ENTREVISTA CON Miguel Espinosa

 

J.L. Precioso y Antonio Parra

publicada en El Urogallo, 1996

 

 

Con Miguel Espinosa nos lanzamos Antonio Parra y quien suscribe a campo abierto, camino de los cerros de Úbeda, de sierra Morena o de sierra España, que pilla más cerca; territorios lejanos o escasamente prácticos que, a fin de cuentas, también importan para ubicarse en ellos, para siempre o por un momento, tal como andan ciertas cosas cotidianas, la usura del tiempo, la comezón de los ánimos u otros asuntos similares.

Quiero decir que con Miguel Espinosa nos lanzamos a hablar de todo lo divino y todo lo humano, de los cielos y de los infiernos, de la visión y de la videncia, de la escritura de la representación y de la extrañada, la suya, situado como está en «la tierra de nadie», la tierra del escritor, quien por supuesto «ni es Dios, ni es hombre», como Espinosa dice.

Quiero decir que nos pusimos todos un poco escatológicos (ojo: acepción teológica, la de ultratumba, no la excrementicia), hablando de todos cuantos son obviados habitualmente, porque ya tiene bastante cada cual con ir tirando por los días como para estar además calentándose la cabeza, y ya es esfuerzo.

Después de explicar su división de la literatura en escritores videntes y visionarios, en escrituras de la representación y del extrañamiento (en su sentido de destierro), se sigue hablando de lo mismo, pero matizando. Espinosa acaba de explicar lo anterior. Antonio Parra, a bote pronto, le espeta: «¿Tú crees que la metáfora es una consecuencia directa del escritor visionario, o no es así?»

Espinosa― Lo que sucede es que el escritor de la representación, que dijéramos es el escritor. ..más «puro» ¿no?, que está menos en éxtasis, menos «contaminado»... al describir, por ejemplo, la batalla de Waterloo, usa también la metáfora, pero no tanto como escritor de la visión. Usa más la imagen y la comparación, mientras que el escritor de la visión no actúa así, precisamente porque toda visión es una metáfora en sí.

Reincidimos después en el tema del «extrañamiento», del «destierro» del escritor ante la realidad; Espinosa cuenta una experiencia muy peculiar: «Yo he hecho un proceso terrible para producir el extrañamiento, que no quiero volverlo a repetir. Es una experiencia que casi roza la locura. Me fui paseando por Murcia, un domingo, sobre la una y media de la tarde. Fui cogiendo frases sueltas de las gentes que estaban sentadas en las terrazas de los cafés y las iba anotando. Todo eso me produjo un extrañamiento con respecto a ese ambiente, porque eran frases sueltas; entonces oías: “...pues yo me pongo en el televisor”. Más adelante: “pues le sacaron los ojos”. Y otro más allá decía: “le quieren poner el pie en el cuello...”. “Bueno, esta tarde nos veremos”... Oía más allá otra frase: “Pues da igual que sean cuarenta o cincuenta”... Todo eso, esa desconexión, te produce un extrañamiento muy grande... Otra manera de extrañarse, que ya la practicaban los antiguos, con gran sabiduría, es el ayuno. Estás cinco o seis días sin comer y te vas a una carretera y te extrañas, porque con la debilidad (aunque el cerebro no se debilite) adquieres una gran lucidez, recoges todo aquello y te parece absurdo... Pero, en fin, no son necesarias estas mecánicas para extrañarse, porque la vida ya es suficiente como para estar extrañado... (Espinosa esboza la sonrisa). Entonces yo digo que el extrañamiento produce una máxima visión. Yo creo que el novelista tiene que extrañarse siempre, alejarse un poco del mundo.

Según los grados de extrañamiento, puede hacerse una novela psicológica, sociológica, antropológica, y en última instancia, que sería el mayor grado de extrañamiento, sería lo que yo llamo “novela teológica”, pero no porque hable de teología, sino porque ese extrañamiento tan grande es ya una visión global del mundo, te produce una última visión de las cosas...

 

LOS EXTRAÑADOS

Pregunta― Entonces, lo que tú llamas «escritor teológico» viviría en un perpétuo extrañamiento, en un perpetuo destierro...

Espinosa― Sí, claro, sí... Por ejemplo, el mayor extrañamiento que se produjo en un escritor, que dio a luz aquel libro tan extraño que roza la paranoia, es San Juan. San Juan se «extraña» y escribe el Apocalipsis.

            También, por ejemplo, otro escritor muy extrañado es Azorín. Y un escritor también extrañado y un visionario es Gabriel Miró, que describe como si viniera de otro mundo... Tiene un extrañamiento mucho mayor que Dostoievski, que no es un escritor extrañado, sino más bien un escritor social... Otro escritor visionario, a mi juicio, es Virgilio... Bueno, hay que precisar que los visionarios están mezclados en todos los tiempos... Un señor que no tiene nada de extrañamiento y que por eso escribe como quien hace estampitas es Valle-Inclán... Como Cela... Esos no están extrañados del mundo, no sufren, son como señoritos que les viene por la pluma...

Ahora, una cosa que debe quedar clara es que no hay diferencia de cualidad entre la representación y la visión. Hay escritores de la representación que son verdaderos genios como, por ejemplo, Tolstoi. Uno puede ser un genio en la representación y otro en la visión.

Miguel Espinosa recurre continuamente a ejemplos, a metáforas, a imágenes estrictamente literarias, para adensar las ideas que va desgranando. A veces, parece que habla como si escribiera, como si el aire que nos cubre fuera un amplio pliego en blanco, donde ir escribiendo la dimensión estética de las ideas.

Lo terrible ―sigue diciendo Espinosa― sería, por ejemplo, que Shakespeare hubiera escrito toda la historia de Romeo y Julieta... Teñiría de ironía y tristeza la escena del balcón...

Pregunta― …Puede ser terrible un viejo de 80 años intentando escalar la tapia para subir a... (Miguel Espinosa rompe a reír con risa contagiosa. La cierta tensión de las ideas anteriores se amortigua) ...Los padres todavía no hubieran accedido a esa edad a que se casaran y todo eso... Y, otro asunto, ¿qué es lo que salva al escritor? ... Porque por ese camino podría llegar al suicidio...

Espinosa― Pues al escritor lo salva, y quiero que toméis esto «en buena parte», como decían los antiguos, «en buena parte» le salva que es como un «testigo de Dios», son los ojos de Dios, y él está ahí necesitando al mundo un poco como testigo de Dios, porque tampoco es que un hombre esté dentro y afuera al mismo tiempo. Es que al extrañarse, se sale. Entonces, lo soporta.

Ahora, lo que no puede haber es un señor de 42 años, ejecutivo, con su brillante coche acharolado un poco más allá y él con los pantalones cortos en la playa, en el mes de agosto, y que al mismo tiempo se diga: «Yo soy un ejecutivo, con mis pantalones cortos, que ha venido aquí de vacaciones con mi coche acharolado...». Si es un ejecutivo no se ve así, y si se «extraña», se sale de lo ejecutivo... Los dos no pueden coincidir..., sería como eso que dicen los científicos de los «agujeros negros», esos donde desaparece la materia... Entonces, si se viera el ejecutivo y el extrañado de ser ejecutivo... entonces... ¡fiusss! (Miguel hace un gesto expeditivo)... un choque y la nada... ¡toommm! (Miguel ríe diciendo: ¡Claro!...).

Ahora, esta visión es de un tipo de escritor; no es que todo escritor tenga que ser así. Este es un tipo de escritor: el visionero. Homero, por ejemplo, escritor de la representación, tenía que ser un hombre alegre, un juglar que va por ahí cantando…

Pregunta― De alguna forma, hay bastante benevolencia al juzgar al escritor como «testigo de Dios» ¿no?...

Espinosa― Lo de «testigo de Dios» lo digo entre comillas. Sus ojos sufren como los ojos de Dios... está fuera... Es una angustia, porque ni es hombre, ni es Dios tampoco. Está ahí, como en una tierra de nadie. Su única satisfacción es que da cuenta del mundo. La Literatura lo salva.

Luego, otra cosa: es que al extrañarse del mundo, el mundo después es muy hostil. Entonces, el escritor (esto es muy bonito... una experiencia mía...) el escritor se refugia en su casa y entonces está manejando las palabras. Dante, por ejemplo, desde su habitación metió a todos sus enemigos en el Infierno... Bonifacio VIII y compañía... Y el mundo, en tiempos de Dante, era muy hostil... estaban en lucha los güelfos y los gibelinos... Él, desde su casa, los metió a todos en los Infiernos... Es un mundo que dominas... haces lo que quieres con las palabras. Luego sales a la calle y resulta que no puedes pasar porque hay un semáforo... Entonces, en el mundo de la palabra, el creador (pero no en un sentido venidero) hace lo que quiere, sin hostilidad de ninguna clase. Luego figuraos cómo es el mundo después. Es lo que digo (Espinosa sonríe) no puedes pasar una calle hasta que no se abra una luz verde.

 

CONCEPTO DE DIOS

 Pregunta― Recurres bastante al concepto de Dios... ¿para ti es una realidad, una entidad estética...?

Espinosa― Para mí Dios aparece como un límite, de la reflexión, de la sensación y de la visión... Es decir, como una intuición, como un límite... Te pones a reflexionar y ahí aparece Dios como en una sombra, algo, algo que tienes que llamar Dios... Para mí, Dios no es un «a priori»... En mí aparece como un límite, una angustia, esa referencia última. Entonces, yo no diría que existe o que no existe, sino que aparece, se manifiesta.