LA
VUELTA AL LOGOS
Introducción a la narrativa de Miguel Espinosa
Luis
García Jambrina
Madrid, Ediciones de la Torre, 1998, 186 págs. Con prólogo de Juan Manuel de Prada
INTRODUCCIÓN
LA
RAZÓN NARRATIVA DE MIGUEL ESPINOSA
«Todas
las lecturas son malas lecturas».
«Debemos
leer como si»
(George
STEINER, Presencias reales)
Como
Kafka, Robert Musil y otros grandes creadores de este siglo, Miguel
Espinosa (1926-1982) es, ante todo, un escritor póstumo; y lo es en un doble
sentido: de un lado, porque una buena parte de sus obras ha comenzado a
publicarse después de su muerte; de otro, porque el conjunto de su obra espera
todavía el reconocimiento y la difusión que su extraordinaria originalidad y
su carácter renovador merecen. De hecho, Espinosa, igual que su alter ego mítico
Asklepios, «el último griego», se sentía en su juventud un exiliado, «un
desterrado en el tiempo»[1].
De ahí la nostalgia que rezuma ese libro en el que se cifra la infancia,
adolescencia y juventud del escritor, y la radical oposición que en él se
establece entre lo que el autor llama «lo moderno», «los modernos» o «nuestro
tiempo» y lo griego u originario. Con el paso de los años y el discurrir de
nuevas obras, este exilio en el tiempo acabó por invertir su signo y se
convirtió en el destierro de un hombre cuyo tiempo no ha llegado todavía.
Vivimos
en la era de la «post-palabra» o del «Epílogo», esto es, del «después de
la Palabra», después del Logos, según proclama con insistencia George Steiner;
una era caracterizada, frente a la del Logos, «la del decir del ser»,
por la «ruptura de la alianza entre la palabra y el mundo», la «descomposición
del yo» y la llamada «muerte del ser metafísico»[2].
Cronológicamente, esta era arranca con la modernidad europea, a finales del
pasado siglo, y alcanza su máxima expresión, en eso que se llama la
posmodernidad, con el post-estructuralismo y la deconstrucción; y tal vez
estemos ya en una era post-epilogal, en una era terminal o póstuma para
todo lo que tenga que ver con la palabra, con el Logos. Desde esta perspectiva,
lo que caracteriza a Miguel Espinosa es precisamente su extraordinaria
conciencia de esta crisis de la palabra y su voluntad de restaurar la alianza
entre palabra y mundo, esto es, la vuelta al Logos, a la palabra como
significación pura, al lenguaje originario, que, según José López Martí, es
«aquel espontáneo hacer que se patentiza como presencia dotada de sentido;
aparece como lo originariamente dado; es, por tanto, manifestación del ser,
revelación ontológica del mundo»[3].
Y es que Espinosa, como Steiner, frente a la moderna crisis del significado,
apuesta claramente por la trascendencia, esto es, por la fundamentación teológico-metafísica
como única garantía del significado, del sentido, de que «hay algo en
lo que decimos».
Podríamos,
pues, definir la trayectoria literaria de Miguel Espinosa como el desarrollo de
un «proyecto onto-teológico» ―lo
onto-teológico, como se sabe, es un concepto heideggeriano―,
proyecto que es llevado hasta sus últimas consecuencias en Tríbada.
Theologiae Tractatus (1980 y 1984) y en su propuesta de novela teológica,
y, al mismo tiempo, como una crítica del lenguaje ―o
Sprachkritik―,
una crítica esencial
del lenguaje ―convertido,
según Espinosa, en pura mímica o «remedo del Significado», a causa de la
ausencia de Logos―
que a la vez es una crítica de la realidad convencional
toda. De ahí que, por ejemplo, su crítica del poder en Escuela de
Mandarines (1974) y su crítica de la burguesía ―o
sociedad actual en general―,
a la que, igual que Pasolini, considera no como un mal cualquiera, sino como el
mal propiamente dicho, sea esencialmente una crítica de orden estético; lo
cual explica, por cierto, el título de La fea burguesía (1990).
En
este sentido, en la obra de Miguel Espinosa, cabe distinguir no sólo un logos
político, o acerca del Poder y los gobiernos, un logos ético,
o acerca de las almas o conciencias, y un logos teológico, o
acerca de las ultimidades, sino también un metalogos, o acerca del
propio lenguaje, el pensamiento y la lógica, y un logos estético, o
acerca de las formas y del Arte. Toda esta variedad implica, por supuesto, una
extraordinaria diversidad de libros, géneros literarios y modalidades de
discurso: desde la breve carta al extenso relato, del aforismo al tratado y del
poema lírico al ensayo filosófico.
Ahora
bien, por debajo y a lo largo de toda esta variedad de logoi, géneros y
obras, subyace y persiste, a modo de estructura profunda, un logos
totalizador o razón integradora, esa misma razón que el estudioso y
novelista Gonzalo Hidalgo Bayal, en un excelente ensayo dedicado a la obra de
Rafael Sánchez Ferlosio, denomina «razón narrativa» y que se caracteriza, en
un principio, por «un sentido profundo de lo narrativo que va mucho más allá
de la escueta y tradicional referencia de hechos» .«Se trata ―añade
líneas después―
de una verdadera primacía de lo narrativo en todos los
textos, tanto en las ficciones declaradas, las novelas, donde la discusión ni
siquiera se plantearía, como en los ensayos y en los artículos, donde la
peripecia del propio discurrir, la accidentada y laberíntica aventura del
conocimiento, es relatada por un yo narrativo, un sujeto de la acción que
razona con sutilísima habilidad, el protagonista de una ficción cognoscitiva e
intelectual. Que, más allá de la letra, el yo narrativo se identifique con el
yo personal del autor es, literariamente, y para los lectores, salvo a efectos
de valoración moral, secundario, si no irrelevante»[4].
En
efecto, esto es justamente lo que encontramos en la obra de Miguel Espinosa;
también él pone en el empeño de su escritura «no sólo todo su saber
narrativo (que, en resumidas cuentas, bien podría deberse al aprendizaje de
unas técnicas expresivas y al seguimiento inteligente de ciertos preceptos retóricos),
sino, fundamentalmente, todo su ser narrativo». Dado que, según escribe
el propio Sánchez Ferlosio en Las semanas del jardín (1974), la «gramaticalidad
es la forma de la lengua, mientras que la narratividad es una forma del
lenguaje y una función posible de la lengua», Hidalgo Bayal cree, en
consecuencia, que «1a narratividad es una forma de percepción de la realidad y
una actitud ante la misma, en primer lugar, y sólo después, en segundo lugar,
a veces, un comportamiento lingüístico, si bien es esta segunda parte del
proceso, resuelta en productos lingüísticos, la que, dejando en el limbo de la
psicología o de la voluntad la situación preverbal, silenciosa, que pone en
marcha los mecanismos de la narratividad concebida íntegramente, se ha
identificado tradicionalmente con lo narrativo, es decir, que la segunda parte
del proceso ha suplantado al proceso entero»[5].
Con
Miguel Espinosa, como con Rafael Sánchez Ferlosio, estamos, desde luego, ante
eso que Hidalgo Bayal llama un «narrador esencial, ante un escritor cuya razón
narrativa absorbe todas las potencias y encauza toda la obra». Y a este
respecto, afirma el estudioso que «1a relación de, por ejemplo, un narrador
esencial con la realidad es similar a la de un narratario con respecto a la
propia narración o, dicho de otro modo, que el narrador es el destinatario
narrativo de la realidad, así como el poeta es el destinatario lírico de la
realidad, entendiendo siempre la palabra “realidad” con la mayor dimensión
semántica posible. En consecuencia, dejando de lado la abundantísima especie
de escritores estrictamente técnicos, mejores o peores, secundarios a la larga,
puede decirse que los auténticos escritores, los elegidos por el verbo, vienen
señalados ontogenéticamente por su actitud ante la realidad y son narradores
esenciales, poetas esenciales o cualesquiera otras esencialidades expresivas
nombradas o sin nombrar»[6].
Por
supuesto, otro de los rasgos que caracterizan tanto la obra de Espinosa como la
de Ferlosio es el inmenso valor concedido a la palabra, al poder de la palabra.
Ello se refleja, fundamentalmente, en «1a presencia constante de dos actitudes,
a saber: la conciencia intelectual de la palabra, por una parte, y la confianza
en la palabra, por otra»[7].
Lo primero se observa, sobre todo, en el desenmascaramiento y el análisis de
los comportamientos lingüísticos, como ocurre, por ejemplo, en su crítica del
lenguaje de la burguesía ―o
sociedad actual en general―
o en la denuncia del «lenguaje facultado». «Llamo
lenguaje facultado ―puntualiza
Espinosa―
al tipo de expresiones que usan los profesores, y que
vienen a ser únicamente mímica o gesto, no logos. (En muchos casos, la palabra
es simplemente gesto.)»[8]
De hecho, según nuestro autor, la actualidad o mundo se burla del Logos, sometiéndolo
a lenguaje facultado y anotándolo. Por lo demás, es evidente que cada obra de
Espinosa es a la vez creación de lenguaje y tratado sobre el lenguaje mismo; de
ahí las numerosas reflexiones sobre el lenguaje, o sobre el hablar, el nombrar
y el comentar, contenidas, por ejemplo, en Tríbada.
En
cuanto a la confianza en el poder de la palabra, se puede decir que es el
verdadero centro de su razón narrativa; y, en este sentido, todos y cada uno de
sus textos ―incluida
su abundante correspondencia―
son el resultado de una «ineludible convicción: fe en la
palabra, fe en la razón, fe en la eficacia de la palabra y la razón» (fe y
confianza absolutas en el Logos, en definitiva); de hecho, Miguel Espinosa
parece sustentar también la convicción de que sólo «desde una inquebrantable
confianza en la palabra parece posible la literatura y, más aún, sólo es
posible la literatura si ella misma es, en sí, un acto de confianza en la
palabra»[9].
y es esta confianza en el poder de la palabra la que, en un principio, le llevó
a querer transitar por los caminos del ensayo político y filosófico, o político-filosófico.
Precisamente,
su intención en aquellos primeros años de escritura era, según nos han
informado sus mejores amigos de entonces,
El
aspecto de los géneros literarios en Miguel Espinosa y, más en concreto, su
peculiar concepto de novela, con todas las implicaciones que esto tiene en el
plano del pensamiento, es algo que ha interesado a algunos críticos y
estudiosos de prestigio, pero hasta la fecha no ha sido abordado con el rigor y
detenimiento que ello merece. Tampoco se ha estudiado el conjunto de la obra de
Miguel Espinosa o al menos de sus obras narrativas fundamentales. Y, a este
respecto, son especialmente significativas unas palabras de Juan Ignacio
Ferreras: «Es muy difícil hacer un análisis, con visos de totalidad, de la
obra novelesca de Miguel Espinosa, por varias razones; la primera consiste en la
temprana desaparición del autor; la segunda, en que aún queda sin publicar
parte de su obra, y la tercera, porque, aunque existe alguna crítica, siempre
admirativa, de las novelas aparecidas, siguen faltando estudios y análisis»[12].
Por
fortuna, después de esa fecha se ha publicado un libro clave para entender la
evolución literaria de Miguel Espinosa desde Escuela de Mandarines (1974)
a Tríbada. Theologiae Tractatus (1980 y 1984) y, sobre todo ―como
espero demostrar―,
para la cabal comprensión de este último libro; se trata de La fea burguesía
(1990) , escrito entre 1971 y 1976, y revisado en 1980. Por otra
parte, aunque aún falta mucho por editar[13],
en estos últimos años también han aparecido numerosos textos inéditos en
diversos periódicos y revistas, algunos de ellos fundamentales para comprender
su pensamiento y su concepto del arte literario[14].
En cuanto a estudios y análisis dedicados al autor, también han sido pródigos
los mencionados años, si bien muchos de ellos adolecen de falta de rigor y
profundidad, debido, entre otras cosas, a la desorientación o unilateralidad
con que son abordados tales trabajos. Conviene recordar, por otra parte, que en
los últimos años han tenido lugar en algunas universidades españolas varios
actos académicos de relieve relacionados con nuestro autor[15].
Por
lo demás, este estudio se centra en los tres libros narrativos fundamentales de
Miguel Espinosa. Quedan, en consecuencia, fuera del mismo tanto las obras todavía
inéditas como las dos obras de juventud ya publicadas: el ensayo Reflexiones
sobre Norteamérica[16]
y el ya mencionado Asklepios, el último griego, libros a los que, no
obstante, haré algunas alusiones y referencias a lo largo de este trabajo, así
como a otros muchos textos del autor. Como fundamental apoyo y, a veces, base de
mis hipótesis, utilizaré, además de las lúcidas declaraciones del autor
sobre su propia obra, los trabajos de José López Martí y las declaraciones de
Mercedes Rodríguez ―ambos
amigos, interlocutores y claros referentes en la realidad de algunos personajes
de la obra espinosiana[17]―,
así como el reciente libro de su hijo, Juan Espinosa[18].
Después de todo, nuestra intención no ha sido otra que encontrar lo que
alguien ha llamado la «figura del tapiz», esto es, esa clave o idea a partir
de la cual se desenvuelve todo. Y esa clave, naturalmente, puede suministrarla
el texto, pero también la anécdota, esa anécdota que da origen a la obra
literaria y que resume su sentido.
Algunos
estudiosos, en fin, consideran a Espinosa un autor antimoderno, clasicista y
hasta reaccionario. Otros lo ven, más bien, como un escritor neobarroco o como
un genuino representante de la novela posmoderna[19],
Incluso hay quien subraya su condición de escritor esencialmente paradójico:
posmoderno y antiposmoderno al mismo tiempo[20],
Para mí, sin embargo, la vuelta al Logos de Miguel Espinosa ―concretada,
como he dicho, en una poderosa razón narrativa―
supone, sobre todo,
una propuesta literaria para el futuro. De ahí que, más que ante un autor
antimoderno, posmoderno o paradójico, nos encontremos ante un autor del siglo
XXI, y, por tanto, ante lo que podríamos llamar un escritor a contratiempo.
[1] Migtlel ESPINOSA, Asklepios, el último griego, Murcia, Editora Regional de Murcia, 1985, pág. 17.
[2] Cfl: George STEINER, Presencias reales (¿Hay algo en lo que decimos?), trad. de Juan Gabriel LÓPEZ GUIX, Barcelona, Destino, 1991, págs. 118 y 55. [ed. orig.: Real Presences, 1989]
[3] José LÓPEZ MARTÍ, «Ser es invocarse», en Emilio SAURA, El Logos y sus energías, Murcia, Editora Regional de Murcia, 1986, pág. 14.
[4] Gonzalo HIDALGO BAYAL, Camino de Jotán (La Tazón narrativa de Ferlosio), Badajoz, Los Libros del Oeste, 1994, págs. 24-25.
[5]
lbídem, págs.
25-26.
[6] lbídem,págs. 26-27
[7] lbídem, pág. 33.
[8] y prosigue: «El que nada tiene que decir, lo dice en lenguaje facultado, ya que su decir es sólo su lenguaje: la forma que deviene gesto. Por el contrario, para el que sabe, resulta imposible escribir o hablar en semejante lenguaje. Platón no escribió en lenguaje facultado, pero sí el profesor, tal vez de tercera clase, que habló de Platón en su tesina académica» («Carta de Miguel ESPINOSA a Ignacio SOLDEVILA [Murcia, s. f.]», Quimera, Barcelona, n.º 64, 1987, págs. 55-56)
[9]
Gonzalo HIDALGO BAYAL, Camino de Jotán, ob. cit., pág. 36.
[10] Y en esto sigue Espinosa un proceso en cierto modo inverso ―aunque, a la larga, convergente― al de Sánchez Ferlosio, cuyas primeras obras publicadas son, como se sabe, novelas y cuentos, mientras que las más recientes son, por lo general, artículos y ensayos dedicados, casi exclusivamente, a diversos «asuntos» polémicos del momento con ánimo claro, según sus propias palabras, de «cambiar el mundo».
[11] Cfr: Miguel ESPINOSA, Asklepios, el último griego, ed. cit., pág. 12.
[12] Juan Ignacio FERRERAS, «Miguel Espinosa y su concepto de la novela», en La novela en el siglo XX (desde 1939), Madrid, Taurus, 1988, pág. 135.
[13] Para la «Obra inédita», véase el apartado 1.3. de la BIBLIOGRAFÍA.
[14] Véanse los apartados correspondientes de la BIBLIOGRAFÍA.
[15] Véanse los apartados correspondientes de la BIBLIOGRAFÍA.
[16] 1.ª ed., con el título de Las Grandes Etapas de la Historia Americana, Madrid, Revista de Occidente, 1957.
[17] De ahí que, en una breve nota autobiográfica, escribiera Miguel ESPINOSA: «En su vida ha tenido inmensa importancia el conocimiento de dos personas: Mercedes Rodríguez García, a quien vio por vez primera en el año de 1954; y José López Martí, a quien conoció en 1964» (en Escuela de Mandarines, 4.. ed., Barcelona, Los Libros de la Frontera, 1987, pag. 718).
[18] Juan ESPINOSA, Miguel Espinosa, mi padre, Granada, Comares, 1996.
[19] Véanse, entre otros, Fernando R[ODRÍGUEZ] DE LA FLOR, «Miguel ESPINOSA: de la narrativa posmoderna al discurso neobarroco», en Victorino POLO GARCÍA (ed.), Miguel Espinosa: Congreso, Murcia, Editora Regional de Murcia-V Centenario. Comisión Autónoma, 1994, págs. 559-582; y Teresa M. VILARÓS, «Yuxtaposición y fricación. Tribada. Theologiae Tractatus, de Miguel Espinosa», Revista Hispánica Moderna, vol. 45, n.º 2, diciembre 1992, págs. 279-286; y «Miguel Espinosa y los tiempos de cambio», en El mono del desencanto. Una critica cultural de la transición española (1973-1993), Madrid, Siglo XXI, 1998, págs. 84-99.
[20] Véase Pablo GIL CASADO, «La paradoja de Miguel Espinosa: posmodernidad contra posmodernidad», Los Cuadernos del Norte, n.º 51, 1988, págs. 58-61.