La fea burguesía
CAPÍTULO 43. La destrucción
Dijo
Camilo:
―
¿Has contemplado alguna vez la destrucción de un hombre? Don Jacinto era
persona inteligente, discreta, pulcra; el buen decir, el ingenio, la fe en su
causa, emanaban constantes de aquella interioridad, contagiando a sus oyentes.
Un día, allá entre los cuarenta y cinco y cincuenta años de su vida,
descubrimos a don Jacinto en el rincón de cierta cafetería, leyendo un diario;
experimentamos la impresión de que nuestro amigo se encuentra abatido. Otro día
distinguimos sobre su traje una mancha grasienta; nos extrañamos y discurrimos:
«Esa mancha no cuenta una semana, ni dos». Otro día advertimos tres manchas,
más la suciedad de la camisa, la tristeza de sus ojos y el total descuido de su
porte; los zapatos aparecen embarrados y cuarteados. Otro día le observamos con
las espaldas curvas y la chaqueta desflecada, tirando de los pies por una calle
polvorienta: representa la encarnación del desamparo; tres veces pretende
atravesar la calzada, y otras tantas rehúsa el empeño; entre las multitudes,
semeja algo perdido; parece individuo apropiado para ser atropellado por un
automóvil, o, incluso, por una motocicleta. Otro día nos apunta alguien: «¿Has
notado que, desde hace meses, don Jacinto siempre concurre apartado?; con su
diario en la mano, camina como animal aturdido». Otro día asevera una voz: «Hallé
a don Jacinto sobre el banco de un jardín, los ojos sin vida único
pensamientos. Yo sé, Godinillo, cuál es tal pensamiento. la cavilación sobre
el fracaso de la existencia y sobre la aparición de la muerte.
Continuó:
―
Desde su adolescencia don Jacinto ha vivido proyectando e imaginando; las
semanas, los meses, los años han transcurrido sin cambiar la cualidad de su
talante; su biografía fue la historia de una juventud prolongada y de un
entusiasmo largamente mantenido, cada hora abocado al futuro. Mas de repente una
tarde de verano, o de otoño, cierta noche tibia, nuestra criatura se ha sentido
golpeada por la comparecencia contundente del cansancio, que ha invadido su alma
como niebla creciente; se trata de un visitante que jamás lo abandonará; como
corte, trae la presencia del desencanto, el tedio de vivir, la conciencia de la
insignificancia de cualquier hacer, la certidumbre de la
incapacidad para continuar, la constatación de la enemiga de todas las
cosas, empezando por la Naturaleza y los hombres; la angustia de pensar y la
zozobra que habita cada instante. Durante cuarenta y cinco o cincuenta años, la
muerte resultó para don Jacinto un accidente que sobrevenía fuera de las
fronteras de su ser; por eso ha podido acudir a los cementerios y hablar de los
muertos; desde ahora, empero, resulta algo que pasea su silueta más acá de
esos límites: a veces se acerca a don Jacinto, se sienta frente a su persona o
se aposenta entre sus pertenencias; nuestro hombre se dispone a aceptar lo que,
sólo dos años antes, creía imposible: la necesidad de morir; esto se llama
contratar una solución. No sabemos cuánto tiempo vivirá don Jacinto, pero sí
cabe afirmar que cuanto realice, a
partir de aquí, será andanza provisional; su preocupación por la muerte
constituye una forma de la voluntad de morir. Otros no conocen 'dicha voluntad
hasta el mismo día del suceso; don Jacinto, sin embargo, ya se ha concertado
con el morir cinco, diez, acaso quince años antes del momento.
Me
señaló con el dedo y manifestó:
―
Pronto asistiremos a la destrucción de Lanosa; el cansancio, y su torva corte,
visitarán al escritorcillo, concordándolo con la muerte. Un día lo verás
arrastrar los pies, la cabeza baja, extraviado, como don Jacinto, en la
muchedumbre, desarreglado, temeroso, incierto, desvalido, profundamente torpe en
estampa y ademanes. «He aquí el hombre», confesarás perturbado; y le seguirás
con la vista. Desde que tal ocurra, como ocurrirá en seguida, el presente será
pesadumbre del pasado. El propio Lanosa comenzará a decir: «Cuando yo era
joven». ¿No se te antoja una lamentable expresión en labios otrora tan vivos?
Una noche, tras cenar su tomate y su huevo duro, el escritorcillo contemplará
su biblioteca, muchos de cuyos libros aparecen subrayados quince años atrás, o
tal veinte, cuando el vigor y el pensamiento ostentaban igual nombre. Estos
objetos asomarán, entre sus manos, como cosas amadas y repudiadas a un tiempo;
emergerán como figuras quietas, apacibles, testigos de toda una vida; dolor de
mirarlos sentirá Lanosa, arrepentimiento de existir; posiblemente sus dedos se
adelanten para acariciarlos, intentando, con ello, eximirlos de culpa; luego,
dormirá sin esperanza.
Prosiguió:
―
Otra noche, nuestro hombre abrirá un gran cofre, oliente de viejos papeles, y
dará en repasar sus textos de antaño, perpetuamente inéditos. «Para
Clotilde, constancia del juicio y glaucos ojos», leerá en la dedicatoria; y
advertirá la fecha... Hace veinte años, romper semejante escrito hubiera sido,
para Lanosa, el más terrible de los sucesos; mas ahora lo rompe pacífica,
lentamente, y evidencia que nada acontece, lo cual resulta todavía más
terrible. Lanosa va sacando manuscritos y destrozándolos en pedazos minúsculos;
en tan paciente supresión, anida, sin duda, el amor a la obra; el hombre
amortaja y entierra sus escritos como un niño a su gatito; en esta minuciosa y
amorosa aniquilación late aún la esperanza de una paradójica resurrección.
¿No es esto una preparación para la muerte? Cuando un animal intuye el fin, se
aparta de la piara y de cualquier comunicación; tal vez la muerte necesite de
la soledad. Dentro de muy poco veremos a Lanosa alejado del enjambre; ni
siquiera querrá hablar contigo; gozará de su desabrigo como de la única
realidad. Noche tras noche, el viejo cofre irá vaciándose; a su lado crecerá
un informe montón de pequeñísimos papelitos, tan diminutos como cabezas de
cerillas. «Para Clotilde ... », «Para Clotilde ... », «Para Clotilde», dirán
todas las dedicatorias. «Quizás en 1728, o en 1645, existió un Lanosa y
existió una Clotilde», pensará nuestro escritorcillo. Y conocerá la melancolía
como sangre de sus venas. El hombre ignoraba tal anécdota cuando, a la edad
juvenil, empezó a escribir.
Calló,
me miró de hito en hito, y concluyó:
― Mostrémonos verdaderos, Godinillo: el triunfo de mi causa y mi prosperidad son la destrucción de Lanosa.
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Capítulo 1. Castillejo y Cecilia
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