CAPÍTULO VII
PARÁGRAFO 1
INVITACIÓN GENERAL
Quedando solos, dijo el Prefecto: Si no pensara vivir muchos y largos años, ahora gozaría pintiparada ocasión de morir de risa, contemplándote nuevamente preso. ¿Cómo se te ocurrió conocer a Paluccio? ¿También eres tú aficiionado al teatro? A ver, ¡muéstrame la cédula!
Luego
leyó: «Si encontráis cierto eremita, predicador, de un calendario de fiestas y
otras posibles novedades, que declara sugerir a impulsos de la irritación, la
ternura y el sonrojo, consideradle suceso irremediable y efímero».
Devolviendo
el pergamino, inició este diálogo:
―No
sé cómo interpretarán otros la presente Orden, aunque a mi juicio vale como
permiso para entrar y salir donde te plazca, asistir a espectáculos, participar
en convites, olisquear, comentar, hurgar, ir y venir, disfrutar de asiento en
cualquier festejo y etcétera. Este País nunca albergó invitado con tantos
derechos, por lo cual me extraña verte vagabundear con mendigos. ¿Qué
respondes?
―Yo
no discrimino, Prefecto. Igual hablo con pordioseros que con mandarines, con
ortodoxos que con heterodoxos, con becarios, con El hombre Más Orgulloso del
mundo, con el Príncipe y contigo mismo, usando idéntico diccionario. ¿Por
ventura imaginas que aprendí la lección dirigida a los huerfanitos por vuestro
Cara Pocha?…
―
Tampoco me explico cómo puedes soportar ese teatro de Cambazio y sus ingenuos
disidentes, demasiado preñado de ideas, amén de parcial e intencionado. No
niego que el Imperio arrope autoridades triposas y rameras inocentes, pongo por
caso, pero me resisto a profesar la general teoría de las putas candorosas y
las autoridades barrigudas, al fin y al cabo, doctrina mística. Resulta fácil
arremeter contra lo estatuido en nombre de lo todavía no existente, y, por
ello, aún racional e insobornable. Empero, me pregunto si es posible una
Gobernación racional e insobornable. Quien haya gobernado alguna vez,
responderá negativamente. ¿Estás conforme?
―Nada
digo.
―Si
quieres gozar el teatro, comienza por catar primeramente la comedia clásica,
suceso puramente estético, y no político. ¿Conoces a Filomelo? ¡Y qué autor,
eremita! Te aseguro que no defiende ni ataca Convivencia alguna. Simplemente
hace belleza. ¿Te gustaría oírlo?
―Ya
sabes que bajé de mis tierras para irritarme, enternecerme y sonrojarme de
venir y ver. ¿Crees que Filomelo ayudará mi Destino?
―Dudo
que la comedia clásica pueda favorecer esas extravagantes propensiones, a no
ser que tu empeño resulte tan obseso que halle la ocasión en cualquier
circunstancia. Mas, de todas formas, bien harías en deferir la pepla durante
algunas horas que llamaríamos feriadas. ¿Así de implacables son tus demiurgos
que no te permiten una jornada de esparcimiento?
―En
verdad que mis Demiurgos no me prohibieron contemplar el teatro antiguo. Pero
me asalta la sospecha de si ello constituirá causa de colaborar con la Feliz
Gobernación, lo cual me tengo vedado motu propio.
―De
ninguna manera. Filomelo es autor a quien poco importa la Ortodoxia. La famosa
«Orgía en el Valle de Tabladillo», que hoy representará el Teatro Imperial ante
la presencia del Gran Lego de las Alegorías, es pieza precisamente censurada y
desprovista de ciertos pasajes irreverentes. La Ciudad se halla dividida con
este motivo en tres facciones: los ortodoxísimos, que protestan de que se ponga
en escena a Filomelo, si quiera mutilado; los simplemente ortodoxos, que
coinciden en interpretarle mutilado; y los ortodoxos exquisitos, que claman de
la amputación. Yo pertenezco a los segundos, y esto porque soy hombre de
estaca, a quien está recriminado ser calologista. ¿Quieres oír a Filomelo?
―Sí
quiero.
―Voy
a expedir un mandato que te permitirá asistir a todos los espectáculos y
celebraciones. Lo hago, primeramente, porque tales derechos se deducen de tus
credenciales, y en segundo lugar, porque no parece decente que hayas de
rebajarte a frecuentar los enemigos del Imperio y demás chusma de junto a la
Enigma, por necesidad de buscar alimento y diversión. Si la Feliz Gobernación
te declara invitado irremediable, justo es que te albergue ahíto y solazado.
Luego
extendió el siguiente mandamiento:
«A
la buena hora, El Prefecto del Orden y Bien Común, en nombre de la
Comparecencia Moderadora, interpretando la cédula que porta cierto eremita,
allí confesado inexcusable, expide mandato para que pueda concurrir a todos los
Juegos, Espectáculos, Ceremonias, Preconizaciones, Ofrendas, Dedicaciones,
Conmemoraciones, Encomios, Homenajes, Agasajos, Convites, Ágapes, Certámenes y
demás celebraciones, con dispensa de estipendio, canon y tasa. Si el parecer de
alguno fuere contrario, cumpla la orden y apele, como manda la Preceptividad»,
En
segunda agregó: En esta Ciudad se sustancian cotidianamente más de quinientos
homenajes, todos sazonados con múltiples viandas, por lo cual te será fácil
elegir argumento, oradores y catálogo de cocina. Precisamente muy cerca de este
lugar se prepara el Encomio de un cierto Roxano, Asimilado a Lego, muerto de
una gran turba de piojos en lejana isla. Te recomiendo la ocasión por los
cocineros y el propio Roxano, hombre singular. Para encaminarte, pregunta por
el Parador de Epifanio... Te advierto que comer por cuenta de la Feliz
Gobernación no es colaborar, aunque muchos entusiastas comenzaron por ahí.
Aclaré:
¿y quién te asegura que decida apiparme y competir con legos, becarios de
avestruz, becarios de vaca y becarios de sopa? ¿No concurrí a la Sala Privada,
cuando los recientes Certámenes al Escoliastado, y vi devorar cientos de
manjares sin apetecer una sola migaja? Si me personase en ese Parador, lo haría
por favorecer mi misión.
Puntualizó
sonriendo: Así como te dije que contemplando la comedia clásica no hallarías
ocasión de servir a tu Destino, así te garantizo que en estas celebraciones
encontrarás sobrada oportunidad, especialmente en lo que respecta al empeño de
irritarte.
Y
ordenó a los soldados que me acompañaran y situaran en la puerta.
Y en
la calle dudé si buscar dicho Parador de Epifanio, aunque al fin decidí
visitarlo. Luego que lo encontré, penetré el pórtico y alcancé un patio
rectangular, rociado y fresco, techado de parrales, en cuyo centro se había
erigido una pequeña columna, soporte de un busto rodeado de diversos asientos y
trípodes con flores, amén de incensarios.
Comparecí
sin exhibir el mandamiento, que nadie reclamó, y me aposenté en el suelo, según
mi costumbre. Al punto acudió un hombre gordo, con ademanes de fámulo,
susurrando untuosamente: Oh eminencia, ¿no te placen estos sillones? Epifanio
mandó traer otros, que no llegaron porque las tormentas detuvieron los
corsarios.
Repliqué:
No me llames eminencia, pues soy adversario de la Feliz Gobernación. Por lo
demás, el suelo mondo fue siempre mi natural asiento.
Sonrojándose,
se retiró lentamente, sin volver la espalda, bisbisando a los otros marmitones:
¡Ay que ver! Tan de mañana y ya vienen borrachos. ¡Llevad cuidado!
Exclamé:
¿Qué refunfuñáis de borrachos? Simplemente soy un cierto enemigo de la Feliz
Gobernación, como ya dije. ¿Queréis ver las credenciales?
Contestaron:
De ninguna manera, eminencia. Tu palabra basta.
Enseguida
me dejaron solo y entregado al descanso. Por primera vez sentí la experiencia
de soñar, pues cerrando los párpados vi que abandonaba la Ciudad muy de mañana,
ya liberado de las obligaciones impuestas por mis Demiurgos.
¡Qué
inmensa alegría la del momento!, ¡qué gozo y qué plenitud! ¡qué lozanía!
Cantaban aves; el día se mostraba sereno, nobilísimo el Sol, graciosa la Tierra
y rientes las fontanas. La irritación, la ternura y el sonrojo, comparecencias
convivenciales, cedían ante el empuje de mis antiguas aficiones, renacidas con
novísimo vigor.
¡Oh
imagen de los años mozos, oh regusto de mi primera sustancia, oh soledad! Al
verme seguir las sendas de su patria, saltó mi corazón en el pecho, exclamando:
Oh padre, bien está que seas piadoso con tus inclinaciones, devolviéndome al
Origen.
Luego
manifestó mi alma: Porque me rescatas de la Convivencia, torno a gozar la luz
de la infancia.
Y
finalmente concluyó mi ser: ¡Oh alborada, oh alborada, condúceme al reino de la
Eterna Continuidad!
Subiendo
hacia mis tierras sin descanso, la espalda a Oriente, saludé así la Naturaleza:
Oh Concordia, callado entusiasmo, presente y futuro de todo instante, recíbeme
como a viajero que regresa a su patria y como a niño que a sus padres vuelve.
Miles
de trinos contestaron a la vez: Oh eremita, parvulito, este es el camino que a
tus montañas lleva.
Después contemplé mis Demiurgos a vista de águila, allá pequeños y lejanos, en las propias fronteras de la Feliz Gobernación, despidiéndose para siempre y llorando, mientras mis oídos ahuchaban el eco de sus últimas palabras: «Y ya que te veas y desapareces, déjanos guardar en los ojos la estampa de tu figura».