TRÍBADA
Theologiae Tractatus
COMENTO
DAMIANA
Y LUCIA
Salen
los vocablos de la boca de Lucía como no emitidos por ella; el semblante y la
figura no acompañan, con sus modo, a los términos, que surgen independientes y
ajenos a la hablante, formando frases secas y deshabitadas de ese calor que el
sujeto comunica a las palabras; tan separados se hallan el verbo y las maneras
que éstas ocurren imprevistas y desconcertantes. El hecho inquieta,
naturalmente, a quien contempla y escucha, que, al percibir las voces como cosa
no vivificada ni enriquecida por los ademanes, ve a la mujer como un ser autómata.
El platicar de Lucía no alcanza la condición del verdadero hablar, encarnación
de lo dicho en el gesto. Por ello, «ningún alma ordenada quiere relacionarse
con Lucía»; huye de la circunstancia porque siente la disgregación de su
interioridad ante ese desencuentro entre decir y actitud que es Lucía.
Por
comportarse Lucía como autómata, su decir es ralo y triste; pero, también,
por decir así, la mujer aparece autómata. De tal forma, su ser se origina, a
la vez, en el hablar sin gesto y en la pobreza del vocablo. Con ese hablar no
podría Lucía expresar lo que sigue:
«Ella,
al marcharse,
vertió
muchas lágrimas,
y
decíame esto:
¡Qué
inmenso dolor!
Safo,
créeme, dejarte me pesa.»
Ningún
hablar de autómata puede albergar, desde luego, semejante decir.
Damiana
escucha y Lucía dice: «Daré una paliza a ese fulano»... «Rosendito es imbécil,
y en su casa no lo saben»... «Beberemos aquí unas cacharras de vino, y luego,
allá»... «¿No te priva la cochambre?»... «Vivo a mi gana, y dejo vivir a
los demás»... «La mierda que Mengano caga, me cae mal»... «En cuanto a
Corazón Sanmartín, que se quede con las manos en el genitorio».
No
huye Damiana, la oyente, de Lucía, como hacen aquellas «almas ordenadas»; por
el contrario, la atiende y mira complacida. La existencia de la hablante alegra
y conforta a la escuchante, que comenta después «por esos mundos»: «¡Qué
graciosa es Lucía!».
Damiana
no huye de Lucía porque no oye sus palabras: las ve, faz y cuerpo, no las
recibe como opiniones de la anhelada. No oye Damiana, pero escucha, y en este
escuchar, sin oír, palpa los vocablos como carne. La conversión de la palabra
en carne sucede simultáneamente a la transformación de ésta en algo captado
por el sentido del oído. La anhelante escucha lo que ve y ve lo que escucha,
toca el vocablo y recibe la figura como verbo, por lo cual llega a sentir a Lucía
como indisociable unidad de lenguaje y ser. «Rosendito es imbécil, y en su
casa no lo saben» ―repite
Lucía. Y Damiana, dejando pasar el juicio, vive el latido que para ella es su
deseada; gesto y palabra, sustancia y habla de la amada, son, para la amante, un
mismo y solo ocurrir.
Cuando
el mundo es el lenguaje, y el lenguaje es el mundo, o sea, cuando el decir es el
ser, y el ser es el decir, acontece lo que denominamos poema. Y cuando ese poema
se da precisamente, para un individuo, como el hecho del otro, aquél vive a éste
como unidad de lenguaje y mundo; en ello consiste lo que llamamos sentir pasión
por alguien. En la pasión que Damiana siente por Lucía, ésta, incapaz de
hablar en poema, ha resultado poema para aquélla.
La
realidad es triste ―solemos
manifestar, refiriéndonos a la pobreza y mala cualidad de todo lo existente, a
su repetición y manifiesta banalidad. Damiana, sin embargo, no ve a Lucía como
la triste realidad. La criatura cuya carne escucha la amante, y cuyas palabras
toca, ha llegado a ser, para ésta, destrucción de la realidad, total metáfora.
La unidad de decir y ser, que hemos denominado poema, es, en efecto, entera
significación o destrucción de la realidad, metáfora, en suma.
Esta
destrucción de la realidad, vivencia del poema, se da, en cualquier persona,
como esperanza de realizar continuamente lo indeterminado y materializar la
tentación de configurar lo inacabable e inabarcable; detentar la posibilidad
constante del advenimiento de lo indeterminado, es existir clandestino, y en
esto reside la alegría. En la aventura de vivir el poema que Lucía encarna,
Damiana habita un mundo clandestino. «Rosendito es imbécil, y en su casa no lo
saben» ―exclama
Lucía. Y Damiana, desde el goce de la clandestinidad, desde esa esperanza que
ella sólo sabe, desde la seguridad de la pasión murmura: «¡Qué graciosa es
Lucía!».
Misterio
es que haya poema y pasión; y también misterio el que no todo sea pasión y
poema.
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Damiana y Lucía (COMENTO):
Anónimo primero de la escuela de Murcia