([1980], Diálogo de la Lengua, Cuenca, 1993)

 

DAMIANA Y LUCÍA

Anónimo Tercero de la Escuela de Murcia

 

 

 

A todas luces, Damiana, la boticaria, resultaba mujer fastidiosa y mentecata, que no hubiéramos podido soportar siquiera como compañera de un viaje momentáneo. Recorría la ciudad como matraquista eminente, ya sola o ya acompañada de Lucía, la modista, y machacaba a los amigos con su palabra banal y sus historias sin fuste. Poco importaba a las gentes que una cosa tal fuera cacorra, estudiara solfeo, practicara excursiones o se entregara al alcohol. Los observadores la valoraban desdicha, y nada le imputaban, sino el ser precisamente desdicha.

El algo que Damiana representaba, no era sustancia que se salvara o se condenara; simplemente ocurría, se reproducía y moría. La trafagosa era género, no individuo; carecía, en buena ley, de nombre propio, y poseía, a la vez, mil apelativos. De su existencia se concluía que el mundo es poco e insignificante; también, que la naturaleza, el hacer que hace la vida, o la Divinidad, producen lo feo y lo estúpido, como si su único propósito fuera la cantidad y la presencia del movimiento. La boticaria, en efecto, se movía, y, además, podía ser pesada y medida; cierta vez sufrió un raspado de genitales, y expulsó sangre oscura; si la anestesiaban, dormía; su cuerpo respondía a los principios físicos.

Daniel, el amigado de Damiana, se resistía a admitir la verdad que definía a su galana como conducta gregaria, plebeyez, lugar común y repetición de lo barato y cargante, como lo ruin, en suma. No impulsaba a Daniel, en esta ceguera, la pasión de dignificar a su amante, sino la de ennoblecer el mundo. Si Damiana era como las gentes decían, la realidad se revelaba indigencia, obra garbancera, pelonería y desgracia, inutilidad chocarrera. Mientras Damiana concubitó con su amador, fue, pues, salvada por el hombre, que salvó en ella la carencia y penuria de lo cotidiano.

Como conocen hasta los parvulitos, Damiana se inclinó un día por la vulva de Lucía, la hedionda, y abrió su huerto a todas las insuficiencias y miserias, pues la modista no encarnaba solamente la afición homófila, que sería querencia ingenua, sino la estrechez, la reducción y la carestía. Por aquella determinación de su nomeolvides, el mundo se mostró a Daniel en su seca futilidad e inanidad, y se derrumbó ante sus pies como peso ramplón. Este fue el pasmo del hombre.

Acaecido el percance, pudo Daniel sumarse al consentimiento universal y aceptar la verdad de Damiana y del ser como vulgaridad y fealdad sin valores; la razón así lo ordenaba con sensatez raquítica.

Mas el hombre, que quería, a toda costa, conservar la significancia y fascinación que había colocado en los días, y mantenerlos sugestivos y agigantados, recogió el instinto bollero de su antigua viña florecida, lo levantó, con la totalidad de las cosas, arrastradas en el caso, y se lo puso con ellas a las espaldas, igual que Atlas. Aprovechó, pues, Daniel la acucia tribádica de su Filis para salvar el mundo y asegurar su condición de hechizo, misterio y preñez. De tal manera, el pasmo del asustado se convirtió en éxtasis y comentario inacabable, en espíritu, en suma; y la escasa y fea Damiana, la triste boticaria, en Tríbada Falsaria, héroe que inaugura el Infierno de las Mujeres Celebradas, abierto a nosotros por vez primera.

Juana, la singular enamorada de Daniel, trató de combatir el empeño de su amado en condenar a Damiana, y ello por repugnancia hacia la cerecita, ya que sólo se condena lo que vale. Dice Juana en una de sus famosas cartas: «Descubro que has configurado una prodigiosa Damiana, imaginada como voluntad libre, que quiere cuanto realiza, es decir, como un espíritu puro. La visión resulta grandiosa, pero falsa. Tu palomita, en efecto, no es Satanás, sino un animalito y una continua contracción y disminución». Y luego: «Has elevado, como digo, tu centellita de amor a espíritu dañino, y su actuar, a iniquidad. De tal forma has hecho advenir el mal a ella, y el mal te ha sugestionado ¡Pobre mío!, pones en los seres significaciones, y acabas por depender de ellas; sé que tal función es propia de la imaginación, que se indaga de esta manera a sí misma». Y también: «He sabido que Damiana fastidia con su tedio lineal y su charla matraquista. He conocido sus contradicciones y embustes, que causan grima y pena. He sufrido su faz asustada, desamoldada, higo triste, y me he preguntado: ¿Cómo puede esta cosa perturbar la luz y la inocencia? En el ominoso hecho he adivinado la presencia del misterio, que no reside en la innecesaria Damiana, sino en que su figura alcance a espantarte».

Tras escuchar largamente a Daniel, Juana acaba por comprender el esfuerzo del desesperado, que describe así: «La aventura tribádica es simple mecánica, fricción y succión; empero, al exponerla desde tu visión, la has transmutado espanto; en tu agónico y reiterado relato, has dibujado el rostro de Damiana y has traído la impudicia a la Tierra. La palabra de Fabre elevó el insecto, desde el accidente de albúmina, a objeto de una meditación cuasi religiosa: la tuya ha elevado a Damiana, desde el automatismo de fricar y succionar, a la gloria del infierno».

Contagiada al fin, Juana trasluce, en uno de sus sueños, el angustioso afán por valorar a Damiana objeto de salvación o condenación. Dice: «Vi el anillo en la afilada mano de la criatura, un cintillo muy delicado, y repetí la sentencia de Francisco Montijano: Acoge, Señor, a tu sierva Damiana». Pero, al punto, aparece la opinión de las gentes, que no encuentran seducción, encanto ni inspiración en el mundo, y que, por consiguiente, simbolizan la permisión indiferenciada. Añade Juana: «Surgió entonces Antonio Abellán, a quien desconozco, y profirió feroz: Déjate de dioses y monsergas, acepta la gana de la mujer y permite, de una vez, que frique limpia». Juana zozobra y advierte que Damiana oía y silenciaba.

El empecinamiento de Daniel, Atlas, como dijimos, que sostiene el mundo, para que no se derrumbe en escombrera, frente a la mísera rendición de ese Antonio Abellán, tristemente razonable, se muestra en las siguientes palabras, escándalo de muchos: «Me has pedido que comprenda y tolere. Contesto: comprender es participar de lo comprendido, bailar su danza. No hemos de concebir el infierno como incomprensión, sino como untuosa comprensión de todos en todos, a la manera que Lucía comprende a su grofa, la Damiana, y ésta, a su lumia, la Lucía. Para separarnos y diferenciarnos, debemos incomprender; condenar es mejor que perdonar».

Puede ocurrir, en efecto, que la condenación del otro genere espíritu en el otro, y que toda significación tenga su origen en una prohibición. Puede ocurrir que la condenación de Damiana enaltezca y honre la realidad, alzándola desde la mera estructura de grasa y tripería. «¿Acaso el espíritu y el infierno son una misma cosa?» ―exclama Juana. Y al hablar así, confirma la libido de condenar, anidada en la conciencia profunda, que valora y ama al mundo.

Sin la condenación de su uvita, milagro, milagrito, el llanto de Daniel por la Damiana, tortillera insólita, se transformaría lloro por la sordidez de la realidad que produce y contiene a la tortillera sólita, aceptada suceso insustancial.