El ser de las cosas

Presentación de una exposición de pinturas y dibujos de Vicente Ruiz, 1981

 

 

Generalmente, el valor que vemos en las cosas es algo puesto allí por nosotros o por el Diablo, es decir, por nuestra conciencia, ese error y temor, o por la concupiscencia de los ojos, que tienden hacia lo que brilla y es nada. ¿Qué puede ver, en efecto, el timorato de espíritu en una botella de vino renombrado, sino lo que el Diablo ha colocado? El vino es lo dado, la naturaleza, pero aquel algo más que el vino, que deslumbra al timorato, es lo puesto en la botella; resulta claro que el timorato adora la botella por lo puesto, no por el vino, y en esto consiste el reino de la mímica y de lo hueco, el mal.

Nos preguntamos: “¿Hay cosas cuyo valor y virtud no sean consecuencias de aquel poner por nosotros o por el Diablo? ¿Hay cosas cuyo viso no nos engañe y nos conduzca a la nada?” La respuesta es afirmativa: los objetos configurados por el arte no son resultado de poner alguno; en sí mismos, ellos tienen. ¿Y qué tienen? Tienen ser y realidad: son la realidad que tienen, y tienen por el ser que poseen.

Cualquier interpretación de estas pinturas será inferior a ellas mismas, inacabables e inabarcables, y ello por encarnar precisamente la modestia del ser y de la necesidad. La serie de discursos sobre un cuadro, nace interminable, si el cuadro es arte. Quien hable, por consiguiente, de las pinturas que observamos, habrá de comenzar manifestando: “Es mi interpretación”. Esta afirmación no es expresión de la cautela, sino de la necesidad: el arte emana y no se agota.

En estas pinturas que vamos a contemplar, nada hay puesto por nuestra conciencia ni por el Diablo; encierran ser y realidad, son esto que está ahí, lo enteramente particular, la sintaxis de las apariencias, el hermoso fuera de las acaecencias, la figura irrepetible que existe bajo la forma canónica: la forma habita nuestro espíritu, pero la figura ocurre descubierta y mostrada por el pintor. Lo que vemos aquí resulta, pues, arte: reiteración de las esencias y mediación de unas con otras: el mundo.

Volvemos a preguntar: “Amén de los objetos de arte, ¿hay algunos otros que  no devengan efecto de aquel poner de que hemos hablado?” La respuesta también resulta afirmativa: se trata de las cosas que son vida o que son muerte. La vida posee su realidad y su ser, y la muerte, los suyos: no hay mímica ni oquedad en ellas. ¿A quién se le ocurriría sostener que la vida y la muerte han sido puestas por nosotros o por el Diablo?

He aquí, por tanto, que la vida, la muerte y el arte son la única realidad y el único reino del ser. Sobre ellos, el Diablo no tiene jurisdicción; tampoco nuestra vanidad ni nuestro temor. Ser vida es lo más profundo; después, ser arte; de la muerte no sabemos, sino su contundencia.

El cursi, el vulgar, el trivial, ponen realidad y ser en cosas que son nada, como aquella botella lujosa que hemos mencionado; de ahí la angustia que sus manifestaciones o exhibiciones nos producen: viven, en efecto, un mundo de mentirijillas: lo que no es.

Nosotros sentimos santo temor del ser y de la realidad; por eso amamos la vida y el arte, y pensamos, constante, en la muerte: son el misterio.