Murcia, 23 de abril de 1975
Milagros Laín
Madrid
Mi querida amiga:
La muerte de José Luis Alemán no es algo que yo pueda olvidar. Después de Pepe Viudes, y juntamente con Salvador Montesinos, he sido, creo, su más cercano amigo en la época juvenil. Nos conocíamos desde los doce o catorce años; parece que lo veo, ahora, con sus maneras lentísimas, levantarse a recitar la lección en el Colegio de los Maristas. Viví su niñez, su adolescencia y su primera juventud. Cuando estudiábamos Derecho, pasábamos noches enteras hablando; intentábamos asomarnos a las cosas. Fue mi padrino de boda y el padrino de mis hijos.
Era especialmente reflexivo, sentía cierta tristeza de descubrir la raíz de las cosas; razonaba mil veces un tema, lo enjuiciaba todo. Me enseñó mucho: por ejemplo, a tratar a una mujer como si la conociera de siempre; no pudo enseñarme, por mi incapacidad, a amar a los amigos y a moverme por razones puramente éticas: él sabía hacerlo. Hacia 1961, en un viaje que hizo a Murcia, desde América, me encontró en la total destrucción: me llevó a Madrid, me ayudó como ninguna otra persona, cosa que jamás he olvidado.
Desde la muerte de José Luis siento que el mundo ya no es, como si dijéramos, el ser que yo conocía. Contemplo la luz, veo las gentes, oigo los ruidos, y siento que en esa contingencia falta un componente: la existencia de mi amigo. Es natural que yo experimente así, ya que la muerte de José Luis es también la muerte de muchos años de mi vida. Ha muerto él y parte de mí. Sin duda que Pepe Viudes debe sufrir esta sensación redoblada.
José Luis y yo hemos sido hombres muy desamparados desde casi nuestra adolescencia; además, tuvimos la mala suerte de abrir los ojos en una sociedad que pretendía restaurar el feudalismo de los terratenientes y de los apellidos. El tema del desamparo, expuesto de mil maneras, era su constante preocupación. Yo he sido tan realmente irresponsable, tan alegre y confiado, que apenas hace un año que advertí mi desamparo. El, sin embargo, me hablaba de esta cuestión cuando teníamos veinticinco años.
José Luis iba al colegio como huérfano de padre; su hijo, que tiene once años, según me han dicho, irá también al colegio como huérfano. Esto, que para otras personas podría ser motivo de melancolía, me sirve a mí de fortaleza. En la situación del niño veo cierta grandeza: un retorno del ser del padre y de la dureza que para él fue la vida. Me complace imaginar que tu hijo poseerá las maneras lentas y el carácter reflexivo de José Luis. Y siento este deseo porque empiezo a amar, desde ahora, a ese niño: es el intento de sustituir al amigo y de restaurar, en su ausencia, mi existencia.
La dureza que la vida significa para algunos, no reside en la vida misma, sino en el talante de esos algunos. Con un talante como el de José Luis, la vida tenía que resultar siempre dura, porque la reflexión, la bondad, el constante instinto ético, la complacencia en la palabra, el juicio sobre la existencia, el recreo en ser, la observación perenne, el perdón continuo, la benignidad, la paciencia, la concordia, en cuanto modos de nuestro ser, son comparecencias que sólo pueden traernos males y tristezas.
Me pregunto qué significado ha tenido la existencia de José Luis, por qué ha venido al mundo, por qué ha muerto mientras viven tantos malvados, etcétera. Muchos dicen que estas preguntas no se deben formular, porque son falsas cuestiones; otros afirman tener la respuesta; y otros, finalmente, sostienen que no existe respuesta. No seré yo tan tonto como para decir que tales preguntas no pueden hacerse, pero tampoco tan insensato como para contestarlas con simples palabras, dando una respuesta o aseverando que no la hay. Por tanto, me limitaré a mantener las preguntas. Del silencio que sucede a ellas, surge una perturbación que me inunda.
Me alegra sobremanera saber que la muerte de José Luis fue inconsciente y sin dolor ni saber de ella. Esto ha sido un bien sin límite; como sabe Pepe Viudes, yo deseaba que así ocurriera.
Contéstame, te lo ruego. Un abrazo:
MIGUEL ESPINOSA