JM López Nicolás en la Academia por el Prof. Dr. D. Francisco García Carmona, académico numerario

Columna de la Academia publicada en el Diario La Verdad el 9 de diciembre de 2017

La Academia de Ciencias de la Región de Murcia tiene entre sus fines la difusión de la Ciencia y sus aplicaciones (Artículo 1 de su Decreto de creación, año 2001). Esta finalidad tiene un exponente en la colaboración entre la Academia y el diario La Verdad con el nacimiento de la Columna de la Academia el 7 de septiembre 2002, que sigue saliendo todos los fines de semana al encuentro con los lectores con un tema relacionado con la ciencia.

El lunes próximo 11 de diciembre, la Academia organiza una conferencia de divulgación científica y, qué mejor conferenciante que el Dr. José Manuel López Nicolás, profesor de Bioquímica y Biología Molecular y coordinador de la Unidad de Cultura Científica de la Universidad de Murcia.

Jose, para los amigos, es un brillante investigador con más de 100 publicaciones en revistas científicas de alto impacto. En el año 2011 inició una aventura en el campo de la divulgación científica con la creación del blog Scientia, donde trata temas sobre alimentos funcionales, etiquetado de alimentos, aditivos alimentarios, alimentación y salud, homeopatía, quimiofobia, cosmética, publicidad en alimentación, etc. con un lenguaje fácilmente comprensible para sus lectores sin perder rigor científico. Este blog ha conseguido todos los premios posibles: Tesla en 2012, Bitácoras en 2013, 20blogs en 2014, ASEBIO a la divulgación científica de la Biotecnología en 2014, a la mejor web La Verdad 2015, en 2016 ASEBIO le ha concedido el premio especial del jurado a toda su trayectoria divulgativa y ha sido nombrado Socio de Honor ENAE Business School 2017.

Además, asiduamente participa en radio, televisión como en el espacio de “Ciencia en la cocina” en el programa Orbita Laika de TVE o en el nuevo programa “Dame veneno” de movistar +, y en prensa, con su quincenal colaboración en el Diario La Verdad. Ha publicado varios libros de divulgación, como son:” Nuevos alimentos para el siglo XXI” (2004), “Vamos a comprar mentiras” (2016) – ya en su 7ª Edición- y “Reacciones cotidianas. La química en el día a día” publicada por El País (2016) en la colección Descubrir la ciencia.

Es socio fundador y primer presidente de la Asociación de Divulgación Científica de la Región de Murcia.

Esta actividad se complementa con conferencias a lo largo y ancho de geografía española para atender peticiones de universidades, institutos, museos científicos, congresos específicos de divulgación científica o de nutrición etc.

El día 11 en el Aula de Cultura de Cajamurcia a las 19.30 podremos asistir a su conferencia titulada “Ciencia, divulgación y vida”.

Otra geometría es posible por el Prof. Dr. D. Luis José Alias Linares, académico numerario

Columna de la Academia publicada en el Diario La Verdad el 2 de diciembre de 2017

La geometría (del griego, geo=tierra y metría=medida) es la parte de la matemática que se ocupa del estudio de las propiedades métricas de las figuras en el plano o en el espacio. Desde los tiempos de Euclides (siglo III a.C.), y durante casi dos mil años, se habían estudiado las propiedades geométricas de las figuras planas y espaciales, pero siempre dando por hecho que se encuentran contenidas en el espacio ambiente. Sin embargo, desde el punto de vista intrínseco la presencia de dicho espacio ambiente es innecesaria y es sólo una imposición de nuestra propia naturaleza física. El punto crucial aquí fue la observación hecha por Gauss (1777-1855) en 1827 de que la geometría intrínseca de una superficie depende única y exclusivamente de la manera de medir en la superficie.

 

El descubrimiento de Gauss implicaba, entre otras cosas, que sería posible imaginar una geometría, al menos en dimensión dos, sin necesidad de depender del espacio ambiente euclídeo. Sin embargo, Gauss no disponía de las herramientas matemáticas necesarias para desarrollar sus ideas, y sería su estudiante Riemann (1826-1866) quién lo hiciera en su famosa tesis de habilitación, presentada en la Universidad de Gotinga en 1854.  Utilizando un lenguaje intuitivo y sin demostraciones, en su célebre memoria Riemann introdujo lo que hoy llamamos una variedad diferenciable y asoció a cada punto de la variedad una forma cuadrática fundamental, esto es, una manera de medir, generalizando entonces la idea de curvatura a esta nueva situación. Riemann estableció la manera correcta de extender a dimensiones arbitrarias la geometría que Gauss había desarrollado para superficies de dimensión dos, marcando el nacimiento de la geometría riemanniana.

Posteriormente, y bajo el ímpetu de la teoría de la relatividad de Einstein, en 1915, apareció una nueva generalización al considerar la posibilidad de métricas lorentzianas.  La teoría de la relatividad de Einstein se fundamenta en el hecho de que el universo se modela en términos de una variedad de dimensión cuatro, llamada espaciotiempo, en la que tenemos tres dimensiones espaciales y una dimensión temporal que interactúan entre sí. La curvatura del espaciotiempo se interpreta entonces en términos de la gravedad y las ecuaciones que describen la relación entre la gravedad y la curvatura son las llamadas ecuaciones de campo de Einstein. De una manera intuitiva, dichas ecuaciones reflejan el hecho de que una masa en el espacio produce una deformación del espacio que lo curva.

 

Un paseo por la ciencia entre epitafios y tumbas (y 2) por el Prof. Dr. D. Rafael García Molina,

Columna de la Academia, publicada en el Diario La Verdad el 25 de noviembre de 2017

Continuamos nuestro recorrido entre tumbas de científicos (esta vez más próximos en el tiempo), para ver cómo una fría lápida consigue evocar sus logros reproduciendo una ecuación que los hizo famosos. Si en la columna anterior, la “gracia” residía en el texto que había escrito en las lápidas, seguidamente presentaremos epitafios donde el mensaje aparece condensado en una simple fórmula.

En la tumba de Ludwig Boltzmann (1844-1906) está grabada la ecuación S=k·logW, que propuso para relacionar la entropía S de un sistema con el número de posibles estados W de sus partículas constituyentes; k es la constante de Boltzmann. El logaritmo neperiano se representaba por “log” cuando se realizó la tumba.

Al pie de la tumba de quien puede considerarse el padre de la física cuántica, Max Planck (1858-1947), aparece una simple letra seguida de unos números. Se trata de la constante que lleva su nombre: h=6.62·10-34 W·s2, y que se ha convertido en todo un icono cuando el trazo vertical de la h aparece cruzado por una barra ligeramente inclinada ().

La tumba de Erwin Schrödinger (1887-1961) contiene la ecuación , que es una forma compacta de escribir la ecuación emblemática en mecánica cuántica, conocida por el nombre de quien la concibió.

La tumba de Max Born (1882-1970) también es parca, pues tan solo contiene la ecuación pq-qp=h/2πi, representando la ley de conmutación entre los operadores de posición y momento, la cual constituye la seña de identidad del álgebra cuántica.

En el suelo de la abadía de Westminster hay una placa conmemorativa en la cual se honra a Paul Dirac (1902-1984), aunque no es su tumba; tiene escrita la palabra “físico” y la ecuación  , que lleva su nombre, la cual es la versión relativista de la ecuación de ondas de la mecánica cuántica.

Otto Hahn (1879-1968) interpretó correctamente que la desintegración del uranio se producía al absorber un neutrón; por ello, al pie de su tumba aparece grabada la reacción nuclear 92U+0n.

Como respuesta al problema de los neutrinos solares, Bruno Pontecorvo (1913-1993) propuso la oscilación de neutrinos, donde los neutrinos electrónicos se transforman en neutrinos muónicos. Sobre su tumba se realza la diferencia entre ambos: .

Finalizamos con las frases con las que se despidieron de este mundo dos grandes científicos. No están exentas de humor. Antes de morir, Richard P. Feynman (1918-1988) le dijo a su mujer: “Odiaría morir dos veces. Es tan aburrido”. Dadas las características del personaje, es muy probable que la tuviera preparada. El epitafio del matemático Paul Erdös (1913-1996) dice: “Por fin ya no me vuelvo más y más estúpido”.

 

Un paseo por la ciencia entre epitafios y tumbas (1) por el Prof. Dr. D. Rafael García Molina,

Columna de la Academia, publicada en el Diario La Verdad el 18 de noviembre de 2017

Recientemente se han celebrado las festividades de Todos los Santos y de las Ánimas (1 y 2 de noviembre, respectivamente), que poco a poco están siendo reemplazadas por Halloween (banal, comercial y carente de sentido por estas tierras). Durante esos días es habitual acercarse a los cementerios para recordar a las personas queridas y, paseando por los camposantos, curiosear entre lápidas y mausoleos. Los epitafios de quienes están enterrados nos dicen mucho sobre los fallecidos.

En las tumbas de científicos también encontramos epitafios que hacen referencia a su vida y/o logros científicos. Un paseo entre estos documentos lapidarios nos acercará (de una forma poco habitual, ciertamente) a la obra de algunos científicos.

Cicerón cuenta que la tumba de Arquímedes (III aC) tenía grabado un cilindro circunscrito a una esfera, pues el científico de Siracusa había demostrado que el volumen de una esfera era igual a las dos terceras partes del volumen del cilindro circunscrito.

Una antología griega de problemas matemáticos recoge que en la tumba de Diofanto (III dC) aparecía un problema para obtener la edad a la que falleció. Dice así (en versión libre): “Transeúnte, esta es la tumba de Diofanto. Los números pueden mostrar la duración de su vida. Su niñez ocupó la sexta parte de su existencia; después, durante la doceava parte de su vida, sus mejillas se cubrieron de vello. Pasó aún una séptima parte de su vida antes de tomar esposa y, cinco años después, tuvo un hermoso niño que, tras llegar a la mitad de la edad que alcanzaría su padre, pereció de una muerte desgraciada. Su padre le sobrevivió, llorándole, durante cuatro años. De todo esto se deduce su edad”. Dejamos que el lector curioso resuelva el ejercicio.

En la tumba del físico y matemático suizo Jacques Bernoulli (1654-1705) está grabada la espiral de Arquímedes (debido a un error, pues debería aparecer una espiral logarítmica) rodeada por las palabras “Eadem mutata resurgo” (“Aunque cambiado, resurgiré”), que hacen referencia a las propiedades de la espiral.

Concluye este paseo entre lápidas y tumbas con el ampuloso epitafio de Isaac Newton (1642 – 1727): “Aquí descansa Sir Isaac Newton, Caballero que con fuerza mental casi divina demostró el primero, con su resplandeciente matemática, los movimientos y figuras de los planetas, los senderos de los cometas y el flujo y reflujo del Océano. Investigó cuidadosamente las diferentes refrangibilidades de los rayos de luz y las propiedades de los colores originados por aquellos. Intérprete, laborioso, sagaz y fiel de la Naturaleza, Antigüedad, y de la Santa Escritura, defendió en su Filosofía la Majestad del Todopoderoso y manifestó en su conducta la sencillez del Evangelio. Dad las gracias, mortales, al que ha existido así y tan grandemente como adorno de la raza humana”.

METALES PRECIOSOS PARA LA VIDA por el Prof. Dr. D. Miguel Ángel De la Rosa Acosta, académico correspondiente

De los más de cien elementos que componen la Tabla Periódica de elementos químicos, apenas un puñado se encuentra en los seres vivos. Tan solo seis son los elementos mayoritarios en las células, a saber: carbono, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno, fósforo y azufre. Pero hay otros bioelementos, la mayoría de carácter metálico, mucho menos abundantes, pero asimismo esenciales. Entre ellos destacan el hierro y el cobre, que se encuentran formando parte de una enorme diversidad de proteínas responsables de infinidad de procesos metabólicos, como son la respiración animal o la fotosíntesis vegetal. De hecho, las metaloproteínas llegan a constituir un tercio del total de proteínas celulares.

 

El hierro y el cobre no siempre han estado igualmente accesibles en el planeta a los seres vivos. En la atmósfera primitiva, de carácter reductor, el hierro estaba mucho más disponible que el cobre, ya que el hierro reducido es soluble en tanto el cobre reducido precipita. A medida que la atmósfera fue tornándose oxidante, el hierro empezó a escasear y el cobre a hacerse disponible. Así, cuando el hierro era más abundante, los primeros organismos fotosintéticos aprendieron a utilizar ferroproteínas para transportar electrones y empezaron a sustituirlos por proteínas con cobre cuando éste se hizo más accesible. La evolución biológica, pues, ha venido gobernada por la geoquímica cambiante.

 

Muchas proteínas con hierro son multifuncionales, como el citocromo c mitocondrial, que transporta electrones en la cadena respiratoria en condiciones homeostáticas, pero sale al citoplasma cuando la célula se dispone a morir. El citocromo c extramitocondrial juega entonces un doble papel al inducir la muerte celular, no solo disparando las rutas de degradación, como está bien establecido, sino también bloqueando las rutas de supervivencia, lo que es un concepto original y relevante. Esta nueva visión del equilibrio metabólico entre la vida y la muerte controlado por una ferroproteína podría ejemplificarse como sigue: Mientras los operarios están desmantelando una casa de manera ordenada para reutilizar muebles, puertas y ventanas, no tiene sentido que otros operarios estén instalando nuevos muebles, puertas y ventanas. De manera similar, mientras las enzimas hidrolíticas están desestructurando la célula, no tiene sentido que las rutas metabólicas normales (replicación del DNA, síntesis de proteínas, etc.) sigan fabricando nuevos componentes.

 

El hierro y el cobre –y otros menos abundantes– son metales preciosos para la vida. No tienen el valor del oro, la plata o el platino, pero son elementos clave en el funcionamiento celular.

Dicotomías o la necesidad de clasificar por el Prof. Dr. D. Ángel Pérez Ruzafa, académico numerario

Columna de la Academia publicada en el Diario La Verdad el 4 de noviembre de 2017

La mente humana tiene problemas con los continuos. Nuestro cerebro se ha desarrollado evolutivamente para detectar patrones y regularidades en un entorno aparentemente caótico y, de este modo, poder anticipar los acontecimientos y evitar problemas. Ello implica ordenar y clasificar la información. La consecuencia es que nos resulta difícil comprender los procesos si previamente no los encuadramos en un organigrama tan sencillo como sea posible, lo que lleva a clasificaciones dicotómicas. Un niño, para seguir un encuentro deportivo suele preguntar al padre, ¿y tú con quién vas?, y no comprende la trama de una película si no tiene claro quiénes son los buenos y los malos. Los guionistas suelen facilitarnos el trabajo poniéndonos pistas, a veces demasiado evidentes. Lógicamente, las sutilezas y la difusión de los límites entre los caracteres aumentan a medida que el producto se destina a cerebros más entrenados, pero la aceptación de planteamientos simples, con los papeles bien definidos, desde la ficción a los debates políticos, pasando por el deporte, sigue siendo abrumadoramente mayoritaria.

En la naturaleza las cosas nunca son tan sencillas. Vivimos en un universo y en un espacio-tiempo continuo, pero con grumos. La energía, la materia, la información, los genes, fluyen en todas direcciones, pero podemos encontrar discontinuidades en las que aparecen restricciones, a veces sutiles, a dicho flujo. Esas discontinuidades se expresan a distintas escalas espacio-temporales que también muestran una jerarquía. En dichas discontinuidades nuestra mente dibuja los límites de su clasificación y, de este modo, delimitamos razas, especies, poblaciones, comunidades o biocenosis, ecosistemas, biomas… y también unidades familiares, comunidades de vecinos, barrios, ciudades, comunidades autónomas, países o culturas. En cada nivel, los flujos e intercambios son mayores internamente, entre componentes del mismo subgrupo, que con otros grupos adyacentes, aunque dichos intercambios también existan de manera más o menos evidente. Para definir especies, más allá de las semejanzas o diferencias morfológicas, mediremos el flujo genético existente entre los individuos, poblaciones o razas y otras posibles especies; para las poblaciones también dicho flujo, en forma de intercambio de individuos que migran entre una y otra; para las comunidades analizaremos los flujos de materia y energía a través de las relaciones tróficas; en las agrupaciones humanas lo mediremos en términos de interacciones sociales, intercambios culturales y de información, transacciones económicas y comerciales. La cuestión es, tanto al estudiar un ecosistema o un proceso ambiental como a la hora de afrontar una problemática social, ¿cuál es el límite más relevante o más adecuado para abordar el problema planteado?

La experiencia matemática de Einstein por el Prof. Dr. D. Angel Ferrández Izquierdo, académico numerario

Columna de la Academia publicada el 28 de octubre de 2017 en el Diario La Verdad

Las leyes de Newton nos dicen que si un objeto se mueve acelerado es porque una fuerza actúa sobre él. Según Feynman, la definición más precisa y hermosa de fuerza imaginable podría ser simplemente decir que la fuerza es la masa de un objeto multiplicado por la aceleración. La idea clave de la relatividad general de Einstein es que la gravedad no es una fuerza en ese sentido, sino más bien una propiedad de la geometría del espaciotiempo tetradimensional. Imaginando una superficie donde no existen fuerzas que actúan entre las partículas existentes, entonces ambas mecánicas, la clásica y la de la relatividad especial de Einstein, están de acuerdo y las partículas se mueven siguiendo trayectorias “tan rectas como sea posible”, con velocidad constante, de manera que, si al principio seguían rectas paralelas, estarían condenadas a mantenerse siempre paralelas.

En sentido clásico, la pérdida de tal paralelismo estaría motivada por la existencia de una fuerza que provocaría la aceleración de las partículas y las obligaría a seguir trayectorias curvadas, ya para converger, ya para divergir. En el primer caso Newton nos dirá que ambos caminos se cortan en un punto porque allí se encuentra un objeto muy masivo que ha atraído a dichas partículas. Einstein, atormentado, pero con las ideas muy claras, recurrió a su amigo Marcel Grossmann, matemático, para empaparse de los tensores y conexiones estudiados por Christoffel, Ricci y Levi-Civita, y de la teoría geométrica desarrollada por Riemann.

Einstein formuló su teoría general en noviembre de 1915 y siete años después, en una conferencia en la Academia Prusiana de Ciencias, el 27 de enero de 1921, titulada Geometría y experiencia, exponía sus opiniones sobre las herramientas matemáticas que permitieron culminar su excepcional trabajo. Comenzaba de esta manera: “Una de las razones por las que la Matemática goza de una estima especial, sobre las otras ciencias, es que sus proposiciones son absolutamente ciertas e indiscutibles, mientras que las de todas las demás ciencias son en alguna medida discutibles y en constante peligro de ser revocadas por hechos recién descubiertos. A pesar de ello, el profesional de cualquier otra Ciencia nada tendría que envidiar al matemático si las proposiciones de la Matemática se refieren a objetos de nuestra mera imaginación y no a objetos de la realidad. Hay otra razón para la alta reputación de la Matemática, ya que es ella la que da a las ciencias naturales una cierta medida de certeza, que sin la Matemática no podrían alcanzar.”.

Ni es cielo, ni es azul. por el Prof. Dr. D. Félix María Goñi Urcelay, académico correspondiente

Columna de la Academai publicada en el Diario La Verdad el 21 de octubre de 2017

La excelente columna del Prof. García de la Torre “El cielo es azul”  (LA VERDAD, 14-10-2017) me ha traído a la memoria un curioso caso de presciencia o anticipación histórica. Me refiero al soneto, atribuido unas veces a Bartolomé Leonardo de Argensola (1562-1631), otras a su hermano Leonardo (1559-1613), titulado “A una mujer que se afeitaba [maquillaba] y estaba hermosa” que dice:

Yo os quiero confesar, don Juan, primero,
que aquel blanco y color de doña Elvira
no tiene de ella más, si bien se mira,
que el haberle costado su dinero.

Pero tras eso confesaros quiero
que es tanta la beldad de su mentira,
que en vano a competir con ella aspira
belleza igual de rostro verdadero.

Mas ¿qué mucho que yo perdido ande
por un engaño tal, pues que sabemos
que nos engaña así Naturaleza?

Porque ese cielo azul que todos vemos,
ni es cielo ni es azul. ¡Lástima grande
que no sea verdad tanta belleza!

Lo que me hace traer aquí a colación este bello e ingenioso soneto es, por supuesto, el último terceto. Que el cielo no sea en realidad un techo es algo que estaba al alcance de una persona culta de finales del siglo XVI, al fin y al cabo Copérnico había publicado su obra en 1543, y no fue prohibida hasta 1616, y los Argensola no eran unos pueblerinos incultos. Pero, ¿qué decir de esa afirmación tajante de que “el cielo no es azul”? Newton (1642-1727), el primero que explicó la difracción de la luz y la descomposición de la luz blanca en los colores del arco iris, nació mucho más tarde de que los Argensola fallecieran. Y no digamos Rayleigh o Tyndall.  Me parece exagerado decir aquí eso de que la naturaleza imita al arte, pero no deja de ser curioso comprobar, una vez más, que la intuición del artista puede anticipar el conocimiento científico. “Es una casualidad”, me dirá el racionalista. “O no”, le podrá responder el poeta. El autor de estas líneas es científico de profesión, y es el primero en reconocer la maravillosa capacidad del método científico para explicarnos el mundo en que vivimos. Pero, ¿es el único método de conocimiento? De eso no estoy tan seguro. ¿No progresó la humanidad desde sus primeros balbuceos hasta que se estableció y difundió el método científico, prácticamente en el siglo XVII? ¿Vamos a seguir creyendo que son “salvajes” o “primitivos” los pueblos que han evolucionado por vías distintas a las del mundo occidental? Y, sobre todo, ¿acaso son los sabios más felices que los ignorantes?

El cielo es azul por el Prof. Dr. D. José García de la Torre, académico numerario

Columna de la Academia publicada en el Diario La Verdad el 14 de octubre de 2017

Cosa bonita: mirar al cielo y notar cuán azul lo vemos en días despejados. Entre las cosas de Química Física que enseño, hay una explicación, que dio Lord Rayleigh hace más de cien años. La luz, blanca, del sol, es una mezcolanza de todos los colores del arco iris, que se corresponden a las longitudes de onda a las que la retina es sensible, del rojo al azul/violeta, además de algunas otras que no vemos, infra y ultra. Recuerdo nítidamente lo que me explicaban mis profesores de bachillerato, aludiendo a como el prisma descompone los colores de la luz blanca, o cómo la atmósfera lo hace en el arco iris tras la lluvia.

Pero, con tiempo seco y cielo despejado, la atmósfera le juega a la luz del sol otra jugarreta. Aparte de los diferentes índices de refracción de las distintas longitudes de onda, que las separan, hay otro efecto, que me explicaron poco después en la universidad. Y es que la atmósfera no está tan vacía como parece, sino que contiene moléculas del aire, partículas en suspensión, que reciben la luz directa del sol y la dispersan, desviándola en todas las direcciones, hacia nuestros ojos.  Pero, ¡ojo!, no todas las longitudes de onda, no todos los colores son desviados por igual. Lo hacen muchísimo más intensamente con los colores de la zona del azul, y muchísimo menos con los próximos al rojo. Mirando al cielo, pero no directamente al sol, la luz que nos llega no viene directamente del sol, sino que es la luz dispersada por las moléculas y partículas de la atmósfera. Y, por lo antedicho éstas dispersan mucho más intensamente la componente azul de la luz, y es éste el color que percibimos.

Explicar el azul del cielo no es cosa para la que haya que recurrir a fenómenos sofisticados, de los que no estuviera informado un probo estudiante de Química hace cincuenta años. Y cuando explico el color del cielo a mis alumnos, me parece notar un espectro de impresiones: desde la sonrojante ignorancia acerca de lo que se está describiendo, a la casi ultravioleta suposición, no expresada, de que el profesor es un cuentista. No le parecería así a Lord Rayleigh. Y eso que quien primero se fijó en esa potencialidad de las minipartículas fue un tal Dr. Tyndall, un observador experimentalista. Claro, que para averiguar que esa capacidad de dispersar la luz era tan especialmente intensa para la componente azul, tuvo que aparecer un teórico, un sabio:  John W. Strutt (Lord) Rayleigh.  Y como académico que era, comunicó a la Real Academia de Ciencias del Reino Unido (Royal Society), en una famosa sesión académica, porqué el cielo es azul.  Un Lord de la Corona británica dedicado a la ciencia, y demostrando como ésta explica cosas cotidianas.

La Tabla Periódica: hacia un merecido reconocimiento por el Prof. Dr. D. Alberto Tárraga Tomás, académico numerario

Columna de la Academia, publicada en el Diario La Verdad el 7 de octubre de 2017

A instancias de la Federación Rusa, el Comité Ejecutivo de la Unión Internacional de Química Pura y Aplicada (IUPAC), organización científica que a nivel mundial se encarga de establecer normas para la denominación de compuestos químicos -orgánicos e inorgánicos-, así como protocolos para la estandarización en determinaciones de ensayos analíticos y clínicos y de la publicación de datos de gran valor para los científicos, va a proponer, ante la 202 sesión de la Asamblea General de la Unesco, a celebrar en este mes de octubre en París, la proclamación por Naciones Unidas del año 2019 como Año Internacional de la Tabla Periódica de los Elementos, haciéndolo coincidir con el 150 aniversario de la publicación, en 1869, de la primera tabla periódica realizada por el químico ruso Dimitry I. Mendeleiev – reconocido como uno de los padres de la química moderna– y basándose en el hecho de que ésta constituye uno de los logros más significativos de la química y una herramienta única para predecir la aparición y propiedades de nuevos elementos sobre la tierra o en el resto del Universo.

Según consta en la propuesta remitida por este Comité, esta iniciativa supondría el reconocimiento del importante papel que esta ordenación de los elementos químicos ha jugado en el avance de la ciencia y la tecnología, en general, así como en la comprensión y sistematización de la Química, en particular, y que han resultado de importancia crucial para el desarrollo de la humanidad.

Este evento permitiría, además, conmemorar el primer centenario de la IUPAC, fundada en 1919, y contribuir así a mejorar la valoración social de la Química.

Así mismo, esta proclamación permitiría rendir homenaje a la estrecha cooperación científica internacional orientada al descubrimiento de nuevos elementos, como es el caso de los cuatro elementos Nihonio (Nh), Moscovio (Mc), Téneso (Ts) y Oganesón (Og), de vida muy breve y una alta radiactividad, admitidos por la IUPAC en 2016, con los que ha quedado completado el séptimo periodo de esta Tabla, tras la incorporación en 2011, del Flerovio (Fl) y Livermorio (Lv).

En este contexto, resulta importante subrayar que el pasado mes de junio la Facultad de Química (Universidad de Murcia), a instancias de su decano, Prof. P. Lozano, incorporó a su fachada los 118 elementos, identificados por sus símbolos, número atómico y masa atómica, que constituye un reconocimiento permanente a esta Tabla y que ha resultado ser la mayor de todas las construidas en el mundo.