Mito y modernidad: estrategias literarias de Asklepios (El último griego), de Miguel Espinosa
Alberto Rivas-Yanes
(publicado en las Actas del II Simposio sobre humanismo y pervivencia del mundo clásico, Alcañiz, 1995), Cádiz, 1997, II.1, pp. 357-362.
Asklepios, una de las obras de Miguel Espinosa que se han publicado póstumamente (en 1985), aunque fue escrita entre 1960 y 1962 —salvo el epílogo, de 1970 y 1972— , constituye el testimonio más brillante de la capacidad fecundadora del espíritu helénico en la literatura española de la segunda mitad de siglo. El subtítulo de la obra, El último griego, define estas memorias de Asklepios, un «hombre desterrado en el tiempo»[1], nacido dos veces: una «en Megara, Grecia, tan atrás como puede contarse hasta más allá de la fundación de Atenas por Cecrops» (p. 18), y otra, «hace apenas treinta y cuatro años, entre los modernos» (ibid.). El punto de partida, pues, de esta «autobiografía espiritual», como la ha definido Rafael Conte[2], es el hilo que vincula la Grecia antigua con el mundo actual —y, de modo muy directo, a Asklepios, arquetipo y síntesis de los valores helénicos, con la realidad extraliteraria del propio autor—, por medio de la transposición al ámbito del mito, que actúa como instrumento de selección y presentación de dichos valores y, simultáneamente, sitúa la narración en una esfera intemporal que exige la adhesión emocional del lector y le devuelve el goce de una elevada experiencia estética. Asklepios se declara separado de su patria, Grecia, «por el irreversible suceder del tiempo» (p. 215), pero invita implícitamente al lector a helenizarse, ya que la única condición para poseer la sustancia helena es haber amado la Hélade, «ya por naturaleza o ya por contagio» (p. 32).
El universo literario de Espinosa está presidido por Azenaia Parzenós, la «amada del Eremita» de su monumental Escuela de Mandarines, que en Asklepios aparece sencillamente como Azenaia, sin su virginal advocación. El referente real del personaje es Mercedes Rodríguez, con la que el escritor mantuvo una correspondencia que constituye el modelo del epistolario de otra novela, Tríbada, como señala Cecilio Alonso[3]. Azenaia, cuyos ojos reflejan la Hélade y sus costas (p. 217), es para Asklepios «el único acontecimiento de su existencia» (p. 216), que le conflrió «el significado de lo particular, lo cual, una vez descubierto, nos enlaza y traba para siempre» (ibid.). Miguel Espinosa, en su vocación de escritor decididamente apartado no sólo de las modas literarias de su época, sino también de toda actitud optimista con respecto al hombre actual, adopta como núcleo temático de su obra la querella entre lo helénico y la «modernidad». El libro ofrece una visión estilizada de la Grecia antigua, que proporciona, en tanto que ámbito del hermanamiento entre la belleza y el pensamiento, el marco adecuado para la exposición de una personal visión del mundo. La asimilación clarividente del significado profundo de la cultura griega es el fundamento sobre el que se levanta esta inteligente armazón literaria. No es casual que la deidad protectora de Asklepios sea Azenaia, personaje que representa la inteligencia y el amor, junto con la voluntad de retorno al origen; su nombre, en el que se ha sacrificado el purismo filológico en provecho de una óptica recreadora (manifiesta en el uso de la zeta), queda netamente diferenciado del de Atenea, a la que se invoca antes de referirse a Azenaia.
El texto se configura como un «relato» (p. 108) cuyo motor es la memoria, que, desde un presente hueco del que se escamotea todo dato concreto, reconstruye el tiempo —mítico— en el que se desarrollan la infancia, la adolescencia y la juventud de Asklepios. La memoria dota de identidad individual a una experiencia colectiva: «al investigar la propia interioridad, por mediación del recuerdo, imaginamos que nos investigamos a nosotros mismos, cuando, en realidad, estamos indagando otro ser, muchos seres, a veces» (p. 24). Dicho tiempo mítico crea la atmósfera precisa para las reflexiones de Asklepios en torno a su propio ser y al mundo, presentadas, ya desde el prólogo, como una confesión provocada, según el personaje, por «la necesidad de experimentarme verdadero» (p. 11). Cabe distinguir en Asklepios un eje discursivo, conformado por la valoración de la experiencia pretérita a partir de los datos de la memoria, el cual otorga al texto su articulación doctrinal, y un eje de ficción, segregado por el eje discursivo y enriquecido por las múltiples voces que acompañan a Asklepios en su itinerario vital. La combinación de ambos ejes es el vehículo de expresión de lo que Gonzalo Sobejano ha denominado «razón vidente», elemento que vincula esta obra con El Criticón, Hiperión y Así hablaba Zaratustra.[4]
El personaje literario de Asklepios no posee las virtudes curativas del homónimo héroe y dios griego de la Medicina. La elección del nombre puede deberse a su eufonía, aunque cabe anotar el vínculo existente entre el Asklepios de la Antigüedad y Atenea (referente, en fin de cuentas, de Azenaia), que entregó a aquél la sangre vertida por las venas de la cabeza de la Gorgona, cortada por Perseo; con la sangre del lado derecho Asklepios devolvía la vida a los muertos. En la obra de Espinosa, la cuasi-inmortalidad —aunque con presagios de muerte— del personaje Asklepios, nacido dos veces, es coherente con su condición de heraldo del espíritu helénico.
Asklepios, en tanto que encarnación de un arquetipo que resulta anacrónico en nuestros tiempos, se concibe a sí mismo como el resultado de la inadecuación entre su esencia y su existencia: «mi primera configuración no fue terrenal; nací en el mundo que Platón llama de las nociones o formas, anterior a éste; fui una categoría o esencia de lo que debía ser, y, por un misterio indescifrable, me encarné terreno cuando mi estirpe ya no existía. En otras palabras: soy una forma antigua venida a la modernidad de nuestros tiempos» (p. 18). El personaje, en su búsqueda del origen, rememora su infancia, su adolescencia y su juventud. La infancia es «concordancia con el mundo» (p. 95); en ella Asklepios se siente ajeno a los hombres —aunque más próximo a las mujeres— y cercano a las cosas, con las que se comunica afectivamente. El hombre que se mantiene conectado con el origen, como el niño, «más consciente del destino y facultado para el arte y entusiasmo se muestra» (p. 68). La vida, se desprende de Asklepios, es una radical nostalgia, manifiesta en varios planos: nostalgia de la juventud, la adolescencia y la infancia propias, que, en Asklepios, corresponden a su dilatada vida en la Edad Antigua; nostalgia de los valores del mundo helénico, ya carentes de vigencia entre los modernos; y nostalgia del estado de inocencia natural, previo a la Historia.
Asklepios identifica juventud con razón, que cumple dos funciones: explicarse el mundo y proponer una moral. La «reflexión gozosa» y la búsqueda de la verdad, propias de la juventud, caracterizan al griego, de manera que «en cada hombre realmente joven [hay] una pequeña Hélade» (p. 171). La senda que propone Asklepios como modelo de conducta es la socrática; si Sócrates fue el más sabio de los griegos, según el Oráculo de Apolo, él, en palabras de Azenaia, es «el último y más verdadero y claro de los griegos» (p. 192). Tras los «acaecimientos irremediables» que, nos dice, le han apartado de la contemplación de su patria a través de los ojos de Azenaia —ellos le permitían olvidarse de su condición de exiliado—, Asklepios, en quien pugnan la no aceptación de la muerte y el desinterés por la vida, desde su retiro encara su muerte (cualquier muerte es «un acto cruel y estúpido», p. 226) como el definitivo fin de la Hélade.
La inteligencia va unida al candor. Asklepios, personaje que encarna «el candor que empieza» (p. 139) y la «disposición hacia lo existente» (p. 137), alude al decimotercer trabajo de Herakles, consistente en «viajar a Toledo, en el siglo XVI, y entender lo que viera» (ibid.). Aunque no ofrece más explicaciones de dicho viaje, en otro pasaje se extiende en una visión extremadamente crítica del mundo de la pintura del Greco, «soberbia de la tristeza trascendida a Moral, venganza de la ineptitud para los goces, glorificación de la insuficiencia y éxtasis de la nulidad» (p. 154). La España del siglo XVI, cuya expresión pictórica sería el microcosmos del pintor cretense, viene a ser la antítesis de la candidez intelectual helénica y, según parece sugerirse, los aborrecidos valores de esa España se mantienen vigentes en la España del franquismo desde la que escribe Miguel Espinosa («la mejor policía es un pueblo cansado e idiotizado por la palabrería y el miedo», p. 141).
Si Grecia se caracteriza por su «avidez del mundo», complementaria de su capacidad de «ensimismamiento», la «modernidad» se define, por el contrario, por su ineptitud para el entusiasmo y su radical cerrazón al mundo (pp. 147-148). En el concepto de avidez se cifra la cultura helénica, que aparece expuesta en el libro de Espinosa como un trabado sistema constituido por la relación armónica entre paisaje, mitología, actitud moral, organización política, arrebato religioso, búsqueda de la verdad, fascinación por la belleza, respeto a los demás y libertad de reflexión, aunque, en último término, la Grecia de Asklepios-Espinosa consiste en una actitud vital que resulta de la reelaboración moderna del ideal del hombre capaz de desarrollar cabalmente todas sus capacidades. Esta búsqueda de un modelo intemporal de comportamiento es solidaria con una visión esencialmente pesimista de la historia desde la que el último griego, en su condición de desterrado, identifica el mal de la modernidad con el abandono de los valores que él mismo representa. Asklepios identifica la modernidad con el cristianismo, que sustituyó «la espontaneidad por la regla» (p. 117), la Naturaleza por la interioridad y «la vieja expectación y su inocente disposición» (p. 90) por la esperanza en «acontecimientos ultramundanos y fundamentales: la justicia final y una vida eterna» (pp. 90- 91). El helenismo de Asklepios, por consiguiente, se opone explícitamente a la tradición del pensamiento cristiano, que, por su parte, se ha esforzado por subrayar sus vínculos con la antigua Grecia.
La actitud de Asklepios ante la realidad es interrogante, aunque sabe que no hay respuestas definitivas sobre el mundo o sobre nosotros. «Sin embargo, lo importante, lo decente y bueno es preguntar y preguntar» (p. 99). El espíritu se manifiesta a través de cuatro elementos que forman el alma humana: «el sentir estético, o emoción; el sentir del tiempo, memoria o conciencia de la continuidad; el sentir eidético, o intelecto; y el sentir ético, o conciencia del deber-ser» (p. 121).
Si la infancia es el «reino de la Naturaleza» (p. 133), la adolescencia supone el descubrimiento de la intimidad o «demiurgo», que Asklepios define como «revelación del ser en cuanto potencia de oposición» (ibid.). El contraste entre la realidad incolora del mundo moderno y la imagen nimbada de Grecia queda fijado de manera magistral en el pasaje en el que el Asklepios de la modernidad, sumido en la ensoñación en una aburrida tarde de escuela, experimenta la manifestación de su demiurgo como «presencia y hallazgo de la Hélade» (p. 134) y es interpelado por su maestro para que retorne de su ensueño. Asklepios se siente incapaz de abandonar su particular Arcadia:
«recordaba [...] las montañas, los bosques, los ríos y los caminos de Grecia; también, las misteriosas sendas, las viñas, los zarzales, tomillos, espliegos y otras yerbas y plantas descritas por Dioscórides. Vivía la humedad de las fuentes y lugares umbrosos; sentía caer los crepúsculos; oía los lejanos cantos que habitan la tarde; escuchaba el sonido del idioma y barruntaba el olor del ganado...» (p. 136).
El maestro acaba expulsando a Asklepios del aula, pero no consigue que su espíritu abandone la patria que ha elegido.
En la construcción de la vertiente ficticia de la obra, Espinosa se sirve, como medio para apuntalar el perfil y el discurso de Asklepios, de un conjunto de voces de personajes de la Antigüedad, un auténtico coro que otorga al libro una cierta configuración dramática. Dichas voces aparecen presentadas en forma de alusiones y citas textuales, la mayor parte de ellas apócrifas, que desempeñan en unos casos la función de auctoritates y en otros sirven para ilustrar la doctrina. En una ocasión, en el pasaje que presenta un parlamento del rey persa Darío, dispuesto a invadir Grecia, el cometido es el opuesto, ya que Darío representa el prototipo del autócrata y la antítesis del espíritu helénico. Frente a la crítica que hace Darío del inconformismo de los atenienses, Asklepios afirma su voluntad insumisa, aprendida, según declara, de Prometeo, que se resume en el lema «¡No te obedezco!» (p. 185). Asklepios cita a más de un centenar de personajes distintos, bien a través de sus palabras textuales, bien de manera indirecta, a los que hay que añadir otros dieciséis personajes anónimos, incluido el mismísimo «demonio que tentó a Cristo» (p. 186). En la nómina se incluyen filósofos (el grupo más numeroso), poetas, autores trágicos, estadistas, científicos, historiadores, legisladores, escritores, artistas, algún dios olímpico y varios personajes legendarios y mitológicos. Todas las citas, fundamentalmente ficticias, concuerdan con el carácter del personaje en cuya boca se ponen y determinan la peculiar estructura del texto, basada en la alternancia entre las declaraciones de los personajes y la doctrina. No falta una colorida galería de personajes inventados, que, en hábil guiño al lector, suelen ir introducidos por una expresión que los saca del anonimato: «un cierto Atamantes de Tebas» (p. 212), «un tal Filoneo» (p. 83) o «la famosa y gentil Corina» («acusada», por cierto, «de tener palabras en la vagina», p. 74). El resultado del empleo de este procedimiento tiene algo de original collage próximo a la técnica cinematográfica de determinados documentales e informes periodísticos basados en la combinación del testimonio de distintas personas. Espinosa logra hacer hablar a Grecia, al menos su Grecia, que no por expresarse a través de testimonios apócrifos resulta menos auténtica.
En definitiva, el sistema de artificios que utiliza Espinosa para poner en pie la vertiente ficticia de Asklepios está al servicio de la búsqueda de la verdad que encarna su protagonista. El propósito es transparente desde las citas que encabezan el libro: una de Las leyes, de Platón, y la otra de los propios Escritos de Asklepios —obsérvese la combinación entre realidad y ficción—, en la que el personaje, en un poema en el que augura su resurrección (no en un sentido cristiano, sino de reivindicación del espíritu griego: «para que la ingenuidad prosiga», p. 7) y su reencarnación, aunque proyectada al ámbito celeste («en la Vía Láctea estaré, como ahora, / con la misma figura y el mismo carácter», ibid.). Un personaje del libro, el ficticio Timoleón de Circe, «el más verdadero y bueno entre los griegos» (p. 151), al que se dedica un breve párrafo, ilustra la intención moral de la obra y se perfila como un alter ego del propio Asklepios y un perfecto ejemplo del hombre sabio y equilibrado, condenado al olvido. El elogio del sabio que permanece oculto no impide una mirada irónica que, quizá sin pretenderlo, refleja el destino de autor recóndito del propio Espinosa: «¡Extraordinaria precisión la de este autor, cuyos escritos nadie conoce!» (ibid.).
A través de las palabras y las instantáneas de sus personajes, Espinosa logra crear una escritura con personalidad propia, comparable con un fray Antonio de Guevara, que se vale de una erudición falsa pero desbordante, en pro de la invención literaria y el regocijo del lector, y con la literatura concebida, al modo borgiano, como un palimsesto en el que el chispazo creativo brota del juego de ecos de las voces de otros, reales o apócrifas. El gran acierto de Asklepios reside, al margen de la capacidad de Espinosa de sintetizar la deuda intelectual y moral que tiene la cultura contemporánea con el Mundo Antiguo, en su modo de crear la atmósfera adecuada en la que la palabra es la base sobre la que se reconstruye la realidad. En tal reconstrucción es donde encaja perfectamente lo ficticio, no ya como mera ilustración segregada de la doctrina, sino como encarnación del sentido último de la obra. Esa es la Grecia que interesa a Espinosa, una Grecia recreada mediante la literatura, una Grecia viva, aunque está condenada a morir con Asklepios. El mundo que con él fenece posee el brillo seductor del mito, que no es mera fuente de recreación estética, sino espejo en el que se mira, con ojos desencantados, el hombre moderno.
¿Seremos capaces de recuperar el origen? La respuesta de Espinosa es pesimista: «Cuando el mundo no parezca nuevo, extenso ni profundo y misterioso, morirá el Espíritu del Primer Día de las Cosas, y, por tanto, Grecia. Vivir entonces será pesadilla» (p. 43).
Alberto Rivas Yanes
CCE, Luxemburgo
[1] Miguel Espinosa, Asklepios, Murcia, 1985, p. 17. Todas las citas de la obra corresponden a esta edición.
[2] Rafael Conte, «Un genio fuera del tiempo», Quimera, 64 (1987), p. 39.
[3] Cecilio Alonso, «Una estética a conciencia», Quimera, 64 (1987), p. 44.
[4] Gonzalo Sobejano, «Razón y canto de las edades idas», Ínsula, XLI, n.º 472 (1986).