da, en cualquier persona, como esperanza de realizar continuamente lo indeterminado y materializar la tentación de configurar lo inacabable e inabarcable; detentar la posibilidad constante del advenimiento de lo indeterminado, es existir clandestino, y en esto reside la alegría. En la aventura de vivir el poema que Lucía encarna, Damiana habita un mundo clandestino. «Rosendito es imbécil, y en su casa no lo saben» exclama Lucía. Y Damiana, desde el goce de la clandestinidad, desde esa esperanza que ella sólo sabe, desde la seguridad de la pasión murmura: «¡Qué graciosa es Lucía!».

Misterio es que haya poema y pasión; y también misterio el que no todo sea pasión y poema.

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Capítulo II. Damiana y Daniel

De Juana a Daniel: 6

De Juana a Daniel: 50

Los cuyos de Damiana

Damiana y María

Damiana y Lucía (COMENTO):

Anónimo primero de la escuela de Murcia