Un talante eludido
por Mercedes Rodríguez
Texto escrito a petición de Luis García Jambrina, publicado en la revista Diálogo de la Lengua, 1993, y en su libro La vuelta al logos. Introducción a la narrativa de Miguel Espinosa, 1998.
Por primera vez acepto decir por escrito de Miguel Espinosa. Adrede uso la expresión «decir por escrito», pues, carente de aptitudes para expresar nada por tal medio, debo resignarme a, «sin afectación, escribir como hablo».
El profesor Jambrina, inductor de esta sinrazón, sabe, por fiel y entusiasta del Sr. Espinosa, que el autor y yo fuimos corresponsales recíprocos, por un dilatado periodo de tiempo.
Las cartas que Miguel Espinosa me escribió están en poder de su heredero, a quien las entregué apenas el autor nos dejara, pues me aterró la posibilidad de que, también a mí, pudiera sobrevenirme la muerte, y seperdiera una parte, una hermosísima parte, de la obra que, el autor como yo, hicimos entramado de nuestra vida.
Algunas de estas cartas, no consultada yo ni tan solo advertida, han ido apareciendo en publicaciones diversas; la belleza y fulgor de las mismas han provocado curiosidad acerca de las que yo enviaba al autor.
Tendrán mis cartas, suponen los admiradores de Espinosa, contenido intelectual, literario, o, al menos, alardes de sensibilidad que justifiquen tanto esmero, por parte del autor, en su guarda.
El implicante Miguel Espinosa, afirmando en vida que las cartas de Juana en Tríbada son trasunto casi literal de las por mí escritas, generó mayor misterio, y Miguel pudo tejer fecundos los enredos que tanto divertían. Les cuento un detalle que ilustra este juego: Miguel Espinosa escribe a su amigo japonés, Sr. Mitsukuri (nombre, por cierto, que sustituyó a otro nombre, sin variar el texto, en la versión que se conoce de Mandarines) .La citada carta, recogida por un diario murciano, hace referencia a Mercedes. Otra es la Mercedes objeto del texto, pero fue voluntad del autor, sin lugar a duda, desviar la atención hacia mi persona. Con palabra que hoy se usa hasta la extenuación, fui, por el autor, «manipulada». Pero en el embrollo yo veo, una vez más, al consumado artista que torna verdadero lo verosímil. No es mal destino «aunque infeliz» aceptar como libre lo fatal: ser continuo sujeto de la manipulación del genio, es decir, constituirme soporte de su inspiración. Algo así quería yo cuando dije al maestro ―¡hace ya tanto tiempo!―, rememorando a Eloísa: «Haz conmigo lo que quieras, menos olvidarme». Y desde luego Miguel Espinosa calibró el significado profundo y perdurable de esta ofrenda, por lo que me hizo habitar el continuum de sus buenos y malos sentimientos.
Empero las cartas de Mercedes a Miguel Espinosa, desordenados escritos sin fecha que Miguel iba datando, nada aportan, significante o superfluo, al conocimiento del hombre o del escritor.
Empeño
mi palabra con quienes no me conocen; los que sí me han cercado saben hasta qué
punto no hurtaría nada de lo que, trémula y orgullosa, considero mi más alta
dedicación. Mis cartas refieren, como mucho, a una historia personal, la mía,
vivida con el temblor de una perenne contradicción irresuelta. Lectores llenos
de bonhomía ―los hay de tal condición― me hostigan con la expresión
populista: «algo tendrá el agua cuando la bendicen». ¡Y algo tiene el agua,
faltaría más!: la prístina escritura que el autor usó para constatarme como
diferencia.
Me niego, pues, pese a mi afecto por el profesor Jambrina, a investigar, para objetivar, la quebradiza materia de mis sueños, aunque intento cumplir un compromiso que me intimida. Me intimida aparecer junto a la clase profesoral mandarinesca, ilustrada, y tan capaz de esclarecer, a través del texto literario, la intimidad de un autor y su lenguaje. Me intimidan los lectores, cuya libido de saber no podré saciar, por lo que su expectación resulta coercitiva.
Pese a estos miedos, y otras cautelas que omito, trataré de allegar, acaso de modo errático, ciertos atisbos del hombre, Miguel Espinosa, dejando a panegiristas, críticos, cuantos «personajes van en busca de un autor», la excavación de su obra.
Allá por los años cincuenta, Miguel Espinosa fue invitado por el Sr. Aranguren a dar una conferencia en Madrid, con motivo de un homenaje a D'Ors. La primera invitación, creo ―y no hubo muchas más―, que a Miguel hacía el estamento profesoral. Un incidente pueril en apariencia ―¡tan universitario entonces!― provocó en Espinosa esta determinación: que fuéramos al día siguiente bajo el Arco de Triunfo, al comienzo de la Ciudad Universitaria madrileña. Allí los dos plantados, Miguel, mientras copiaba la inscripción del frontis, cuyo latín ponderó, me hizo jurar lo siguiente: ¡que le acompañaría a cualquier menester de escritor!, más aún, ¡que me ordenaría leer en público cuantos textos le fueran requeridos, con cualquier motivo y para cualquier ocasión!, mejor todavía, ¡que me enviaría en su puesto, y no podría negarme, ya que mi sagrado deber, aceptado, era velar por la extensión y difusión de su obra!
Quien haya conocido a Miguel Espinosa, sabe la real tenacidad que subyace en el perceptible humor de tales apremios.
A lo largo de los años, cuando nos encontrábamos, o en tantas llamadas telefónicas, reiteró esta obligación, pronto para acusarme de inmoral en caso de incumplimiento.
Tal deseo largamente sostenido, a veces con abusivo humor, afecta mi responsabilidad con la que, al redactar este texto, estoy cumpliendo, pues no me quedan ya muchos años, ni al parecer ocasiones, para ofrendar al autor una presencia que tanto apeteció, y cuyo recuerdo me honra.
Ya apunté, e insisto porque los lectores querrán saberlo, la naturaleza implicante del Sr. Espinosa, quien mostró su voluntad de implicación queriendo que el mundo me considere encarnación de los siguientes personajes de su obra:
la
Azenaia de Escuela de Mandarines,
la
Egle y Azenaia de Asklepios,
la
Clotilde de La fea burguesía,
la
Juana de Tríbada.
Y, por supuesto, en sus numerosas cartas, volverán a encontrarme sujeto paciente (¡o agente!) de las fascinantes fintas del pensamiento espinosiano. Pero a los especialistas interesa saber que la Azenaia de Mandarines fue pergeñada en los inicios del escritor, y Juana cuenta entre los escritos últimos. Ya sé que tales nombres, que acogen entelequias morales contradictorias, no refieren a un personaje real. Pero apáñense los lectores, porque yo, Mercedes Rodríguez García, debo figurar, para los intérpretes de Miguel Espinosa, como calco de las razones del autor, o incurrirán en esa tremenda ira de un autor que se decía, para colmo, realista; y en alguno de sus textos dejó escrito lo que entiende por realismo, con cuya definición, si aceptada, se pone a cubierto de objeciones.
Por primera vez dejo imprimir unas palabras manuscritas que Miguel Espinosa me hacía repetir, y respetar «como sagrado»:
Merceditas
En
caso de mi muerte, deseo, quiero y pido que te entreguen mis originales
literarios, y que, juntamente con mi hijo, Juan Espinosa Artero, procedas a su
examen, selección y posible publicación.
Miguel
Espinosa
Madrid
23 Febrero 1977
Cuanto
llevo comentado, exculpará al profesor Jambrina de arriesgar tanto trayendo a
esta publicación un personaje como yo, marginal, y escasamente académico.
Cierto
que oralmente y de modo apresurado ―premura que parecen exigir todos los
preguntantes de esta hora― he contestado a cuestiones sobre Miguel
Espinosa. Fui, más que opinante, mediadora, menester que, por lo demás, Miguel
quiso para mí.
Independizada
de ciertas constricciones, pero sometida a otras, hablé hace años en Murcia,
patria arraigo y exilio de Miguel, denso referente mío. Y algo novedoso debí
decir, por las subsecuentes derivaciones…
En
tal ocasión referí cómo abordé al Sr. Espinosa, espontánea y desenvuelta,
mientras él escribía, y yo leía, en un bar, desaparecido como tantos remansos
ciudadanos, llamado «Santos»). Alcé los ojos de mi libro, descubrí al autor
frente a mí, me levanté, fui a la mesa, y dije: «Señor, muéstreme lo que
escribe, porque si hay talento, talento-talento, es Usted el hombre de mi vida».
El Sr. Espinosa me tendió su cuaderno y esto fue lo que leí: «Siendo como es
la sustancia divina, en Dios no caben razones para refutar el mundo».
Mi
arrobo fue completo, pero el Sr. Espinosa me tomó por un plan, hecho que
patentiza dos naturalezas bien distintas, y su primer deseo y mi primera
sospecha condicionarán, de algún modo, nuestra larga y peculiar relación.
Verdad
es que, en la Murcia que con tal lance evoco, el Sr. Espinosa parecía estar de
«non». Carecía de un entorno social, de un ámbito intelectual libre de «actualitas»
(concepto con que Miguel explicaba su repulsa) capaz de estimularle y, en su
particular circunstancia, realizar el complejísimo papel cuya responsabilidad,
tan terrible como deslumbrante, recayó en mi persona.
Nada
inmediata fue la aquiescencia entre maestro y discípula, mas la implacabilidad
de Miguel sobrepasó mi sentido de alerta, encadenando divertidos y teatrales
trucos con los que supo hacerme imprescindible, nombrándome destinataria, día
a día y para la «posteridad», de los diversos textos que, organizados,
resultaron ser, entre los publicados, Escuela de Mandarines, Reflexiones sobre
Norteamérica y Asklepios.
Yo
era un crítico obligado, claro, y ejercí esta función con singular
entusiasmo, por lo que en el año 56, «para obligarme a enjuiciar con método»,
Miguel me sometía, cuando los párrafos superaban la barrera de infinitas
correcciones, a este cuestionario:
¿Hay
sentido en el mundo?
¿Es
originario?
¿Es
humano?
¿Escribo
mejor que Huxley?
¿Lo
.firmaría Nietzsche?
¿Le
gustaría al Sr. Tierno?
Empero,
para entonces, yo estaba lo bastante penetrada del asignado oficio para saber a
qué interrogantes debía contestar sí, y con cuál de ellos debía alternar el
sí, o el no, según ponderables vicisitudes.
Hablando,
intentábamos cada cual averiguar algo del otro. Su vida, me decía
teatralizando, consistía en levantarse tarde, jugar al ajedrez en el Casino, y
buscar solteronas o casadas «faltosicas» por los cines de barrio. Imposible
sustraerse a la infinita gracia con que explicaba el porqué de sus
preferencias, y aún más imposible creer en el contingente fundamento de sus
lucubraciones.
El
Genio, la perturbadora presencia del Genio, inventaba, a mi parecer para
esconderse, tan barrocas explicaciones.
Dentro
de mis recursos, yo hacía otro tanto.
Me
habló con asiduidad de dos amigos y un ex amigo (ausentes ya de Murcia),
mientras exaltaba la amistad de los hombres, por ser «un alto valor entre los
griegos».
Incidía
constante en que el amigo que tornóse ex había traicionado, con una conducta
sumisa al poder y los privilegios, la esperable «vida incierta» (solo el
riesgo era moral) propia de un digno talante. Tanto furor ponía en recusar al
ex, tan hermoso ejemplar de perversión creó para mi solaz ―pensaba
yo― que un día le pregunté, socarronamente, cómo la lúcida
inteligencia espinosiana puso su afecto en alguien tan sin merecimientos.
―¿No
tenía virtud alguna ―le dije― ese compendio de miserias? Y el autor
me contestó:
―¡Oh,
sí, ya lo creo! Era un tipo estupendo, que por las noches cogía una gabardina
y, en gesto a lo Charles Boyer, exclamaba: me voy a ver a mi amante.
Muy
propio de Miguel Espinosa redimir como persona, si con amantes o abandonados por
ellas, a sus «arribistas» de libro.
(No
creo estar perdida, evocando, desde tan remoto indicios del Camilo de La fea
burguesía. )
Usaré,
para explicar a Espinosa, sus propias categorías diciendo:
Logos
y Eros le preservaban de ser destruido por la «hostilidad de lo real».
A
la par, inmersa en patetismo y apelando constante al deber ser, iba yo
trampeando, asustada, por el vértigo del mundo.
Empero
tan opuestos, los dos estuvimos unidos, siempre, por una misma fatalidad: lo que
a él le impelía a escribir era tan fuerte como lo que obligó a mi conciencia,
cuando fue mostrándome su vida, a predicar, y auspiciar, cuanto me fuera
revelado.
En
Murcia, en la ocasión aludida, osé decir lo que, sí, se dijo en voz alta por
vez primera: que Miguel Espinosa, ser raro de inmisericorde talento, tan puro método
como rabia heterodoxa, insólito narrador, pues que vuelve clásica la
desmesura, este accesible pero inasible Miguel vivió y murió pobre: dato que
yo no quise pasar por alto, sino al contrario, hacer significante.
En
parte así ha ocurrido, ya que Juan Espinosa Artero, el hijo de Miguel,
sublimando un instante de esa pobreza, hizo la, para mí, más conmovedora
evocación del Padre.
Pero
sublimar un instante de tan sombrío acontecer no basta a mi propósito, porque
lo que hace de Miguel Espinosa una naturaleza excelsa, hombre por encima de
otros hombres cuyo talento también rebasa lo común, es el natural coraje y la
sensual parsimonia con que transitaba por ese infierno sin protegerse, ni
ayudarse, por vulgares formas de enajenación. La escritura le enajena y
preserva, escritura que, por lo demás, no refleja, ni de lejos, el enorme
abismo de sus necesidades. Yo le expresaba, por tal causa, mi asombro y admiración,
a lo que Miguel decía: «Pues debo prestar mucha atención, porque lo mío no sólo
es pobreza, que puede vivirse como destino heroico, lo mío es miseria, y la
miseria remite a la abyección que torna el yo débil e impudoroso, y acaso digo
lo que no quiero decir y, claro, me convertiría en un mal escritor... Mi
pobreza, Merceditas, es una contingencia, terrible pero contingencia, por lo
que, cuando escribo, la pongo entre paréntesis».
Creo
que sabré probar la exactitud de sus palabras.
Miguel
Espinosa compuso la última redacción de Asklepios en el Café Comercial de
Madrid, donde instalaba sus tardes. Y bien, durante meses, yo debía, a la ida o
vuelta de mi trabajo, recalar por el Café para verificar si el escritor tenía
dinero con el que abonar lo consumido; jamás encontré al autor preocupado por
mi eventual ausencia y la humillante situación que seguiría, pero yo,
inquieta, le acosaba: ¿y si un día no puedo venir?
Miguel
me respondía: «Si un día no puedes venir, Merceditas, estarás muerta, porque
bien sé que, para el caso, tú llamas no poder al no poder físico, distinto
del no poder moral, granero de coartadas». Y halagaba mi ser hallando, en esta
y otras análogas conductas, el origen de sus teorías sobre el no poder, el
poder, y sus ámbitos de ejercicio.
Transcribo
una carta, ya publicada[1],
en la que maravillan el artista y la persona:
Amada
mía:
Te he vuelto a llamar por teléfono y no he podido escuchar tu voz.
Estabas ausente.
Ésta es la verdad: tanto dolor me produce oírte
como no oírte, porque mi verdadero padecimiento estriba en no tenerte para el
placer ni para el sufrimiento. Conforme transcurren los años, mi mal se
transforma insensiblemente en sustancia e interioridad, en suma: en mi realidad.
Pienso en los últimos trastornos de mi corazón,
atribuidos por el médico a preocupaciones inconscientes, no poseen otra causa
que la constante, sutil e imperceptible obsesión de tu ausencia. Se trata de
una inquietud leve, apenas incisiva, pero continua y en vela sin fin, total
compañera de mis días y sus segundos. Estoy muerto sin ti, y un muerto encarna
la tristeza.
Cuanto hago es sustitutivo de la verdad y la
vida que para mí representas. Todas las personas me parecen máscaras, a veces
odiosas, a veces tolerables, a veces inocentes ya veces insoportables. No hay
para mí alegría natural sin su real origen, tu causa. Mi melancolía no es una
forma del ser estético, sino total nihilismo, disposición de enfermo metafísico.
Mucho me considero para lo que hago y poco para lo que pretendo en ti.
Te escribo con indecible dolor: Me es
inapartable. Perdóname. Eres mi totalidad, y forzosamente he de vivir
provisional sin ti.
Cuando era más joven, te escribía a Navares
de Enmedio, para elogiarte. Hoy lo hago para llorar el no haberte logrado
enteramente. Siempre te he amado, y te amo. Mi vida no ha sido otra cosa que una
afección y una continuada reflexión y palabras sobre ti.
No quiero que te entristezcas, aunque de mi
tristeza sepas. Has de alegrarte sabiendo que todo el interés hallado en mi
vida, lo debo a tu persona. Mis huesos se han reído al verte, y mi corazón ha
saltado en el pecho; mi intelecto ha recibido su savia de ti, y
mi pensamiento ha fluido cuando tú escuchabas y no me contradecías. La luz de
tus ojos me ha confortado más que ninguna fe.
Por ti he intentado probar la existencia de la
Divinidad, inventando una nueva vía. Me has hecho conocer el calor; el sabor de
los alimentos, las piernas leves, el aroma de las infusiones, la paz sin
palabras, la novedad del talante, la tarde de invierno, la amistad del frío, la
extensión del mal; el amor del libro, y hasta la comparecencia del paisaje,
para cuyo sentir no nací dispuesto.
He querido, en una larga y paciente obra, cuyo
original te he entregado, transformarte objetividad, arrancándote de la biografía,
para que los hombres te conozcan como una forma de la Tierra. He sido objetado
por ello, como bien conoces. Empero, si este libro vale, tú valdrás tanto como
él.
Me enternece cuanto por mí has hecho; bajo los
ojos cuando pienso cómo me has mirado y me miras. No existe en mi esperanza la
idea de extensión que tú no habites.
3
Enero 1970
Miguel
El
entero texto acusa al artista. Empero los tres párrafos subrayados suministran
claves del hombre:
1.º
En mí llamaba contradicción lo que, tratándose de un hombre, hubiesen sido
meras objeciones.
2.º
No iba a resignarse el humor de Espinosa a la simpleza de cruzar el Helesponto a
nado.
3.º
El último párrafo muestra ―lo habrán percibido en otros momentos de mi
escrito― cómo un creador de mitos engrandece a quien puso fin a la real
causa de su angustia: otro inquietante bache económico que pude remediar.
En
el año 1970, pues, Espinosa seguía en precario. ¿Eran ya dieciocho, veinte años?
Acaso más. Tantos penosos años sin merma alguna del ánimo, apuntan a un ser
indestructible: es el Espinosa que intento evocar, porque incluye, me parece,
todos los otros.
Cuatro
comparecencias, decía el autor, configuran el espíritu del hombre: logos, eros,
pathos, ethos.
Razón
y Eros sirven fundamentalmente al espíritu de Espinosa para crear un espacio en
clave que pone a salvo vida y obra. Un lenguaje a veces directo, o la ambigua
utilización de términos comunes, impregna las conversaciones con Miguel de un
aura erótica y la inexcusable inteligencia que Espinosa ejercita en cada
disquisición o relación cotidiana parece tomar un doble y perenne rumbo:
catequizar hombres y seducir mujeres.
Intento
explicar cómo Miguel buscaba el reconocimiento de los hombres, pero la sumisión
de las mujeres. Ellos, entes de memoria, por así decir, realizan la Historia
que ellas, pura naturaleza (como los niños) gozan o padecen. La mejor muestra
de esta aserción se da en Escuela de Mandarines, por donde transitan
incontables conjuntos de mujeres, y alguna merece emociones concretas, pero
todas parecen, más que seres diferenciados, siquiera mínimas y alígeros «individuos»,
extensiones matizadas de una sustancia común, lo femenino, que existe para el
hombre y con un solo fin: la posesión metafórica, por el lenguaje, donde no
pueda llegar la posesión carnal.
En
el trato con Espinosa, Eros comparecía obsesivo, minucioso, especulativo y
provocón, pero en virtud del sutil y venturoso humor lejos de toda obscenidad y
aun su rastro, por lo que me sorprendió un cierto texto de Escuela de
Mandarines que no imagino destinado a la publicación, ni redactado antes de que
el Sr. López Martí (el Martino de Escuela de Mandarines), otra naturaleza
alegre y escasamente patética, irrumpiera en la vida del autor como impagable
estímulo de la inteligencia, desde luego, pero cabal persona para jolgorios
lingüísticos cuyo disfrute está en el origen ―y es permanente
argamasa― de la profunda amistad que unió al autor con éste su
personaje.
La
necesidad de Eros fue en Espinosa tan verdadera que yo he jugado con ella
interesadamente ―quiero decir, sin estar en mi carácter― para sacar
al autor, con ocasional y profundo pesimismo, de sus momentos oscuros, para lo
que servía éste o parecido truco: Miguel dibujaba ―chapuceramente―
un desnudo masculino, o femenino. De ambos me burlaba yo, no viendo en el
masculino la perfección de Antinoo, ni en el femenino una forma asumible por el
Arte tanto griego como no griego...
Iba
surgiendo ahí el Miguel Espinosa que fulminaba mi capacidad intelectual, pero,
dibujando y desdibujando añadidos y formas, triunfador de su precedente miedo,
«improvisaba» una teoría sobre Arte destinada a probar que yo, tantas veces
«egregia», confundía el «desnudo» con el «en cueros»...
Me abruma pensar el sinnúmero de palabras y proposiciones escritas que el Sr. Espinosa pergeñó para que yo dejara de confundir esto con aquello o lo de más allá... Imposible decidir cuándo mi confusión, real o simulada, buscaba complicidad, instándole a realizar un destino de escritor que convertí en obligación obsesiva, en mi neurosis, vamos.
Creo
que la naturaleza de Espinosa tendía al Eros con una fatalidad de la que su razón
era, del todo, consciente, y que esa disposición hacía de él un hombre
alegre, en cierto modo irresponsable, y por irresponsable, libre. Este Miguel
Espinosa, en verdad aparte y por encima, vivísimo, vivo hasta el esperpento, yo
diría, va siendo como eludido. Los zarpazos de la enfermedad y sus secuelas
iban minando, claro está, un tal vigor, y tornándole «algo» otro; pero no
por las causas hacia las que nos remite un cierto entorno, no sé si con
inocencia, o por tomar muy al pie de la letra la formulación estética que
utilizó para sus últimas creaciones.
Yo
quise también cercarle ―como me llegaban ecos― en cristiano
adolorido... y mi compasión fue tanta, y tan veraz, que debí hablarle, fue su
último viaje a Madrid, como a mi alter ego victimado. Pero fue el propio
Espinosa quien me tornó a la «regla que corrige la emoción», frenándome de
este modo:
―Yo
no sufro, Merceditas, ni siento como lo hacéis los místicos. ¡Si yo nunca he
tenido pasiones!...
Le
interrumpí bruscamente y pregunté:
―Pero
Miguel, ¿tú qué entiendes por pasiones?
He
aquí su respuesta: «Entiendo por pasión la exageración de un interés».
Tan
grande fue mi asombro como mi carcajada, pues yo recordaba tal definición de
muchos años atrás... Pero el autor la suscribía cuando un lance amoroso del
que fue protagonista, y al parecer víctima, había dado lugar a dos libros e
infinitos comentos en los que participó, escindida, media población
murciana... Pues bien, este Espinosa a quien amantes, amadas, y otras mujeres
piadosas quisimos rescatar de su «abandono», muy poco antes de morir,
advierte: que nunca tuvo pasiones ni exageró un interés. ¡y yo le creo! Pues
jamás pude dejar de ver en él al demiurgo que implica, discriminando, a
vanidosos, hipócritas, o neutrales.
¿Qué
relación existe, pues, entre autor y hombre, entre narrados y sucedidos? Dejo a
los intérpretes del hecho, u otros crepúsculos pensantes, la explicación del
misterio. Me limitaré a decir que el Sr. Espinosa no podía no querer la
mitificación de su vivir; porque fue condición de su naturaleza ser, a un
tiempo, mitómano y mitólogo, ficcionista Y fabulista. Es bello, pero terrible,
el destino de los hombres pobres para quienes la tozuda constancia de su
imaginación es, por así decir, la única «presencia real».
Gracias
a Espinosa contemplo el saber como la más alta forma de sensualidad, única
forma en que, el saber, no se muestra, opino, coactivo, autoritario y reductor.
El
saber de Espinosa irradia un pensamiento riguroso y para pocos, por lo que
debemos encomendar la eternidad de su palabra, según dicen, al cuidado del ámbito
universitario... ¡Sea! Pero créanme si les digo que el más alegre sueño de
Espinosa era tomar un taxi, por ejemplo, y oír al conductor hablar tan
sentenciosamente como, en Escuela de Mandarines, habla la clase de tropa.
Por
último: supongamos que el Sr. Espinosa esté entre nosotros. Que le oigo
disertar, discriminando, sobre la maldad de los que arguyen desde la impunidad
de sus altos y/o seguros salarios. Supongamos que voy, me acerco, y espeto:
censuro por igual a quien gaste o ahorre. Tratándose de dinero, lo moral es no
tenerlo.
Bueno
pues, jamás, jamás el autor juzgaría este aserto simplificador, demagógico,
o necio; comenzaría el acoso a nuestro «intelecto» desde su exorbitante
necesidad de seducción.
Para
proceder así con iguales, superiores, o inferiores, se precisa algo más que
talento; hay que estar en posesión de una imaginación alerta, en trance, en
carne viva.
No
llamaré a eso religiosidad aun sabiéndole lector de San Juan de la Cruz y los
Evangelios... Porque aún recuerdo penúltimas risas cuando, por teléfono, yo
le recitaba a Lope. ¿Qué Lope? Pues el de «Más quiero yo a Peribáñez, con
la su capa pardilla, etc.» o «la niña que amores ha, sola ¿cómo dormirá?
...»
Para
los espíritus preclaros, ello es bien sabido, muchos son los caminos del
lirismo, lirismo que, en Espinosa, es terrenal y promiscuo.
Mercedes
RODRÍGUEZ