ASKLEPIOS, EL ÚLTIMO GRIEGO
CAPÍTULO XVII. AVIDEZ
Quiero tratar de algo muy difícil: el ser ensimismado en sí y ávido del mundo a un tiempo. No me contradigo. Hablo del hombre que, absorto en su mesmedad, goza disposición de ánimo hacia los sucesos posibles, y, sin abandonar a quien es, tiende a ver y conocer, aprehender y sumir en el yo cuanto constituye la Presencia, la Manifestación y la Revelación de las cosas, o sea, la realidad como física, como vida y como historia.
El saber y sus opiniones son obra de nuestro demiurgo o interioridad, que ve o sueña el universo; a una viva interioridad corresponde un profundo ensimismamiento, y, al mismo tiempo, una honda vocación de opinar, en suma, una insaciable avidez. El que no tiene interioridad, no siente avidez, y viceversa; quien no vive el ensimismamiento, no goza del conocimiento; aunque parezca contradicción, el absorto es un constante investigador.
La
avidez emana del ensimismado a la manera de una especie de libido; entiendo por
librido una tendencia insaciable y gozosa, tanto en su origen como en su
desenvolvimiento, que nos ensancha el mundo, al desarrollarse
y buscar su objeto. ¡Libido de formas!, ¡libido de acaecimiento!, ¡libido de
momentos!, ¡libido de conocimientos!, ¡libido de palabras! ¡Avidez de
figuras!, ¡avidez de experiencias!, ¡avidez de sentires!, ¡avidez de
hallazgos!, ¡avidez de reflexiones!, ¡avidez de teorías!, ¡avidez de
significados! He aquí el hombre en disposición.
La
avidez nace con la plenitud de la adolescencia, después de surgir la
interioridad, y sólo cuando el ser tiende a la incorporación metódica de las
creaturas. Tener opiniones aparece entonces como irreductible vocación y alta
necesidad; conocer y saber resultan ser; aprehender es gozar. "Llamo avidez
al deseo constante e inextinguible del mundo, tal como surge en la adolescencia
y se prolonga dignamente en el hombre. Perder la avidez es morir" -decía
el famoso Heraclides Póntico. Después, añadía: "¡Destino!, no me
arrebates la alegría de captar y descubrir el universo; no inhabilites mi
olfato para sus olores; mi tacto, para su tacto; mis oídos, para sus sonidos;
mi vista, para sus colores; mi corazón, para sus valores, ni mi razón para sus
leyes en sistema. Déjame desear el cosmos como a la mujer; consiente que
siempre espere y descubra, pues en la conciencia ávida habita el gozo".
-
¡Qué ávidos son los griegos! -exclamaron los egipcios cuando conocieron a
Platón y sus acompañantes. Y hablaban con razón, pues el sobrino de Critias
hurgó hasta en los catálogos de los colegios médicos, sin olvidar interrogar
a los sacerdotes, a quienes ingenuamente tenía por filósofos. Platón vivía
ensimismado en sí y ansioso del mundo, siempre indagando, y, no obstante,
siendo él mismo. El ávido pretende incorporarse el universo y deglutirlo a su
modo, sin salir por ello de su yo. Obra a la manera del organismo autónomo, que
transforma en propia sustancia cuanto ingiere; por comer vaca durante una larga
vida, el hombre no adquiere carne de vaca.
Un
cierto Dión, que después de la paz de Nicias escribió un libro de viajes,
manifestaba así: "En el valle
del Nilo, junto a los grandes templos, vi a las mujeres egipcias andar casi
desnudas, mostrando el soma de su enigmática raza. Jamás contemplé algo más
inexpresable. Emanan origen; poseen carne tan terrena como el barro; se consumen
de avidez dirigida hacia el interior; viven tranquilas y ansiosas a un tiempo.
¿No es esto maravilla para contar entre griegos?". Sospecho que la avidez
y la ansiedad residían en Dión, más que en las egipcias. De todas formas, los
griegos supieron valorar a Egipto. Yo mismo no puedo dejar de sentir indecible
emoción ante su arte, que, como las mujeres de Dión, emana origen y enigma
indescifrado.
"Huyendo
de Jerjes hemos venido a las montañas. Esta mañana me levanté muy temprano,
para conocer el lugar; subí a las cimas y esperé que apareciera el sol. Luego
que llegó la luz, los pájaros dieron en cantar; después, la Naturaleza entera
empezó a animarse, como resucitado a la vida. ¡Qué armonía y concordia tan
maravillosa! Los insectos que se arrastran, pululaban calientes; los que vuelan,
iban y venían; las arañas estaban a punto sobre sus telas; gusanos, orugas,
lombrices y otros animálculos, comparecían ante el Sol; las aves trinaban;
camaleones lagartos y demás sabandijas impávidas mostraban sus estáticas
figuras en espera del suceso. ¡Cuánto susurro y afán bajo el calor de Febo!
Esto es lo que tú llamas la gran simpatía de la Naturaleza, que realiza su
futuro a cada instante, porque la biología y la piedra sólo tienen presente.
¡Qué avidez he sentido! ¡Qué avidez!, Asklepios. Nunca como ahora he querido
ser criatura, estar en simpatía y tenerte en el lecho!" -me escribía la
pecosa Iobe, hija de un calderero de las costas que miran al Asia, poco antes de
la defensa de las Termópilas.
La
perenne avidez de los griegos fue resultado de conservar, convenientemente
acrecidas y rectificadas, ciertas energías nacidas en la adolescencia. He aquí
el milagro. Y aunque nosotros, en cuanto no ávidos, seamos capaces de describir
y catalogar al ávido, en cuanto hombres honrados estamos obligados a admirar
aquel suceso. Los modernos nada tienen de ávidos; observan, piensan y dominan
el mundo, pero no lo comparten, carecen de asombro. Solamente algunos estudiosos
de la Naturaleza, movidos por tranquilo entusiasmo hacia las experiencias,
parecen obrar como si conocieran esta inédita frase: "Atenea, da a mi
avidez larga paciencia".
Nada
hay tan implacable como la avidez del ser ensimismado; nunca ceja, siempre actúa,
señorea sin la impaciencia del mal aprendiza, jamás improvisa. No se puede
poseer verdadera paz sin avidez, que sería muerte, ni avidez sin paz, que sería
dispersión y locura.
Al Prólogo
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