“¡Qué más quisiera yo que ser Azenaia!”

 

ANGEL MONTIEL

Diario La Opinión, Murcia, 1990

 

Para ubicar a Mercedes Rodríguez en la vida y el mundo espinosiano, no hay otras palabras que las del propio autor en el pórtico de su Escuela de Mandarines. Son éstas: "A Mercedes Rodríguez García: realmente compuse con larga paciencia estas historias de mandarines; pero tú también las esperaste con larga paciencia. Desde que comencé a escribirlas las destiné a tu persona; así como eran y así como son y están hechas, quieren honrarte y nombrarte con constancia. Quienes nos rodean suelen afirmar que, ante ti, digo mejor de cuanto de mí puede esperarse; con ello pretenden significar que tú me inspiras, lo cual tengo por el más alto valor que vale".

Pregunta. -¿Cómo era humanamente Miguel Espinosa?

Respuesta. -Miguel habla constantemente en sus libros del amor por lo que considera inocente, espontáneo, no premeditado, de esa especie de ternura recíproca entre los seres; seres que no tuvieran una propuesta de ambición capaz de entrañar nada malo para otros. Era una persona muy compleja en muchos aspectos, muy responsable de su mundo entorno y con un enorme sentido del humor. Un humor que en el trato humano aparece como candoroso y fácil de aceptar, pero convenientemente tratado en el campo de la literatura podía resultar terrible.

P. -¿Cómo valora usted su extrañamiento?

R. -Por tener unas dotes tan espléndidas como pensador, Miguel tiene una noción del mundo originaria y extensa. Los afectos son lo particular, y las ideas lo universal. Una persona excepcional es difícil que pueda hallar más allá de las paredes de su casa una experiencia más novedosa de la que ya tiene. Miguel no era mundano; vivía la vida muy parsimoniosa y extensamente, diría yo que muy sensualmente.

P. -¿Es cierto que hablaba como escribía, sin que el oyente percibiera una pizca de pedantería?

R. -Obligaba a pensar casi con el mismo sentido que su literatura. Su castellano es absolutamente preciso, lo cual exige un caudal de conocimientos, y tan desprovisto de lo sobrante, claro, muy sintético y simplificado, que así resultaba también su conversación.

P. -En su obra parece asomar una cierta religiosidad. ¿Cómo era Miguel en este aspecto?

R. -Más que religiosidad, trascendencia. Mientras el mundo sea misterio, no se puede dejar de ser piadoso ante la vida. Ese puede ser su matiz frente a la mundanidad. No sé si arriesgo mucho al decir que Miguel no era un hombre religioso, si esto lo relacionamos con lo cristiano.

P. -Usted era su musa.

R. -Negarlo es una batalla que tengo perdida, pero nadie es la musa de un escritor. Quizá yo era su coartada. Miguel no tiene más remedio que referirse a mí porque he pasado muchas, muchísimas horas oyéndole hablar de Spinoza o Niestzche, y hasta me he permitido, con una impertinencia fuera de lugar para mis conocimientos, refutarle. He sido testigo y provocadora a la vez del pensamiento de Miguel.

P. -Por cierto, un tema sugerente: Miguel Espinosa y las mujeres.

R. -Miguel ha estado muy fascinado por las mujeres, muy pegado a ellas, y las consideraba misterio. Cuando quiere salvar las cosas inocentes siempre habla de las mujeres y los niños, a pesar de que luego descubra a las mujeres de La fea burguesía, donde ve la mueca de las mujeres. Ese es el tipo de mujer que él desprecia; creo que hasta le costó aceptar la idea de la mujer laboralmente emancipada. Un hombre enamorado no desea que su mujer ejerza un trabajo enajenante, sobre todo cuando los dos laboran por lo superfluo. En ese sentido, me parecía muy tierno que él creyera que era necesidad de los hombres ahorrar a las mujeres la penosidad del trabajo.

P. -¿Cómo se vive sin la presencia física de una persona con la que se ha tenido una experiencia tan intensa?

R. -Para mí, Miguel es una constante apelación. Es una constante ausencia que, constatada minuto a minuto, resulta una presencia. Veo discurrir el mundo y la vida estableciendo como referente la serie de instrumentos que él me dio para poderlos analizar. Pero... esta oquedad no es agradable.

P. -¿Cómo conoció a Miguel?

R. -Desde niña buscaba a maestros, a intelectuales, gente en la que encontrar, a través de la palabra, alguna suerte de sugestión. Un azar especial me llevó a Miguel. Fui yo la que me acerqué a él. Estábamos en el café Santos: él escribía y yo leía. Estaba sola, recién desplazada a Murcia. Me levanté para ver lo que escribía y me fascinó tanto que, a partir de ahí, se inició nuestra relación. Él iba a esperarme a mi salida de la Universidad, me leía lo que escribía, me obligaba a hacerle una crítica, y me hacía preguntas. Cuando quería animarme, me decía que estaba a una gran altura, y si no, que era una tonta.

P. -Y así se convirtió en Azenaia Parzenós.

R. -Yo no vivo los personajes que Miguel traza en sus libros. ¡Qué más quisiera yo que ser Azenaia! Ahora ya soy una persona de no muchas luces. He tenido a lo largo de mi vida, escasamente dichosa, un momento, un largo momento de luz: mi relación con Miguel Espinosa. He tenido esa suerte, aunque suerte sea una palabra muy frívola.