De
Cartas
a Azenaia Parzenós
De Miguel a Mercedes
Atenea, vida mía:
Esta mañana estuve oyendo música en una habitación oscura. Oí el Concierto para Clarinete y Orquesta, de Wolfgang Amadeus Mozart; el Concierto para Clavecín y Orquesta, de Juan Sebastián Bach; y la Cuarta Sinfonía, del soviético Procofiev. Escuchando a Bach he vuelto a ratificar mis ideas sobre la belleza de la obra objetiva. Esta música es inmanente, está fuera del hombre. Yo diría que carece de sensibilidad, lo cual explicado, quiere decir que está hecha con virtudes musicales, no con virtudes humanas. Tal es como afirmar que no es una interpretación del mundo, ni una recepción de las cosas del mundo, sino una pura expresión del tiempo.
Aunque yo carezco de categorías para recibir la música, es tan pura esta de Bach, que comprendí inmediatamente que estaba compuesta de tiempo y compases. Era estructura, método y medida. Lo que más me encantó fue la presencia inexcusable de los instrumentos materiales, que no dejan nunca de estar ahí. La música de otros es música espiritual, por decirlo así; pero la música de Bach es de instrumentos. En ella se ve la piedra.
Esto es una de las cosas que más valoro en la obra bien hecha: la presencia de la materia formal y la adecuación de la expresión artística a esa materia. Cuando más primitivo es un arte, más se adecúa la intención espiritual a la materia, por lo cual es el arte menos espirituoso. En efecto: la nobleza del arte estriba en la relación de humildad existente entre el ser del hombre y la materia que usa. Un arte sin materia no es arte. Por eso resulta más puro el arte cuando es más rudo, es decir, cuando la materia está más presente, pues en el puro espíritu no hay arte. ¿Comprendes?
Me asombró la grandeza de Bach, y pienso, que siendo la Historia de la Cultura algo eminentemente humano, y no divino, en el Cielo no puede haber una música como la de Bach, pues allí no se toca con clavecín ni instrumentos de arco. En el Cielo habrá una música espiritual, que no será una música compuesta con materia, pues en el Cielo no puede haber arte, siendo el arte algo eminentemente terreno.
Tampoco en el Cielo puede haber una Mercedes, porque Mercedes, como el arte, implica una adecuación de la intención a la materia, y Mercedes es algo que pertenece exclusivamente a la Historia de la Cultura, es decir, a este mundo. Por eso dijeron mis demonios que, habiéndote conocido, yo no querría abandonar la Tierra. Bien saben mis demonios que ando enamorado de los momentos de tu existencia, diciendo constantemente: ¡Oh momentos de Mercedes, volved!
Un riguroso espíritu ortodoxo me ha hablado al oído, diciendo: «Ten cuidado, Mihayl! que Mercedes es de materia efímera». Yo he dicho: «¡Quita, espantapájaros! Que Mercedes se justifica en Dios; pero se explica en ella misma. Pues si Mercedes no fuera inmanente, el mundo no sería distinto de Dios!».
Esto es lo que he dicho, y lo nuevo que hoy he aprendido de ti, divina Atenea.
Te ama y te sonríe tu Miguel
14 Julio 1956
Pd. Escrita esta carta, recibo, por fin, la tuya, que leo con delectación. Mañana contestaré. ¡Qué alegría!
Miguel
Otra Pd. Muchos besos
Miguel
De
M. a M.
Pequeña:
Esta mañana visité al profesor Tierno Galván, a quien habremos de cambiar el
sobrenombre de sutil por el de empecinado. ¡Y cómo es testurado! Hace tres días
que se le murió un hermano, por lo cual ha tenido que volver a Madrid. A manera
de graciosa curiosidad, te narraré un trozo de diálogo:
―Esta
noticia que oigo, me ha espantado ¿y de qué murió su hermano?
―De
apoplejía.
―Tantas
desgracias dan que pensar.
―Nada
hay que pensar. La vida es una concatenación de casualidades.
―Digo
que da que pensar en la existencia de una especie de fatum encargado de afrentar
todo bien, toda bondad y toda razón.
―Ah.
Usted se refiere a la existencia de una especie de antidiós. Eso vale.
―¿Y
por qué el autor de cuanto nos parece gratuidad ha de ser un antidiós?
Bien
puede ser un dios tan bondadoso que no alcancemos a comprenderlo.
―No
hay más que la casualidad. El resto es estética, etcétera.
Milia
basia de tu
Mihayl
15-7-59
*
* *
De
M. a M.
Amada mía:
Tu carta me ha sugestionado. Durante muchos días estuve pensando en
cuanto allí dices con soberana razón.
Por otra parte, anoche medité hondamente sobre tu persona, y recordé, amén de otros tiempos más lejanos y bellos, los últimos días que transcurrí a tu lado. Viniendo a mi memoria aquellos momentos en que pasabas de una acera a otra, para allegarte a mí, que te esperaba de mañana, compuse una especie de testimonio. Y tal es el testimonio que compuse:
“Toda la ternura que desde siempre he sentido por las cosas que han
sido y son inocentes de estar en el mundo, la volqué sobre ti, gacela que
cruzabas la calzada para allegarte a mi persona. Y contemplando la presencia de
tus medias, amada mía, presentí que tú también eras, en parte, como yo
mismo: animal que se viste. Y poseyendo tal descubrimiento, te amé todavía más,
por verte semejante en la tal desolación, quiero decir, en el mundo, de donde
sube, tenaz, un humo hacia el infinito, o tal vez hacia la nada sin respuesta:
el amor incansable que yo, Miguel Espinosa, te tengo, vida mía”.
Como bien observarás, aún pienso en ti, y sigo amándote, si bien
siento a veces verdadero miedo de tornar sobre estas emociones, a la manera del
hombre arruinado que sintiera terror de volver a su pueblo. ¿Comprendes?
En el estadio en que me hallo, la emoción es un lujo.
Tenme contigo, mi vida.
Estoy triste de tu ausencia.
Miguel
9-12-60
PD.
Mañana tornaré a escribirte, y te hablaré de cuestiones más concretas.
Besos.
Como habrás observado, mis cartas ya no son bellas. He perdido estilo.
*
* *
Azenaia, mi deseo:
Después del viaje que hicimos hasta el mar, te gustará conocer cuanto
de ti dicen. Todos se asombran y encantan de tu existencia. Yo he puesto oídos
atentos a los comentarios. Escucha:
Dicen que, exagerando yo cuando describo, quedé corto al describirte,
pues no alcancé a expresarte. En resolución, afirman que no he sabido
cantarte. También dicen que te ruborizaste cuando G. te elogió. Se asombran de
ello; no aciertan a comprender cómo una persona tan eidética puede ser a un
tiempo tan elemental y primitiva.
Dicen que estás intelectualizada, y temen que ello pueda establecer una
valla entre tu persona y los afectos; con esto quieren expresar que, haciéndote
respetable y distante por la opinión constante que tienes sobre las cosas,
impides a tus amigos volcar sobre ti su amor.
Dicen que hablas con precisión increíble, con voz inusada, con ademán
originario, con mirada confiada. Dicen que emanas bella disposición.
Dicen que, desde el primer momento, se notó que llegabas con afán de
defender algo, de posesionarte de alguien y de dejar bien claro que tú eras la
única y total propietaria de ese alguien. Dicen que, conforme avanzaba el día,
más demostrabas esta disposición, y que, en la comida y después de ella, quedó
tan claro que ya no fue opinión, sino evidencia. Elogian esta actitud por
elemental, primitiva e instintiva, y ven en ella, con asombro, los atributos de
una Hija del Pueblo. Se admiran de que en el corazón de la intelectualizada
habite la Hija del Pueblo, y de que el instinto y su gracia coexistan con la
inteligencia. Aceptan que algunos de quienes te rodean sean precisamente lo
contrario; una mera forma.
Te definen como una espontaneidad y una reflexión que no se contradicen.
Sostienen que tu afán de conocimiento es casi libidinoso, y aseguran que por
ello te sentiste un poco confusa cuando se habló de Russell y de Aristóteles,
pues de ellos has leído menos.
Dicen que se adivina cuánto has amado y amas, y esperan y desean con
vehemencia seguir conociéndote, como milagro, Azenaia, mi origen.
Estoy contento de tales opiniones. Me ha encantado contrastarte y recibir
juicios sobre tu criatura. Tal vez los que andamos tan cerca de ti, hayamos
perdido la capacidad de valorarte y asombrarnos a cada instante.
Dicen que hablaste mucho, y que haciéndolo correcto y enjundioso. preñado
de conceptos, no siempre pudieron seguirte. Afirman que contigo entra la mente
en constante tensión, y también lo que denominamos sentires; temen que quienes
te rodean no te sigan en esto, por lo cual tu soledad puede ser grande.
Sostienen que acompañarte no es fácil, porque resulta difícil ser tu igual.
Dicen que yo hubiera sido felicísimo contigo, pero también, tu esclavo.
¡Esto lo sé desde tiempo! Mas, ¿qué otra dicha puedo desear superior? Dicen
que me cambio y transmuto a tu lado. ¡Eso me enorgullece!
Dicen que jamás nadie ha podido influir en mí, sino tú, pero advierten
esta diferencia entre ambos: yo soy, y ello es verdad, un hombre tosco, dotado
de ciertas pericias, pero no un espíritu que arda. Sé enjuiciar y construir
significados, mas carezco de voluntad, en cuanto querer; mi modestia es hija de
mi propia vulgaridad. Tú eres puramente un espíritu que quiere, una voluntad
sin fin, un deseo que se incrementa. ¡Tienen razón! Es hora de que estas
sospechas mías quedaran evidenciadas por el consensum civium.
Siento mucho afecto por quienes de ti así han dicho. He sentido que todo
es verdad.
No me olvides un instante siquiera.
Espera nuevas cartas:
Miguel
12-7-69
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* *
Azenaia, ilusión:
Estoy viviendo estos días bajo la constante influencia de tu famosa carta a Lista de Correos. No la olvido un instante; la leo todas las noches. Tú no sabes que has escrito un poema; tampoco sabes que eres un magnífico escritor, un extraordinario relator de la interioridad. Objetivizas las emociones, las investigas y creas con ellas un mundo. Esto se llama ser artista. Cuando podamos hablar frente a frente, te incitaré a escribir. Es mi ilusión. Eres una fuente que mana; comparado contigo, yo resulto una afición que “compone” con paciencia; por eso necesito del estilo, porque la propia estructura del lenguaje, la figura, me sirve de inspiración.
Jamás vi tanta vida como refleja tu disposición de estos días. ¡Quién
pudiera aprovecharse de ella! Tu momento es sagrado; eres, ahora mismo, el ser más
respetable que puede concebirse. Amarte equivale a respetarte. Nadie podrá
hacerlo si no intuye esta necesidad.
No alcanzo a entender nada más alto que vivir en el continuum contigo,
investigar tu interioridad y complacerse en el descubrimiento constante de tu
persona. Un día te dije que me ayudaste a comprender el Dios de Ockam. Yo era
terminista, habitaba la cárcel griega, la mazmorra de la razón (como P.), y no
podía saber qué es una voluntad que quiere. Ahora te confieso que me has
abierto los ojos al cosmos de la interioridad, a ese lirismo que había intuido,
pero no palpado hasta recibir tu famosa carta. Si pudiera estar siempre junto a
ti, me transformaría, porque nada enseña tanto como el contacto directo con lo
irracional, el abrazo posesivo de la emoción. Ante tu mencionada carta, mi razón
es como niño asombrado.
Te amo. Necesariamente te amo, fuente de vida, luz de mis días, ojos
donde se anida el misterio, talante increado, reflexión viva, ignota, costumbre
de existir, expectación. Tú no debes olvidarlo. Nuestra biografía reside en
este amor; fuera de él, ni el dolor conforta. Es milagroso que tú existas. Por
ello reverencio la Creación y deseo continuar en este mundo.
Tu próxima venida es gran suceso de estos meses. Deseo verte ociosa, sin
el sentido de la obligación, entregada a ti en la modestia de los días,
tranquila, ensimismada, absorta, pero no quieta.
Estoy preocupado por la preocupación de tu enfermedad, deseando conocer,
como me prometiste, la opinión de tu padre. Infórmame pronto, pronto.
Vida mía, tú no has de sufrir en adelante por causa mía que yo evite.
Mil besos.
Miguel
18-7-69
* * *
Amada mía:
Te he vuelto a llamar por teléfono y no he podido escuchar tu voz.
Estabas ausente.
Ésta es la verdad: tanto dolor me produce oírte como no oírte, porque
mi verdadero padecimiento estriba en no tenerte para el placer ni para el
sufrimiento. Conforme transcurren los años, mi mal se transforma
insensiblemente en sustancia e interioridad, en suma: en mi realidad.
Pienso en los últimos trastornos de mi corazón, atribuidos por el médico
a preocupaciones inconscientes, no poseen otra causa que la constante, sutil e
imperceptible obsesión de tu ausencia. Se trata de una inquietud leve, apenas
incisiva, pero continua y en vela sin fin, total compañera de mis días y sus
segundos. Estoy muerto sin ti, y un muerto encarna la tristeza.
Cuanto hago es sustitutivo de la verdad y la vida que para mí
representas. Todas las personas me parecen máscaras, a veces odiosas, a veces
tolerables, a veces inocentes ya veces insoportables. No hay para mí alegría
natural sin su real origen, tu causa. Mi melancolía no es una forma del ser estético,
sino total nihilismo, disposición de enfermo metafísico. Mucho me considero
para lo que hago y poco para lo que pretendo en ti.
Te escribo con indecible dolor: Me es inapartable. Perdóname. Eres mi
totalidad, y forzosamente he de vivir provisional sin ti.
Cuando era más joven, te escribía a Navares de Enmedio, para elogiarte.
Hoy lo hago para llorar el no haberte logrado enteramente. Siempre te he amado,
y te amo. Mi vida no ha sido otra cosa que una afección y una continuada
reflexión y palabras sobre ti.
No quiero que te entristezcas, aunque de mi tristeza sepas. Has de
alegrarte sabiendo que todo el interés hallado en mi vida, lo debo a tu
persona. Mis huesos se han reído al verte, y mi corazón ha saltado en el
pecho; mi intelecto ha recibido su savia de ti, y mi pensamiento ha fluido
cuando tú escuchabas y no me contradecías. La luz de tus ojos me ha confortado
más que ninguna fe.
Por ti he intentado probar la existencia de la Divinidad, inventando una
nueva vía. Me has hecho conocer el calor; el sabor de los alimentos, las
piernas leves, el aroma de las infusiones, la paz sin palabras, la novedad del
talante, la tarde de invierno, la amistad del frío, la extensión del mal; el
amor del libro, y hasta la comparecencia del paisaje, para cuyo sentir no nací
dispuesto.
He querido, en una larga y paciente obra, cuyo original te he entregado,
transformarte objetividad, arrancándote de la biografía, para que los hombres
te conozcan como una forma de la Tierra. He sido objetado por ello, como bien
conoces. Empero, si este libro vale, tú valdrás tanto como él.
Me enternece cuanto por mí has hecho; bajo los ojos cuando pienso cómo
me has mirado y me miras. No existe en mi esperanza la idea de extensión que tú
no habites.
3
Enero 1970
Miguel
* * *
Gentil Mercedes:
Recuerdo las mañanas de Invierno, hace doce, catorce años, en las que tomábamos bocadillos de carne y café con leche, aquí, en Murcia. Las frescas, claras mañanas de Noviembre, me trajeron esta memoria. No sé si tu disposición actual podría soportar aquellas largas, densas, lentas, implacables conversaciones, inmersas en el continuum que forman el sentir y el pensar. Entonces tenías avidez.
La ingenuidad de aquellos años, tan inocentes y nítidos, llenos de bella disposición, es hoy una historia que inunda mi espíritu de melancolía. Ella son unos amorosos brazos.
Yo no podré tener en adelante una vida tan plena de totalidad como la que, por tu sola presencia, pude gozar en aquellos tiempos. Mientras te esperaba, componía teorías y esquemas que, vistos ahora entre mis papeles, no solamente me parecen dignos de un individuo con nombre, sino verdaderos y buenos. Sin duda, me inspirabas.
Mas como la profundidad y misterio de la existencia consiste en que la Divinidad manifieste su infinitud en la arbitrariedad y sinsentido de lo finito, ha sido necesario que la Inspiradora se aleje y que el inspirado se eclipse. Así, ninguno es concorde con el otro ni con él mismo, porque parece necesidad que el mundo sea experimentado como no concorde.
Miguel
15-11-71
Murcia
***
Gentil Mercedes:
Estoy aquí, en mi despachó de la calle de Muñoz Grandes, frente a tus dos bellas cartas, llenas de bondad y de recuerdos de mi madre. A la izquierda se halla la puerta de la habitación donde murió ella, el día quince de mayo, a las once y veinte de la mañana. Es una habitación pequeña; tenía una mesilla y una cama donde yo dormía en los últimos siete años. En esa cama murió mi madre, ante mis ojos y, y así acabó mi infancia, porque mi infancia duró hasta entonces. Ahora llamo infancia al estado del ser confiado y pleno de expectación, que vive en sí e ignora lo que es fuera de sí; en tal situación, el ser se ama moralmente a sí mismo, ama otras cosas y nada teme. Una infancia prolongada produjo el Quijote, que, hasta el momento, es el libro más bondadoso y consolador que conozco, amén del mejor escrito.
Tus dos últimas cartas, cómo tú misma, son trozos de esa infancia que he nombrado, y que, en adelante, quisiera denominar, entre nosotros, época de mi madre. Todo cuanto me ha ocurrido en esa época puede resumirse en dos sucesos: tener a mi madre y conocerte como fuiste y eres. Ha tiempo que te perdí, y ahora he perdido más absolutamente a mi madre. Así es que estoy solo.
Ciertamente, no soy ahora mismo una persona que habita el dolor, sino el vacío. Quisiera llorar constante, quisiera padecer cada segundo, como un personaje de Racine o de Sófocles, y, sin embargo, sólo puedo experimentar el vacío: vacío de compañía, vacío de presencias, vacío de sentires, vacío de pensamientos, vacío de vivicidad. No estoy conforme contigo, y en ello has de tolerarme, cuando dices que el dolor humilla y envilece. Lo que verdaderamente humilla y envilece, es, sin duda, el vacío: y tan es así que, si yo fuera como Racine o como Sófocles, escribiría:
«Conviene experimentar el dolor
para sentir contra nuestro ser
el ser penetrable de la Divinidad,
porque el Dios sólo se penetra
por el placer o el sufrimiento sin fin».
Yo, que he visto y sentido morir a un ser, en mi opinión inocente, modesto, bondadoso y digno, he quedado tan anonadado que ya no temo ni me alegro. No temo la muerte; no me alegro de la vida. Veo confortable la tumba, donde está ella, y común el mundo de los muertos. Comprendo la frase de Lutero en el Cementerio de Worms: «Invideo quia quiescunt»: Envidio a los que descansan. No digo la proposición como desesperado y enemigo de la vida, como un romántico, sino como ser anonadado; en cierta forma, siento simpatía hacia el entorno donde está mi madre.
Ella murió sin saber que moría; murió esperando el día de mañana, tan confiada en la existencia como tu hija Marta. Así es que murió como niño, y en esto tuvo su justicia, pues murió como había vivido. Su muerte resultó inocente, silenciosa, leve, si bien con ese carácter implacable y sagrado de lo cósmico. Fue arrebatada de mí y de sus cosas, que eran yo y mis hermanas, y no lo supo. Su rostro quedó tranquilo, inmensamente tranquilo y pacífico, ya fuera vencido o ya vencedor. Sólo hacía veinticuatro horas que un sopor había separado su palabra de la mía, y sus ojos de mis ojos. Amé su cadáver como había amado su ser viviente, y como ella me amó a mí. Yo no sabía de la dignidad y de la paz de un cadáver amado, ni de su soledad sacra, que a sí misma se basta. Los hombres rehúsan abandonar un cadáver a la soledad de una habitación; sin embargo, él posee una plenitud ante la cual todo lo viviente es una caricatura. Quizá el contenido del Cosmos sea la muerte, y no la vida, que, en expresión casi tuya, vendría a resultar como un grano purulento que ha surgido en la quietud.
Amé a mi madre, viva, y la amo muerta; la amo inmensamente como cadáver. Ella se encuentra ahora entre los muertos, y por ello, los muertos me son amables. Antes de que ella muriera, yo no sabía que los vivos y los muertos constituyen una unidad, aunque esto es una idea primordial en el Cristianismo. La antítesis de esta unidad reside en los principios de la sociedad burguesa, que habitamos. Los burgueses quieren la vida, como movimiento, y por eso resultan la nada, ya que, en cierta manera, la vida y la muerte son inseparables y necesariamente pensables a un tiempo, predicados polares de un mismo sujeto.
Desde el día veinte de Junio he estado dos veces en Madrid, y me he vuelto también dos veces, porque las formas de existencia que he de llevar forzosamente allí, me apartan de todo dolor, y, enajenándome, me envilecen y degradan en la disipación.
Necesito tu persona para proseguir mi infancia en la unidad con mi madre muerta. Sólo de esta forma podré considerarme un ser histórico. Ella dejó tan pocos bienes que caben en una cajita que ahora estoy contemplando, y que son: un rosario, dos sortijas, con los nombres de Juan y de Maravillas, una medalla y un pequeño libro de misa. Estos ingenuos bienes, su constante recuerdo, y tú, son cuanto llena mi corazón de plenitud.
Dime cuándo has de venir.
Miguel
30-6-72
PD.
Mañana recibirás otra carta que estoy terminando ahora.