TRÍBADA
Theologiae Tractatus
COMENTO
DAMIANA
Y LUCÍA
Anónimo
Primero de la Escuela de Murcia
Toda
contienda, aquí en la Tierra, no es otra cosa que una imagen o parábola del
conflicto que mantienen Dios y el Maligno. Esto se afirma, naturalmente, de los
sucesos que merecen el nombre de verdaderos conflictos, no de las simples
colisiones; aquéllos valen como enfrentamiento de significados, y éstas, como
pugna de hechos. Dios y el Demonio están simbolizados en las pendencias
humanas, pero no intervienen directamente en ellas, a la manera de los dioses
griegos, sino que actúan por representación: los asuntos de los hombres son
figura de los asuntos de Dios y del Diablo, pero no los mismos.
La
disputa entre Daniel y Damiana fue litigio lleno de densa e inacabable pasión;
pocas veces pusieron las criaturas tanto fervor en algo como estos amantes en su
desafío; pocas veces llegó alguien a querer con más voluntad ni a encarnar el
deseo con mayor necesidad.
Tras
una porfía ciclópea, Daniel quedó derrotado y aplastado por el triunfo de
aquella fealdad que arrobaba a Damiana: Lucía, la malhecha, el sombrío
resultado, hoja y flor para su enamorada. Todas las injurias y protestas
salieron de la boca del vencido, pero las mujeres le oyeron como los verdugos al
supliciado. Los ojos de Damiana expresaron agoniosos: «Perdóname, amor mío,
perdóname. Todo cuanto ha de ser, se revela cruel». Lucía, la mala vasija de
un alcallero imperito, ciñó al desesperado y lo condujo fuera de la
bienandanza. La turpitudo, la ceguera del apetito, la codicia de la gana, la sed
de facticidad y la facticidad misma ganaron la partida.
La
historia, terrible y cotidiana a un tiempo, igual que tantas otras, hubiera
debido cortarse en ese punto, y quedar como alegoría de aquel conflicto entre
Dios y el Maligno. Mas, por obra de un misterio cuya exposición será siempre
una interpretación, como ocurre con todo lo misterioso, la oposición entre
Daniel y Damiana dejó de ser semejanza en el instante mismo de su acabamiento,
mudó de sujetos y se transformó en el propio combate entre Dios y Satanás.
En
la versión que Miguel Espinosa nos ofrece del caso, la fabulosa sustitución de
antagonistas se columbra a partir del momento en que Daniel recibe la primera
carta de Juana. Desde ese evento, el relato comienza a crecer en significación
y a desbordar los límites de la cuestión original; de testimoniar las causas
de una hembra homófila y de su sorprendido amador, pasa a testificar las causas
de Dios y del Diablo. Por eso, alguien lo subtituló, con razón, Theologiae
Tractatus.
Arroyado
Daniel, el Arcángel San Miguel bajó a la Tierra, por así expresarlo, se
personó ante el vencido y le musitó: «Déjame llevar este asunto». No advino
el Arcángel con su resplandor, sino en apariencia humana; pudo esconderse y
hablar en José López Martí, en Carmen Barberá Blesa o tal vez en alguien
cuyo nombre ni siquiera han recogido los anales. Satanás, convocado por la
comparecencia del otro, subió premioso y susurró a Damianita: «Apártate, que
yo te reemplazaré». ¿En qué persona entró el Rey de los Terrores? ¿En
Pepito Cadenas? ¿En Emigdio Covacho? ¿En Justina? ¿En el cirujano Romi? ¿En
Antonio Abellán Cebrián? ¿En uno de esos arquitectos que poseían dos automóviles?
Relevado
Daniel por el Arcángel, y Damiana por Satanás, las causas y razones de los
amantes quedaron en el olvido, y el debate cambió de sentido. Ni Satanás luchó
por la tortillera ni el Arcánge1 por el humillado; cada uno, sin embargo, por
su propia causa, aparecida antes de todos los siglos. Se trataba, sin duda, de
un pleito antiguo.
Los
espíritus acaecen en los espíritus. Daniel y Juana, Damiana y Lucía,
devinieron campo de batalla de ambos titanes; por eso penaron y pudieron merecer
el nombre de posesos. Porque Juana corrió en ayuda de Daniel, sufrió con él
la luz del Arcángel; y porque Lucía fue esposa de Damiana, padeció la
oscuridad del Maligno; luz y tinieblas se enfrentaron en estas conciencias.
La
desproporción entre la ingenua afición de tortillera, golosía de Damiana,
ciruelita, y su enorme y constante aflicción, revela a un ser que no se
pertenece a sí mismo. Es Damiana rostro alucinado, helado pavor, figura de
aljama, recelo, sobresalto, fosca tribulación, lagrimar silente, limitación
del vocablo, incoherencia de comportamiento, y, al fin, tríbada confusa, amén
de falsaria. Cuando declara que no cree en Dios, para avalar indigente su
querencia, su faz se oscurece o ríe hueco; carece de paz.
Tampoco
Daniel se posee a sí mismo, siempre alienado en la visión de Satanás, el vacío
de Dios, su terrible otra cara, representado en el implacable y omnipresente
fantasma de la mujer que fue su amante. Vive el homore fascinado, ofuscado, por
ese solo objeto, y obsesionado por ejecutar la venganza, entendida como
restauración del orden roto. El odio sagrado hacia lo demoníaco y en acto le
unce irremediable a la tortillera y su marida.
La
misma ausencia de sí sucede en Juana, temor de la Creación, noche de insomnio
en tinieblas, sobrecogida y medrosa presencia, que va transmutándose condenada
según su amado le muestra el infierno. Quiere sufrir la causa de Daniel, pero,
a menudo, no puede conllevar el tormento sino acostada, reducida a lo mínimo:
se trata, en efecto, de la causa del Arcángel. La asedian palpitaciones,
convulsiones, frío en los huesos: temblor en las manos, vómitos y asfixias;
sus terríficos sueños, tan coherentes, engloban a todos los protagonistas y
nos sumen en pavores. «Sólo vivimos el espíritu cuando sentimos su rigor en
la carne»... «¡Qué inacabable e inesperado es el mundo y su concierto!»...
«¡Qué susto soy!»... «¡Qué peligroso es existir! ¡Cuántos avernos nos
acechan!»... «¡Cuánto temo la mente, la acechada del Diablo!» ―dice.
Y, en cierta ocasión, formula la pregunta luciferina, de la que se arrepiente
al segundo: «¿Para qué fin fue engendrada, concebida, gestada y parida la
Damiana?».
En
una de sus cartas, pretende Juana escapar del Arcángel, y pide así a Daniel:
«Apártame, amigo, hermano; libérame del cerco, dame de ti, abismo, delicia de
la nada. Mi amado me preserva, su tacto me diferencia». Es Juana la conciencia
que más se queja, y ello porque resulta la más inocente en la liza: el justo
en toda su perplejidad y agobio.
Por
último, Lucía se manifiesta igualmente ajena a sí. Insumisión no razonada,
morrueco empeñado, hecho neto, tosquedad, sacra imagen de lo horrendo, vaso en
la mano, alcohol en el vaso, universo de un dios afligido, habla como escupiendo
palabras que se desprendieran de un aliviadero, y no puede ser interpretada. Es
la terquedad enviada para consumar el deseo, la premiosidad de lo inferior, la
extraña elegida que exhibe angustia de estrenar su gloria. Cuando tropieza con
Daniel, trasluce humildad de animal, impenitencia y también espanto. ¿Quién
la habita? ¿Por qué calla continuo? «Lucía no hablaba, fricaba y fricaba,
silenciosa y aplicada, indiferente a todo vocablo y cuestión, sólo hado» ―cuenta
Juana en uno de sus sueños. Y en otro: «Movíase la una, y la otra iba a su
zaga; luego permanecían juntas e impávidas, indiferentes a mi observación y
pasmo». Y en otro: «La Lucía, Gorgona, oía y callaba, siempre aliado de su
anhelada». Y en otro: «Me conmovió el silencio de entrambas, la lividez de
Damiana y la obstinación de Lucía, cuyos dedos, impuestos como nimbo sobre su
defendida y apartada, colmaron mi alma de compasión y lágrimas». Y en otro:
«La sacra imagen se patentizaba infracta, impasible, sin flexibilidad corporal
ni facial, sólo torpedad, rostro y mirada de nada». Y en un embrujamiento de
la vigilia: «Lucía, sin palmito, observaba y callaba».
Concluyamos
con estas palabras de Juana: «La realidad que fundamos con nuestras apetencias
resulta más intensa que su causa; su densidad nos espanta». O con estas otras,
pronunciadas por Damiana en uno de aquellos sueños de Juana: «Juana, ¿qué
han hecho de nosotros?».
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Damiana y Lucía (COMENTO):
Por José López Martí