Miguel Espinosa sumergido

Ramón Jiménez Madrid

Comunicación leída en el transcurso del homenaje que la Universidad Complutense ofreció durante el curso de verano de julio de 1989. Apareció recogida, un mes más tarde, en la Gaceta Literaria del diario La Opinión de Murcia (13-agosto-1989).

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De siempre he pensado que un autor es más rico, cuantas más vías de acceso proporciona. Existen escritores tan limitados que apenas cabe contar las anécdotas o los argumentos de sus novelas. Con Miguel Espinosa sucede justamente lo contrario. Permite ser analizado desde posiciones distintas sin que, por otra parte, desdiga en ninguna de ellas. Espinosa sostiene cara a cara el estudio de técnicas y ofrece puntos de vista tan interesantes y clásicos como la estructura del peregrinaje cervantino de los Mandarines, el sentido epistolar de La Tríbada o el personal e íntimo de Asklepios.

 Miguel Espinosa nos da pie para recorrer toda una gama de saberes y conocimientos jurídicos, filosóficos, políticos, morales, etc., y sus obras muestran la más seria reflexión, la más pura evocación o la más honda emoción para captar los matices de un mero suceso.

Con la obra de Miguel no es dable reírnos, entretenernos, meditar sobre la frágil existencia, enfurecernos con la desolada tristeza de la miseria humana y hasta, incluso, permite disentir de su concepción utópica del mundo. Cuando se me propuso esta intervención, dudé, dada la riqueza de¡ universo espinosiano, entre abordar el espíritu cervantino de la obra del escritor caravaqueño, su originalidad artística, la independencia política que siempre le acompañó o, hasta ofrecer un texto inédito y curioso que el propio Miguel me facilitó y en el que hacía una lectura de Escuela de Mandarines y justificaba no pocas de sus actitudes artísticas, éticas, expresivas.

Sin embargo, he venido a esta mesa redonda bajo una triple condición. En primer lugar como asesor de narrativa de la Editora Regional de Murcia y me veo forzado a declarar que esta entidad, desde sus mismos inicios, está íntimamente ligada a la obra de Miguel Espinosa. Reflexiones sobre Norteamérica fue reeditada en 1982 -antes lo había sido en la 'Revista de Occidente'- e inauguró la serie Textos de alcance de la ya cita- da editorial murciana. Fue aquella una edición reducida que dio paso, posteriormente, a una segunda edición de 5.000 ejemplares en 1987-8.

Como superviviente de los ya diversos directores, coordinadores y editores que la Editorial ha tenido, puedo dar fe de que siempre han estado sus puertas abiertas para cualquier texto que procediera de uno de los artistas más osados de nuestra posguerra.

Tras Reflexiones sobre Norteamérica, vino Asklepios en 1985 con 2.000 ejemplares y 5.000 en junio de 1986. Más tarde vino la afortunada conjunción de las Tríbadas en Tríbada que cuenta con dos hechos significativos: la Editora Regional es la única que hasta el momento ha cumplido con la voluntad del escritor de considerar ambos libros como texto unitario y, seguidamente, contar con el extraordinario prólogo de Gonzalo Sobejano que no dudó en entregar su trabajo a una editorial provincial que, hasta el presente y pese a los deseos y desvelos ajenos y propios, ni ha de ser juzgada con los parámetros de una entidad comercial.

Un nuevo texto denominado Ensayos sobre el poder se ha anunciado para un futuro no lejano y somos muchos los que confiamos en que todavía persista ese diálogo tan fructífero entre el escritor murciano y una Editorial que, como ha quedado dicho, ha dado muestras sobradas de reconocimiento hacia la personalidad literaria de Miguel Espinosa.

Pero ya he dicho que no he venido tan sólo a exponer mi visión de asesor de narrativa de dicha entidad. Como amigo de Miguel en unos años que él mismo llamaba de "falsos", creo que urge la tarea de dar a la luz el Miguel Espinosa que todavía permanece sumergido. Son muchos los textos, manuscritos y papeles que permanecen en el anonimato, a la sombra de los cajones, porque Miguel es, creo, casi el único escritor español que hace buenas aquellas esperanzas que abrigábamos en tiempos de Fran co de que iban a aflorar cientos de textos tan pronto como cambiase el Régimen.

Miguel es y sigue siendo, afortunadamente, una esperanza y, anticipo, deparará más de una satisfacción en el futuro. Hace poco una editora deseaba que recogiese en colección semejante al Escritor y la crítica un libro sobre cuanto se ha dicho sobre la obra de Miguel. Contesté indicando que no era el momento oportuno ya que la visión que ahora se tiene sobre Miguel no es ni será la definitiva. Pese a la autonomía de cada obra literaria, y pese al sentido unitario de su pensamiento, quedan por rellenar lagunas o huecos como los llamados "escritos de juventud", aquellos que abarcan desde los años cuarenta y ocho hasta 1954. Con la provisionalidad que imponen las circunstancias, cabe indicar que Conversaciones con Europeus, los aforismos de Gentes y estilos y la novela Prometeus encadenado que permanece en cuadernos manuscritos, pueden dar nueva luz en torno a la inclinación filosófica del autor, la cercanía a la clasicidad y el ánimo sentencioso de su producción.

Otra segunda etapa nos llevaría desde la primera versión de Escuela de Mandarines en 1954 hasta aproximadamente el año 1965. Son los años de lecturas filosóficas, de Reflexiones de Norteamérica (1957), Asklepios (1960-62), segunda versión de Escuela de Mandarines (1959-60) y los ensayos Forma y revelación del mundo y Filosofía de las elucidaciones.

Son los años de la estancia madrileña del autor durante tres años, pero son esencialmente los años marcados por la presencia de Mercedes Rodríguez o Azenaia Parzenós, verdaderna musa de un Espinosa que modifica sus hábitos estilísticos y literarios. Una modificación sustancial es la tónica más importante en esta fase de su producción literaria.

La tercera fase podría arrancar con la tercera versión de Escuela de Mandarines, pero sobre todo con La fea burguesía -a partir de 1971-, novela que iba a ser titulada Clase media y comprendía sólo 150 páginas en un principio. Esta obra fue ampliada y por las primicias que se han publicado en 'Quimera", 'Postdata', 'Barcarola' y 'Las Nuevas Letras", cabe esperar que sea uno de los textos más relevantes de la escritura espinosiana, una escritura suelta, liberada de toda convención, ajena a la corrientes habituales de la narrativa española de posguerra. La fea burguesía será texto clave para enmarcar a Miguel dentro de una época a la que voluntariamente no quiso adherirse.

Las cartas morales -de nuevo apelo a la provisionalidad de los rótulos- es el conjunto de una correspondencia perteneciente a tres épocas distintas entre el escritor y Mercedes Rodríguez y que abarcan desde 1954 a 1972, desde 1973 a 1976 y de 1977 a 1982.

Ya casi entrando en la década en la que nos encontramos el autor revisó La fea burguesía (1980) y escribió la primera parte de Tríbada entre 1978-80 y la segunda que data de 1980- 81, años ya marcados por una febril actividad creadora y por hechos de diversa naturaleza. Preposterius el ensayo que acompañará a las creaciones literarias de esta época. La estrecha amistad con Pepe López Martí a partir de 1965 no sería dato insignificante en esta pequeña relación que trata de ofrecer un sucinto relato de un legado que ha recaído sobre los herederos literarios de Miguel Espinosa (Juan Espinosa y el ya aludido José López Martí). Sobre ellos descansa la tarea de entregar unos textos no a una determinada institución, sino a la humanidad entera para que saboree el latido           de un gran pensador.

La empresa no va a ser sencilla ni fácil. Sobre ellos pesa una herencia compuesta por multitud de notas, copias, borradores, versiones diferentes, textos inconclusos, documentos biográficos, etc., propios de un artista que luchaba a brazo partido por encontrar la palabra justa, el giro preciso y el texto definitivo. Pocas veces el lector podrá hallar autor tan poco deseoso de rematar un libro como Miguel Espinosa. Los 18 años de redacción de Escuela de Mandarines nos expresan a la perfección el deseo de claridad, orden y equilibrio de un hombre disciplinado para la literatura, a la que entregó todos sus afanes. Sabedor de sus posibilidades y consciente de su propio valer, tan sólo reñía consigo mismo con el único objeto de atrapar aquella palabra que se le escapara. Genio de la palabra y orfebre de la escritura y del silencio, se concedió todo tiempo para conseguir la suma perfección, para agotar desde todos los ángulos –tal como realizó en la Tríbada- todas las variantes de un lema.

Como profesor, y es otra faceta por la que estoy aquí, creo que es necesario que se dé a conocer pronto la obra inédita de este clásico del siglo XXI, tal como me gusta llamar a Miguel. Su obra es tan singular que como he dicho en otras ocasiones, desborda clichés, modelos y corrientes. Se apartó del tremendismo, del costumbrismo, de las corrientes sociales y estructurales, para subsumirlas en plenitud en un arte integral que posee la verdad de lo real, la utopía de lo soñado, la contundencia del raciocinio y el misterio del abismo.

Hasta ahora hemos conocido la intimidad y la poesía de Asklepios, la dimensión moral de Mandarines, el susto o el pasmo de Tríbada, obras ellas de épocas varias.

Lo que conocemos hasta ahora de Miguel dice mucho, pero no significan la totalidad de una vida dedicada al pensamiento, al oficio de escribir -el único oficio que en puridad practicó- y al noble ejercicio de desvelar la verdad de esa maraña de mentiras que sostiene a la sociedad toda.

 

 

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