TRÍBADA

Theologiae Tractatus

 

LOS CUYOS DE DAMIANA

Relatos de Miguel Espinosa, personaje, insertos en las cartas 35-39 de Juana a Daniel

 III , IIIIVVVI

 

I

 

Espaciada de Lucía y destituida de la pasión por la horrenda, Damiana se ha arrimado a Pepito Cadenas, cinco años menor que su amiga.

Pepito ocurre incómodo en este valle de lágrimas. Sucede como si él fuera la pieza de un juego cuyo tablero es el mundo, y la pieza no encajara en la estructura del tablero. Desconocemos si el caballero objeta la pieza o la tabla; sabemos únicamente que su hablar es protestar, y su voz, afeamiento de las existencias; por otra parte, sus oídos constatan, a cada instante, que esa voz tampoco suena como debiera.

Pepito no anda, se desliza, y todo su cuerpo refleja untuosidad y huida. Pasea el hombre con la boticaria, al morir la tarde, y, aun yendo los dos juntos, aparecen apartados; si la uvita intenta acercarse al sujeto, él la rehúsa, y si pretende tomarle del brazo, se encoge en aversión. Muchas veces, el varón deambula con las manos hundidas en los bolsillos del pantalón, el rostro vuelto hacia la corderita, bien mantenida a distancia.

«Me gusta mi pelo» exclamó Pepito una noche, al trasponer una esquina. y esto fue lo que Damiana oyó.

Repudia Pepito a Lucía, la horrible, con todas sus fuerzas y reticencias. «Sin sostén, Lucía da asco ha sentenciado. Y ha añadido: «La modista es guarra». Sufre el delicado especial repugnancia por las hembras descinchadas y de grandes mamas.

Permite el ascoso la amistad de las mujeres, a quienes acoge para inocularles un mal que les haga aceptar la realidad del propio Pepito como condición de las cosas y asunto de este barrio. El proceso de infección resulta, sin duda, doloroso para la cándida palomita, destinada a soportar precisiones, retintines, reconvenciones, espantadas, preñados silencios, rezongos y hasta chillerías. «Para ti la perra gorda» grita de repente Pepito. Y así cierra una conversación con la fémina.

Mortifica el hombre en la inocente avecilla de turno la comparecencia de la mujer y su reto. En vez de olvidar las evas, el intrépido las busca para afligirlas, y aun azotarlas; por ello procura seres disminuidos y penados por el destino, angelitos desamparados o diablos vencidos. Apalea, pues, Pepito al caído, y en ello se venga de ser esa pieza que no cuadra en el tablero.

No se libra Damiana de la pasión de Pepito, que considera a la ovejita como una culpa que golpear. Al fin y al cabo, se trata de una mujer con sus senos, caderas y vulva, más un posible juicio.

Mucho exige, al parecer, Pepito para amar heroínas; tanto que ninguna alcanzó el suceso, por lo cual el caballero se ahorró deliquios y agobios. La

boticaria ni siquiera logró reclinar la cabeza sobre el amigo, que conoce el gesto oportuno para rehuir hecho. Cabe definir el contacto entre ambos como un mutuo arañarse, y esta gatuna relación es, sin duda, lo más oscuro de semejante unión.

Aunque parezca mentira, Damiana no se asombra de la actitud del compañero ni advierte allí cuestión alguna. Charla con el varón y aguanta esta clase de frases: «Me revientas, y bien lo sabes; torna, si quieres, con tu Lucía».

«Nada existe sin arreglo, siempre hay sometidos» ha pensado Pepito al descubrir que trajina a Damiana de esta manera, y que ella, sumisa, admite el caso, entregada al látigo del enconoso. La mala realidad es más complicada que la buena realidad.

¿Qué más podemos referir de este camarada de la fresita? Muchas y terribles cosas, pero especialmente una: cuando el sujeto susurra «buenas tardes», en el seno de cualquier crepúsculo, su palabra nos perturba. Aparece allí, en efecto, un inmenso e indefinido reproche, envuelto en la sórdida presencia de la voz ambigua, ni masculina ni femenina, que nos amenaza; una queja de acreedor, que nos transmuta gravados; un recordarnos infamias no reveladas hasta ese instante; un cogernos con las manos metidas en el gozo hurtado, y que debemos a cualquiera; un convertir asqueroso cuanto realizamos inocentes, seguido de un condenar y un castigar inminentes; un desvelar de secretos espantosos; y, finalmente, un profundo decir indirecto y cargado de apercibimientos, junto con la mostración de un rencor insaciable, que clama tormentos para nosotros. «Pepito enrevesa el mundo, y es el fundamento de todo enrevesamiento; los hombres que le prestan oídos, se sienten deudores. La Creación entera se valora obligada a este profesor de liceo» ha manifestado José López Martí.

¿Qué ve Damiana en semejante persona? La pajarita ve sencillamente una compañera cuyo trato pacifica el ánimo; algo, en suma, que se halla a la altura de la acerolita, lejos de aquella tensión que lo masculino suele generar en lo femenino, y viceversa. Sabe la mujer que el hombre enunciará siempre tonterías y pergeñará repulgos y refunfuños que no han de ser aprobados ni refutados, sino simplemente escuchados o contemplados, lo cual tranquiliza su alma con la paz de la nada. Así, pues, Pepito se sustancia descanso para la lomita de Daniel.

«Los restregones que te das con Lucía, te van a vestir de luto» ha declarado el caballero.

«Cállate, tontucio» ha replicado Damiana. Pepito ha gritado: «Tontucia, tú; tontucia, tú, y también pedante». Y ha agregado: «Te odio, te odio y te odio, cominera».

La ambrosía de Daniel ha llorado una chispita, y el atormentador ha manifestado: «No me llantees, que no me conmueves; demás que te pones fea».

Lo cotidiano es infinito. Ni en la bomba arrojada sobre la ciudad de Hiroshima, ni en el exterminio de las razas, se revela lo terrible con la densidad, pormenor, implacabilidad, falta de tregua y constancia que aparece en los días de Pepito Cadenas.  

 

II

 

Tiene Pancracio, músico trompetista, también llamado Pancri, el cabello de color indeterminado, los ojos de nada, los brazos redondeados y las manos un tanto gordezuelas, amén de la cara esférica; no es individuo alto, ni bajo ni mediano; tampoco delgado ni grueso, claro ni turbio; el más agudo observador sólo alcanzaría a dictaminar que posee forma humana, y que su estampa podría lucir en un libro de zoología con este rótulo: «homo sapiens».

Se evidencia Pancracio, a todas luces, puro atuendo, y esto resulta lo más desolador de su presencia. Las figuras mononas llegan a perder la sacralidad y el patetismo de la materia; cuando el espíritu no supera, con su semblante, la traza exterior, el dibujo acontece bufo, si representa la actualidad, y ridículo, si quedó detenido en el pasado.

El calzado nuevo y brillante, el pantalón planchado y como de estreno, la cazadora al día, la camisa refulgente, la sortija y el reloj dorados, hacen de Pancracio una insignificancia bien cuidada; hasta el pelo acaece aderezo. Sus palabras, por otra parte, son también una manera de atavío y encarnación de lo coactual, perifollos que enuncian: «Nunca leí libros»... «He venido a orinar»... «Sufro de hemorroides»... Cree el trompetista que este modo de hablar es ornamento y gala. Seguramente ha escuchado las insolencias de la casta opulenta, y cansada, de quien recogió la música, pero no la letra. En efecto, el imitador usa de ida expresiones que aquélla formula de vuelta.

Asiste Pancracio continuo a cenas y reuniones, denominadas, en otros tiempos, saraos, cachupinadas o guateques; allí comparece de invitado silente, que se diluye y cumple pequeños servicios, siempre oportunos. Es experto en descorchar botellas, tras remirar las etiquetas; lanzar un cigarrillo a cualquier tertuliano, y recogerlo, si se lo arrojan; mover un vaso de alcohol, beber ese alcohol; estar de pie; abrir el aparato que llamamos frigorífico, extraer cubitos de hielo; poner en funcionamiento el artificio tocadiscos, extender las piernas, cuando se halla sentado, y soplar la ceniza del tabaco sobre el pantalón.

Fuera de las fiestas, también se patentiza perito en cerrar las puertas de un automóvil, agarrar el volante, conducir la máquina y aparcarla, como hoy se dice; subir y bajar una cremallera, volar en aeronave, destapar un paquete de tabaco, manejar la ducha, caminar por los salones de un hotel, aplicar cosméticos, elegir jabones y comprar ropa interior de mozo.

No espía Pancracio en las veladas; nada contempla ni guarda en su conciencia; tal vez nada piense. No necesita ni conoce el dinero sino como algo que llevamos en los bolsillos y gastamos en propio beneficio, inmediato, o en loor del automóvil y su abrillantamiento.

Es, en suma, el músico animal pacífico, existente sin estruendo y presente sin manifestación, leve carga, yugo suave, sólo adorno y tocado.

Copula el maniquí a Damiana, y ella se angustia. «El alma se ensombrece cuando ve a Pancracio desprenderse de su cuidada vestimenta, tan limpia y flamante, y entregarse al hecho como a un oficio» ha confesado la palmerita. Y ha glosado: «Junto a Pancracio, no experimento la carne en porciones, que han de ser mundos, sino como saco homogéneo». Cuando el apuesto concluye y da en dormir, Damiana entra en congojas. Pero la espiguita acepta cualquier evento antes que la soledad y su desesperación. Para castigarse, suele depositar, sobre la mesilla de noche del trompetista, el jornal de un bracero.

Relata la boticaria escaso de su amante; habla del caso mecánicamente, y sin entusiasmo ni fe, como si pretendiera describir alegrías, y, empero, re- tratara tristezas. Parlando de su amigado, en la tarde diáfana o gris, la tríbada abandonada semeja un robot que tratara de las condiciones y comportamientos de otro robot. «Pancri gusta de las mamas, y aun las elogia»... «No le declaro amores, pero le llamo cariño»... «Carece de inteligencia y lascivia, amén de fantasía, pero yo exijo poco»... «Me pidió que le regalase un cinturón con su hebilla, que le doné al punto»... « En ocasiones charlo con su esposa, que nada sospecha, lo cual excita mi afán de aventura» ha manifestado la cerecita.

Cierta noche, que Lucía marchó de viaje, Damiana requirió por teléfono a Pancracio, y susurró: «Ven, cariño, quiero enseñarte mi casa». La inquieta paseó al mozo por las habitaciones, le ofreció cena, lo sentó ante el aparato de televisión y le sirvió café. La ausencia de la marida enardecía su corazón, acuciado por el deseo de transgresión; la idea de yacer con el sujeto en el lecho de su asociada, presionaba su pecho y ascendía hasta la garganta. Los personajes de un filmo, que se desarrollaba en la pantalla del ingenio, gritaban desnudos: «¡Mierda!, ¡mierda!» La florecilla dejó caer su cabeza sobre la pulida camisa del músico, orlada con el bordado de una corona de laurel. «¡Malditos sean quienes nos impidieron leer y cohabitar!» clamaban las estampas electrónicas.

El hombre durmió hasta el mediodía, por lo cual, mediada la mañana, la mujer hubo de advertir a la criada por horas: «Isabel, no componga mi alcoba, pues allí descansa un amigo». Cuando el trompetista despertó, Damiana no tuvo ganas de prepararle almuerzo. Dobló, en consecuencia, un billete de banco, lo entregó al amador, y murmuró: «Anda, come en un restaurante». Pulquérrimo y dispuesto, el cinturón inmaculado, Pancracio pulsó el botón del ascensor, y bajó hacia la calle.

 

III

 

El mesón Alfonsina es un establecimiento cuyo propietario puede definirse como un cliente de sí mismo y contertulio de los parroquianos. Julio, el patrón y camarero, determinó instalar un figón de ese tipo, a fin de permanecer con sus iguales en un figón de ese tipo; el hombre aprovechó la querencia para proveer su sustento y convertir el trabajo en gozo y dinamismo de la inclinación. Damiana y Lucía acuden constantes a la circunscripción, que comparten con otros adictos. Entre ellos se encuentran Sebastián y Fulgencio, individuos de la misma edad que nuestro ovillito.

La tarjeta de visita de Sebastián reza así: « Gabi nete fotográfico, reportajes de bodas, bautizos y otras celebraciones, fotografía industrial y publicitaria; filmos». Un día, el Sebastián desertó del hogar, no sin antes espetar estas frases a la sorprendida esposa: «No supiste amarme; eres culpable, como mi madre, que tendrá que oírme»... «No me gusta ser casado». Lucía, que se enteró del asunto, arropó al rebelde y lo condujo al bodegón Alfonsina, lugar que sólo abandona para ejercer, a ratos, su trabajo.

Por su parte, Fulgencio suele mostrar un tarjetón impreso en colores, donde destaca el dibujo de un puente, más la siguiente inscripción: «Doctor ingeniero». El sujeto, que también desamparó el hogar, narra que algunas veces regresa, para recoger pertenencias olvidadas. Florentina, la mujer, susurra: «¡Quédate!». Pero él no queda.

Es Fulgencio persona alta y extremadamente delgada, provista de una cabeza minúscula y un rostro de nariz retorcida y chata. Sus compañeros de estudio le llamaban «El Tirillas»; uno de ellos, apodado «El Leño», por su evidente incapacidad intelectual, amontona intereses en múltiples industrias, ha logrado la plaza de ministro, y no saluda al condiscípulo. «El Tirillas» se siente ofendido por la soberbia humana, pero el ministro aduce: «Aunque yo recogiera basuras, tampoco lo saludaría». Otro camarada, apacible oficinista, sostiene la dificultad de averiguar cuál de los dos es más necio.

Sobre todas las cosas reales y posibles, el ingeniero ama la riqueza en su inmediatez, que únicamente percibe en los objetos que relumbran y son palpados: automóviles, abrigos de pieles, casitas de campo, barcos de recreo, aeroplanos privados, etcétera. Si tales muestras desacaecen, no existe, para semejante conciencia, certificado de opulencia.

Reverencia Fulgencio la figura de un tal Carlos Matencio, que se suicidó en un hotel de lujo, allá en Madrid, porque su renta anual había decrecido hasta la cantidad equivalente al salario, también anual ,de doscientos peones albañiles. El poderoso, mero contable en la juventud, se encerró entre mármoles, moquetas, sedas, caobas, cueros y teléfonos, y se atiborró de somníferos. Gozaba Matencio de doce automóviles, un yate, una motocicleta y tres villas, más de la muchedumbre de las hembras; las quintas disponían de piscinas, pistas para pelotear, gimnasios, pinadas, dogos guardianes y gozques de gala y ladrido» predica el admirador. Y agrega: «Cierta noche tropezó con uno de sus eminentes empleados, y abogado, acompañado de una secretaria, en una casa de placer para potentados. Musitó Matencio: «Laínez, despida mañana a esa mujer». Y el abogado contestó: «De acuerdo, don Carlos ».

Posee Fulgencio un interminable, brillante automóvil de fabricación extranjera. Solitario, lambrijo sobre el asiento del vehículo, las manos enguantadas al volante, el individuo sonríe socarronamente a los humanos desde aquel cielo, siempre en traslado. «Vi a Fulgencio en su automóvil, y me aterró su mirada encendida, que parecía decir: Este coche soy yo» ha confesado José López Martí. La máquina en cuestión constituye la única fortuna del mundano. Por lo demás, cuando éste visita Madrid suele, acercarse a las casas de masajes anunciadas en los periódicos, donde se relaciona con las sensaciones y paga mediante el aval de una de esas tarjetas de crédito emitidas por la banca.

Atraca Damiana en el figón, con su bolso, sus pantalones, sus botas, su camisa, sus lanas y su chaqueta de mocito; se arroja sobre su solio y exclama: «¡Hola, Sebastián! ¡Hola, Fulgencio, hermosos!».

Cierta tarde enseñó la boticaria una cajita de cerillas con este rótulo: «Tadeo, composición». Se trataba de uno de esos regalos que Tadeo, el peluquero, ofrece a sus clientes.

«¿Te concedió Tadi uno de sus dones?» preguntó Sebastián. La náyade repuso: «Yo los tomo». Replicó el fotógrafo: «¡Mira qué suerte!». La mujer anunció sin más: «Romualdo, el cirujano, realizará esta noche una operación de cataratas». Glosó Fulgencio: «Conozco un médico que guarda en su cartera esta nota: Pido que Romualdo no ponga sus manos sobre mi cuerpo herido». Damiana puntualizó: «Es Nemesio». y continuaron charlando.

La señora doña Damiana suele declarar a quien la sonsaca: «En el mesón Alfonsina hablamos verdaderas tonterías, por lo cual me pregunto cómo podemos soportar tanta sandez». Pero, al punto, piensa que estar allí es mejor que cualquier otra cosa, entre otras razones, porque no hay otra cosa. «Me pacifica tratar con seres elementales, carentes de reflexión y representaciones, entre los cuales yo sería, en todo caso, la lumbrera» ha revelado el lucerito. Y ha añadido: «Una tal relación vacía deliciosamente la mente».

Fulgencio ha requerido muchas veces a Damiana de copulación. La avecilla ha contestado: «Ya será, ya será», por lo cual el caballero repite incesante: «¿Falta mucho?». La boticaria sonríe dolorosa, y sentencia: «No tengas prisa, cariño».

Un día, en el retrete del figón apareció este inicuo letrero: «Damiana y Lucía, tortilleras». La corderita pensó: «Ahora no es verdad, ahora no es dad». Y lloró un poquito.

 

IV

 

Juan Rosendo, profesor de físico-química, deja la cama a las siete de la mañana, confecciona su desayuno y marcha hacia la Universidad. Retorna a las dos, cocina, almuerza y se entrega a ciertos menesteres que le llenan la tarde y parte de la noche. En cuatro meses, Juan Rosendo vio crecer un rompecabezas de tres mil trozos, cuya solución vino a ser un paisaje canadiense; durante ciento jornadas, el rompecabezas señoreó la más grande habitación de aquella vivienda. Inmediatamente, el hombre aplicó sus energías a la cría de peces; tras mil esfuerzos, llegó a contemplar hasta doscientos individuos, con sus alevines, redundados en catorce peceras. Luego montó un ferrocarril de mentirijillas, con sus túneles, estaciones y caminos en llano y pendiente. Después compró un telescopio, para mirar el firmamento; una trompa de bailar, un ingenio de jugar al ajedrez; una gens de muñecos, formada sesenta personajes; unos triónimos o esparcimientos matemáticos, y unos divertimientos manufacturados en China, para componer y descomponer dentro un todo.

Es Juan Rosendo una inteligencia neta, sin mezcla de espíritu ni entendimiento, pintura plana, carente de paisaje. Dispone de libros para aprender a guisar, cuidar lactantes, enseñar parvulitos gatear, leer presto, fregar vasijas, administrar vitaminas y, naturalmente, cohabitar. Cree el físico en la psicología, en la pedagogía y en todas las ciencias prácticas, pues considera el mundo como una extensión que podemos conocer mediante cierta técnica; jamás ha indagado, empero, qué cosa sea el conocer. En una ocasión, dijo alguien: «Rosendito, y después de conocer, ¿qué?». El profesor acusó al escéptico de conciencia ultramontana y nada preocupada por el destino de las gentes y pueblos.

No se aposenta Juan Rosendo en silla cuya madera no sepa nombrar y cuyo originario árbol no alcance a situar en su bosque; tampoco ingiere alimento cuya génesis, historia y modo de elaboración ignore; y, en definitiva, nada usa cuya lección de cosa desconozca, ya se trate de una manga de riego o ya de los tubos manejados por un fontanero. Adelina, su esposa, escapó del hogar, y ello no implicó pasmo alguno para el científico, sino cuestión a dilucidar con el correspondiente psicólogo. «Tu mujer es castradora» dijo el técnico al técnico.

«Rosendo repugna acariciar hembras, porque siente asco de sus parcelas. Pero yo no le abandoné por eso, sino por ser precisamente Rosendo» ha confesado Adelina. Y ha precisado: «No me gusta que mi marido prefiera matar perros, cuando conduce el automóvil, a rasgar el guardabarros de la máquina».

Ahora, el experto recibe, de vez en cuando, la visita de Damiana, con quien yace también de vez en cuando, según un sistema que afirma importado. La licenciada se abruma. Cuando marcha, a medianoche, o al amanecer, de aquella casa, va murmurando: «Este tipo, este tipo». Y se alegra ante el anuncio del día y del trajín, ya prenotado, de los sucesos que no son copular. Corre Damiana, a esas horas, en su coche, por las avenidas, cuidando de no atropellar perros.

Entre Pepito Cadenas, un malvado, y Rosendo, un majadero, la boticaria elige al primero, que, por lo demás, no hace amores. ¿Acaso el espíritu habita más holgadamente el mal que la estupidez?

Últimamente, Rosendo ha adquirido una vivienda cuyo aparejo colma sus instantes de proyectos parlados: «Las ventanas miran al sur, al este, a poniente. En la mayor estancia colocaré una estantería, ni grande ni pequeña, para libros, que situaré a la derecha de la puerta, al fondo, tres butacas, a fin de que la sala resulte más confortable» cuenta minuciosamente a Damiana. Y ésta advierte que el triste habla en abstracto de algo tan sensorial y coactual, amén de subjetivo, como lo confortable.

Mil veces se ha prometido la palomita no volver a pisar la morada del perito, ni permitir ser copulada según aquel método foráneo. Pero otras tantas ha colgado su bolso del hombro, ha dado en vagar calles, y, al final, ha exclamado: «Veamos ese Rosendo».

«Tengo que preguntar al psicoanalista por qué motivo he donado a mi mujer la mitad del precio de un automóvil» ha dicho Juan Rosendo. Damiana ha recordado: «¿No declaraste que le debías ese dinero?». Y el hombre ha replicado: «En efecto, pero, a pesar de ello, quiero saber por qué se lo he entregado». Y su rostro de miope ha sonreído con la más repugnante de todas las muecas: el visaje que notifica misterio de sí mismo.

¿Será este Rosendo aquella persona de quien Lucía afirmó, en los tiempos de su arrebato Damiana: «Rosendito es imbécil, y en su casa saben»?

 

V

 

Esto es lo que la perspectiva de Damiana ha visto en Orencio Almaciles, otro de sus íntimos: ansias de existir en acontecimiento, voluntad de gozar, arbitrio frente a realidad, protesta continua, e inculpación a los evos, instituciones, religiones y tradiciones de las delicias no disfrutadas por el sujeto. Empero, el caballero acaba de cumplir cincuenta y dos años.

Catalogado ilustrísimo señor por el Estado, y así decretado en el diario de las leyes, posee Orencio una medalla en cuyo anverso brilla un sol rodeado de la siguiente inscripción: «Perfundet omnia luce», que quiere decir: «extiende su luz por todas las cosas».

Intuye la boticaria que conoce a Orencio antes de todos los tiempos, y ello porque conoce a Lucía. La modista y el ilustrísimo encarnan, en efecto, la queja ante la dicha personal, que no les fue dada, más la pretensión de construir un mundo donde ambos devendrían felices.

Usa el funcionario enormes palabras para envolver cosas tan nimias como charlar de su persona, aspirar enervantes, beber alcoholes y yacer con mujeres. Sin duda, el hombre intenta poner en tales acciones algo más de la vulgaridad que son.

Ha compuesto últimamente Orencio un libelo contra la Divinidad, y otro contra la civilización que denomina occidental, o Historia de Europa desde los pueblos sumerios; a todos acusa de sus males privados, que vienen a ser, como hemos apuntado, falta de bienes. No obstante semejantes iras, el respondón estaría dispuesto a admitir la verdad de los ángeles si éstos descendieran a la Tierra y se llevaran, en indoloro transporte, a su hijo, ya de pelo en barba, más su mujer. Tal es la condición que el queriente exige para aceptar los espíritus.

Un día escribió así a Damiana: «Soy un niño de mirar inocente, pleno de ilusión y futuro, que palpita una existencia grande, secreto de lo sublime».

Y también: «Anoche me encerré y celebré una fiesta conmigo mismo. Libérrimo, realicé cuanto me apetecía: encender velas, quemar incienso, oír música, fumar y beber alcoholes. Finalmente, proclamé mi soledad elegida y querida».

Con estas inmundas comunicaciones, Orencio no habla a Damiana, sino que la trastea para que torne sus ojos hacia el confesante y ponga allí su ser .

Una vez, en un restaurante de faroles rojos y camareros de librea, el ilustrísimo reveló a su amiga el título de un libro que codició componer veinticinco años atrás: «La laicidad de la eticidad. Themis y Diké en el pensamiento griego». El asunto plugo al entonces Decano de la Facultad de Derecho, cierto Mariano, autor de tres artículos, según figura en un censo de personajes murcianos; pero el libro no alcanzó la luz, ni aun la redacción, porque nadie más alentó al inspirado. «Todavía guardo notas sobre el tema» declaró Orencio a su invitada. Ella musitó: «No las rompas». Y en este decir por decir, advirtió el confidencioso el paso de los tiempos y el cambio de las épocas. «¿Poseía también ese Mariano una medalla como la tuya?» indagó la espiguita. Y el otro repuso: «Naturalmente».

Otra vez, el listísimo mostró un folleto de veintiocho páginas, encuadernado en cartulina brillante. Contenía un discurso pronunciado quince años antes, y que así comenzaba: «Señoras y señores: Inacabable fue mi alborozo, y denso, al conocer que, según normas de riguroso turno, correspondía a mi cátedra la solemne inauguración del nuevo curso que emprende esta Universidad».

Otra vez, el niño grande contó la crónica de su viaje por tierras de Castilla, realizado con un grupo de escritores protegidos por la Administración Pública. Al culminar un bravío puerto, apareció un vallecito con su pueblo y su iglesia. Se detuvo el autobús ministerial, los escritores se apearon, y Orencio exclamó: «¡Propongo un aplauso para el pueblo!». Todos palmearon.

En estos días, Orencio promete a sus oyentes el advenimiento de sucesos que, en su boca, suponen algo así como traspasar una puerta, cuya llave conserva el predicador, y encontrar la ventura y el misterio que alguien nos oculta. Como profeta de tal laya, encabeza una secta, los hircanios, formada por tres muchachos y dos muchachas. Ellos se llaman Leoncio, Domingo y Demetrio; y ellas, Araceli Sofía.

Una noche, Orencio emplazó a la manzanita en una casa de campo. Cuando la mujer arribó, tras seguir un complicado plano, descubrió cuatro automóviles a la puerta, lo cual le desilusionó, pues dedujo que los hircanios precisaban también de aquellas máquinas. «En principio son como yo» pensó mohína. Luego que entró, oyó proferir : «Boticaria, siéntate aquí! ».

Los concurrentes instalaron cables y piezas de un ingenio de reproducir sonidos, y dieron en escuchar canciones en lengua inglesa. Después comenzaron a repartir alcoholes, con sus cubitos de hielo, hasta que Orencio abrió un paquetito de hierbas alucinógenas, que todos apodaron chocolate.

¿Por qué usaban los hircanios aquel vocablo? Pudor del hecho, guiñar del ojo, código de lo secreto; adoración de la cosa, necesidad de apartarla del género y traerla a lo particular; hermandad de los participantes, delicia de la complicidad, coincidencia en el nombre que funda e instaura: todo esto podía connotar el tropo. Pero cualquier significación repugnaba a la garzona.

Colocó Orencio las hierbas sobre una mesa, y susurró: «He aquí nuestro sacramento». Luego entonó este ritual, aprendido, de niño, en la Iglesia Católica:

 

Tantum ergo Sacramentum

veneremur cernui,

et antiquum documentum

novo cedat ritui;

praestet fides supplementum

sensuum defectui.

 

Inmediatamente dio en quemar una especie de sándalo morisco, cuyo olor dulzón desagradó a Damiana. Bien bebidos y fumados, los hircanios determinaron sostener que habitaban el Paraíso. La boticaria, empero, observaba que vivían la tristeza y el tedio.

De repente, la niña Araceli se derrumbó como desmayada; uno de los celebrantes la recogió en brazos y la depositó sobre un sofá, donde durmió pacífica, ante la despreocupación general. Damiana sospechó la falsedad del accidente, pues un verdadero desfallecimiento ocurre acompañado de sudores y otros males ostentosos. «¿Sabes que Leoncio me corteja?» declaró Orencio a la uvita. Y rió.

Los ojos de la mujer se encontraron entonces con los ojos del hombre en el pasadizo forzoso de la carcajada del sujeto, y esto fue una siniestra cita que la palomita no esperaba. En las pupilas, titilantes y negras, del confesante, la palmerita notó el brillo de un gozo que no nacía precisamente de la esperanza en el lance previsto, sino de la osadía de enunciarlo. Temblaba Orencio del atrevimiento encarnado en esta muda conclusión de sus palabras: «Ha quedado borrada la diferencia entre el jovencito y yo mismo, por lo cual también soy un jovencito». Adivinó, en efecto, Damiana que no importaba a Orencio el hecho carnal, sino el derrumbamiento de las condiciones del mundo, asomadas en los años del hierofante y en su semblante abotargado y grasiento. Asustó a la cándida la locura del ilustrísimo, resurrecto inmundo, pretendiente a dos vidas. Comprendió, por otra parte, que le hablaba así por valorarla de la estirpe de Gomorra y objeto de cualquier libertad de trato y vocablo. «Me ha para adorarse a sí mismo y hacerme espectador de su nueva juventud, simplemente proclamada» pensó. Por lo cual respondió al punto: «Mira qué bien». Pero Orencio reía y reía.

El conjunto continuó bebiendo ante el aburrimiento de la visitante. De pronto, Orencio y sus años empezaron a vomitar, manchando a Domingo y Demetrio, más a la propia pajarita, no untada por vez primera. Un hedor agrio y punzante inundó la estancia. Luego que el caballero trasbocó y se desaguó en orines, quedó trasudado y lelo, aunque terco.

Sobre una mesita, apartada como altar, descubrió Damiana una tarta con sus velitas, ofrenda de Orencio a su cumpleaños. La simple avecilla no pudo dejar de sentir la triste desproporción entre las terribles frases del hombre y la miseria que suponía pisar una tienda y adquirir aquella tarta. Imaginó al gurú andando la calle con la cajita de su compra, ya pagada, y vivió el asco que nos produce el otro, por lo cual abandonó la habitación y se refugió en la cocina, donde se sentó sobre un taburete. Luego huyó de la casa. Por oriente surgía la aurora.

Días más tarde, alguien preguntó a la atribulada si fue cierto que, en aquella ocasión, Leoncio y Demetrio orinaron, a un tiempo, sobre una papelera, ante la contemplación y abrazo de Araceli. La boticaria respondió: «Los hircanios, y otros que no lo son, hacen estas cosas por creerlas sucesos divertidos y graciosos, aunque saben que nada hay divertido ni gracioso. Por eso mismo, jamás se desilusionarán ni cambiarán de conducta». Palabra de Damiana.

 

VI

 

Casiano Parcel, cuarentón soltero, se presentó en el figón Alfonsina, una tarde de otoño, vestido con el aparato de Jerjes: manto, tiara, alfanje, y «reclamó la cena del Gran Rey». Este Jerjes, persa, invadió la Grecia en agosto del año 480 de la antigua era, y mandó azotar, aherrojar y marcar el mar del Helesponto con buena mano, grilletes y hierros candentes. Traía del Asia, según dictamen de los exagerados griegos, un millón setecientos mil hombres de toda clase.

Apareció Casiano repletado de encendimiento, los ojos flameantes tras los afeites de medo, la apostura imperiosa. Afirmó que el figón era el comienzo de la Grecia propiamente dicha, «si se avista desde el norte», pues venía de atravesar, con su ejército y chusma, la Tracia, la Macedonia y la Tesalia, los oficiales el látigo en la mano. Fue difícil reducirle; al fin, su cuñada y sobrinos lograron transportarlo al campo antes que al manicomio. Sólo en adornarse, maquillarse y comprar el manto, la tiara y el alfanje, el caballero había gastado el salario mensual de tres braceros.

Es Casiano persona que adora lo magnífico y desprecia lo ordinario, definidos como puras declaraciones y anhelos de su voluntad, y en ello comparece y se agota todo su carácter. La reverencia de lo excelso se patentiza, en él, como un dulce suspiro, tal vez cifrado, y la repulsa de lo común e insignificante, como un chillido. Así es que nuestro Jerjes suspira y aúlla, y en el aullido, mejor que en el suspiro, se trasluce la femineidad escondida en el sujeto. Nada impone mayor respeto y pasmo que atisbar al exquisito, dejado sobre una butaca, las manos a la cabeza, sentenciar de esta manera sobre una sala y sus muebles: «Vulgar, vulgar, vulgar». Pocas voces hay, para Casiano, más bajas que esa palabra, si se exceptúa, naturalmente, el vocablo «plebeyo».

«Odio esto, odio aquello» exclama el mundano. Y nosotros preguntamos en qué consiste ese odio.

El odio de Casiano consiste en un inmenso desdén, siempre gesticulado, en un repudio casi matrimonial, de la cosa o suceso aborrecidos. No ansía el primoroso aniquilar, como los asesinos; tampoco, torturar, como los crueles; su mala aversión se llama ojeriza, manía o tirria. Debido a esta manera de desamar, viperina, pero incruenta, Damaiana sabe que el refinado le cabe, y esto es un profundo e intuitivo saber. No teme, pues, la boticaria al amigo, rosa, con sus espinas, en el huerto de Lucía. En el fondo del alma, la campanita prefiere los problemas de Casiano a los de Daniel, y en ello coincide con muchas mujeres.

¿Qué ha visto Casiano en el manto, la tiara y el alfanje, galas de guardarropía, para considerarlos reinos del ser? ¿Podría el Diablo tentarnos con iguales atalajes ? La inclinación de la conciencia ante lo que fulgura y se tiene por valioso, se ha transformado suceso bufo en el distinguido, empeñado en copar la grandeza mediante la compra de un atuendo. Tal vez el hombre haya de visitar el manicomio a causa de semejante disfraz; empero, Damiana se atavió de mocito, y no visitará casa de salud.

Dos evidentes dislates resaltan en la aventura del eximio: creer que Jerjes es el ser, y aspirar a convertirse Jerjes por la compra de unos arreos. En el primer error habita la maldad, y en el segundo, la demencia. Mas, porque Jerjes no es poder actual, las gentes reputan la maldad como locura, y, en consecuencia, le faltan al debido respeto. Muchos de los que ríen porque Casiano valora a Jerjes como el ser, estiman que el ser reside en el Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica.

Damianita ha visitado al selecto en el campo, y ha hablado grave con su cuñada y sobrinos. El recluido ha besado las mejillas de la samaritana, y ha susurrado con silbo de serpiente: «Odio el figón Alfonsina y sus dimes y diretes. Las parcialidades allí constituidas, me atosigan». La visitante ha respondido: «Tienes que olvidar el Alfonsina». Y esta última expresión: «el Alfonsina», tan ambigua y sustantivada, ha sonado, para la mujer, como el verbo de la esencia, y para el hombre, como el título de la corte universal.

Vive la olivita muchas convenciones con Casiano. Ahora mismo acaba de gozar el ajuste de acompañar enfermos y ayudar al semejante. Por ello, Alberto Balanza ha sentenciado: «Damianita, con su Casiano, dos personitas; y la tarde que los reúne, una tardecita con su solecito». Y ha concluido: «posee Damiana un mundo de mentirijillas, donde todo resulta real y verdadero, excepto el mundo mismo».

Sentado en un solio de convaleciente, un tejido de lana sobre los hombros, Casiano ha secreteado a la marida de Lucía: «Tú sí eres mi amiga». Y la frase ha quedado, en el aire, como una confesión de Jerjes.

Tras oír así, la boticaria ha ocupado su automóvil y ha regresado a la ciudad. En la carretera, los agentes del tránsito, colosos y expertos, ayudaban el discurrir de centenares de máquinas, cuyos ocupantes, exactos peritos de los ingenios, no venían de hacer cosa más seria que la nuececita.

 

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Damiana y María

Damiana y Lucía (COMENTO):

Anónimo primero de la escuela de Murcia

Por José López Martí