Investigaciones sobre el sentir estético

(Cuadernos Hispanoamericanos, 1962; Postdata, 1987)

 

  1. Noción de espíritu.

  2. Los sentires.

  3. Primera noción de vida.

  4. Comparecencia de la emoción y rectificación de la primera noción de vida.

  5. Definición de emoción.

  6. Grados de emoción. Carácter impenetrable e inexpresable del sentir estético. El contagio.

  7. El loco y el cuerdo. Diversidad cualitativa del sentir estético.

  8. La orgía.

 

 


 

 

1. NOCIÓN DE ESPÍRITU

 

Sabemos muy poco del grillo, la chicharra, el esfego y otros insectos, y quizá nunca lleguemos a conocer más de cuanto enseña la Entomología, que, como ciencia natural, se limita a describir el hecho del insecto. Las ciencias del espíritu, por así expresarlo, no han podido penetrar el suceso entomológico, comenzando allí donde concluye la ciencia natural.

Alguien podrá argüir que en el mismo punto donde acaba el saber natural, acaba precisamente el insecto, y que, por tanto, no hay razones para lamentar la ausencia de investigación espiritual sobre ningún acaecimiento llamado insecto. Empero, yo quisiera demostrar que si el insecto, y el animal en general, no pueden concebirse como seres espirituales, sí deben entenderse, al menos, como momentos del proceso encaminado hacia la configuración de cuanto denominamos espíritu. Para ello habré de empezar por definir éste como resultado de la conjunción de ciertas comparecencias que daremos en apelar sentires. Al decir comparecencia, pretendo decir actividad originaria, o también, contenido indeterminado y discontinuo de un fenómeno.

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2. LOS SENTIRES

 

Cuatro son los sentires que, a mi juicio, configuran el espíritu, a saber: sentir estético, o intuición emocional; sentir del tiempo, o intuición del suceder; sentir eidético, o intuición reflexiva que considera lo real como un todo metódico y adecuado a la razón, y sentir ético, o intuición del deber ser .

Llamaremos animal espiritual a la organización de la materia que alberga estos cuatro sentires. Por consiguiente, el hombre puede ser enunciado como animal típicamente espiritual y no simplemente racional, formulación que, a mi entender, implica cierta limitación. El hombre, en efecto, encarna la comparecencia del sentir estético, el sentir del tiempo, el sentir eidético y el sentir ético.

Tales sentires no se dan en el animal espiritual a la manera de una yuxtaposición, ni tampoco a la manera de presencias aisladas e independientes, sino formando parte de un todo donde cada elemento hace posibles los otros. Ningún sentir, por tanto, puede actuar de modo que contraríe los demás, y si lo hace, obra contra la unidad esencial del espíritu, y, en consecuencia, contra el espíritu mismo. De ahí que lo bello (objeto del sentir estético) haya de ser forzosamente verdadero (objeto del sentir eidético), bueno (objeto del sentir ético) y dado en el suceder (objeto del sentir del tiempo).

Cuando Platón pretendía hacer depender la virtud de la sabiduría, entendida como conocimiento cierto, reducía el espíritu a la simple comparecencia del sentir eidético, de cuyo ejercicio adecuado quería, asimismo, derivar toda mística. No obstante Platón, parece claro que un animal simplemente inteligente resulta el más elemental, aburrido y soso de los monstruos. Muy a menudo denominamos inteligencia al espíritu mismo, y, en consecuencia, a la comparecencia de un alto sentir estético, memorial, eidético y ético. La sabiduría, concebida a la manera humanista, es producto del espíritu, y no del mero intelecto o capacidad de componer y descomponer objetos dentro de un todo material o ideal.

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3. PRIMERA NOCIÓN DE VIDA

 

En principio podemos definir la vida como organización de la materia encaminada al movimiento con el fin de perdurar y subsistir como tal organización.

Es evidente que esta formulación resulta propia de una reflexión filosófica, y no científico-natural. En buena lógica, ninguna ciencia de la naturaleza se atrevería a definir la vida, y si lo hiciera, abandonaría su propio objeto, consistente precisamente en describir, y nunca en configurar definiciones. El bello método de la ciencia natural se fundamenta eficazmente en un principio de modestia que estriba en admitir lo real como algo previamente dado que está ahí. Para el biólogo estricto la vida resulta un hecho ya dado, como para el buen sociólogo, la comunidad humana. Solamente el filosofía enjuicia la vida y la sociedad a la manera de manifestaciones que deben ser explicadas según un método.

Observando, pues, con mirada de filósofo la revelación de la vida y admitida la definición arriba expuesta, podemos considerar a todos y cada uno de los animales como momentos de aquel proceso encarnado en la organización de la materia. Tal quiere decir que los animales no son entes individuales, que, agrupados, formen especies, sino instantes de un fluir, como las notas son instantes de una sinfonía. El animal-individuo es una simple abstracción de la inteligencia.

La idea pretendida se aclara cuando contemplamos el mundo vegetal o sencillamente material. Con evidente dificultad podemos considerar la manzana como individuo, y mucho menos, la piedra. Aunque desde otro punto de vista, Platón afirmaba la existencia de un solo Gato, del cual participaban todas las apariencias-gatos. Aquella tendencia de la gramática alemana a escribir los nombres comunes con letra mayúscula entraña la intuición de que existe una sola cosa de cada especie nominada. Yo entiendo que en la expresión «cinco jilgueros», el adjetivo numeral indica que el fenómeno llamado «jilguero» se ofrece en ciertas condiciones.

Admitiendo la imposibilidad de hablar del animal como de un individuo, concluiremos que todo animal, en cuanto momento de un proceso, hállase implícito en otro, como el instante en el instante, si el tiempo es una continuidad. No es científico aseverar que el grillo ha sido construido para alimento del esfego; pero resulta injusto afirmar que en el diseño del último no se tuvo en cuenta la existencia del primero. Investigando el hacer de la vida, podemos observar que, en cierto modo, y siempre dentro de los naturales límites de cuanto es capaz de expresar nuestro lenguaje, el grillo es un animal repudiado y ya no querido por la vida en la ocasión de pergeñar el esfego.

Estas rápidas reflexiones nos conducen a sostener definitivamente que los animales, como vida que se manifiesta, encuéntranse estructurados de forma que nada resta a la casualidad ni a la indeterminación. En otras palabras, tal pretende significar que el animal es un suceso determinado y continuo. Lo que llamamos instinto, y que Bergson definió como “simpatía dirigida hacia la vida”, no parece otra cosa que la constante comparecencia del orden previsto por aquella organización de la materia encaminada al movimiento y la propia perduración, es decir, el método implícito en la vida. En el instinto nunca se revela sabiduría alguna, sino fatalidad. El animal no tiene posibilidad de elección. Por lo demás, carece de sentido que nos maraville más la observación del instinto que la desvelación de las otras leyes que rigen el Universo. La tradicional noción de animal-individuo favoreció, sin duda, la tendencia a pergeñar particular asombro ante la presencia del instinto, cosa que no hubiera ocurrido de valorar otra noción: animal-vida.

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4. COMPARECENCIA DE LA EMOCIÓN Y RECTIFICACIÓN DE LA PRIMERA NOCIÓN DE VIDA

 

De cuanto hemos expuesto podemos deducir que la naturaleza biológica es manifestación mecánica. Desde la amiba al hombre, el animal va cumplimentado inexorablemente cuanto es preciso a la perduración de la vida. La empresa de todo animal es hacer que siga existiendo el tal animal. Hay un insecto, llamado Sitaris Humeralis, que transcurre dos años bajo tierra, en estado de continua metamorfosis, y, como si dijéramos, in ovo matris, para gozar solamente cinco minutos de la emoción del sol y la reproducción. Se trata, sin duda, de una clase de existencia que no gustaría a ningún hombre, pero que muestra hasta qué punto pudo ser primordial, en algún momento, lograr siquiera un organismo capaz de repetirse y proseguir por su cuenta el proceso de perdurar.

Empero lo dicho, nuestra observación resultaría típicamente superficial y complaciente con prejuicios de sistema si no advirtiéramos también en los vivientes, sobre todo a partir del insecto, ya penetrando en el reino de los mamíferos, la extravagante comparecencia de una serie de sucesos no fatalmente necesarios al objeto de la vida, y que surgen ante nuestra reflexión como graves objeciones al intento de valorar el animal a la manera de manifestación mecánica. Si alguien definiera el edificio como construcción erigida con el solo fin de cobijar, quedaría verdaderamente admirado ante los adornos de las columnas dóricas en una casa pompeyana. En principio afirmaría que se trataba de una extravagancia; mas si luego descubriera que también existen otras especies de adornos en casas romanas, medievales y modernas, habría de reconocer forzosamente que el fin de algunos edificios no estriba solamente en cobijar, sino también en producir cierta clase de complacencia.

Jean Henri Fabre, uno de los más grandes y bellos espíritus de Francia, ha narrado algunas manifestaciones emocionales de los insectos, sucesos que una concepción mecanicista de la vida ha de valorar como bien extravagantes. Mas aunque no concibamos las emociones de los insectos, si hemos de concebir las de los mamíferos, pues todos conocemos las alegrías, las sensualidades, los terrores, las complacencias y las tristezas de los animales superiores. El padre T. de Chardin, de la Compañía de Jesús, considera el paso que va del insecto al mamífero como un definitivo salto hacia la “flexibilidad”, entendida esta palabra, a mi juicio, como sinónimo de expresividad. Es indudable que en el mamífero hay algo que no parece existir en el insecto, y es la comparecencia del amor , definido también por el padre T. de Chardin como “afinidad del ser por el ser”. Por lo demás, ¿quién no ha visto la tristeza reflejada en los ojos de un mamífero moribundo?

La enervación del grillo mediante pinchazos producidos en sus ganglios por el estilete del esfego, su típico enemigo, posee significación dentro de aquella concepción que explica la vida como organización de la materia encaminada a manifestarse y perdurar . Mas ¿qué significación tienen el dolor del grillo y la frenética alegría del esfego victorioso? La carrera de la gacela, perseguida por la jauría, alberga igualmente significación dentro de la explicación mecanicista. Mas ¿qué significación tiene el terror experimentado por el mismo animal?

Resumiendo, pues, nos preguntamos por el sentido que pueda poseer, dentro de la vida, la aparición de sucesos tales como la alegría y la tristeza, el miedo y el amor, el dolor y el placer; en suma, la emoción. ¿Se trata de una extravagancia? ¿Se trata, acaso, de una necesidad inherente a la organización de la vida?

Veamos de responder.

Es obvio que no se trata de una extravagancia, pues a quien configura de la nada, por así expresarlo, no se puede imputar extravagancia, concepto que supone la preexistencia de un modelo considerado como arquetipo normal. En pura lógica, tan peregrino y raro resulta el advenimiento de la emoción a la vida como la vida misma, valorada a la manera de algo que antes no existía y una vez comenzó a existir.

También parece claro que no se trata de un lujo, o presencia de lo innecesario, pues lo innecesario nada significa, y la emoción es una comparecencia concreta y completamente determinada y originaria.

Es igualmente cierto que tampoco se trata de ninguna concesión otorgada de paso, pues al hacer que hace la vida resulta más difícil lograr el advenimiento de la emoción sobre el organismo que configurar éste. ¿Habría de esperar la vida a pergeñar el mamífero, para crear la emoción, si ésta fuera un don otorgado de paso?

Por  último, bien evidente está que no se trata de necesidad inherente a la organización de la vida, y sine qua non para ella, pues ya sabemos que, en principio, todo bios se revela como “manifestación mecánica”. Ni la amiba ni el infusorio muestran pruebas de experimentar emoción alguna. Por lo demás, si la emoción fuera anterior a la vida, cabría imaginar que ésta pudo necesitar o aprovechar aquélla; mas deviniendo posterior, es absurdo pensar que la vida, en cuanto fenómeno que tiende a producir y hacer perdurar el movimiento, haya precisado jamás de la emoción. El placer sexual, o el amor, dos ejemplos bien determinados de emoción, son resultados mismos de la vida, y no medios requeridos por ésta.

De lo dicho se concluye que la emoción no puede ser valorada como extravagancia, lujo, concesión gratuita o necesidad inherente a la vida. ¿De qué se trata, pues? Sencillamente, de un fin querido por el hacer que hace la vida.

A mi juicio, la prodigiosa empresa implicada en la organización de la materia no tiene objeto diferente que lograr la comparecencia del espíritu sobre la Tierra, y ya sabemos que la emoción o sentir estético es uno de los elementos configuradores del espíritu. Por así decirlo, al construir la amiba, el hacer vital no pudo ambicionar de momento más que la creación de un organismo perdurante, ya confeccionado de una vez para siempre, como los astros en movimiento; luego, un suceso más perfecto, con mayor capacidad de movimiento; después, penetrando decididamente en el reino del gran milagro, un fenómeno capacitado para albergar dolor y placer, alegría y tristeza, afán realizado mediante la invención del sistema nervioso de los insectos, primeros entes dotados de sentir estético; y, por último, ciertas formas más complicadas, destinadas a traer un día sobre la tierra, ya escenario de la emoción, el sentir del tiempo, el sentir eidético y el sentir ético, lo cual pudo verificarse cuando se descubrió el camino que conducía hacia los mamíferos y el hombre.

Así, pues, el espíritu no ha comparecido en la Tierra de una vez, ni tampoco como cierta sustancia o unidad ya dada, sino gradualmente ya la manera de quien va configurándose aquí abajo, partiendo de sus propios elementos. Tal quiere decir, por otra parte, que el espíritu es algo eminentemente histórico y del mundo presente, mientras se halle en la Tierra, aunque pueda tener su más alta y última referencia en otro mundo.

Si llamamos Expresión a la revelación del espíritu, en cuanto a comparecencia que implica indeterminación y discontinuidad, habremos de conceder que todo el complicado proceso que va de la amiba al hombre no es más que una gigantesca puesta en marcha de la materia para traer la Expresión al mundo, y no ya el hecho de que la materia se ponga en movimiento, ni tampoco la necesidad de un motor anterior, sino precisamente el objeto del propio proceso, la Expresión, demuestra, a mi entender , la existencia de un Ser Más Alto que la materia y el mundo.

Por lo dicho habremos de rectificar aquella primera noción de vida, formulada cuando todavía no conocíamos la comparecencia de la emoción. enunciando ahora: Vida, o Manifestación del Mundo, es la revelación de un hacer que tiende a traer el espíritu, o Expresión del Mundo, a la Tierra.

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5. DEFINICIÓN DE EMOCIÓN

 

Habiendo probado que la emoción, o sentir estético, es un fin de la vida, un elemento configurador del espíritu y una comparecencia que se da ya en las denominadas formas biológicas inferiores, por lo menos a partir de los insectos, habremos de sostener que los animales, en cuanto partícipes del sentir estético, son partícipes del espíritu. A mi juicio, los escolásticos pensaban algo parecido cuando hablaban de alma sensitiva.

Es imposible imaginar una emoción material sin incurrir en contradicción. Desde la experiencia de la cigarra que estridula en la tarde soleada, hasta el éxtasis místico, pasando por el sentir sexual, no hay otra clase de emoción que la espiritual, y esto por definición misma de la emoción. En efecto: si consideramos el fenómeno biológico, en cuanto simple organización de la materia, como una manifestación determinada y continua, según dijimos, y recordamos al mismo tiempo la noción de comparecencia, entendida como el contenido indeterminado y discontinuo del fenómeno, o sea, la aparición de algo no implícito necesariamente en la organización de la materia, concluiremos por definir la emoción como una comparecencia estética que se revela a la manera de suceso completamente distinto de la mecánica biológica y la relación estímulo y respuesta.

Por consiguiente, la emoción es diferente de la sensación; tal vez su contenido, pero jamás la sensación misma, como predican ciertos materialistas y mecanicistas. El sentir estético no puede confundirse con ningún hecho mecánico, aunque deba su advenimiento a la existencia de tal hecho. Tampoco puede ser referido a la conexión estímulo-respuesta, si bien haya sinnúmero de emociones que sólo advienen como respuesta a un cierto estímulo. El mecanismo precisado para configurar y albergar la emoción es una cosa, y la emoción, otra. El proceso generador de la emoción no tiñe ésta del color de aquél.

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6. GRADOS DE EMOCIÓN. CARÁCTER IMPENETRABLE E INEXPRESABLE DEL SENTIR ESTÉTICO. EL CONTAGIO

 

El sentir estético no se revela como una comparecencia idéntica en todos y cada uno de los momentos del proceso que pone en marcha la materia, sino según cierta ley de participación, como ya dejamos entrever. Desde el infusorio al mamífero, las formas biológicas van aumentando su capacidad de albergar emoción. Dentro del fenómeno humano, el sentir estético se muestra igualmente diverso, de acuerdo con razas e individuos.

Empero esta norma general de participación en grados, en cada instante procesal biológico, en lo que solemos denominar “cada ser”, el sentir estético resulta realización de lo indeterminado, y, por consiguiente, configuración de lo particular e intransferible. En hondo sentido cabe decir que la emoción es impenetrable e inexpresable en formas propias de otros sentires (memorial, eidético y ético), y, sobre todo, en palabras que formulan juicios. Ello es debido a que la emoción misma es expresión independiente, que tiene su fin en sí propia.

El suceso emocional resulta, pues, cerrado. Ningún ser comunica su emoción, como se comunica una fórmula; la expresa sencillamente, bien advirtiendo que expresar la emoción es lo mismo que configurarla o sentirla. Así hace el grillo cuando estridula; el niño, cuando llora; y toda la manifestación de los seres, en cuanto se revelan como algo más que una mecánica.

Ahora bien; aunque ningún ser pueda comunicar su emoción, sí puede provocar la emoción de otro ser mediante la expresión de la propia. El cuclillo provoca al cuclillo, y la ménade a la ménade. A esto se llama contagio de la emoción, uno de los sucesos más típicos del sentir estético. A través del contagio, los seres que participan de la misma emoción (por ejemplo, una loca alegría o cierta inequívoca paz), se sienten unidos en lo particular, todos inmersos en la misma comparecencia, formando un solo suceso concreto y como devueltos al origen. Ello ocurre porque están poseídos por un solo sentir de igual grado, y, en último extremo, son ese sentir.

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7. EL LOCO Y EL CUERDO. DIVERSIDAD CUALITATIVA DEL SENTIR ESTÉTICO

 

Puesto que la vida, en cuanto organización de la materia, ha sido pergeñada para traer el espíritu a la Tierra, conforme dijimos, y cada organismo como un acumulador de sentires, por así enunciarlo, hemos de convenir que la cantidad y la calidad de los sentires dependen de la estructura y capacidad de los organismos. Por transmutación de su esquema receptor, sea o no sea denominado sistema nervioso, un loco posee un sentir eidético bien diferente del resto de los hombres; mas también, y según imaginamos, un sentir estético, memorial y ético distintos. A mi juicio, el loco no tiene trastocada solamente la razón, sino igualmente la conciencia emocional, la del tiempo y la ética. Su anormalidad biológica impide la comparecencia normal de espíritu, tal y como se ofrece generalmente en el hombre. Por lo demás, es obvio que esto se predica lo mismo del loco que del tonto, sirviendo para toda clase de humanidad alienada.

De ahí que el loco y el tonto resulten, en resumidas cuentas, espíritus realmente extravagantes e insólitos, sucesos típicamente singulares, cuya comparecencia causa extrañeza, por novedosa y original. Un agudo novelista podrá imaginar el pensamiento del más hondo de los filósofos posibles, mas nunca las ideas de un verdadero tonto, acontecimiento que deberá copiar forzosamente del natural. Por ello mismo, las anécdotas referentes a dichos y acciones de tontos y locos colorean de originalidad cualquier relato.

La diferencia de sentir estético entre la libélula y el hombre es de grado. Mas la que hay entre el loco y el cuerdo, por así expresarlo, es de calidad. Esto pretende decir que dentro de un mismo grado natural de sentir biológico puede surgir diversidad cualitativa. Para aclarar tal afirmación conviene advertir que el sentir estético es un todo, por lo cual no existe un sentir estético superior a otro, sino, sencillamente, mayor o menor capacidad de albergar emoción (diferencia natural de grado), y luego, aquella o esta emoción (diferencia de calidad).

El ejemplo del loco nos sirve para aventurar la enunciación de esta posible ley: si un estímulo, o suceso exterior o interior, transmuta el esquema de sensibilidad de un organismo, la emoción albergada por éste cambia de calidad.

Desde muy antiguo el hombre conoce una serie de prácticas encaminadas a someter su esquema sensible a deformaciones adecuadas para hacer surgir una emoción novedosa por la cantidad y la calidad. Sin exageración ninguna puede afirmarse que la historia de toda cultura es la historia misma del proceso que busca la configuración de tales emociones, y, por consiguiente, una pesquisa del espíritu. Un organismo desquiciado por la continua danza, o por la misma debilidad que produce el hambre, se encuentra generalmente en situación de albergar ciertas emociones que no podría acumular en estado de normalidad. La Orgía y el Ascetismo se revelan, pues, como formas naturales de transmutar el esquema de sensibilidad humana, a fin de producir el advenimiento de la emoción más originaria.

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8. LA ORGÍA

 

Llamaremos Orgía a la situación emocional lograda por el ejercicio de prácticas que tienden a transmutar el esquema de sensibilidad mediante la disipación continua e in crescendo. De ahí que la Orgía se inicie siempre a través de un rito, y que, en principio, no sea otra cosa que rito o culto, como demuestran las fiestas dionisiacas griegas y cuantas celebran otros diversos pueblos apegados al espíritu de la Tierra.

Resultando el sentir estético la comparecencia espiritual más antigua, como sabemos, y siendo la Orgía una situación sustancialmente emocional, se explica que haya aparecido en todos los lugares donde surgió el hombre. El carácter colectivo del rito orgiástico hace posible el contagio de la emoción, que pasa de uno a otro circunstante. Por lo demás, el fin propuesto por el rito se alcanza a través de actos muy variados, casi siempre en proceso creciente, como la danza continua, el disfraz de los oficiantes, el tam-tam, la sangre de los animales, la fealdad de los ídolos, los bramidos, ciertas drogas y humos, etc. La crueldad, como modo de deformar el sistema sensible del hombre y hacer comparecer la emoción novedosa, es un elemento sine qua non de toda orgía, y en ella tuvo su origen el sacrificio de las religiones primitivas.

Sea porque el ejercicio de tales prácticas afinen el esquema receptor, sea porque se produzcan ciertas desconexiones nerviosas, sea porque surja un contagio sensitivo de células menos receptoras, parece cierto que el hombre se siente inundado de nuevas emociones, alcanzando a poseer otra representación del mundo y cuanto se denomina real. Así goza inmensa alegría, ve sonreír las cosas, advierte desaparecer la gravedad, halla comunicación con todo lo presente, cree desprenderse del cuerpo, se experimenta unido a cierta identidad, penetra el Cosmos, etcétera. A esto se llama advenimiento del éxtasis o entusiasmo, que, en lo más hondo, supone una captación o intuición sensible de la calidad estética del espíritu, allí compareciente en el más alto grado que puede lograr el hombre.

Eurípides expuso en sus Bacantes un bello momento de esta acumulación de sentires, diciendo así: “Mana leche la Tierra, mana vino y néctar de abejas, mientras el aire parece perfumado con incienso sirio”. El propio Dionisio, con el rostro alumbrado por la negra antorcha de la férula, crece en su carrera, alienta los coros errantes, y, excitándolos con clamores, esparce al viento sus bellísimos cabellos. Al mismo tiempo, y con grandes alaridos, exclama:  “Andad, bacantes; andad, bacantes, delicias de Tmolo, cantad a Dioniso, celebrad al dios con sonoros tambores, gritando evoe con clamores frigios, mientras las dulces flautas tocan las rápidas danzas que se celebran en el monte. Gozosa la bacante, que, como potrillo que pace la hierba, mueve en las danzas su pie ligero”.

Y en otro pasaje: “Feliz el bienaventurado que, conociendo los divinos misterios, les consagra su alma y purifica su vida, bacando en los montes y celebrando los ritos de la gran Madre Cibeles, mientras agita el tirso y adora a Dioniso coronado de hiedra. Andad, bacantes; andad, bacantes, que al dios Bromio, hijo de un dios, a Dioniso mismo, acompañáis desde los montes frigios”.

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