ESPINOSA Y SPINOZA:
“ASKLEPIOS”
DESDE EL PRISMA DE LA INMORTALIDAD
Vicente Cervera Salinas
Publicado en Miguel Espinosa: Congreso, Murcia, Editora Regional de Murcia-V Centenario. Comisión Autónoma, 1994, págs. 319-332
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“Me
llamo Asklepios, y, por así expresarlo, he tenido dos nacimientos: uno en
Megara, Grecia, tan atrás como puede contarse hasta más allá de la fundación
de Atenas por Cecrops; y otro, hace apenas treinta y cuatro años, entre los
modernos. Si se quiere así entender, mi primera configuración no fue terrenal;
nací en el mundo que Platón llama de las nociones o formas, anteriores a éste;
fui una categoría o esencia de lo que debía ser, y, por misterio
indescifrable, me encarné terreno cuando mi estirpe ya no existía. En otras
palabras: soy una forma antigua venida a la modernidad de nuestros tiempos”
(Miguel
Espinosa: “Asklepios”. Introducción)
a)
“Asklepios” y los inmortales literarios
Con
estas palabras introductorias comienza la peculiar “aventura” vital de
Asklepios, el personaje que creó Miguel Espinosa a partir de su propia
comprensión del mito clásico helénico, el arcano dios y héroe “creador”
de la medicina. Según refiere su leyenda, Asklepios, engendrado por Apolo y
educado por el centauro Quirón, aprendió de éste el “arte” de resucitar a
los muertos (el don de la inmortalidad), pues había recibido de Atenea la
sangre vertida de las venas de la Gorgona. Temeroso ante el inmenso poder
“nigromántico” que podría derivarse de tal conocimiento y subsiguiente práctica,
Zeus lo fulminó con un rayo, pero su padre Apolo lo vengó abatiendo a los Cíclopes.
Asklepios se metamorfoseó en la constelación del Serpentario, pero comenzó su
creciente culto que, paulatinamente, iríase convirtiendo -a partir de su centro
en Epidauro- en el cultivo entre mágico y “científico” de la medicina.
Del
acervo mitológico heredado, parece interesarle al escritor murciano un elemento
primordial: Asklepios como personaje-símbolo de la inmortalidad, en tanto
poseedor del conocimiento sublime y mágico de la “resurrección” o, al
menos, de la posibilidad de sustraer al hombre del todopoderoso territorio de la
total aniquilación. Atributo heredado, no lo olvidemos, de un hermoso don
ofrecido por la diosa Atenea, que en la ficción de Espinosa se trueca en
Azenaia, la mujer idealizada en cuyos “ojos glaucos” estaba contenida
“toda la Grecia en luz y figuras, medidas y ánimo”[1].
La
inmortalidad se convierte así pues en el primer y mágico atributo del
personaje del texto espinosiano. Pero esa mínima consideración no parece
explicar en profundidad la dimensión problemática y sustancial del mismo, ya
que dicho rasgo lo comparte Asklepios con otros muchos personajes de la historia
literaria sin que por ello resulte emparentable con cualquiera de ellos. ¿Dónde
reside, por tanto, la especificidad del personaje en relación con un contexto
de criaturas literarias llamadas “inmortales”? Tal vez la selección
ilustrativa de tres textos narrativos paradigmáticos en cuanto a la definición
de sus protagonistas revele, en su comparación, la verdadera entraña
sustantiva de nuestro Asklepios.
Siguiendo
un criterio cronológico, nos hallaríamos en primer lugar con el ambivalente
Orlando, protagonista de la novela homónima de la escritora inglesa Virginia
Woolf. El personaje es inmortal en tanto se nos narra su historia como un auténtico
viaje a través del tiempo, cuyo período comienza -con el propio arranque de la
novela- en el siglo XVI, en plena época isabelina, y concluye en el siglo XX,
simultáneamente a la conclusión de la escritura del texto. Virginia Woolf
parece haber identificado la propia historia de la literatura inglesa con el
flujo temporal en que transcurre el personaje, e imagina un ser que vive
metamorfoseándose -incluso en cuanto a su definición sexual- con el tiempo de
la historia, a través de ella y definiéndose, en suma, como una verdadera
categoría temporal de resonancias kantianas: el personaje “es” la historia
como “continuum” que constantemente se transforma, pero que nunca concluye[2].
Ello impone un sesgo distintivo, una naturaleza peculiar al texto novelístico
que lo hace sensiblemente allegable a la categoría de “novela lírica”, en
virtud del predominio de la
coordenada temporal como dimensión subjetiva, como caracterización más
esencial del personaje.
En
segundo lugar, una novela de la talla de Bomarzo, del argentino Manuel Mújica
Láinez, donde los ecos de la criatura woolfiana, del cambiante y mutable
Orlando, no son precisamente imperceptibles, presenta a un individuo
“inmortal” en tanto identifica el autor a un personaje “histórico” del
Renacimiento italiano, Pier Francesco Orsini, con el propio “narrador” del
texto, una voz anónima que, al relatar la historia del duque renacentista,
establece una sorprendente identificación de personalidades -sólo despejada en
las últimas páginas de la vasta novela- que determina la dimensión
“inmortal” del personaje, “actualizado” y “revivido” en el siglo XX
por el propio narrador. La finalidad narrativa de este proceso no es idéntica,
sin embargo, a la emprendida por la escritora inglesa, sino que en esta ocasión
Mújica Láinez acomete al objetivo de conformar un verdadero fresco histórico
de la época elegida, del Renacimiento italiano, a partir del sutil artificio de
una supuesta “inmortalidad” que, en realidad, sólo existe en la ilusión de
la voz narrativa. Frente al estatuto “lírico” de Orlando, Bomarzo
poseería una clara naturaleza de “novela histórica”, donde los
“deslindes” entre ambas doctrinas (Literatura e Historia) no parecen fácilmente
discernibles[3].
Un
último ejemplo revelador de la apropiación “literaria” del concepto
“filosófico-teológico” de la inmortalidad nos vendría deparado por el
famoso y complejo relato de Jorge Luis Borges: “El inmortal”. Se trata de
una ficción basada en una idea originaria: la inmortalidad del personaje
borgesiano remite a las “palabras” repetidas[4].
Se trata, pues, de una parábola de la reiteración constante del discurso
literario universal (desde Homero hasta el propio “momento” de la escritura
del cuento). El narrador, que viaja desde la época romana hasta el siglo XX, es
asimismo, el espíritu inaugural, fundacional de la Literatura. No está
conformado, por lo tanto, desde los presupuestos líricos o históricos de la
“inmortalidad”, como los ejemplos precedentes, sino que configura un
verdadero “texto metaliterario”, como conjetura racional sobre el valor
inmortal y sustancial de la escritura, basado en la noción filosófica de la
“identidad de lo múltiple”.
Sin
embargo, la inmortalidad de Asklepios es de otro signo distinto. Miguel Espinosa
propone un personaje inmortal, que al mismo tiempo es el narrador del texto,
representando la última pervivencia del espíritu griego en nuestro siglo. Pero
su inmortalidad se concreta en cuanto “modo de ser” distintivo, que se
siente desterrado y que no encuentra el espacio adecuado para desarrollarse en
la época contemporánea. Relata, así pues, su “vida”, su existencia en el
presente con constantes alusiones contrapuntísticas
a lo que fue su vida genuina en la época griega. El narrador-personaje
resulta, de este modo, ser también “dos” personajes idénticos en
tiempos opuestos que, merced a la vivencia simultánea en ambos, son por ello
mismo contrastados, como edad de la armonía, el arte y la razón (Grecia clásica),
frente a la edad de la barbarie (actualidad), donde reina la irracionalidad y
Asklepios siente en carne propia el ostracismo de su “destierro”, que es
simultáneamente su inmortalidad característica.
Ello
supone un adentramiento muy original en aspectos de semiótica de la cultura, en
cuanto al contraste de mundos que apareja una “definición” implícita de
los mismos. Complementariamente, Espinosa propone el verdadero conflicto
existencial de un personaje “transterrado” y, al cabo, se formaliza un
discurso literario, una narración muy peculiar que, lejos de las connotaciones
líricas o historicistas de los ejemplos anteriormente citados, presenta claros
enfoques filosófico-racionalistas[5].
Si Espinosa proyecta una esencia humana de la época clásica materializada,
“galvanizada” -diríamos con Pranofsky- en el siglo XX, no es menos cierto
que, en realidad, no se nos narran las experiencias cotidianas del Asklepios
contemporáneo, sino que asistimos más
bien a la expresión categórica de sus ideas, sus nociones, su modo de pensar,
el relato de su interpretación del mundo que es, al mismo tiempo, una definición
particular del mundo.
Ilustraciones
canónicas de esta compleja trama temática propuesta por el texto de Miguel
Espinosa aparecen en los hermosos capítulos dedicados a la infancia
del “exiliado” Asklepios, pero quizá sea en la oposición conceptual
que el escritor establece entre el “vivir expectante” y el “vivir no
expectante” donde brillen con más nitidez las consideraciones opositivas
susodichas, en la misma médula de la vivienda inmortal[6].
En el capítulo XIV, “La Adolescencia del Exiliado”, queda bien patente la
“doble lectura” cultural del personaje que éstas proponen:
“¿Cómo
podría ser la adolescencia de un griego exiliado de su patria y separado de
ella por el paso del tiempo? Naturalmente, reconcentrada y solitaria, hecha de sí
misma, aislada de los estímulos, ideas, esperanzas y entusiasmos que incitaban
a los demás muchachos (...). Nada hay sin remedio en el mundo, sino la muerte y
un destierro así.”
b)
“Asklepios” y la “Ética” de Spinoza
No
parece, sin embargo, suficiente definición de la primera “novela” escrita
por Miguel Espinosa[7]la
propuesta anteriormente de “texto filosófico”, sin ensayar, al menos, una
concreción más específica acerca de la orientación filosófica en que se
inscribiría o a la que apuntaría como horizonte teórico ideal.
El
análisis de las dimensiones racionales de “Asklepios”, donde domina una
acendrada voluntad definitoria del
mundo y las más resbaladizas sensaciones humanas, parece arrojar una clave
filosófica aclaratoria. El autor convocado nos traslada hasta el siglo XVII, en
plena época de auge racionalista: se trata del filósofo holandés de origen
judío Baruch Spinoza (1632-1677), autor de una “Ética” -demostrada según
un “orden geométrico”- cuya trascendencia en la historia de la filosofía
remite a la sutil amalgama que Spinoza elabora entre la tradición teológica
judía, una precisa revisión del cartesianismo y el fondo discursivo de la casuística
escolástica[8].
La
primera remisión contrapuntística de la “Ética” spinoziana nos sitúa en
una de las proposiciones básicas del texto filosófico, incluida en el Libro o
sección III, dedicada a establecer “El origen de la naturaleza de las
afecciones” humanas. Spinoza -que ha presentado en los dos primeros
“libros” de la “Ética” sus concepciones acerca de Dios y de la
naturaleza y origen del alma, respectivamente-, propone ahora un concepto clave
en su sistema ético. La noción -de original y muy profundo planteamiento- del
“conatus” o la “perdurabilidad”: “Cada cosa en tanto que es en sí, se
esfuerza en perseverar en su ser”[9].
De
esta idea central se deriva (Prop. VI-VII y VII) una suerte de inmortalidad, en
el sentido de que esa noción de perdurabilidad en el ser no envuelve tiempo
alguno finito, sino un tiempo indefinido. Cada uno de los seres de la creación
perduran “infinitamente” -en tanto existen- en su “modo” distintivo y
peculiar de “ser”. A diferencia del resto de la escala vital (vegetativa o
animada) el Alma humana tiene auténtica “consciencia” de ese “esfuerzo”
-o “conatus”- de perdurabilidad.
Pero,
sentada esta premisa o postulado básico, deberíamos preguntarnos dónde reside
la singularidad “ética” del hombre según Spinoza. Si el felino persevera
cuando afila sus uñas, si el buitre persiste al sobrevolar la carroña y la
serpiente arrastra sus vísceras en su tránsito rastrero, ¿de qué modo
“persevera” el hombre en tanto criatura racional en su “ser”?
Respondamos
con las propias conclusiones del filósofo, contenidas en el Libro IV de su “Ética”:
“Obrar por virtud absolutamente no es otra cosa en nosotros que obrar, vivir y
conservar nuestro ser (estas tres cosas no forman más que una) bajo
el gobierno de la Razón, con arreglo al principio de la investigación de
la utilidad propia” (Prop. XXIV).
La
explicación del aserto resulta obvia en el sistema ético-racionalista del filósofo:
sólo de esta manera “persevera” verdaderamente el hombre en su ser, decreta
Spinoza, pues consigue dominar sus pasiones y regirse por el conocimiento y la
razón, hasta alcanzar los saberes superiores o de tercer nivel. La “ética”
humana consiste, pues, en “gozar de una vida conforma a Razón” (L. IV. Apéndice,
cap. VIII), dado que “cuanto más grande es el Gozo que nos afecta, mayor es
la perfección que conseguimos y más participamos, por consiguiente, de la
naturaleza divina; nunca puede ser malo un Gozo que se funda en la inteligencia
verdadera de nuestra utilidad” (Libro IV, Ap., Cap. XXXI). Y así, cabe
parafrasear recapitulando a Spinoza, en tanto que nuestra Naturaleza humana se
acomode a Razón, “el esfuerzo de nuestra parte mejor se hallará de acuerdo
con el orden de la Naturaleza entera”[10].
La
aplicación de estos predicados éticos a la creación literaria del escritor
murciano puede empezar de esta manera a perfilarse: “Asklepios” vendría a
ser la representación paradigmática de ese “conatus” spinoziano, en tanto
“modo de ser” humano definido “esencialmente” por Miguel Espinosa, pues,
en efecto, el personaje Asklepios simboliza una modalidad sustantiva humana que
“persevera” en su ser a través del tiempo. Espinosa concibe una definición
casi arquetípica del hombre “clásico”
y “armónico” -circunscrito al ámbito de la Grecia idealizada y plenamente
racional- y sobre ella sustenta su ficción: Asklepios, desterrado y
“atrapado” vitalmente entre los signos de la cultura contemporánea,
pretende, trágicamente, perseverar en su ser.
En
realidad, el desarrollo y la entraña teórica de la “novela” responde a
estos presupuestos éticos. Pero, además, no es infrecuente encontrar algunos
ejemplos más concretos donde alienta la conexión establecida. En el capítulo
IV de “Asklepios” hallamos esta reflexión de resonancia spinoziana, en
tanto se define la alegría como perseverancia en el propio ser: “La viviente
alegría no es producto del juicio verdadero, según creía Platón, ni tiene
por causa acontecimiento exterior ninguno, como vencer al enemigo, según
pensaba Agamenón, inventar un teorema, como sostenía Demócrito, o escribir un
libro, sino que proviene de la perfecta acomodación entre el ser y el mundo.
Temístocles no se hallaba tan satisfecho de haber derrotado a los medos como de
ser griego; su gozo no era accidental, sino sustancial”[11].
c)
Espinosa y Spinoza, “sub specie aeternitatis”
Una
vez trazado el vínculo comunicativo entre los dos “pensadores”,
perdurabilidad ética mediante, quedaría aún por definir el sentido de la
vinculación tomando la primera de las referencias críticas en que se basa este
ensayo comparativo. Páginas atrás se proponía la peculiaridad “inmortal”
del personaje Asklepios como la base en que se sustentaría el andamiaje textual
espinosiano.
No
se escapan a los férreos y lúcidos argumentos especulativos de Spinoza las
referencias concretas al concepto de la “eternidad”, que nos llevarán, por
segura vía, a la categoría “inmortal” del personaje griego que formula
Miguel Espinosa. La concepción que el filósofo sustenta sobre lo “eterno”
supone un original planteamiento en las tradicionales definiciones teológicas
del ser humano y, por supuesto, supera ampliamente los postulados maniqueístas
de la corriente neoplatónica. No imagina Baruch Spinoza al hombre como separación
tajante de un cuerpo material que se descompondrá en su aniquilación vital
frente a un alma etérea e inmortal
que lo sobreviva.
Para
el agudo pensador judío, la eternidad sólo puede ser “mental” en tanto que
la mente humana -regida por Razón como auriga- tiene la potencia y la
virtualidad de aprehender “sub specie aeternitatis”. Es decir, la potencia
de entender y captar las nociones generales que están más allá de la
existencia finita del individuo, y que pertenece a la Naturaleza o Única
Sustancia existente (es decir Dios o Naturaleza)[12].
En el Libro II puede leerse el siguiente corolario: “Pertenece a la naturaleza
de la Razón percibir las cosas como poseyendo una especie de eternidad” (Cor.
a la Prop. XLIV), de donde se sigue el siguiente “escolio”:
“Nuestra
Alma, a medida que se conoce, es un modo eterno del pensar, determinado por
otro modo eterno del pensar, y este último a su vez por otro y así hasta el
infinito, de manera que todos juntos constituyen el entendimiento eterno e
infinito de Dios”.
La
inmortalidad suscrita por Spinoza revela pues un alto grado de fe en cuanto a
las potencialidades aprehensivas de la mente humana: somos inmortales, podemos
concluir, en virtud de nuestro especial modo de conocimiento, capaz de concebir
aquello que nos trasciende como hombres. No esperemos, pues, una existencia
“inmortal” que sobreviva a nuestra destrucción corpórea, pero gocémonos
con nuestra inteligencia “eterna”, forjadora de “inmortalidades”
cognoscitivas. Eterna en tanto ha participado del modo eterno de pensar, es
decir, del “pensamiento” como atributo infinito de la Naturaleza divina[13].
Pues
bien, mi propuesta parte de la consideración de “Asklepios” como paradigma
simbólico de esa suerte de inmortalidad mental diseñada “more geometrico”
por Spinoza. Asklepios también es inmortal, como arriba ya se anunciaba, en el
sentido de representar ese “modo de ser” característico que llegó a
concebir el mundo “sub specie aeternitatis”. En este sentido, la
“novela” es un verdadero canto al pensamiento filosófico, al más acendrado
humanismo, a una bien definida “idea” del hombre como sustancia pensante que
persevera a través del tiempo, a pesar de las añagazas que el propio devenir
impone, y que remite, precisamente, al nacimiento del discurso fundacional de la
razón, gestado en Grecia. Asklepios procura perdurar en su esencia y, exiliado
en el siglo XX, nos refiere -en la ficción de Espinosa- su experiencia
inmortal-gnoseológica. Su narración refiere, así pues, no tanto los sucesos
concretos, episódicos y circunstanciales que integran su existencia
“actual”, sino los pensamientos y las meditaciones de esa “mente”
-griega y “eterna”, por ello, en el sentido spinoziano- que fue y que
“es” Asklepios. Si es que todavía persiste en algún rincón la voluntad de
un conocimiento trascendente.
“Spinoza
-dejó escrito en célebre texto el también filósofo y poeta español George
Santayana- tiene una admirable doctrina, o más bien, una admirable intuición
que consiste en ver las cosas bajo el aspecto de la eternidad. Esta
facultad es fundamental a la mente humana; la percepción y la memoria
ordinarias son ejemplo de ella. Por lo tanto, cuando la utilizamos para
tratar problemas fundamentales no
nos alejamos de la experiencia, sino que, por el contrario, nos fundamos en la
experiencia y en sus frutos. Se ve una cosa bajo el aspecto de la eternidad
cuando todas sus partes o momentos son concebidos en sus verdaderas relaciones
y, por consiguiente, de un modo continuo”[14].
Esta
sintética y profunda meditación acerca de la intuición spinoziana cabe ser
perfectamente atraída para iluminar las referencias antedichas. Miguel Espinosa
ha conseguido crear un texto literario que contiene, aunque no fuese tal su
pretensión, nociones claves del pensamiento racional y ético de Baruch Spinoza.
“Asklepios” puede proponerse, por lo tanto, como una certera ilustración de
“novela filosófica” o, más concretamente, de “novela ética”, como
modalidad específica de la más preclara “novela intelectual”[15].
d)
DEFINIR LAS EMOCIONES
Un
último y muy breve epígrafe completa esta alianza de pensamientos. Gran parte
del cuerpo de la “Etica” de Spinoza está encomendado a procurar una
completa y exhaustiva definición de las pasiones y afecciones que señorean el
alma humana. Conocidas y muy admiradas son sus propuestas teóricas sobre las más
inapresables emociones anímicas, como la muy hermosa sobre el Amor, que a su
parecer, “no es otra cosa que un Gozo a que acompaña la idea de una causa
exterior” (Libro II. Escolio a Prop. XIII), derivada de su no menos certera
definición del Gozo como “una pasión por la que el Alma pasa a una perfección
mayor”, siendo, por contra, la Tristeza esa otra pasión “por la que pasa a
una perfección menor” (Libro II. Escolio a Prop. XI)[16].
Despojado,
eso sí, del procedimiento “geométrico” y del discurso ávidamente
racionalista del filósofo, también cabe proponer una lectura de
“Asklepios” como un ensamblaje literario, unificado por una ilación
argumental mínima, basado en continuas y agudas definiciones acerca de los
estados espirituales del hombre en su acontecer existencial. Este resulta ser el
último de los puntos de la conexión propuesta. En cierto modo, no otro es el
hilo conductor de la narración de Espinosa: las formulaciones definitorias de
su personaje, en las que laten, precisamente, las contraposiciones culturales
sobre las que transita en alternancia la vida de Asklepios. Muy hermosas son,
como ejemplo ilustrativo, sus definiciones del amor, en las que, como sostenía
Spinoza, tampoco falta una concepción “universalista” e intelectualizada.
La oposición que Espinosa propone entre el “amor referido” (como inclinación
ante un ser individual) y el “amor deferido” por el que nos inclinamos
“hacia el ser”, plantea uno de los aspectos en que se fundamenta la asociación
de los nombres convocados: Espinosa y Spinoza, hacedores, formuladores de un
“mundo intelectual”, creado como consecuencia de la facultad del
discernimiento, de la distinción, del deslinde. De la definición, en suma,
como actividad necesaria y trascendente del hombre[17].
Y
por todo ello pienso que no encaja del todo mal al fabulador murciano el
adjetivo “spinoziano”. Y que, posiblemente, no le hubiera disgustado
rubricar estas palabras finales de su “Etica” que, ¿por qué no?, integran
en gran medida la propia dignidad ética que el crítico, mas siempre lúcido,
autor de la “Escuela de mandarines” quiso dejar patente desde cierto prisma
de inmortalidad:
“He
concluido aquí lo que quería establecer concerniente a la potencia del Alma
sobre sus afecciones y a la libertad del Alma. Aparece por esto cuánto vale el
Sabio y hasta qué punto excede su poder al del ignorante conducido sólo por el
apetito sensual. El ignorante, además de ser agitado de muchas maneras por las
causas exteriores, no posee nunca el verdadero contento interior, está en una
inconsciencia casi completa de sí mismo, de Dios y de las cosas y, tan pronto
como cesa de padecer, cesa también de ser y (...).
Si
el camino que he demostrado conduce aquí parece extremadamente arduo, no por
eso debemos dejar de entrar en él. Ciertamente tiene que ser arduo lo que se
encuentra con tan poca frecuencia. ¿Sería posible, si la salvación estuviese
en nuestra mano y se pudiera conseguir sin gran esfuerzo, que fuese desdeñada
por casi todos? Pero todo lo que es hermoso es tan difícil como raro”.
(B. Spinoza)
NOTAS
[1] ESPINOSA, Miguel: Asklepios. El último griego. Editora Regional, Murcia, 1985. Epílogo, pg. 217.
[2] “Tan indomable es el Espíritu de la Época -afirma la autora en un destacado momento de su narración- que derriba a quien trata de oponérsele...” WOOLF, Virginia: Orlando. Plaza y Janés, Barcelona, 1968, pg. 143.
[3] MÚJICA LÁINEZ, Manuel: Bomarzo. Seix-Barral, Barcelona, 1979.
[4] “Cuando se acerca el fin, ya no quedan imágenes del recuerdo; sólo quedan palabras. No es extraño que el tiempo haya confundido las que alguna vez me representaron con las que fueron símbolos de la suerte de quien me acompañó tantos siglos. Yo he sido Homero; en breve seré Nadie, como Ulises, en breve, seré todos: estaré muerto”, afirma el peculiar “inmortal” del relato al “final” de su vida. BORGES, Jorge Luis: “El inmortal”. En: El Aleph. Alianza, Madrid, 1984, pg. 27.
[5] Contrástese esta definición del texto espinosiano con la propuesta “lírica” defendida por ESCUDERO MARTÍNEZ, Carmen: La literatura analística de Miguel Espinosa. Consejería de Cultura, Murcia, 1989, págs. 15-19, y también por MARTÍNEZ VALERO, José Luis: Presentación de “Asklepios”. En “Postdata”, Revista Bimestral de Artes, Letras y Pensamientos, mayo-junio 1987, nº 4, págs. 66-67.
[6] El vivir expectante es equiparado, por Espinosa, a la existencia poética: “El poeta es una comparecencia expectante, que ve el universo como una continuidad viva, y su obra, la expresión del conocimiento particular de esa continuidad” (Cap. IX: “Expectación”, pg. 83). El vivir no-expectante participa de una “esperanza referida” y metafísica junto con una dimensión materialista de la vida: “Cuando el hombre se aparte de su origen, y niega la Naturaleza, como a enemigo, estableciendo las dualidades alma y cuerpo, espíritu y materia, verdad y realidad, o este mundo y el otro, la expectación ya no comparece en su ánimo...” (Cap. IX, págs. 90-91). En cierto modo, estos planteamientos dicotómicos sintetizan la contraposición del espíritu griego inmortal, representado por Asklepios y su conflictiva, y aun trágica, encarnadura humana en la época contemporánea.
[7] Escrita cuando el autor contaba treinta y cuatro años, la misma edad que se atribuye al personaje, fue publicada, sin embargo, póstumamente: en 1985.
[8] La “Ethica ordine geometrico demonstrata” fue publicada tras la muerte del autor, el cual sólo vio publicadas dos obras en su vida. La vocación filosófica de Spinoza es una de las más paradigmáticas de la historia de la filosofía. Una hermosa anécdota lo corrobora: “En 1673 se le ofreció una cátedra de filosofía en Heidelberg, pero la rehusó, principalmente, sin duda, porque deseaba conservar una completa libertad. Pero, en todo caso, no fue nunca hombre a quien gustase la actuación en público”. Un espléndido compendio de la biografía y el pensamiento spinoziano se encuentra en COMPLESTON, Frederick: Historia de la filosofía. Vol IV. De Descartes a Leibniz. Ariel, Barcelona, 1984. Capítulo X-XIV dedicados a Spinoza, págs.. 194-248.
[9] SPINOZA, Baruch: Ética. Ed. Perlado, Buenos Aires, 1940, pg. 120 y ss.
[10]
Debemos partir siempre de la identificación spinoziana entre Naturaleza y
Dios (“Deus sive Natura”), verdadera base teórica de su sistema.
Copleston comenta así las alusiones referidas: “Podría esperarse, pues,
que el progreso moral consistiese para Spinoza en una liberación respecto
de las emociones pasivas, y el cambio de éstas, en la medida de lo posible,
en emociones activas. (...) El progreso moral
es, pues, paralelo al progreso intelectual, o mejor, es un aspecto
del único progreso, puesto que las emociones
pasivas son llamadas ideas inadecuadas o confusas, y las emociones
activas ideas adecuadas o claras. Spinoza era en esencia un
“racionalista””. COPLESTON, F. Ibidem, pg. 229.
[11] ESPINOSA, Miguel: Asklepios. Edic. cit. Cap. “Novedad, Extensión y Misterio del Mundo”, pg. 44.
[12] En el libro I de la “Ética” se sientan las bases de esa concepción “panteísta” de la existencia, de la que derivará la noción de inmortalidad que comento ahora. Spinoza idea de una Sustancia Única -Dios- de la que parten una infinidad de atributos, que conforma el Universo: “Todas las cosas se han seguido necesariamente de la naturaleza de Dios”, decreta en la Demostración de la Prop. XXXIII. Y la Prop. XIV, también del Libro I, reza: “No puede darse ni ser concebida sustancia alguna fuera de Dios”.
[13] Según Copleston, esta idea “parece significar que la eternidad pertenece en cierto sentido a la esencia de la mente, es decir, a toda mente (...)”. Esta es “infinita” o “eterna” “en la medida en que (...) se eleva hasta el tercer grado de conocimiento y contempla las cosas sub specie aeterminatis” (Ibidem, pág. 232-233).
[14] SANTAYANA, George: Tres poetas filósofos. Losada, Buenos Aires, 1969, págs. 147-148.
[15] Sobre los deslindes tipológicos entre “novela humanística” y “novela filosófica”, vid. BAQUERO GOYANES, Mariano: Qué es la novela. Qué es el cuento. Universidad de Murcia, 1988, pg. 71.
[16] De donde también se sigue que “ningún amor, salvo el Amor intelectual, es eterno” (el famoso “Amor Dei intellectuallis” de Spinoza). Libro V. Colorario a Prop. XXXIV.
[17] Una referencia biográfica avala mi propuesta. José López Martí me informa que Miguel Espinosa sentía gran admiración por el pensamiento spinoziano y que, más concretamente, se complacía en citar, muchas veces en su propia correspondencia epistolar, expresiones y juicios del filósofo, como el anteriormente referido acerca del “Amor”, del “Gozo” y la “Tristeza”.
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