Investigaciones sobre el sentir estético
(Cuadernos Hispanoamericanos, 1962; Postdata, 1987)
Comparecencia de la emoción y rectificación de la primera noción de vida.
Grados de emoción. Carácter impenetrable e inexpresable del sentir estético. El contagio.
El loco y el cuerdo. Diversidad cualitativa del sentir estético.
1.
NOCIÓN DE ESPÍRITU
Sabemos
muy poco del grillo, la chicharra, el esfego y otros insectos, y quizá nunca
lleguemos a conocer más
de cuanto enseña la Entomología, que, como ciencia natural, se limita a
describir el hecho del insecto. Las ciencias del espíritu, por así expresarlo,
no han podido penetrar el suceso entomológico, comenzando allí donde concluye
la ciencia natural.
Alguien
podrá argüir que en el mismo punto donde acaba el saber natural, acaba
precisamente el insecto, y que, por tanto, no hay razones para lamentar la
ausencia de investigación espiritual sobre ningún acaecimiento llamado
insecto. Empero, yo quisiera demostrar que si el insecto, y el animal en
general, no pueden concebirse como seres espirituales, sí deben entenderse, al
menos, como momentos del proceso encaminado hacia la configuración de cuanto
denominamos espíritu. Para ello habré de empezar por definir éste como
resultado de la conjunción de ciertas comparecencias que daremos en apelar
sentires. Al decir comparecencia, pretendo decir actividad originaria, o también,
contenido indeterminado y discontinuo de un fenómeno.
2.
LOS SENTIRES
Cuatro
son los sentires que, a mi juicio, configuran el espíritu, a saber: sentir estético,
o intuición emocional; sentir del tiempo, o intuición del suceder; sentir eidético,
o intuición reflexiva que considera lo real como un todo metódico y adecuado a
la razón, y sentir ético, o intuición del deber ser .
Llamaremos
animal espiritual a la organización de la materia que alberga estos cuatro
sentires. Por consiguiente, el hombre puede ser enunciado como animal típicamente
espiritual y no simplemente racional, formulación que, a mi entender, implica
cierta limitación. El hombre, en efecto, encarna la comparecencia del sentir
estético, el sentir del tiempo, el sentir eidético y el sentir ético.
Tales
sentires no se dan en el animal espiritual a la manera de una yuxtaposición, ni
tampoco a la manera de presencias aisladas e independientes, sino formando parte
de un todo donde cada elemento hace posibles los otros. Ningún sentir, por
tanto, puede actuar de modo que contraríe los demás, y si lo hace, obra contra
la unidad esencial del espíritu, y, en consecuencia, contra el espíritu mismo.
De ahí
que lo bello (objeto del sentir estético) haya de ser forzosamente verdadero
(objeto del sentir eidético), bueno (objeto del sentir ético) y dado en el
suceder (objeto del sentir del tiempo).
Cuando
Platón pretendía hacer depender la virtud de la sabiduría, entendida como
conocimiento cierto, reducía el espíritu a la simple comparecencia del sentir
eidético, de cuyo ejercicio adecuado quería, asimismo, derivar toda mística.
No obstante Platón, parece claro que un animal simplemente inteligente resulta
el más
elemental, aburrido y soso de los monstruos. Muy a menudo denominamos
inteligencia al espíritu mismo, y, en consecuencia, a la comparecencia de un
alto sentir estético, memorial, eidético y ético. La sabiduría, concebida a
la manera humanista, es producto del espíritu, y no del mero intelecto o
capacidad de componer y descomponer objetos dentro de un todo material o ideal.
3.
PRIMERA NOCIÓN DE VIDA
En
principio podemos definir la vida como organización de la materia encaminada al
movimiento con el fin de perdurar y subsistir como tal organización.
Es
evidente que esta formulación resulta propia de una reflexión filosófica, y
no científico-natural. En buena lógica, ninguna ciencia de la naturaleza se
atrevería
a definir la vida, y si lo hiciera, abandonaría
su propio objeto, consistente precisamente en describir, y nunca en configurar
definiciones. El bello método de la ciencia natural se fundamenta eficazmente
en un principio de modestia que estriba en admitir lo real como algo previamente
dado que está ahí.
Para el biólogo estricto la vida resulta un hecho ya dado, como para el buen
sociólogo, la comunidad humana. Solamente el filosofía enjuicia la vida y la
sociedad a la manera de manifestaciones que deben ser explicadas según un método.
Observando,
pues, con mirada de filósofo la revelación de la vida y admitida la definición
arriba expuesta, podemos considerar a todos y cada uno de los animales como
momentos de aquel proceso encarnado en la organización de la materia. Tal
quiere decir que los animales no son entes individuales, que, agrupados, formen
especies, sino instantes de un fluir, como las notas son instantes de una sinfonía.
El animal-individuo es una simple abstracción de la inteligencia.
La
idea pretendida se aclara cuando contemplamos el mundo vegetal o sencillamente
material. Con evidente dificultad podemos considerar la manzana como individuo,
y mucho menos, la piedra. Aunque desde otro punto de vista, Platón afirmaba la
existencia de un solo Gato, del cual participaban todas las apariencias-gatos.
Aquella tendencia de la gramática alemana a escribir los nombres comunes con
letra mayúscula entraña la intuición de que existe una sola cosa de cada
especie nominada. Yo entiendo que en la expresión «cinco jilgueros», el
adjetivo numeral indica que el fenómeno llamado «jilguero» se ofrece en
ciertas condiciones.
Admitiendo
la imposibilidad de hablar del animal como de un individuo, concluiremos que
todo animal, en cuanto momento de un proceso, hállase implícito en otro, como
el instante en el instante, si el tiempo es una continuidad. No es científico
aseverar que el grillo ha sido construido para alimento del esfego; pero resulta
injusto afirmar que en el diseño del último no se tuvo en cuenta la existencia
del primero. Investigando el hacer de la vida, podemos observar que, en cierto
modo, y siempre dentro de los naturales límites de cuanto es capaz de expresar
nuestro lenguaje, el grillo es un animal repudiado y ya no querido por la vida
en la ocasión de pergeñar el esfego.
Estas
rápidas
reflexiones nos conducen a sostener definitivamente que los animales, como vida
que se manifiesta, encuéntranse estructurados de forma que nada resta a la
casualidad ni a la indeterminación. En otras palabras, tal pretende significar
que el animal es un suceso determinado y continuo. Lo que llamamos instinto, y
que Bergson definió como “simpatía
dirigida hacia la vida”, no parece otra cosa que la constante comparecencia
del orden previsto por aquella organización de la materia encaminada al
movimiento y la propia perduración, es decir, el método implícito en la vida.
En el instinto nunca se revela sabiduría alguna, sino fatalidad. El animal no
tiene posibilidad de elección. Por lo demás, carece de sentido que nos
maraville más la observación del instinto que la desvelación de las otras
leyes que rigen el Universo. La tradicional noción de animal-individuo favoreció,
sin duda, la tendencia a pergeñar particular asombro ante la presencia del
instinto, cosa que no hubiera ocurrido de valorar otra noción: animal-vida.
(índice)
4.
COMPARECENCIA DE LA EMOCIÓN Y RECTIFICACIÓN DE LA PRIMERA NOCIÓN DE VIDA
De
cuanto hemos expuesto podemos deducir que la naturaleza biológica es
manifestación mecánica. Desde la amiba al hombre, el animal va cumplimentado
inexorablemente cuanto es preciso a la perduración de la vida. La empresa de
todo animal es hacer que siga existiendo el tal animal. Hay un insecto, llamado
Sitaris Humeralis, que transcurre dos años bajo tierra, en estado de continua
metamorfosis, y, como si dijéramos, in ovo matris, para gozar solamente cinco
minutos de la emoción del sol y la reproducción. Se trata, sin duda, de una
clase de existencia que no gustaría
a ningún hombre, pero que muestra hasta qué punto pudo ser primordial, en algún
momento, lograr siquiera un organismo capaz de repetirse y proseguir por su
cuenta el proceso de perdurar.
Empero
lo dicho, nuestra observación resultaría
típicamente superficial y complaciente con prejuicios de sistema si no advirtiéramos
también en los vivientes, sobre todo a partir del insecto, ya penetrando en el
reino de los mamíferos, la extravagante comparecencia de una serie de sucesos
no fatalmente necesarios al objeto de la vida, y que surgen ante nuestra reflexión
como graves objeciones al intento de valorar el animal a la manera de
manifestación mecánica. Si alguien definiera el edificio como construcción
erigida con el solo fin de cobijar, quedaría
verdaderamente admirado ante los adornos de las columnas dóricas en una casa
pompeyana. En principio afirmaría
que se trataba de una extravagancia; mas si luego descubriera que también
existen otras especies de adornos en casas romanas, medievales y modernas, habría
de reconocer forzosamente que el fin de algunos edificios no estriba solamente
en cobijar, sino también en producir cierta clase de complacencia.
Jean
Henri Fabre, uno de los más
grandes y bellos espíritus de Francia, ha narrado algunas manifestaciones
emocionales de los insectos, sucesos que una concepción mecanicista de la vida
ha de valorar como bien extravagantes. Mas aunque no concibamos las emociones de
los insectos, si hemos de concebir las de los mamíferos, pues todos conocemos
las alegrías, las sensualidades, los terrores, las complacencias y las
tristezas de los animales superiores. El padre T. de Chardin, de la Compañía
de Jesús, considera el paso que va del insecto al mamífero como un definitivo
salto hacia la “flexibilidad”, entendida esta palabra, a mi juicio, como sinónimo
de expresividad. Es indudable que en el mamífero hay algo que no parece existir
en el insecto, y es la comparecencia del amor , definido también por el padre
T. de Chardin como “afinidad del ser por el ser”. Por lo demás, ¿quién no
ha visto la tristeza reflejada en los ojos de un mamífero moribundo?
La
enervación del grillo mediante pinchazos producidos en sus ganglios por el
estilete del esfego, su típico enemigo, posee significación dentro de aquella
concepción que explica la vida como organización de la materia encaminada a
manifestarse y perdurar . Mas ¿qué significación tienen el dolor del grillo y
la frenética alegría del esfego victorioso? La carrera de la gacela,
perseguida por la jauría, alberga igualmente significación dentro de la
explicación mecanicista. Mas ¿qué significación tiene el terror
experimentado por el mismo animal?
Resumiendo,
pues, nos preguntamos por el sentido que pueda poseer, dentro de la vida, la
aparición de sucesos tales como la alegría y la tristeza, el miedo y el amor,
el dolor y el placer; en suma, la emoción. ¿Se
trata de una extravagancia? ¿Se
trata, acaso, de una necesidad inherente a la organización de la vida?
Veamos
de responder.
Es
obvio que no se trata de una extravagancia, pues a quien configura de la nada,
por así expresarlo, no se puede imputar extravagancia, concepto que supone la
preexistencia de un modelo considerado como arquetipo normal. En pura lógica,
tan peregrino y raro resulta el advenimiento de la emoción a la vida como la
vida misma, valorada a la manera de algo que antes no existía y una vez comenzó
a existir.
También
parece claro que no se trata de un lujo, o presencia de lo innecesario, pues lo
innecesario nada significa, y la emoción es una comparecencia concreta y
completamente determinada y originaria.
Es
igualmente cierto que tampoco se trata de ninguna concesión otorgada de paso,
pues al hacer que hace la vida resulta más
difícil lograr el advenimiento de la emoción sobre el organismo que configurar
éste. ¿Habría
de esperar la vida a pergeñar el mamífero, para crear la emoción, si ésta
fuera un don otorgado de paso?
Por
último, bien evidente está que no
se trata de necesidad inherente a la organización de la vida, y sine qua non
para ella, pues ya sabemos que, en principio, todo bios se revela como
“manifestación mecánica”. Ni la amiba ni el infusorio muestran pruebas de
experimentar emoción alguna. Por lo demás, si la emoción fuera anterior a la
vida, cabría imaginar que ésta pudo necesitar o aprovechar aquélla; mas
deviniendo posterior, es absurdo pensar que la vida, en cuanto fenómeno que
tiende a producir y hacer perdurar el movimiento, haya precisado jamás de la
emoción. El placer sexual, o el amor, dos ejemplos bien determinados de emoción,
son resultados mismos de la vida, y no medios requeridos por ésta.
De
lo dicho se concluye que la emoción no puede ser valorada como extravagancia,
lujo, concesión gratuita o necesidad inherente a la vida. ¿De
qué se trata, pues? Sencillamente, de un fin querido por el hacer que hace la
vida.
A
mi juicio, la prodigiosa empresa implicada en la organización de la materia no
tiene objeto diferente que lograr la comparecencia del espíritu sobre la
Tierra, y ya sabemos que la emoción o sentir estético es uno de los elementos
configuradores del espíritu. Por así decirlo, al construir la amiba, el hacer
vital no pudo ambicionar de momento más
que la creación de un organismo perdurante, ya confeccionado de una vez para
siempre, como los astros en movimiento; luego, un suceso más
perfecto, con mayor capacidad de movimiento; después, penetrando decididamente
en el reino del gran milagro, un fenómeno capacitado para albergar dolor y
placer, alegría y tristeza, afán realizado mediante la invención del sistema
nervioso de los insectos, primeros entes dotados de sentir estético; y, por último,
ciertas formas más complicadas, destinadas a traer un día sobre la tierra, ya
escenario de la emoción, el sentir del tiempo, el sentir eidético y el sentir
ético, lo cual pudo verificarse cuando se descubrió el camino que conducía
hacia los mamíferos y el hombre.
Así,
pues, el espíritu no ha comparecido en la Tierra de una vez, ni tampoco como
cierta sustancia o unidad ya dada, sino gradualmente ya la manera de quien va
configurándose aquí abajo, partiendo de sus propios elementos. Tal quiere
decir, por otra parte, que el espíritu es algo eminentemente histórico y del
mundo presente, mientras se halle en la Tierra, aunque pueda tener su más alta
y última referencia en otro mundo.
Si
llamamos Expresión a la revelación del espíritu, en cuanto a comparecencia
que implica indeterminación y discontinuidad, habremos de conceder que todo el
complicado proceso que va de la amiba al hombre no es más que una gigantesca
puesta en marcha de la materia para traer la Expresión al mundo, y no ya el
hecho de que la materia se ponga en movimiento, ni tampoco la necesidad de un
motor anterior, sino precisamente el objeto del propio proceso, la Expresión,
demuestra, a mi entender , la existencia de un Ser Más
Alto que la materia y el mundo.
Por
lo dicho habremos de rectificar aquella primera noción de vida, formulada
cuando todavía no conocíamos la comparecencia de la emoción. enunciando
ahora: Vida, o Manifestación del Mundo, es la revelación de un hacer que
tiende a traer el espíritu, o Expresión del Mundo, a la Tierra.
5.
DEFINICIÓN DE EMOCIÓN
Habiendo
probado que la emoción, o sentir estético, es un fin de la vida, un elemento
configurador del espíritu y una comparecencia que se da ya en las denominadas
formas biológicas inferiores, por lo menos a partir de los insectos, habremos
de sostener que los animales, en cuanto partícipes del sentir estético, son
partícipes del espíritu. A mi juicio, los escolásticos pensaban algo parecido
cuando hablaban de alma sensitiva.
Es
imposible imaginar una emoción material sin incurrir en contradicción. Desde
la experiencia de la cigarra que estridula en la tarde soleada, hasta el éxtasis
místico, pasando por el sentir sexual, no hay otra clase de emoción que la
espiritual, y esto por definición misma de la emoción. En efecto: si
consideramos el fenómeno biológico, en cuanto simple organización de la
materia, como una manifestación determinada y continua, según dijimos, y
recordamos al mismo tiempo la noción de comparecencia, entendida como el
contenido indeterminado y discontinuo del fenómeno, o sea, la aparición de
algo no implícito necesariamente en la organización de la materia,
concluiremos por definir la emoción como una comparecencia estética que se
revela a la manera de suceso completamente distinto de la mecánica biológica y
la relación estímulo y respuesta.
Por
consiguiente, la emoción es diferente de la sensación; tal vez su contenido,
pero jamás la sensación misma, como predican ciertos materialistas y
mecanicistas. El sentir estético no puede confundirse con ningún hecho mecánico,
aunque deba su advenimiento a la existencia de tal hecho. Tampoco puede ser
referido a la conexión estímulo-respuesta, si bien haya sinnúmero de
emociones que sólo advienen como respuesta a un cierto estímulo. El mecanismo
precisado para configurar y albergar la emoción es una cosa, y la emoción,
otra. El proceso generador de la emoción no tiñe ésta del color de aquél.
6. GRADOS DE EMOCIÓN. CARÁCTER IMPENETRABLE E INEXPRESABLE DEL SENTIR ESTÉTICO. EL CONTAGIO
El
sentir estético no se revela como una comparecencia idéntica en todos y cada
uno de los momentos del proceso que pone en marcha la materia, sino según
cierta ley de participación, como ya dejamos entrever. Desde el infusorio al
mamífero, las formas biológicas van aumentando su capacidad de albergar emoción.
Dentro del fenómeno humano, el sentir estético se muestra igualmente diverso,
de acuerdo con razas e individuos.
Empero
esta norma general de participación en grados, en cada instante procesal biológico,
en lo que solemos denominar “cada ser”, el sentir estético resulta
realización de lo indeterminado, y, por consiguiente, configuración de lo
particular e intransferible. En hondo sentido cabe decir que la emoción es
impenetrable e inexpresable en formas propias de otros sentires (memorial, eidético
y ético), y, sobre todo, en palabras que formulan juicios. Ello es debido a que
la emoción misma es expresión independiente, que tiene su fin en sí propia.
El
suceso emocional resulta, pues, cerrado. Ningún ser comunica su emoción, como
se comunica una fórmula; la expresa sencillamente, bien advirtiendo que
expresar la emoción es lo mismo que configurarla o sentirla. Así
hace el grillo cuando estridula; el niño, cuando llora; y toda la manifestación
de los seres, en cuanto se revelan como algo más
que una mecánica.
Ahora
bien; aunque ningún ser pueda comunicar su emoción, sí puede provocar la
emoción de otro ser mediante la expresión de la propia. El cuclillo provoca al
cuclillo, y la ménade a la ménade. A esto se llama contagio de la emoción,
uno de los sucesos más
típicos del sentir estético. A través del contagio, los seres que participan
de la misma emoción (por ejemplo, una loca alegría o cierta inequívoca paz),
se sienten unidos en lo particular, todos inmersos en la misma comparecencia,
formando un solo suceso concreto y como devueltos al origen. Ello ocurre porque
están poseídos por un solo sentir de igual grado, y, en último extremo, son
ese sentir.
7.
EL LOCO Y EL CUERDO. DIVERSIDAD CUALITATIVA DEL SENTIR ESTÉTICO
Puesto
que la vida, en cuanto organización de la materia, ha sido pergeñada para
traer el espíritu a la Tierra, conforme dijimos, y cada organismo como un
acumulador de sentires, por así
enunciarlo, hemos de convenir que la cantidad y la calidad de los sentires
dependen de la estructura y capacidad de los organismos. Por transmutación de
su esquema receptor, sea o no sea denominado sistema nervioso, un loco posee un
sentir eidético bien diferente del resto de los hombres; mas también, y según
imaginamos, un sentir estético, memorial y ético distintos. A mi juicio, el
loco no tiene trastocada solamente la razón, sino igualmente la conciencia
emocional, la del tiempo y la ética. Su anormalidad biológica impide la
comparecencia normal de espíritu, tal y como se ofrece generalmente en el
hombre. Por lo demás, es obvio que esto se predica lo mismo del loco que del
tonto, sirviendo para toda clase de humanidad alienada.
De
ahí
que el loco y el tonto resulten, en resumidas cuentas, espíritus realmente
extravagantes e insólitos, sucesos típicamente singulares, cuya comparecencia
causa extrañeza, por novedosa y original. Un agudo novelista podrá imaginar el
pensamiento del más
hondo de los filósofos posibles, mas nunca las ideas de un verdadero tonto,
acontecimiento que deberá
copiar forzosamente del natural. Por ello mismo, las anécdotas referentes a
dichos y acciones de tontos y locos colorean de originalidad cualquier relato.
La
diferencia de sentir estético entre la libélula y el hombre es de grado. Mas
la que hay entre el loco y el cuerdo, por así expresarlo, es de calidad. Esto
pretende decir que dentro de un mismo grado natural de sentir biológico puede
surgir diversidad cualitativa. Para aclarar tal afirmación conviene advertir
que el sentir estético es un todo, por lo cual no existe un sentir estético
superior a otro, sino, sencillamente, mayor o menor capacidad de albergar emoción
(diferencia natural de grado), y luego, aquella o esta emoción (diferencia de
calidad).
El
ejemplo del loco nos sirve para aventurar la enunciación de esta posible ley:
si un estímulo, o suceso exterior o interior, transmuta el esquema de
sensibilidad de un organismo, la emoción albergada por éste cambia de calidad.
Desde
muy antiguo el hombre conoce una serie de prácticas encaminadas a someter su
esquema sensible a deformaciones adecuadas para hacer surgir una emoción
novedosa por la cantidad y la calidad. Sin exageración ninguna puede afirmarse
que la historia de toda cultura es la historia misma del proceso que busca la
configuración de tales emociones, y, por consiguiente, una pesquisa del espíritu.
Un organismo desquiciado por la continua danza, o por la misma debilidad que
produce el hambre, se encuentra generalmente en situación de albergar ciertas
emociones que no podría acumular en estado de normalidad. La Orgía y el
Ascetismo se revelan, pues, como formas naturales de transmutar el esquema de
sensibilidad humana, a fin de producir el advenimiento de la emoción más
originaria.
8.
LA ORGÍA
Llamaremos
Orgía a la situación emocional lograda por el ejercicio de prácticas que
tienden a transmutar el esquema de sensibilidad mediante la disipación continua
e in crescendo. De ahí que la Orgía se inicie siempre a través de un rito, y
que, en principio, no sea otra cosa que rito o culto, como demuestran las
fiestas dionisiacas griegas y cuantas celebran otros diversos pueblos apegados
al espíritu de la Tierra.
Resultando
el sentir estético la comparecencia espiritual más
antigua, como sabemos, y siendo la Orgía una situación sustancialmente
emocional, se explica que haya aparecido en todos los lugares donde surgió el
hombre. El carácter colectivo del rito orgiástico hace posible el contagio de
la emoción, que pasa de uno a otro circunstante. Por lo demás, el fin
propuesto por el rito se alcanza a través de actos muy variados, casi siempre
en proceso creciente, como la danza continua, el disfraz de los oficiantes, el
tam-tam, la sangre de los animales, la fealdad de los ídolos, los bramidos,
ciertas drogas y humos, etc. La crueldad, como modo de deformar el sistema
sensible del hombre y hacer comparecer la emoción novedosa, es un elemento sine
qua non de toda orgía, y en ella tuvo su origen el sacrificio de las religiones
primitivas.
Sea
porque el ejercicio de tales prácticas afinen el esquema receptor, sea porque
se produzcan ciertas desconexiones nerviosas, sea porque surja un contagio
sensitivo de células menos receptoras, parece cierto que el hombre se siente
inundado de nuevas emociones, alcanzando a poseer otra representación del mundo
y cuanto se denomina real. Así goza inmensa alegría, ve sonreír las cosas,
advierte desaparecer la gravedad, halla comunicación con todo lo presente, cree
desprenderse del cuerpo, se experimenta unido a cierta identidad, penetra el
Cosmos, etcétera. A esto se llama advenimiento del éxtasis o entusiasmo, que,
en lo más
hondo, supone una captación o intuición sensible de la calidad estética del
espíritu, allí compareciente en el más
alto grado que puede lograr el hombre.
Eurípides
expuso en sus Bacantes un bello momento de esta acumulación de sentires,
diciendo así: “Mana leche la Tierra, mana vino y néctar de abejas, mientras
el aire parece perfumado con incienso sirio”. El propio Dionisio, con el
rostro alumbrado por la negra antorcha de la férula, crece en su carrera,
alienta los coros errantes, y, excitándolos con clamores, esparce al viento sus
bellísimos cabellos. Al mismo tiempo, y con grandes alaridos, exclama:
“Andad, bacantes; andad, bacantes, delicias de Tmolo, cantad a Dioniso,
celebrad al dios con sonoros tambores, gritando evoe con clamores frigios,
mientras las dulces flautas tocan las rápidas
danzas que se celebran en el monte. Gozosa la bacante, que, como potrillo que
pace la hierba, mueve en las danzas su pie ligero”.
Y
en otro pasaje: “Feliz el bienaventurado que, conociendo los divinos
misterios, les consagra su alma y purifica su vida, bacando en los montes y
celebrando los ritos de la gran Madre Cibeles, mientras agita el tirso y adora a
Dioniso coronado de hiedra. Andad, bacantes; andad, bacantes, que al dios Bromio,
hijo de un dios, a Dioniso mismo, acompañáis desde los montes frigios”.
(índice)