EL EREMITA EN MURCIA:

LOS TRABAJOS Y LOS DÍAS DE MIGUEL ESPINOSA

 

Eloy Sánchez Rosillo

 

En Rutas literarias de la Región de Murcia. Literary routes around Murcia, Murcia, Comisión murciana V Centenario, 1992. Reimp. en Miguel Espinosa: Congreso, Murcia, 1994.

  (formato pdf)

 

 

 

Miguel Espinosa vivió siempre en Murcia. Y apenas salió de la ciudad en la que de forma tan peculiar y anticonvencional —tan desarreglada y rara, dirían muchos de quienes lo conocieron— organizó su vida y fue lentamente escribiendo los libros por los que le recordamos. Espinosa era, pues, en el buen sentido de la palabra, un provinciano puro. Detestaba el ajetreo de las grandes ciudades y aborrecía los viajes. A buen seguro, habría suscrito estas palabras de Fernando Pessoa:  

 

Como todo individuo de gran movilidad mental, tengo un amor orgánico y fatal a la fijación. Abomino la vida nueva y el lugar desconocido;

 

o estas otras, del mismo autor:

   

 ¿Qué es viajar, y para qué sirve viajar? Cualquier ocaso es el ocaso; no es menester ir a verlo a Constantinopla.

   

 A pesar de lo dicho, no nos será fácil encontrar un escritor menos localista que Espinosa, menos dado al tipismo y al costumbrismo, a la detallada recreación literaria de los paisajes rurales o urbanos de su entorno. En las obras del creador murciano hay siempre un decidido afán de universalidad, un empeño de trascendencia que lleva al escritor a un más allá de los concretos datos espaciales o temporales. Sus personalísimas novelas, en realidad, no suceden en un momento histórico ni en un lugar geográfico determinados, aunque una lectura superficial pudiera tal vez hacernos creer lo contrario. Toda la obra narrativa de Miguel Espinosa ocurre en la interioridad del ser humano, en la conciencia del autor, de sus personajes y del lector. No hay aquí lugares, sino mundo; no hay temporalidad anecdótica, sino tiempo.

 Al hablar de la Murcia de Miguel Espinosa, por tanto, es necesario señalar muy bien desde el principio la importancia grande de esta ciudad en la vida del escritor y la escasa relevancia de lo específicamente murciano en las obras que de su mano salieran.

 En las páginas que me propongo escribir, por consiguiente, trazaré un breve apunte de la vida en Murcia —y fuera de Murcia, durante un corto período— de Espinosa (labor, a mi entender, urgente y necesaria, pues si bien son ya casi abundantes los estudios críticos sobre la obra de nuestro escritor, no se ha hecho aún prácticamente nada en lo que respecta a su biografía). Y, al hilo del relato biográfico, iré también señalando los momentos en que de manera explícita o implícita se alude a Murcia en el decurso de la obra espinosiana.

 Pero, antes de comenzar, deseo manifestar mi agradecimiento a Juan Espinosa Artero, hijo del escritor, y a José López Martí y Carmen Barberá Blesa, amigos íntimos del mismo, que muy generosamente me facilitaron la mayor parte de los datos que el lector irá encontrando a lo largo del presente trabajo. Sin su ayuda inestimable ni siquiera me habría sido posible emprender la tarea.

 Miguel Espinosa Gironés nació en Caravaca de la Cruz, antiquísima, noble y pintoresca ciudad del límite noroeste de Murcia, situada en las tierras altas y frías de la sierra del Gavilán. Fueron sus, padres Juan Espinosa Dato (pariente del político conservador Eduardo Dato, asesinado en 1921) y Maravillas Gironés Robles. Juan Espinosa, representante de diversas firmas comerciales del ramo de la alimentación —azúcar, vinos y licores, conservas, etcétera—, gozaba de una desahogada situación económica. Al matrimonio le habían nacido ya dos hijas, Teresa y Francisca, antes de que Miguel viniera al mundo; con posterioridad al nacimiento del único varón aún nacería otra niña, María de la Cruz.

 El futuro escritor nace al amanecer del 4 de octubre —día de San Francisco— de 1926, domingo, en una casa de la calle de la Canalica, en la que la familia tiene instalado su domicilio. Muy próximos a dicha casa se alzan los muros del convento de San José, de monjas carmelitas descalzas, fundado por Santa Teresa de Jesús en 1576; tampoco queda lejos del hogar de los Espinosa el monasterio del Carmen, de frailes carmelitas descalzos, que en 1586 fundara San Juan de la Cruz.

 Resulta curioso y sugestivo el que la casa natal de Miguel Espinosa estuviera tan cerca de estos lugares que pisaron en su día los dos más grandes místicos españoles. Desde muy joven, Espinosa leería con enorme admiración y asiduidad las obras de ambos. Y, andando el tiempo, la huella de tales lecturas habrá de ser muy perceptible en el arte más maduro —en Tríbada— de nuestro escritor.

 Cuando el pequeño Miguel cuenta tres años, la familia cambia de domicilio. Comienza a vivir ahora en una casa de la calle de las Monjas que se encuentra en las inmediaciones del convento de las Claras y de la hermosa iglesia del Salvador (iglesia, por cierto, en la que Miguel fue bautizado pocos días después de su nacimiento y en la que, más adelante, lo veremos de monaguillo en algún momento de la niñez). Aquí habitarán ya los Espinosa hasta octubre de 1935, fecha de su traslado a Murcia.

 El primer colegio de Miguel es el de las monjas de la Consolación, en la calle de María Girón, al que asiste, como párvulo, de los cuatro a los seis años. Desde los seis hasta los ocho años será alumno del colegio —situado en la Glorieta— de los frailes carmelitas descalzos. Miguel es un niño serio y responsable, pero de carácter sociable y abierto, que empieza muy pronto a dar muestras de inteligencia excepcional. El pequeño será, por este motivo, el orgullo de la familia. Y el padre, sobre todo, se preocupará mientras viva de que el hijo disponga de los medios más convenientes para su adecuado desarrollo y de que asista a los mejores colegios.

 Una buena parte de la infancia de Miguel Espinosa, pues, transcurre en Caravaca. La pequeña ciudad natal, sin embargo, no aparecerá nunca mencionada con su nombre en ninguna de las obras del escritor. Mas el recuerdo de la misma, sin duda, permanecería indeleblemente grabado en la memoria de Espinosa hasta el final de sus días. Son muchísimos, como sabemos, los conocimientos fundamentales que el hombre adquiere durante los primeros años de la vida. En Caravaca comienza Miguel a descubrir, con inocente y alborozado asombro, la inagotable novedad y el misterio del mundo. Él mismo es aún parte no individualizada de ese mundo maravilloso, pura y dichosa naturaleza unida a la totalidad de lo creado.

 ¿Cómo sería aquel Miguel niño, aquel Miguel remoto y como anterior a sí mismo?, nos preguntamos con melancolía quienes, como yo, conocimos al escritor en sus años finales, cuando Espinosa, cargado de experiencia y de sabiduría, era un hombre grave y apesadumbrado, ya en las inmediaciones de la muerte. Cuesta trabajo imaginarlo. Pero el propio escritor viene en nuestra ayuda y, en el capítulo segundo de Asklepios, nos dice:

   

 Fui uno más entre los niños; jugué sus juegos, conocí los primeros amigos y sentí nacer los iniciales afectos. De la mano de mis padres descubrí los hombres, seres hieráticos y lejanísimos, a la manera de antiguas obras de arte. Las mujeres se me revelaron como presencias más asequibles, siempre blancas y quejosas, repletas de gestos y suspiros, matrices de la existencia y su modelo, refugio del pequeño; y las viejas, como tranquilos misterios.

   

 En Asklepios, verdadera autobiografía mítica del propio Miguel Espinosa, quien se nos presenta en este libro como un griego de la época clásica desterrado en el tiempo y condenado a vivir en nuestro siglo, encontramos algunos velados recuerdos de la infancia del escritor en Caravaca. Así, por ejemplo, en el mencionado capítulo segundo de la  obra, Asklepios nos dice, con sorprendente exactitud, que cuando despertaba “descubría tras las ventanas los familiares muros de una iglesia”, alusión inequívoca a la iglesia del Salvador, contigua, como dije, a la casa de la calle de las Monjas que el propio Espinosa habitara de niño. En otra ocasión —capítulo noveno—, recuerda el autor los crudos inviernos de su tierra natal, cuando, con hondo y emocionado lirismo, habla Asklepios de la ilusión que sentía de pequeño al contemplar la nieve:

 

 ¿Cómo narrar en breves líneas la expectación que inundaba y movía mi infancia? ¿Cómo contar su emoción sin estruendos? Al despertar algunas mañanas, oía decir: Ha nevado. Me levantaba y corría hacia la ventana, para contemplar tras sus empañados cristales la cambiada cara del paisaje. ¡Qué novedad!, ¡qué suceso! Mí ser entero vivía la paz de la tierra nevada, contagiado de su inmensa dulzura. Aunque después be visto mucha nieve, nunca más he advertido en los campos esa cara de inocencia satisfecha; solamente en algunas muchachas y mujeres.

   

 En otras páginas de Asklepios, en fin, aquí y allá, vemos al niño en contacto con la naturaleza, sorprendido por los prodigiosos fenómenos que en ella va descubriendo y por la increíble variedad de la vida. Está presente en tales páginas, a no dudarlo, el recuerdo de las excursiones infantiles de Miguel a los alrededores de su ciudad, de sus correrías por las Fuentes del Marqués, de las que procede el agua que riega la huerta de Caravaca, de sus paseos por las Cantarerías o por el Camino del Huerto.

 Transcurridos los ocho primeros años de la vida de Miguel —y sólo unos meses después de que el niño hiciera su primera comunión en la iglesia del Salvador, el día del Corpus Christi—, la familia Espinosa, como dijimos, se traslada a Murcia a comienzos de octubre de 1935, acaso porque los negocios del padre requerían la presencia de éste en la capital de la provincia, por razones de eficiencia y de provecho.

 El matrimonio alquila una espaciosa vivienda en la Alameda de Colón, número 9, segundo piso, frente al jardín de Floridablanca. En seguida comienza el nuevo curso académico, y el pequeño Miguel, apenas llegado a Murcia, se incorpora apresuradamente al colegio de la Merced, de los Hermanos Maristas, para proseguir sus estudios. El colegio, que es el centro docente más prestigioso de la capital, está en el Paseo del Malecón, en un bello paraje alejado del casco urbano de Murcia, entre los huertos que rodean —que rodeaban entonces— la ciudad.

 Van pasando, despacio, los meses de aquel curso. Y llegan, al cabo, las vacaciones. Pero el verano que ahora comienza no será, ni mucho menos, un verano como los otros. En julio de 1936 estalla la guerra civil y la vida de todos los españoles se verá sumida durante tres largos años en el horror y la miseria que la contienda impone.

 En el período de la guerra, el colegio de la Merced deja de impartir docencia y, de momento, los estudios de Miguel en este centro se interrumpen. Por tal motivo, el niño inicia sus estudios de bachillerato en el colegio de San Juan Bautista, que, a pesar de la guerra, sigue mal que bien funcionando en la calle del Trinquete.

 Termina, al fin, aquella guerra que parecía interminable y comienza la terrible y larga posguerra. En el transcurso de los primeros tiempos de la misma, la familia Espinosa se verá sometida, como la mayor parte de las familias de entonces, a los racionamientos y a las escaseces propias del momento. Pero el padre de Miguel, que por ser hombre de derechas no tuvo problemas políticos al término de la contienda, va poco a poco rehaciendo su maltrecha economía.

 El colegio de los Maristas reanuda las actividades. Miguel, al que de nuevo matriculan sus padres en el centro, prosigue en él su bachillerato, tras convalidar ante las autoridades académicas franquistas, en el Instituto Alfonso X el Sabio, los estudios cursados durante los años de la guerra. En el colegio será siempre un alumno brillante y distinto, que destaca entre sus condiscípulos por su capacidad y por sus tempranas inquietudes. En el capítulo decimoquinto de Asklepios y en el tercero de La fea burguesía, recordará Espinosa mucho más tarde, sin mencionar el nombre del mismo, este colegio suyo de la Merced, al que de manera ininterrumpida continuará asistiendo hasta la conclusión del bachillerato.

 Pero la tranquila y ordenada existencia de Miguel, que transcurre plácida entre los libros de texto y las distracciones propias de un muchacho de su edad, habrá de verse bruscamente sacudida por un trágico suceso familiar que cambia de golpe la vida del adolescente y que, en buena medida, condiciona todo su futuro. En la madrugada del 4 de diciembre de 1943, el padre de Miguel, Juan Espinosa, que había ido a Albacete en viaje de negocios y que regresaba en un tren nocturno a Murcia, muere repentinamente a bordo de dicho tren como consecuencia de un fulminante infarto de miocardio, a la edad de cincuenta y cuatro años.

 Tras la muerte de Juan Espinosa, la familia, anonadada por el dolor, queda económicamente desprotegida, Es preciso hacerle frente a la grave situación. Y Miguel, que tiene sólo diecisiete años y que no ha terminado aún el bachillerato, ha de hacerse cargo a partir de ese momento, como único varón de la casa, de la economía familiar. Las representaciones comerciales del padre pasan entonces a ser desempeñadas por el hijo, que se ve obligado a compatibilizar el trabajo con los estudios.

 Pero las responsabilidades del joven Espinosa, con ser muchas, no terminan ahí. El muchacho, desde hace algún tiempo, escribe; va descubriendo por estos años su vocación literaria. Poco a poco lo veremos ir tomando conciencia de su destino de escritor, y su firme e ilusionada decisión de hacerse merecedor de tal destino exigirá a Miguel una dedicación y un esfuerzo continuados. El aprendiz de escritor pasa muchas horas en el retiro de su cuarto, a solas, con la pluma en la mano, sentado ante un papel. Pasa también horas y horas entregado ávidamente a la lectura. Gracias a la entrega total con que trabaja, y a la portentosa capacidad de la que está dotado, Espinosa conseguirá en muy pocos años un conocimiento profundo del oficio de escritor y una preparación cultural e intelectual de amplitud y solidez inusitadas. La etapa de formación y aprendizaje de Miguel Espinosa, en realidad, es bastante breve, pues el joven escritor emprende en seguida la redacción de trabajos literarios de madurez y envergadura muy considerables (prácticamente inéditos en su totalidad, y anteriores todos a la primera versión de Escuela de mandarines, asimismo inédita, que Espinosa empieza a escribir en 1954).

 La absorbente vocación literaria del muchacho y la obligación que éste tiene de continuar sus estudios secundarios, se compaginan mal, claro está, con los asuntos comerciales que Miguel ha de resolver en la calle para atender al mantenimiento de toda su familia. Acaso no dedica a tan enojosas ocupaciones la atención constante que requieren para su buena marcha. Hay que contar también, desde luego, con la absoluta inexperiencia del joven en el complicado terreno de los negocios. El caso es que, por unos motivos o por otros, Miguel va poco a poco perdiendo las representaciones comerciales heredadas del padre, que en unos pocos años pasan en su mayor parte a otras manos. De ahora en adelante, el bienestar del que gozaban los Espinosa antes de la desaparición del cabeza de familia no hará más que ir progresivamente deteriorándose. Miguel comienza en esta época a conocer la penuria económica en la que durante muchos años permanecerá empantanado y que en ciertos períodos habrá de llegar a extremos de menesterosidad verdaderamente impresionantes.

 En 1944, próximo a cumplir los dieciocho años, acaba Espinosa su bachillerato. A continuación se matricula en la Facultad de Derecho —curso de 1944-1945—, más que por especial inclinación hacia el estudio de las leyes, para dar cumplimiento póstumo al deseo que mientras vivió tuvo el padre de Miguel de que su hijo fuera un día abogado. Durante sus años universitarios, sigue Espinosa compatibilizando el estudio con los negocios —que van de mal en peor— y con su vocación de escritor. No fue en la Universidad un estudiante destacado. Pero sí resultó ser un alumno incómodo. Sus análisis de la triste España de la posguerra, de la zafia dictadura imperante y del ámbito académico cerrado y pobre en el que ahora, como estudiante, se veía obligado a desenvolverse eran ya por entonces, al parecer, implacables y granjearon al joven, entre profesores y alumnos conformistas, fama de "ingenioso" y de "rebelde". Miguel, que asiste poco a las clases y que va aprobando los cursos de forma desigual, no concluye la carrera, como sus compañeros de promoción, en 1949. Al final, aburrido, deja de presentarse a los exámenes de ciertas asignaturas del último curso y abandona, por el momento, los estudios. No obtendrá la licenciatura en Derecho hasta 1956. Aunque Espinosa no llegó a ejercer la abogacía sino muy al final de su vida, durante el breve período en que trabajó como asesor jurídico de algunas empresas, puede decirse que los años de estudiante en la pequeña Universidad murciana de la época no fueron para él, ni mucho menos, tiempo perdido. Miguel vivió allí la alucinación de un mundo en el que la negación de la inteligencia funcionaba como precepto y en el que se respiraba una atmósfera de arbitrario poder y de mezquinos servilismos. El persistente recuerdo de aquel mundo proporcionaría más tarde al escritor abundantísimo material para los libros que habría de ir componiendo.

 Poco antes de abandonar los estudios, conoce Miguel a Teresa Artero Aréu, hermosa y espontánea muchacha de humilde condición, aprendiz de modista, unos años mayor que nuestro escritor. Los jóvenes se enamoran y viven libre y apasionadamente su amor en aquella Murcia destartalada y levítica de finales de los años cuarenta y comienzos de la década siguiente.

 Pronto deciden casarse. Y después de vencer la inicial incomprensión de sus respectivas familias y de no pocas vicisitudes, contraen matrimonio el día 3 de noviembre de 1951, en la iglesia de San Lorenzo. Espinosa tiene veinticinco años y emprende ahora, con decisión, una nueva vida. Una nueva vida que no lo libera de sus responsabilidades anteriores, pues durante muchos años habrá de seguir manteniendo económicamente a su madre y a sus tres hermanas.

 Los recién casados se instalan, primeramente, en una casa de huéspedes; después, cuando pueden permitírselo, alquilan una casa en la calle de Isabel la Católica. En seguida nacerán los dos hijos del matrimonio: Juan, en 1952, y Maravillas, en 1953.

 De ahora en adelante, la situación económica de la familia se irá agravando paulatinamente hasta límites indecibles. Son muy exiguos los ingresos y muchas las bocas que Miguel ha de alimentar. Pero, aunque ello no parezca posible, Espinosa sigue escribiendo en el transcurso de estos terribles años. Las adversas circunstancias no consiguen destruirlo y trabaja, a pesar de todo, con ilusión. Es ahora, precisamente, cuando alcanza su primera madurez el escritor, cuando comienza a ser quien estaba llamado a ser.

 El año de 1954, en este sentido, tiene una importancia capital en la trayectoria literaria de Espinosa. Miguel, que ha escrito ya la novela Prometeo encadenado, el ensayo Conversaciones con Europeus, el libro de fragmentos, aforismos y estampas Gentes y estilos y muchas otras cosas (trabajos que permanecen, por el momento, inéditos, según dije), empieza en 1954 a redactar la primera versión de Escuela de mandarines, novela que, como se sabe, no habrá de ver la luz hasta 1974 y de la que su autor llegará a escribir tres redacciones distintas a lo largo de casi veinte años.

 Asimismo, 1954 es un año importantísimo para Espinosa por otro motivo. Desde hace algún tiempo, Miguel pasa largos ratos escribiendo en el Café Santos. Es éste un céntrico establecimiento, amplio, cómodo y tranquilo, situado en la esquina que forma la calle de San Bartolomé con la del Poeta Sánchez Madrigal. A Miguel le gusta venir aquí. Se trata de un lugar agradable para charlar con los amigos; también, para estar solo. Transcurre, ahora, una tarde del mencionado año de 1954. Miguel se halla sentado, sin compañía, en una mesa del local. Fuma y bebe, despacio, su café. A ratos, contempla distraído, mientras piensa, el ir y venir de los clientes; a ratos, escribe. En un momento dado de esta tarde, una muchacha que, desde una mesa vecina, observa al escritor, se levanta y se acerca, decidida, al lugar en que éste se encuentra. Con rara desenvoltura, pregunta a Miguel si sería tan amable de leerle lo que está escribiendo. Miguel la invita a sentarse y ambos comienzan a hablar. La joven se llama Mercedes Rodríguez García, es segoviana, tiene veintidós años, estudia Ciencias Químicas en la Universidad murciana y hace muy poco que vive en la ciudad. Miguel y Mercedes hablan, sorprendidos y felices, como si de siempre se conocieran. En realidad, ya nunca dejarán de hablar. Su conversación de esta tarde, de una forma o de otra, se prolonga durante casi treinta años y sólo habrá de terminar cuando, en 1982, la muerte del escritor interrumpa el diálogo. El encuentro con Mercedes Rodríguez es verdaderamente decisivo para Miguel Espinosa. A partir de ahora, ella será la inspiradora del escritor. Mercedes, como todo el mundo sabe, es la Azenaia de Asklepios y de Escuela de mandarines, la Clotilde de La fea burguesía, la Juana de Tríbada. Hermoso destino el de esta mujer.

 La intensa relación con Mercedes enriquece indudablemente a Miguel Espinosa, si bien, como es lógico, también complica en lo sucesivo su vida matrimonial. La muchacha, a semejanza de aquella Climene a la que se hará referencia en Asklepios, "era una de esas excepcionales mujeres que nos hacen amar y pensar, lo cual es doble felicidad para una vocación de filósofo". En ella encuentra el escritor a la interlocutora ideal, a la compañera que, más allá de lo meramente afectivo, lo escucha y lo comprende. Miguel puede hablar con Mercedes de sus inquietudes, de sus proyectos, de sus libros. La joven será para Espinosa un constante estimulo, el acicate que lo anima a trabajar y a ir superándose a sí mismo día tras día.

 La primera versión de Escuela de mandarines avanza mucho en este tiempo y pronto estará terminada. Un poco después escribe Miguel un nuevo libro: Reflexiones sobre Norteamérica. Cuando lo concluye, decide enviarlo a un par de editoriales madrileñas, Aguilar y Revista de Occidente, sin mucha esperanza de que el trabajo sea aceptado. Pero, en contra de lo que cabía esperar, Revista de Occidente resuelve publicar el libro, que aparecerá —con el título de Las grandes etapas de la historia americana, impuesto por los editores— en 1957, prologado por Enrique Tierno Galván. Ortega Spotorno, director de Revista de Occidente, había dado a conocer el manuscrito del libro de Espinosa al profesor Tierno, quien, tras leerlo con vivo interés, se presta a prologar la obra. Es en esta época cuando Espinosa y Tierno se conocen en Madrid (y no en Murcia, en años anteriores, como a veces se ha dicho, pues Miguel no llegó a ser alumno de Tierno durante el período en que éste fue catedrático de la Universidad murciana, ni coincidió entonces en reuniones o en tertulias con el profesor).

 Reflexiones sobre Norteamérica es un libro insólito en el panorama español de la época. Se trata de un ensayo, de extremado rigor intelectual, sobre el nacimiento y el desarrollo de la democracia americana. En él se advierte la madurez del pensamiento de Espinosa y la tersa belleza que había alcanzado ya la prosa del escritor.

 Miguel sigue frecuentando el Café Santos. Muy a menudo se encuentra allí con Mercedes Rodríguez  y  con  algunos  amigos.  Por este tiempo se constituye en dicha cafetería una tertulia —que, dado su interés, merecería ser estudiada detenidamente— a la que con mayor o menor regularidad acuden casi todos los intelectuales murcianos del momento.

 Espinosa continúa llevando la representación en la región de Murcia de las escasas firmas comerciales que aún no han decidido prescindir de sus servicios. Asimismo, intenta en estos años iniciarse en negocios de exportación e importación de diversos productos. Con tesón y paciencia, trata de encontrar socios capitalistas para crear una pequeña empresa en este rentable sector del comercio, pero, por unas causas o por otras, sus proyectos no llegan nunca a verse realizados.

 El escritor cambia varias veces de domicilio en esta época. Y no por propio gusto, sino porque lo desalojan de las viviendas que ocupa cuando los recibos impagados del alquiler de las mismas se acumulan. De la calle de Isabel la Católica, en la que se había instalado al poco de casarse, pasa a la de Acisclo Díaz, y de ésta, a la de San Nicolás. Por último, hacia 1960, cuando sus tribulaciones económicas llegan al punto más angustioso —privaciones inimaginables, deudas, embargos—, Espinosa se ve obligado a refugiarse en el piso de la Alameda de Colón que desde hace muchos años habitan su madre y sus hermanas.

 En tales circunstancias, Miguel redacta en 1960, con increíble coraje, la segunda versión de Escuela de mandarines, que, al igual que la anterior, no llegará a ver la luz.

 Como dato curioso —y bien revelador de la personalidad del escritor—, hay que anotar que, a mediados de 1960, Espinosa consigue un puesto de jefe de sección en la tienda que Galerías Preciados abre por esas fechas en Murcia. Pero no logra acomodarse ni al fatigoso horario laboral ni a la severa disciplina de la empresa, y, tan sólo una semana después de haberlo obtenido, sin pensárselo dos veces, abandona este empleo, que podría haberlo sacado de apuros durante un tiempo.

 La situación de Espinosa, y la de todos los suyos, llega a ser absolutamente insostenible. Y es entonces cuando el escritor, aconsejado por un viejo amigo y compañero de estudios, José Luis Alemán, decide —principios de 1961— trasladarse a Madrid en busca de mejor fortuna.

 Miguel llega a la capital de España solo, sin dinero y sin trabajo. Su mujer y sus hijos, en principio, permanecen en Murcia. Los primeros tiempos de la estancia en Madrid —estancia que habrá de prolongarse hasta comienzos de 1964— son, naturalmente, muy duros. El escritor malvive en pensiones; se aloja también, cuando puede, en casas de amigos e incluso en algún colegio mayor universitario en el que, temporalmente, lo admiten de prestado.

 Poco a poco, sin embargo, las cosas, por suerte, empiezan a mejorar. Miguel, que ha sobrevivido en los pasados meses dando clases en un colegio privado femenino y desempeñando alguna otra pequeña ocupación, consigue empleo en una empresa de exportación e importación creada por exiliados búlgaros. Las condiciones de trabajo que se le imponen son pésimas y abusivas. Mas el sueldo, pese a ser escaso, da a Espinosa un importante respiro. Le permite, incluso, alquilar un piso modesto en la calle de San Benito, cerca de la plaza de Castilla, y enviar de vez en cuando algún dinero a los suyos. La mujer del escritor viene pronto, desde Murcia, a vivir con él; poco después llegarán también a Madrid los hijos del matrimonio. La familia, aunque humildemente, vive a partir de ahora reunida y con relativo desahogo.

 A veces, Miguel ve en Madrid a Enrique Tierno. Va conociendo también a algunos destacados intelectuales: Laín Entralgo, Ridruejo, Tovar, López Aranguren. Pronto se desengaña, sin embargo, por motivos de índole diversa, de la intelectualidad española del momento, y, como consecuencia, no veremos a Espinosa, en sus años madrileños, demasiado interesado en establecer verdaderas relaciones con los mencionados personajes ni con otros. Tampoco frecuenta los círculos literarios o artísticos. El escritor, voluntariamente, se margina.

 Pero, a pesar de todo —y esto es siempre lo más admirable de Espinosa ante la adversa circunstancia—, continúa trabajando, y escribe en la época que nos ocupa dos nuevas obras: Asklepios (redactada, en su mayor parte, en el Café Comercial, de la Glorieta de Bilbao), que no llegará a publicarse hasta 1985, tres años después de la muerte del autor, y Forma y revelación del mundo (Filosofía de elucidaciones), inédita por ahora.

 En ocasiones, Miguel ve en este tiempo a Mercedes Rodríguez. La muchacha terminó casándose con un murciano amigo de Espinosa, Francisco Guerrero Sáez —el Camilo de La fea burguesía—, y vive ahora en Madrid. Las relaciones de Miguel y Mercedes no son ya, por supuesto, como las de antes, pero siguen y seguirán siendo en lo sucesivo importantes para uno y otra.

 Al año, más o menos, de su llegada a Madrid, la situación económica de Espinosa mejora muy sensiblemente. Comienza a trabajar ahora en otra empresa de exportación e importación, la multinacional japonesa Sumitomo Shoji, de gran importancia en su sector, gracias a la oportuna gestión de Manuel Fraga Iribarne, ministro de Información y Turismo por entonces. Fraga era admirador del talento de Espinosa desde que en 1957 leyera —y reseñara en la revista del Instituto de Estudios Políticos, que a la sazón dirigía— Las grandes etapas de la historia americana. Tras la lectura del libro, Fraga se interesó por conocer a su autor y, en el transcurso del mencionado año de 1957, se entrevista con él por vez primera. El político se alegra ahora de volver a ver al escritor y de poder favorecerlo.

 El nuevo empleo, mucho mejor remunerado que el anterior, mejora de manera notable las condiciones de vida de la familia. En esta época de calma, Miguel va terminando los dos libros que antes mencioné.

 Pero, a pesar de los esfuerzos que hace para adaptarse, Espinosa no se termina de acostumbrar a la rara y metódica mentalidad laboral japonesa ni al rígido y dilatado horario de oficina que día tras día ha de cumplir. Conforme pasa el tiempo, a Miguel se le va haciendo más cuesta arriba la implacable monotonía de su trabajo. Por otra parte, la vida en la gran ciudad no le resulta ni mucho menos grata. Espinosa piensa con nostalgia en Murcia, adonde le gustaría regresar con los suyos.

 Por fortuna, la oportunidad de volver a su tierra se le presenta al fin. Miguel logra convencer a sus jefes de lo interesante que sería para la empresa el disponer de él, como agente, en la región de Murcia. Podrían hacerse muy buenos negocios, arguye, exportando desde allí las características conservas de frutas y verduras y vendiendo a los murcianos maquinaria y productos químicos para la industria conservera. La empresa tarda en decidirse, pero, al cabo, Miguel obtiene el visto bueno para marchar.

 La familia hace pronto las maletas y, en los primeros meses de 1964 se instala de nuevo en Murcia, en un octavo piso de la avenida Muñoz Grandes (hoy, de la Constitución), número 10, que habrá de ser ya el domicilio de Espinosa hasta la fecha de su muerte.

 En la tranquila ciudad del sureste, el escritor comienza a vivir ahora los años tal vez mejores de su vida. Los negocios marchan razonablemente bien, y Espinosa puede resolverlos a su aire, sin la tristeza de verse sometido a indeseables horarios y sin ojos japoneses que vigilen de manera constante el quehacer del empleado. A Miguel le es posible, incluso, despachar una buena parte del trabajo en su propia casa. También es cierto que en numerosas ocasiones ha de viajar a las comarcas y pueblos de Murcia para tratar, sobre el terreno, con vendedores y compradores. Pero esos pequeños viajes no le molestan. Al contrario, lo distraen, y, gracias a ellos, el escritor, a la larga, llegará a conocer hasta el último rincón de la provincia como la palma de su mano.

 Miguel hace en este tiempo, hasta cierto punto, y sin descuidar sus obligaciones, la vida que a él le gusta. Trabaja, y no poco, pero disfruta también de tiempo libre. Escribe, lee, se ocupa de sus hijos —que han ido creciendo—; conversa mucho con ellos y trata lentamente de ir inculcándoles los principios éticos que gobiernan su propia vida. Pasea, charla con los amigos. Con frecuencia, escribe por la noche, antigua y muy arraigada costumbre suya, cuando su casa y la ciudad están ya sosegadas, sin el agobio de tener que madrugar de manera indefectible al día siguiente.

 En esta época, vuelve a ir Espinosa, a veces, por el Café Santos. Esta cafetería es, indudablemente, uno de los lugares públicos de Murcia que más trascendencia habría de tener en la vida de Miguel Espinosa. En ella, como recordaremos, se produjo en 1954 el encuentro con Mercedes Rodríguez; en ella, asimismo, conoce diez años después —noviembre de 1964— a José López Martí, que empezará a ser en seguida, y hasta el día mismo de la muerte del escritor, el más íntimo y seguro amigo de Miguel, su confidente y su interlocutor más valioso. López Martí es por entonces un joven licenciado en Ciencias Químicas, de inteligencia y sensibilidad nada comunes, que siente una apasionada inclinación hacia la filosofía y la literatura y que, al igual que Espinosa, ha hecho de la libre y desinteresada reflexión sobre el mundo el centro de su existencia. Muy poco tiempo bastó para que Espinosa y López Martí se reconocieran y llegaran a ser grandes amigos. La relación indesmentida y sin tacha que durante casi veinte años unirá a ambos es la historia de una fraternal amistad, de la que Espinosa, en sus libros, habrá de ir dando constante testimonio. Más tarde, López Martí se casa con Carmen Barberá Blesa, y esta encantadora mujer —a la que Miguel tanto quiso— se sumará asimismo a tan grande amistad, para enriquecerla y terminar de completarla.

 Espinosa trabaja ahora, de nuevo, en Escuela de mandarines, la novela que desde 1954 lleva entre manos. La tercera y definitiva versión de la obra aún ocupará durante varios años al escritor. López Martí será el primero en escuchar de labios del autor, y en comentar y discutir con él a medida que vaya escribiéndolas, las páginas de este libro de tan larga gestación.

 En 1968 aparece en el horizonte de Espinosa una nueva mujer. Se llama Marta Fernández Crespo y es José López Martí quien la presenta al escritor. En la vida de Miguel, las mujeres —las que hemos mencionado, las que habremos de citar aún y algunas otras a las que, por falta de espacio, ni siquiera podremos referimos en estas páginas— desempeñan, sin duda, un papel fundamental. El propio Espinosa —en una entrevista publicada en el diario La Verdad, de Murcia, el 30 de julio de 1978— dirá al respecto:

 Soy mujeriego, pero, bueno, eso habría que matizarlo mucho. No puedo vivir sin tener relaciones con una mujer, pero tienen que ser unas relaciones muy constantes, muy largas y muy lentas. O sea, que la mujer es el otro que me oye y al que voy analizando, investigando. Para mí, la conquista de una mujer es un proceso de conocimiento. Necesito a lo mejor tres meses y ya entonces quiero tener con ella relaciones eternas. Por eso busco siempre una mujer única, para poder hablar con ella y marginarla también.

 Las relaciones de Miguel con Marta —muy distintas de las que lo unieron a Mercedes Rodríguez— se prolongan en el tiempo durante diez años y desembocan, en 1978, en los patéticos sucesos que el escritor analizará en Tríbada, su último libro, de manera tan magistral como exhaustiva.

 Pasan algunos años y continúa el pausado e intenso existir de Espinosa en su ciudad. La moderada buena racha de los negocios de Miguel, igualmente, prosigue. Hacia 1970, el escritor deja de prestar  servicios a aquella empresa japonesa que en su momento mencionamos. Pero los japoneses —extraña persistencia— no desparecen definitivamente de la vida de nuestro hombre, pues desde hace algún tiempo viene Miguel trabajando asimismo con otra destacada multinacional nipona exportadora e importadora, la empresa Nichimen. Espinosa, además, realiza en este período pequeños negocios propios en el campo de la exportación e importación de productos, que tan bien ha llegado a conocer.

 El escritor apenas sale de Murcia y su provincia. En ocasiones, ha de ir a Madrid para resolver asuntos relacionados con el trabajo. Desde allí, muy de tarde en tarde, al igual que en algún otro momento de su vida, se acerca a tal o cual ciudad castellana: Salamanca, Segovia, Toledo, Ávila (en el capítulo segundo de La fea burguesía quedará el recuerdo de una excursión a esta última ciudad). Pero regresa en seguida a Murcia, que es el lugar en el que más cómodo se siente. Todo está hecho en su ciudad a la medida de este hombre meditativo y ensimismado que, según dije al principio, abominaba  de los viajes —jamás salió de España; no subió nunca en un avión— y que hablaba de la barbarie actual del turismo como si de una nueva plaga bíblica se tratase. 

 No sé si podría decirse que, en la medida de lo posible, el Miguel Espinosa de estos años es un hombre dichoso; lo que parece indudable, desde luego, es que fue ésta la época de su vida en la que el escritor más libre se vio de graves problemas y de persistentes zozobras. 

 Pero, a mediados de 1972, por desgracia, el tranquilo discurrir de la existencia de Espinosa sufre un dolorosísimo quebranto. En el mes de mayo, a los setenta y cuatro años de edad, muere Maravillas Gironés, madre del escritor, la persona a la que Miguel más amó y a la que veneró siempre con devoción grandísima.

 Era piadosa costumbre de Miguel, durante los años de ancianidad de su madre, el acudir diariamente, al atardecer, a la casa familiar de la Alameda de Colón, para dar un rato de compañía a aquella mujer insustituible. El escritor se sentaba junto a la anciana y tomaba las manos de ésta entre las suyas, mientras las luces del día iban lentamente apagándose. Madre e hijo hablaban, despacio y en voz baja, de las pequeñas cosas cotidianas y en el corazón del hombre volvía a latir la ingenuidad del niño y del muchacho. En todos los libros de Espinosa, la memoria emocionada de la madre del escritor habrá de estar muy presente. Bástenos recordar ahora el epílogo de Asklepios o el capítulo cuarenta y seis de Escuela de mandarines. El haber sido hijo de Maravillas Gironés, "ser calmo, apartado de toda mundanalidad, nunca tentado", fue siempre para Miguel Espinosa el más limpio e inocente motivo de orgullo.

 Hacia finales de 1972, la redacción definitiva de Escuela de mandarines se encuentra ya, por fin, prácticamente terminada, si bien el autor continuará aún corrigiendo el texto hasta casi el momento mismo de su aparición. Espinosa, que ha trabajado en su novela, de manera discontinua, durante tantos años, querría ahora verla publicada. No olvidemos que su primer y único libro, Reflexiones sobre Norteamérica, había aparecido en 1957. Desde esa fecha, y si exceptuamos alguna esporádica publicación en revista, el material acumulado a lo largo de tanto tiempo ha permanecido inédito en su totalidad. Es hora ya, piensa Espinosa, de dar algo a la imprenta. Y, consiguientemente, hace diversas gestiones para ver de publicar Escuela de mandarines. Pero no es fácil, desde luego, el que una editorial acepte la publicación de una novela de más de setecientas páginas y escrita por un autor desconocido. Las gestiones de Espinosa, como era de esperar, fracasan. En vista de ello, a Miguel se le ocurre hacerle llegar el manuscrito de su obra a Manuel Fraga, quien de nuevo se presta amablemente a ayudar al escritor. Fraga propone la publicación del libro a las editoriales Planeta y Grijalbo —ésta, por cierto, una de las más antifranquistas de entonces—, pero las gestiones del político tampoco obtienen el éxito deseado. Al cabo, el propio Espinosa, por intermediación de amigos, consigue que Los Libros de la Frontera, pequeña editorial barcelonesa dirigida por José Batlló, acepte publicar la novela. El libro, como sabemos, aparecerá a finales de 1974 y, al año siguiente, para satisfacción de su autor, obtendría el Premio Ciudad de Barcelona.

 Pero no adelantemos acontecimientos y retrocedamos un poco. Por la importancia tremenda que el hecho habría de tener para la vida del escritor, es muy necesario señalar que, unos meses antes de la publicación de Escuela de mandarines, en la noche del 23 de junio de 1974, exactamente, Espinosa sufre un infarto de miocardio. Por fortuna, logrará recuperarse pronto, pero, tras este primer aviso de la muerte, Miguel ya no volverá a ser el de antes. A partir de este momento, Espinosa, sintiéndose muy seriamente amenazado, empezará a imprimir a su vida un ritmo distinto, pues presiente, tal vez, que no es mucho el tiempo que le queda. De ahora en adelante, se diría que Espinosa, como hombre y como escritor, se intensifica y se concentra aún más sobre sí mismo. A ello se debe, seguramente, el que resultaran tan ricos y fructíferos, en lo que a producción literaria atañe, los años finales de la existencia del autor. En el transcurso de esos años, Espinosa completa o escribe varios libros que, con la excepción de la primera parte de Tríbada, no llegará a ver publicados. Los títulos de tales obras son: La fea burguesía, Preposterius (libro de aforismos filosóficos), Cartas morales, Tríbada y Falsos años.

 A partir de la fecha del infarto, sin renunciar, ni mucho menos, a las cosas de la vida que verdaderamente le interesan y de las cuales se nutre como escritor, Miguel irá desentendiéndose en buena medida de todo aquello que lo aparte de su labor primordial. Poco a poco lo veremos, por ejemplo, dedicar bastante menos tiempo a los negocios, que tantas horas y tanta atención le han robado. En su casa, por lo demás, ya no es mucho el dinero que se necesita. La hija del escritor, Maravillas, se ha casado hace poco, muy joven aún; y en cuanto a Juan, el primogénito, que es ya licenciado en Filosofía Pura y prepara oposiciones, acaso no tarde demasiado en ser económicamente independiente. (Durante estos años, la relación, no sólo afectiva, sino también intelectual, de Miguel con su hijo llegó a ser particularmente intensa. Entre uno y otro, desde que Juan fue adulto, se produjo un constante intercambio de ideas y una rica discusión.) A medida que va abandonando los negocios de exportación e importación, Espinosa empieza a ejercer la asesoría jurídica de unas pocas cooperativas agropecuarias que él mismo proyecta y pone en marcha. La nueva ocupación no le quita demasiado tiempo y reporta beneficios suficientes como para ir tirando.

 Miguel había comenzado a escribir en 1971 un libro titulado Clase medía. Del inicial embrión, sucesivamente transformado y ampliado o recortado —pues el escritor cambió varias veces de idea respecto a lo que esta obra habría de ser por fin—, irá tomando forma poco a poco La fea burguesía, que es el texto en el que Espinosa con más intensidad trabaja después de la aparición de Escuela de mandarines. Puede decirse que el libro, tal como hoy lo conocemos, está ya terminado hacia finales de 1976, aunque el autor, según su casi obsesiva costumbre, lo revisara posteriormente en distintas ocasiones.

 En La fea burguesía, con minuciosidad de entomólogo, intenta Espinosa una descripción "fenomenológica" —en la que el escritor se limita a mostrar, sin opinar sobre lo mostrado— de la sociedad española de finales de los años sesenta y principios de los setenta, si bien el libro nos retrotrae con frecuencia a momentos muy anteriores y de plena posguerra al presentamos el devenir biográfico completo de la mayoría de los personajes.

 La novela —si es que podemos llamarla así, pues la obra está compuesta por una serie de relatos de mayor o menor extensión completos en sí mismos, aunque sutilmente hilvanados— transcurre en una innominada y pequeña ciudad de provincias. La ciudad en cuestión, evidentemente, es Murcia, pero podría ser asimismo cualquier otra. No hay en el libro nombres de lugares, de calles, de monumentos; no hay, tampoco, paisaje. La atención del autor está exclusivamente centrada en los personajes de la obra, en el estudio de sus actitudes, hábitos e intereses, y no en la descripción del entorno en el que tales personajes se mueven.

 Tres cuartos de lo mismo, a este respecto, podría decirse de Tríbada, la obra última y, para mí, mejor de Miguel Espinosa. Es éste el único de los libros del autor en el que la ciudad de Murcia aparece nombrada con su propio nombre. Pero el escritor no pasa de ahí. Al igual que en La fea burguesía, tampoco encontramos aquí topónimos, ni denominaciones reales de calles o de lugares urbanos, ni descripción de paisajes. Espinosa se encuentra tan embebido en el análisis de las costumbres, de la conducta y de la conciencia de sus personajes que no le queda tiempo para mirar al exterior, a los escenarios en que la obra transcurre. Hay en el libro, sin embargo, por lo que al paisaje se refiere, alguna rara excepción, como aquella bellísima estampa titulada "Damiana y la llanura", en la que el escritor, con lírica morosidad azoriniana, describe desde el tren una tarde de lluvia en la planicie manchega.

 Los hechos de la vida real en los que Tríbada se basa comienzan a suceder en 1978. A semejanza de Asklepios, Escuela de mandarines y La fea burguesía, aunque de forma, si cabe, aún más directa, Tríbada es una novela profundamente autobiográfica, que el autor fue componiendo a medida que los mencionados hechos iban produciéndose. La inmediatez, aquí, de vida y creación resulta hasta tal punto asombrosa que en algún momento del tiempo en que Tríbada fue redactada uno no habría sabido decir si era la palpitante realidad la que hacía escribir al autor de la novela o era el propio Espinosa quien desencadenaba, al escribirlos, los hechos que en la realidad acontecían.

 El Miguel Espinosa de la época de Tríbada, que es el Miguel Espinosa que yo conocí, era un hombre dolorido y obsesionado por los lamentables sucesos en los que la vida tuvo a bien involucrarlo. Pero hay que señalar, no obstante, que ni siquiera en el transcurso de estos años perdió Miguel su interés por el mundo, ni la ironía y el sentido del humor peculiarísimos por los que siempre se caracterizó. En un artículo anterior —“EI último Miguel Espinosa"—, al cual remito al lector interesado, tuve ocasión de exponer con cierto detenimiento mis recuerdos de los años finales del gran escritor. Ello me dispensa ahora de referir nuevamente el dramático existir espinosiano en el transcurso de tal período.

 Añadiré, no obstante, porque tuvo importancia para ambos, que durante la difícil etapa a la que me refiero, a Miguel se le veía frecuentemente acompañado por una nueva mujer: Josefina Fernández Robles. Fue José López Martí el que, en 1978, la presentó a Espinosa, cuando los sucesos que dieron pie a Tríbada habían empezado a producirse. La compañía de Josefina fue un consuelo grande para el Miguel solo y afligido de aquellos momentos.

 También sería López Martí el que, de alguna manera, habría de poner más tarde en relación a Miguel con Ángeles Dorado Soto, última mujer en la que el escritor encontró la amistad y el calor humano que por entonces tanto necesitaba.

 A finales de 1980 apareció La tríbada falsaria (primera parte de Tríbada), publicada también por Los Libros de la Frontera. La obra dio lugar en la provincia a un pequeño escándalo, a cuyas derivaciones se mantuvo Miguel muy atento, pues ya por esos días trabajaba en la redacción de La tríbada confusa, parte segunda de la novela. Cualquier hecho relacionado con el asunto le interesaba más que ninguna otra cosa y era aprovechado de forma inmediata por el autor en las nuevas páginas que iba escribiendo.

 Fuera de Murcia, La tríbada falsaria fue bien recibida. Lentamente, aparecieron en los medios habituales —como también sucediera cuando la publicación de Escuela de mandarines— diversas reseñas de la obra, algunas de las cuales firmadas por críticos de renombre. Pero tampoco es que se echaran las campanas al vuelo, y tales reseñas, desde luego, no bastaron para sacar a Miguel Espinosa de la marginalidad en la que como escritor se encontraba.

 La tríbada confusa fue escrita, por fortuna, en un plazo de tiempo bastante breve. De lo contrario, la novela habría quedado seguramente inacabada. Miguel trabajó en esta parte de la obra con inusitada intensidad, sin concederse descanso. Escribía por la noche y se acostaba cuando la ciudad estaba ya amanecida. A pesar de la reiterada prohibición de los médicos, Espinosa continuaba fumando en exceso y tomando café, bebida a la que era adicto desde sus tiempos más remotos. El escritor presentaba en esta época final un permanente aspecto de abatimiento y de fatiga.

 En la tarde del 1 de abril de 1982, Espinosa había acudido a la sede de la Comunidad Autónoma de Murcia, que estaba por entonces en el edificio de la desaparecida Diputación, en la avenida del Teniente Flomesta. Se encontraba allí participando en una tensa y conflictiva asamblea de la cooperativa agropecuaria con la que en ese momento trabajaba. De repente, hacia las siete de la tarde, un nuevo infarto de miocardio le sobrevino y el escritor cayó al suelo fulminado. Se le trasladó con urgencia, en ambulancia, a la Residencia Sanitaria “Virgen de la Arrixaca", pero era ya cadáver cuando ingresó en el centro. Murió Miguel a los cincuenta y cinco años, prácticamente a la misma edad en que habla fallecido su padre, por la misma causa que éste y, asimismo, fuera de su domicilio.

 Recuerdo vivamente cómo me enteré de tan terrible noticia. Acompañado por José López Martí y por el novelista Pedro García Montalvo —los dos mismos amigos que estaban también presentes el día en que conocí a Miguel Espinosa, a finales de 1978—, me hallaba yo en una cafetería del centro de la ciudad. Serían aproximadamente las ocho de la tarde cuando Diego Marín, el dueño de una importante librería murciana, buen amigo nuestro, irrumpió en el local en que charlábamos despreocupadamente. Balbuceante, y a bocajarro, nos informó de lo que había sucedido. Inmediatamente, tomamos un taxi y nos dirigimos al hospital, con la esperanza de que no fuera del todo cierta la noticia que acabábamos de recibir. Pero, cuando llegamos, el cuerpo de Miguel estaba ya en el tanatorio del centro sanitario.

 Comenzaron a transcurrir entonces las horas de una noche que muchos de los que allí nos encontrábamos percibíamos como pura irrealidad. En un momento dado, llamé yo a los periódicos de Murcia y les informé, antes de la hora de cierre de edición, de la muerte de Espinosa, para que la noticia pudiera llegar a los lectores a la mañana siguiente. Pero, a pesar de estar ante el cuerpo sin vida de Miguel, me decía a mí mismo que no era posible que aquel hombre hubiera muerto, que lo que mis ojos veían de ninguna manera podía ser verdad.

 Amaneció lentamente. El sol comenzó a brillar y los pájaros cantaban en los álamos del jardín de la residencia sanitaria. Alguien llegó con los periódicos del día. Y fue precisamente entonces, al leer en ellos, como algo objetivo e incontestable, la tremenda información que yo mismo había facilitado, cuando por fin me di cuenta de que Miguel, sin duda alguna, no habría de estar nunca más entre nosotros.

 A primeras horas de la tarde, los restos del escritor emprendieron viaje de traslado a Madrid. Espinosa había expresado por escrito —en 1974, poco después del primer infarto— su deseo de ser incinerado tras la muerte. No era posible aún, en esa época, el dar cumplimiento en Murcia a aquella última voluntad de Miguel. Por tal motivo, la incineración del cadáver se llevó a cabo en el cementerio madrileño de la Almudena, en la mañana del día 3 de abril.

 Terminaba así el trabajoso acontecer de Miguel Espinosa, el hombre. Y comenzaba, a partir de este momento, el futuro inacabable del escritor y de su obra.

 

 Diciembre de 1991

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