De Cartas Morales

Segunda parte de las cartas dirigidas a Mercedes Rodríguez (1973-1976)

 

 

  1. [Sin fecha]

  2. ¿Quién eres tú?” (poema)

 


  

Querida Merceditas:

 

Sin agotar la riqueza de su significado, podemos hablar de dos clases de realidad: la fáctica y la metafísica.

Llamo realidad fáctica a las condiciones que determinan y limitan nuestras acciones. Tales condiciones aparecen como lo dado, y, en consecuencia, como precedencia lógica y material de la acción. Para Dios no existe realidad fáctica alguna, ya que nada puede ser concebido como anterior a la Divinidad.

El peso del hierro, la expansión de los gases, el período de maduración de una fruta, con ejemplos de realidades fácticas en el mundo de los hechos; el salario de un obrero, los honorarios de un agregado de embajada, la reglamentación de la Hostería, son ejemplos de realidades fácticas en el mundo de los sucesos.

Llamo canon fáctico a las reglas que regulan el ser de una realidad fáctica. El volumen de la cal es el canon de la realidad cal respecto a una acción que implique mover o trasladar esa materia; el precio del alquiler de una habitación en un Hotel de Londres, es el canon de la realidad Hotel inglés respecto a la acción que suponga habitar en dicho establecimiento.

Llamo irreal, desde el punto de vista fáctico, a toda acción que no conozca su canon. En el mundo de los hechos resulta irreal pretender mover seis metros cúbicos de hierro con la fuerza de un solo hombre; en el mundo de los sucesos resulta irreal que un basurero intente cenar en el restaurante que frecuenta tu marido, Guerrero Sáez. Porque aceptan la realidad, los obreros renuncian a levantar con una mano el cargamento de un barco; tampoco quieren cenar en el mismo lugar que Guerrero Sáez. Si pretendieran lo primero, resultarían locos, y si lo segundo, delincuentes.

Un individuo, llamado Lodones, se presentó, no hace mucho, ante un taxista, y alquiló el automóvil para visitar cierta playa con una mujer, al parecer, ramera. Cuando llegaron a su destino, el tal Lodones, aparentando olvido del dinero, hizo pagar al taxista la comida y la cena de los viajeros. Luego que volvieron a la ciudad, Lodones pidió al taxista que condujera la mujer a donde ella indicara, mientras él esperaba en una cafetería. Así lo cumplió el conductor, y, cuando fue al lugar donde debía aguardar su cliente, verificó que éste había desaparecido. Tras buscarle durante tres días, lo encontró en la cárcel.

Esta historia es biográfica de un hombre irreal, desde el punto de vista fáctico, y merece ser recordada. Aunque nos entregáramos siglos a pensar y reflexionar, jamás llegaríamos a descubrir los motivos que determinaron la conducta de Lodones. Cuando una persona actúa desde lo irreal, la razón se ve sorprendida, o dicho de otra manera, no alcanza a prever ningún comportamiento. De ahí la angustia que nos produce asistir a la vida de quienes habitan este tipo de irrealidad fáctica.

No hace todavía un año, otro individuo, llamado Ponce, atracó un Banco en esta ciudad, arrastrando un botín de casi un millón de pesetas. Por mucho que te esfuerces, no lograrás descubrir el destino que dio al dinero. Pues lo empleó sencillamente en pagar una deuda que debía al propio Banco atracado. Ponce pretendía, a toda costa, sustanciarse como burgués honorable, y para lograrlo, devino atracador; o expresado de otra forma, prefirió exponer su vida antes que perder la buena fama e ingresar en el gremio de los sujetos informales y morosos. ¡Tal es el resultado de la presión del mundo burgués sobre un hombre que habita lo irreal!

Hemos sabido de gentes que han robado para disponer, para gozar, para afrentar, etcétera; pero jamás hemos podido imaginar que alguien robara para pagar al propio dañado.

Dejando aparte estos delincuentes, hablemos del soñador, individuo que también vive en la irrealidad fáctica. Llamo soñador al hombre que parte de ciertas premisas y concluye sin valorar las condiciones de materialidad, y por tanto, de contingencia, que hay en los elementos que maneja. El soñador construye juicios puros con objetos que, por definición, no son puros; opera, pues, con abstracciones en un mundo de términos concretos. Yo no creo que cometa un error de cálculo; más bien cabe sostener que actúa desde intereses e intenciones; quiere que la conclusión resulte como le conviene, y para ello arregla u olvida las cualidades de las cosas. Su mente obra, como es natural, con mayor rapidez que todos los hechos posibles; alcanza enseguida las conclusiones que ama, y se regodea en ellas. La realidad se convierte en una comparecencia paralela a sus ideas, con las que jamás tendrá un solo punto de contacto.

Conoces, indudablemente, a muchos soñadores. ¿Habrá especie más indigna y peligrosa? Se sientan, reflexionan, sonríen, y se ven logrando cuanto pretenden; te cuentan sus sueños y te obligan a creerlos, a veces con violencia.

El soñador se ama a sí mismo más que a nada en el mundo; trata de su persona, narra su historia, refiere sus proyectos. Para que sus anhelos puedan cumplirse sin impedimento alguno, se rodea de irrealidad y se sumerge en ella, engañándose a sí propio. ¿Recuerdas cuando C S, con delectación a flor de labios, entornados los párpados y gozoso el rictus, explicaba a sus víctimas, obligadas a escucharle, sus futuros éxitos, siempre dinerarios? En aquellos horribles sueños, los hechos fluían con perfecta génesis, sin roces, y las conclusiones surgían como hijas de la más pura lógica.

El loco es otro importante habitante de la irrealidad fáctica, juntamente con su émulo, el necio. Cuatro cosas me asombran en el loco: la evidencia total y feroz que posee de sus convicciones, el uso constante que de la mentira hace, la continua tortuosidad de su conducta y la perfección estructural de su razonamiento.

Aquel P P que Conociste, me contaba, hace poco tiempo, que le perseguían los judíos, porque sabe que ellos dirigen el mundo y porque ha visto, además, a uno de los cinco conductores de los sucesos terrestres, precisamente habitante de esta ciudad. Recordando los ojos de P P, la sonrisa de sus labios y la expresión de su rostro, puedo asegurar que jamás contemplé un hombre más convencido de la verdad de sus aserciones; mientras hablaba, parecía hacer concesiones a un tonto o quitar la máscara a un malvado, que tal podía resultar quien escuchaba, según la actitud del confesante. Era claro que yo observaba una evidencia voluntariosa, inconvencible de lo contrario, enteramente psíquica, arrogante y dispuesta a llegar a la crueldad sin apelación posible; una evidencia repugnante, que producía la misma turbación que la visión de ciertos coleópteros. ¡Qué poderío mostraba allí lo irreal y qué impotente y descalificada se sentía la razón ante ello! La Inteligencia se angustia ante Satanás, encarnado en la mofa que supone la afirmación rotunda de lo irreal!

Digamos, pues, que el loco se diferencia del cuerdo en poseer evidencia sagrada de sus afirmaciones. Para la elaboración, conservación y perfección de su irrealidad, el loco necesita que sus premisas resulten verdaderas; por eso las sostiene con toda su energía psíquica y física, gozándose en ellas; y por eso, también, cuando encuentra alguna condición no coherente con su general sistema, la cambia, sencillamente mintiendo.

La mentira del loco no tiende a engañar a nadie sino a custodiar y completar el apartado de irrealidad donde habita. Así como ciertos insectos construyen la envoltura que los ha de transformar en crisálidas, así el loco configura con sus mentiras su propio habitáculo, en defensa de su irrealidad. Cuanto más miente, posee, por ello, más verdades.

La cantidad de mentiras que acopia un loco puede llegar a formar un mundo de utopía, totalmente nuevo y distinto del real, donde todos los objetos resulten insólitos. Esta utopía de lo irreal, sin mezcla de realidad alguna, deviene visión demoníaca, y, en consecuencia, angustiosa. Porque, aunque las utopías sean construcciones imaginativas de lo no existente, ninguna se refiere a lo irreal, sino a lo no dado hasta el momento en el mundo. En cierto sentido, cabe concebir los Infiernos como utopías de lo irreal.

Por cuanto la mentira es algo particular, hemos de admitir que la irrealidad del loco pertenece al reino de lo particular, no de lo universal ni general. Así, pues, hay tantas irrealidades como locos; la imaginación filosófica, combinando todos los elementos dados en la estructura pensamiento, y trabajando durante milenios, no podría ofrecernos un solo instante de la irrealidad de un loco. De ahí que esta irrealidad nos sorprenda y angustie irremediablemente; y de ahí, también, que la Inteligencia se turbe ante suceso semejante las combinaciones que podemos hacer con ellos; imagínate, también, las infinitas mentiras, o falsos objetos, que pueden sustituir a cada objeto real, y tendrás las infinitas irrealidades que cabe concebir. Se trata de todos los mundos posibles e imposibles, combinados de todas las formas posibles e imposibles. Frente a un espectáculo tal, la razón se considera una pura limitación.

El Derecho Procesal ordena que las demandas expongan primeramente los hechos, y luego, los fundamentos de Derecho, que han de adaptarse a aquellos. Esto quiere decir que, dados los hechos como objetos inmutables, ha de buscarse el derecho correspondiente. Es natural que haya de guardarse tal prelación, pues, si fuera al revés, y pudiéramos adaptar los hechos a los derechos, siempre lograríamos el derecho pretendido, inventando sencillamente los hechos. Por ejemplo, para acceder a la acción del acreedor contra su deudor, nos inventaríamos un deudor, cosa que, por así expresarlo, sólo dios puede hacer.

Pues bien: el loco invierte ese orden natural, creando tranquilamente los hechos con sus mentiras, para acoplarlos a su derecho. Así configura situaciones y sucesos, de acuerdo con su conveniencia; inventa intenciones, voluntades, etcétera, hasta pergeñar la irrealidad que le interesa. Pero como toda ficción pura es difícil, aprovecha los elementos de la realidad, si bien transformándolos; si pasamos por la calle donde habita, dirá que estamos espiándole; y si dejamos de pasar, afirmará que nos escondemos. Tal es lo que se llama una interpretación constante y fluyente del mundo, contra la cual puede la razón.

Podemos tener un conocimiento cierto de la exterioridad porque cada hecho resulta un ser fijo, que no muda; si los hechos cambiaran a cada momento, nada podríamos conocer. De ahí la angustia que produce a la razón el mundo del loco, configurado por una entelequia variable, por una materia que se acomoda constantemente a las intenciones. La irrealidad que habita el loco consiste, por ello, en el reinado de lo psíquico sobre lo permanente, y de lo premeditado sobre lo objetivo.

El uso de la mentira es la garantía que posee el loco de la ductilidad, maleabilidad y fluidez del mundo; o expresado de otra manera: el aval de la persistencia de su irrealidad. Arrebátale a un loco su mentira y verás aparecer la irritación, la desolación y hasta el espanto. Cuantas veces lo he logrado, me he hallado ante un ser horripilado y devenido a la total zozobra. Esto nos conduce a la conclusión de que, así como la verdad jamás defiende ni patrocina, así la mentira siempre ampara un sujeto o salva un interés. Por ello resultaría superficial sostener que el loco miente por mentir, o que sus mentiras son gratuitas. Detrás de ellas hay una voluntad, un deseo imperioso, una necesidad de que las cosas sean como se dice.

Contemplado desde la interioridad de sus razonamientos e intenciones, el loco parece menos loco de lo que aparenta. Conocidos, en efecto, los términos que maneja su juicio, podemos seguir el proceso conclusivo y descubrir por qué afirma esto y lo otro, por qué crea esa mentira y por qué niega aquella verdad. Si hacemos tal, descubriremos, no sin espanto, que el loco es un malvado, y ello porque obra desde premeditaciones y emplea siempre la mentira. Este acercamiento al loco es uno de los sucesos más dolorosos y terribles que podemos vivir, y no sé hasta qué punto será lícito para un santo, pues, en cierta manera, equivale a colocar la razón en la esencia misma de la locura y observar con total frialdad el repugnante espectáculo del dominio absoluto de la psique, libre de las sagradas condiciones de la objetividad del mundo. Así como parecería inicuo que un dios analizara implacable los comportamientos de un pequeño burgués satisfecho y engolado, como G S, pongo por caso, y que esa divinidad se regodeara, instante por instante, en la disección de tanta miseria y contradicción, así parece ignominioso que nos instalemos en la interioridad del loco y sigamos desde allí el proceso de sus reflexiones y conductas. El espíritu religioso no debe permitir una cosa tal, pues, si del loco olvidamos la demencia, colocándola entre paréntesis, sólo hallamos maldad, y un encuentro con la maldad pura, convertida en comparecencia totalmente subjetiva y libérrima, equivale a visitar las tinieblas. Por eso, quien trata a un loco como cuerdo, tórnase también loco.

Llamo tortuosidad al resultado de pretender adaptar los hechos a la intención de la psique. El que miente para cambiar lo pasado, el que siempre interpreta, el que habla para ser interpretado, el que se guarda la última exégesis de su palabra, el que dice y no dice lo que expresa, el que espera el acaecimiento para dar final sentido a sus vocablos, el que razona un mal instinto, y no lo expone como tal; el que pretende justificar una avidez, el que no reconoce una pasión, el que intenta un principio para acoplarlo a una conveniencia, el que miente a otro sobre un acto que realizaron juntos, el que muda el trato que da a los hombres, según éstos se engrandezcan o mengüen socialmente; el que busca alguien que cargue con sus culpas, creando una cadena de objetos culpables, referidos unos a otros; el que acepta la explicación más extraña y menos inmediata de un hecho, teniéndola como más probable; el que se contenta con la versión menos racional y más inverosímil y complicada de los sucesos, el que ve propósitos en trances que de por sí resultan claros, y se agotan al surgir, sin poseer mayor trascendencia, es tortuoso.

Según lo expuesto, cabe definir la tortuosidad como la comparecencia y multiplicación de entes irreales en un sistema de entes reales. Supongamos que Pedro pide a Juan la devolución de un libro prestado, y supongamos que Juan responde así:

«El libro está en mi biblioteca, no lo niego, pero tengo dudas sobre la clase de título que me permite poseerlo. Debes admitir que jamás pedí ese libro; por el contrario, tú me lo ofreciste, insistiendo en que lo recibiera. Por consiguiente, no existe préstamo, ya que la esencia del mismo consiste en la aceptación de la cosa por el prestatario, cuya voluntad ha de ser explícita en ello. No digo que se trate de una compra, porque no hubo precio; tal vez se trate de una donación o de una dación en pago, aunque, por el momento, tampoco cabe sostener estas tesis...»

Como habrás podido observar, entre los objetos libro, préstamo y devolución, todos reales, Juan ha interpuesto una serie de objetos irreales, cuyo fin es acomodar los hechos a su conveniencia, la apropiación del libro.

Ante la tortuosidad, la razón queda como el pajarillo frente a la serpiente: hipnotizada y desamparada por la presencia del mal; luego se entristece y decae por la contemplación de lo demoníaco. Porque la tortuosidad es una de las formas en que se muestra la demoníaco, y, por consiguiente, una fuente de angustia para el espíritu. Aquí acaece la tríada que ya conoces: se angustia el tortuoso, se angustia su víctima y se angustia el contemplador. Tal sucede cuando aparece Satanás como ser del mundo.

El loco, naturalmente, es tortuoso, porque crea su entorno con la mentira; pero también lo son los menos locos, gentes con quienes tratamos a diario. El ejercicio del Poder vale como un juego de tortuosidades, una constante y amañada interpretación de los hechos en beneficio de los que mandan. A mi juicio, la obra de Kafka es una descripción de la tortuosidad que habita el universo, y del desamparo del hombre puro ante ella. ¿Qué otra cosa parece el protagonista de El Castillo, sino la encarnación del desamparo de la razón ante las infinitas complicaciones y las interminables implicaciones de lo irreal? Habrás observado que los personajes de Kafka transcurren la vida razonando y razonando; operan así por existir en un mundo tortuoso, pues la total tortuosidad es el total razonamiento.

Hay una forma sutil e inadvertida de tortuosidad, que tengo para mí como la más repugnante. Ocurre cuando un individuo trata de dar sentido a su pasado, basándose en un hecho del presente. Hacia el año de 1966, G G H, y su esposa, que vivían en Madrid, decidieron regresar a Murcia, porque a ella le placía más esta ciudad. Hasta el año de 1971, G trabajó aquí como pudo, buscando clases a domicilio y explicando en los Institutos de Segunda Enseñanza. En el año de 1972 logró entrar en la Universidad local, donde, tras las correspondientes sumisiones e intrigas, alcanzó el empleo de profesor adjunto, numerario y remunerado. Pues bien: Hacia el año de 1973, la esposa de G H declaró que su marido sabía lo que hacía cuando abandonó Madrid, siete años antes.

En este caso la tortuosidad consiste, como habrás advertido, en desvirtuar un hecho tan contingente y casual como el logro de un empleo, convirtiéndolo en un significado, y en extender el sentido de ese significado a todo el pasado, cuyas múltiples contingencias se transforman así en trascendencias ordenadas a un fin.

Que la tortuosidad pretenda teñir el pasado del color de un hecho actual, es algo que me exaspera particularmente. La angustia de la razón se duplica aquí, desamparada ante el cinismo de la psique, que intenta mandar sobre lo ya sucedido, mudándolo en propio beneficio.

Hablemos finalmente del razonamiento del loco. P P sostenía que los judíos querían matarle o encerrarle en un manicomio. Yo le objetaba, le exponía mis puntos de vista, y las respuestas eran siempre coherentes. Su razonamiento resultaba estructuralmente perfecto y sometido a las reglas de la lógica, lo cual me espantaba; solamente sucedía que los conceptos representaban objetos irreales, como los del soñador C S, pues, no en balde, el soñador es una especie de loco. Si la demencia consistiera en el olvido del razonamiento, en cuanto algo formal o adjetivo, el loco no podría contestar a ningún porqué, ni, en verdad, a pregunta alguna. La locura, en este caso, sería un constante delirio, una enunciación de sinsentidos, por lo cual jamás podríamos narrar las cosas de los locos ni repetir lo que dijeron.

Esto quiere expresar que, en el hablar del demente, los objetos son falsos, pero no el discurso. Por eso, muchas veces creemos a los locos. En efecto, la proposición «los judíos quieren encerrar a P P en un manicomio» no es procesalmente falsa, y si a cierto Poder le interesa sustentarla y extenderla, puede llegar a transformarse en un apotegma válido para las multitudes. ¿Pretende ello significar que algunas doctrinas, profesadas por millones de individuos durante decenios, e incluso durante siglos, no han sido más que discursos de locos? Así es con toda verdad; recordemos las teorías de los juzgadores de brujas, de los valedores de la fe católica y cristiana, de los nazis, y, por señalar nuestros días, el credo de la secta llamada Opus Dei, tan cercana a nosotros y tan alejada del futuro. Satanás ha señoreado el mundo por medio de figuras individuales y a través de formas colectivas de acción y pensamiento. La demencia no fue un acaecimiento simplemente personal, sino también social; en mil ocasiones, la angustia hízose contenido comunal, como hemos podido ver con el nacimiento y desarrollo de los fascismos, triunfo de la irrealidad más peregrina.

 

* * *

 

 

 

¿QUIÉN ERES TÚ?

 

¿Cómo te atreviste

a ser áspero conmigo,

que jamás levanté el brazo

al Cielo para saludar a un General,

ni me senté a mesa presidida

por su efigie, ni comí de sus viandas,

marcadas con el Víctor de crímenes,

negaciones y ofensas a toda verdad,

toda bondad y toda belleza?

¿Quién eres tú?

No sólo habitas el denso vómito

de tu Salvador, el General,

sino que aún te permites asperezas

conmigo, que únicamente tengo un Salvador,

señalado por el dedo de mi madre:

mi Señor Jesucristo.

¿Quién eres tú?

No sólo chupas de la mentira

y la necesidad, que siempre sirven

a un Amo, bajo el nombre de eficacia,

sino que decides lanzar un escupitajo

de whisky sobre la Inteligencia.

 

*

 

Hombres caderosos y ventrudos,

vestidos de pantalón militar

y cruz gamada al brazo,

fueron ásperos.

Pero Bizancio les venció,

y también los tenderos de Kansas.

Quisieron la aspereza para lograr

la fuerza: tal es la mímica del débil,

del huérfano de afecto.

En su hogar pordioseaban una mirada,

o tal vez de una furcia, pagada

con dinero del Partido.

Bizancio les venció,

y también los tenderos de Kansas.

(Gracias a ellos, yo puedo escribirte,

sin miedo, así.)

Su propia mímica les ofrecía

lo real disfrazado conforme

a su mímica convenía.

Así, de las cosas según el Logos,

hicieron las cosas según el Partido.

Mas la filosofía muestra

que la filosofía deja las cosas

como están, si bien conceptualizadas.

Eso significa que todos

los sucesos y hombres son un Algo,

que es el Mundo, y que, desde allí,

debemos interpretarlos, si hemos

de hacer teorías; no, precisamente,

desde lo que dice el Partido,

o nuestra debilidad y temor.

Los campesinos rusos aplastaron

con piedras las cabezas de los ásperos.

Los tenderos de Kansas, mascando chiclé,

les hirieron, desde el aire, por la espalda.

No hay débiles a priori, como quieres;

nadie puede ser despreciado por quien

precisa despreciar para configurarse

sustancia linda e importante.

(Se demostró que orinar sobre inoxidable

no es superior a orinar sobre barro,

sino una triste diferenciación.)

 

*

 

Esto me enseñó mi madre:

no digas débil, inferior, a nadie.

No necesites maltratar para ensalzarte.

Tal vez tengamos derecho a insultar,

a matar, pero nunca a ser ásperos,

que es un apriori de desamor a lo creado.

Se describe la aspereza como atributo

extenso del lacayo. (Habrás observado

que todos los ujieres transmutan inferior

a quienes advienen a sus mesas con el solo

poder de la palabra que pregunta.

Ciertamente, los ujieres experimentan

necesidad de engrandecerse.)

Esta es la dialéctica

Del Amo y del Lacayo:

que la aspereza

expresa la seguridad

que por tener Amo siente el Lacayo.

 

*

 

En el Día del Gran Juicio

habrá, sin duda, dos conjuntos.

En el uno se hallarán los ásperos,

completamente separados,

con la cruz gamada de señal

sobre la frente.

En el otro, los pecadores y los justos.

Aquel Día estaré en el segundo conjunto,

con los pecadores y los justos formaré

una clase, porque no desprecié a priori

ni hubo para mí inferior necesario.

Tampoco tuve Conductor, Führer, Caudillo

ni Salvador alguno,

excepto mi Salvador Jesucristo.

Ningún General me nombrará tribuno,

nuncio del General ni su Agente,

porque no sé alzar una copa

en la fiesta onomástica del Conductor.

No es esto ley moral en mí,

ni imperio de ninguna voluntad,

sino cumplimiento de la determinación

que mi madre puso en su parto:

Sin duda, ella no me parió para

que levantara el brazo ante un General.

La maldita altivez del áspero

ultrajó así el parto de mi madre.

La Inteligencia llama a esto

lo que en modo alguno se puede

tolerar, aunque cien Caudillos

y Salvadores den seguridad al Lacayo.

 

 * * *